Alquilé un novio (Decisiones cuestionables 3) 15
58%

15

Eve

Cuando abro los ojos, Rob está despierto y me observa como si no supiera qué expresión debe utilizar conmigo. Tiene el pelo revuelto y el brazo atrapado debajo de mi cuello.

Al mirar a nuestro alrededor, compruebo que la luz de la mañana deja al descubierto la ropa del suelo, las sábanas desordenadas y las tres almohadas que intentaron separarnos desperdigadas a los pies de la cama.

—Buenos días —murmura Rob con la voz ronca.

—¿Llevas mucho rato despierto?

—El suficiente para perder la sensibilidad en dos dedos.

Sonrío, levanto la cabeza y él retira el brazo con una mueca. Lo sacude sobre el colchón mientras flexiona varias veces los dedos de esa mano.

—Podías haberme apartado —le digo, incorporándome con la sábana cubriéndome el pecho.

—Parecías tan cómoda… —responde encogiéndose de hombros.

—¿Y has preferido arriesgarte a una lesión permanente? —bromeo con una media sonrisa.

—Soy actor. El sacrificio físico forma parte de mi trabajo.

—Ya no estás trabajando —le recuerdo alzando una ceja.

La broma desaparece de sus labios y, durante un instante, volvemos a ser dos personas desnudas, compartiendo una cama, sin un contrato que nos indique qué hacer.

—Es verdad —responde mientras me aparta un mechón de la cara—. Tendré que buscar otra excusa para quedarme.

Antes de que pueda preguntarle qué significa lo que acaba de decir, se inclina y me besa. Cuando se separa, mantiene la mano junto a mi cuello.

—Ese tampoco ha sido profesional —digo, rozando su boca con la mía.

—Puedes reflejarlo en la valoración del servicio.

—Pienso restarte puntos por lo de las almohadas.

Rob baja la mirada hacia las almohadas esparcidas por el suelo, que no son más que los restos de la frontera que construimos anoche.

—Cumplieron su función durante casi siete minutos —asegura, señalándolas con un movimiento de la barbilla.

Alzo una ceja y me incorporo un poco más sobre el colchón.

—No recuerdo que ninguno de los dos estuviera pendiente del reloj.

—Yo sí —responde Rob con una seriedad que no consigue ocultar su sonrisa—. Necesito datos para mejorar futuros proyectos.

Cojo la única almohada que queda sobre la cama y le doy un golpe con ella.

Rob me atrapa por la cintura antes de que pueda apartarme.

Acabo tumbada sobre él, riéndome mientras sus manos recorren mi espalda por debajo de la sábana.

La facilidad con la que mi cuerpo vuelve a reconocer el suyo debería asustarme.

En cambio, apoyo la frente sobre su pecho y escucho su corazón.

El teléfono de Rob se ilumina sobre la mesilla. Él gira la cabeza y la sonrisa se le apaga durante un momento antes de volver a mirarme.

—¿Ocurre algo? —pregunto mientras me incorporo sobre un codo.

Rob alcanza el móvil y abre el correo. Sus ojos recorren la pantalla antes de dejar el aparato sobre la mesilla de noche de nuevo.

—Anoche me escribió Claire —explica mientras se pasa una mano por el pelo—. He superado la prueba para Westbound . Soy uno de los tres finalistas.

—Rob, eso es fantástico —respondo, sentándome para poder mirarlo de frente.

—Es una última lectura. Todavía no tengo el papel, ¿eh?

—¡Ayer tampoco tenías una última lectura! —exclamo sonriente.

Él sonríe, aunque sus dedos vuelven a buscar el teléfono.

—Si me eligen, los ensayos empezarán en Los Ángeles dentro de unas semanas.

Noto cómo algo se contrae dentro de mi pecho, pero me niego a convertir una posibilidad profesional en un problema sentimental que aún no existe.

—Primero tienen que elegirte —le recuerdo, devolviéndole sus propias palabras.

Rob arquea una ceja.

—Eso ha sonado sospechosamente sensato.

—No te acostumbres —bromeo con una sonrisa llena de intención.

Se inclina para besarme otra vez, pero su atención permanece dividida. Incluso cuando deja el teléfono boca abajo, sé que una parte de él continúa en ese correo, imaginando una sala de audiciones en Los Ángeles y todo lo que podría cambiar si lo eligen.

Pedimos café a la habitación porque ninguno de los dos quiere bajar todavía al comedor. Mientras Rob se ducha, me visto y recojo las almohadas del suelo. Cuando sale del baño con una toalla alrededor de la cintura, me encuentra intentando colocarlas otra vez sobre la cama.

—No deberías ocultar las pruebas —dice mientras coge una de las dos tazas.

—Estoy ayudando al personal de limpieza.

Rob prueba el café y frunce el ceño.

—Este es el tuyo.

—¿Cómo lo sabes?

—Tiene leche fría y ninguna posibilidad de resultar agradable.

Se me escapa una carcajada al escuchar lo que acaba de decir.

Le entrego su taza y recupero la mía. Él bebe del suyo y yo me apoyo contra el tocador con la mía entre las manos.

Durante unos minutos hablamos de la boda, de Violet amenazando a Daniel con expulsarlo de la ceremonia y de Pamela intentando llevarse un centro de mesa.

Ninguno menciona qué ocurrirá cuando abandonemos la finca.

Rob abre la cesta del desayuno y coloca sobre un plato dos tostadas, fruta y un croissant. Después empuja la mitad hacia mí sin preguntarme qué quiero.

—Sigues alimentándome, aunque el contrato haya terminado —señalo mientras cojo una fresa.

—Es una costumbre difícil de abandonar.

—¿Cuántas horas necesitas para dejar de comportarte como mi acompañante?

Rob me observa con una seriedad que hace desaparecer el resto de la broma.

—No sé, porque ahora ya no tengo claro qué parte de lo que hago pertenece al acompañante y cuál me pertenece a mí —admite mientras hace girar su taza—. Pero anoche no fue trabajo.

—Ya lo sé.

—Y esta mañana tampoco.

Se inclina sobre el tocador y me besa despacio. El borde del mueble se clava en mi espalda cuando lo sujeto por la nuca, pero no me aparto hasta que una de las tazas se tambalea entre nosotros.

—Cuidado —murmuro al sujetarla.

—Esto es culpa de la falta de espacio.

—Dormimos en una cama enorme.

—Me refería al tocador.

Rob vuelve a sentarse y parte el croissant.

Aunque sonríe, su mirada regresa una y otra vez al teléfono.

El correo del casting ha cambiado el tono de la mañana.

A pesar de que todavía no contiene una oferta ni exige que tome ninguna decisión, es suficiente para recordarnos que, si consigue el papel, su vida podría cambiar dentro de pocas semanas.

Cuando terminamos de vestirnos, Rob guarda su ropa en la maleta y yo reviso tres veces los compartimentos de la bolsa de la cámara.

Lo hago para asegurarme de que no olvido nada y también porque cerrar cremalleras resulta más sencillo que preguntarle a Rob cuándo piensa volver a verme después de este fin de semana.

Un rato después, en la recepción entregamos la llave y salimos con el equipaje. Mientras Rob coloca las bolsas en el maletero, mi teléfono vibra. Al mirar la pantalla, veo una notificación de la agencia que ocupa toda la pantalla.

«El servicio ha finalizado. Valora tu experiencia con Rob».

Me quedo mirando las cinco estrellas vacías. Debajo aparecen varias categorías: puntualidad, discreción, capacidad de adaptación y satisfacción general.

—No puede ser —murmuro.

—¿Qué ocurre? —me pregunta Rob después de cerrar el maletero y acercarse hasta donde estoy.

Giro el teléfono hacia él y, después de leer lo que pone, Rob se lleva una mano al pecho como si acabaran de ofenderlo.

—Espero que mi puntualidad compense mis defectos.

—La aplicación pregunta si respetaste los límites acordados.

—Sí —responde Rob, inclinándose para leer mejor—. Aunque las tres almohadas podrían dar otra versión.

Toco la pantalla y observo que aparece un espacio para dejar comentarios adicionales.

—Podría escribir que mostrabas una confianza excesiva, no seguías instrucciones y utilizabas el humor para evitar preguntas personales.

—Eso parece más una evaluación psicológica que una reseña.

—También preparabas buen café.

—Cinco estrellas —decide, señalando la pantalla—. Creo que no hace falta seguir deliberando.

—También quiere saber si volvería a contratarte, ¿qué respondo a eso? —le pregunto mirándole a los ojos.

Rob deja de sonreír al leer la siguiente pregunta. En la pantalla apenas ocupa una línea, pero ninguno de los dos parece capaz de responderla sin pensar en todo lo que ha ocurrido entre nosotros.

—No sería necesario —dice al fin—. Si quieres volver a verme, no tendrás que contratarme.

—Ya lo sé.

Mi pulgar se detiene sobre las estrellas. Anoche necesitaba que el contrato terminara para saber que Rob se quedaba porque quería. Esta mañana, sin embargo, ya no hay ninguna cláusula que nos diga qué somos, cuánto durará esto o qué ocurrirá cuando salgamos de aquí.

—Pondré que no seguías mis instrucciones —bromeo mientras bloqueo el teléfono.

—Eso dañaría mi reputación profesional.

—Pero te recuperaste bastante bien al final…

Rob sonríe, aunque enseguida mira hacia el coche.

—Será mejor que salgamos antes de que empeore el tráfico —digo mientras guardo el teléfono en el bolso.

Rob conduce durante todo el trayecto de regreso. Elegimos la música sin discutir y nos detenemos una vez para comprar café, igual que en el viaje de ida. Repetimos casi todos los gestos de entonces, aunque ahora ninguno significa lo mismo.

Cuando Rob deja una mano junto a la palanca de cambios, apoyo la mía sobre sus dedos. Él vuelve la palma y los entrelaza con los míos sin apartar la vista de la carretera. Ninguno dice nada, pero esta vez no necesito preguntarme por qué me toca.

—Esto era más sencillo cuando teníamos un contrato —comento, observando nuestros dedos unidos.

—No recuerdo que anoche te pareciera tan complicado —responde mientras acaricia mi pulgar con el suyo.

—Anoche solo teníamos que decidir qué queríamos durante unas horas —contesto, volviendo la mirada hacia la carretera—. Ahora tenemos que averiguar qué hacemos después de que esas horas hayan terminado.

Rob guarda silencio y, poco después, el nombre de Claire aparece en la pantalla del coche. Él suelta mi mano, rechaza la llamada y deja el teléfono boca abajo en el compartimento central.

—Puedes contestar —le digo al ver cómo aprieta la mandíbula.

—Lo haré cuando lleguemos —responde sin apartar los ojos de la carretera.

No insisto y al cabo de unos segundos, vuelve a buscar mi mano y entrelaza nuestros dedos, pero su atención continúa atrapada en la llamada y en las noticias que Claire pueda darle.

Cuando llegamos a Manhattan, el ruido de los cláxones y el tráfico invade el silencio que nos ha acompañado durante las últimas millas. Rob aparca frente al estudio y baja mis bolsas del maletero. Yo abro el local mientras él me lleva el equipo hasta la mesa.

—Ya está todo —anuncia después de dejar la última bolsa y recorrer el estudio con la mirada, como si buscara una excusa para quedarse unos minutos más.

—Gracias por ayudarme con todo esto —respondo mientras dejo las llaves junto al ordenador.

—Te llamaré —asegura bajando la mirada hasta sus manos.

Su frase suena sincera, aunque también suena exactamente igual que la que pronunciaría un actor capaz de terminar una escena sin dejar incómodo a nadie.

—De acuerdo —respondo, apoyando una mano en el respaldo de la silla.

Rob se acerca y me besa en la frente. El gesto resulta tan tierno que me duele más que una despedida apresurada.

—Descansa —murmura antes de dirigirse hacia la puerta.

Lo observo alejarse por la acera hasta que desaparece entre dos coches.

Solo entonces cierro el estudio y apoyo la espalda contra el cristal.

Justo en ese momento, mi teléfono empieza a vibrar antes de que consiga guardar el equipo.

Al abrir el chat encuentro veintitrés mensajes y una fotografía enviada por Pamela en la que aparece fingiendo dormir sobre el hombro de Nick durante el desayuno.

Pamela:

Necesito saber por qué habéis desaparecido sin decir ni adiós.

Kim:

Y a qué hora regresasteis exactamente a la habitación.

Laura:

Podéis dejar que respire antes de interrogarla.

Pamela:

Ha tenido todo el trayecto de vuelta para respirar.

Me siento frente al ordenador y escribo una respuesta, pero la borro dos veces antes de enviarla.

Eve:

Me acosté con Rob.

Los tres puntos, que me indican que alguien me está respondiendo, aparecen al mismo tiempo.

Pamela:

¡POR FIN!

Kim:

¿Antes o después de que acabara el contrato?

Eve:

Después.

Pamela:

Me encanta, entonces fue

una relación sexual jurídicamente impecable.

Kim:

¿Conservas el correo que confirma el fin del contrato?

Eve:

Sí.

Pamela:

Kim, nadie va a llevarla a juicio

por acostarse con un actor guapo.

Kim:

No conocemos las políticas internas de la agencia.

Laura:

¿Cómo te sientes?

La pregunta acaba con las bromas. Miro la puerta por la que Rob acaba de marcharse y recuerdo el calor de su cuerpo al despertar, la tensión de su rostro al ver el correo y la facilidad con la que ha asegurado que me llamará.

Eve:

No me arrepiento.

Laura:

No te he preguntado eso.

Apoyo los dedos sobre el teclado. Durante semanas temí que alguien descubriera que había contratado a un novio y me juzgara por ello. Ahora la mentira ya no me preocupa. Tampoco haberme acostado con él.

Eve:

El problema no es lo que ocurrió,

sino que quiero que continúe.

Durante unos segundos, nadie escribe nada.

Dejo el teléfono boca abajo y enciendo el ordenador, pero no consigo concentrarme en las fotografías.

Cada vez que el móvil emite algún sonido, interrumpo lo que estoy haciendo para mirar la pantalla.

Pero Rob no llama en toda la tarde y cuando cierro el estudio, sigo sin tener ningún mensaje suyo.

Esa noche me meto en la cama convencida de que aquel «te llamaré» fue solo la forma elegante con la que un actor sabe terminar una escena. Estoy a punto de apagar la lámpara cuando el teléfono vibra sobre la mesilla y esta vez aparece el nombre de Rob.

Rob:

Lo de ayer no formaba parte del trabajo.

Lo de querer volver a verte tampoco.