14
Rob
Eve cierra la puerta, echa el pestillo y me pide que no interprete nada de lo que ocurra a continuación. La verdad es que llevo toda la noche deseando escuchar esas palabras. Sin embargo, cuando se acerca y apoya las manos sobre mi pecho, cubro una de ellas con la mía para detenerla.
—Espera.
Eve se queda inmóvil y el deseo que había en su expresión desaparece detrás de la cautela.
—Si has cambiado de opinión, no pasa nada —dice mientras intenta retirar la mano.
—No, no he cambiado de opinión.
Saco el teléfono del bolsillo y abro la aplicación de la agencia. Eve observa cómo busco la reserva y pulso la opción para finalizar el servicio antes de la fecha prevista.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta, frunciendo el ceño.
—Terminando el trabajo.
La pantalla me avisa de que se devolverá la parte correspondiente al último día y de que Mara tendrá que revisar el cierre anticipado.
Confirmo antes de poder calcular cuánto dinero acabo de perder, pero me da igual.
Al instante, recibo un correo automático y se lo enseño a Eve.
Su nombre ya no aparece como «clienta» ni el mío como acompañante asignado.
Es un cambio pequeño, pero necesito verlo antes de volver a tocarla.
—El contrato terminaba mañana —me recuerda Eve, mirando el mensaje de confirmación.
—La boda ha terminado y ya no necesitas que convenza a nadie. Desde este momento, dejas de ser mi clienta.
—Todavía queda el desayuno de mañana —señala Eve, mirando el teléfono que sostengo.
—Puedo desayunar contigo sin cobrar por recordar cómo tomas el café.
—La agencia puede penalizarte.
—Probablemente —admito mientras dejo el móvil sobre el tocador—. Mara añadirá una página al contrato solo para impedir que vuelva a hacerlo.
—Rob, no hacía falta que renunciaras al dinero.
—Para mí sí —respondo sin apartar la mirada de ella—. No voy a acostarme con una mujer que está pagando para que permanezca a su lado.
Eve baja la mirada hacia mi camisa y alisa con los dedos una arruga que no existe.
—¿Y ahora puedes marcharte?
—Sí.
—¿Quieres hacerlo?
—No —contesto sin necesitar pensarlo mientras niego con la cabeza—. Pero necesito que me pidas que me quede a mí, no al hombre que contrataste.
Eve levanta la cabeza y me sostiene la mirada. Durante unos segundos no ocurre nada, pero después lleva la mano hasta mi nuca y se acerca.
—Quédate, Rob —susurra.
—¿Estás segura?
—Quiero que te quedes porque ya puedes marcharte —responde, acariciándome el pelo—. Y porque esta noche te quiero a ti.
No tengo tiempo de contestar, porque Eve se pone de puntillas y me besa antes de que pueda decidir qué hacer con las manos. Me sujeta por la camisa y me empuja hacia atrás hasta que mi espalda choca con la puerta.
—Parece que alguien ha dejado de necesitar instrucciones —murmuro contra sus labios.
—No estropees el momento —susurra con una media sonrisa.
—Eso también estaba en el contrato.
Eve me muerde suavemente el labio inferior y la risa se me queda atrapada en la garganta. Vuelve a besarme mientras desabrocha el primer botón de mi camisa y después el segundo. Sus dedos no tiemblan, pero su respiración está tan agitada como la mía.
La dejo decidir el ritmo porque necesito sentir que cada gesto que hace nace de ella. Eve abre mi camisa y apoya las palmas sobre mi pecho y me doy cuenta de que, por primera vez en años, no intento colocar el cuerpo de la forma más favorecedora.
—Estás pensando demasiado —dice, levantando la mirada hacia mí.
—Es culpa de una fotógrafa que me ha convencido de que cada postura revela algo.
—Ahora no te estoy fotografiando.
—Ese es el problema…
Eve sonríe y me besa de nuevo. Esta vez rodeo su cintura con los brazos y la atraigo hacia mí. Acaricio la tela de su vestido con mis manos mientras recorro su espalda hasta encontrar la cremallera.
—¿Puedo? —pregunto, sujetando el pequeño tirador entre los dedos.
—Sí —responde sin apartar sus ojos de los míos.
Bajo la cremallera despacio y Eve se separa lo suficiente para dejar caer el vestido hasta el suelo. La tela queda a sus pies y al verla así, olvido respirar por unos segundos. Lleva ropa interior negra y la luz de la lámpara dibuja las curvas que hasta ahora solo había sentido a través de la ropa.
—Di algo —me pide mientras cruza un brazo sobre su vientre.
—Estoy intentando encontrar una frase que no parezca ensayada.
—Puedes decir la verdad.
Aparto con cuidado el brazo con el que intenta cubrirse.
—La verdad es que llevo semanas imaginando cómo sería verte así y nada de lo que imaginé se acercaba lo suficiente —susurro.
El rubor le sube por el cuello, pero no vuelve a esconderse, sino que se acerca un poco más a mí y me quita la camisa de los hombros y la arroja al suelo junto al vestido.
Después recorre mis brazos, mi pecho y mi abdomen con las manos, pero ya sin distancias.
Su contacto es lento, curioso, y consigue ponerme más nervioso que si estuviera desnudo.
Estoy acostumbrado a que examinen mi cuerpo buscando defectos, ángulos o una apariencia concreta, pero Eve no parece evaluar nada. Ella me toca porque quiere hacerlo.
—Deja de aguantar la respiración —murmura mientras apoya los labios sobre mi pecho.
—No sabía que lo estaba haciendo.
—Yo sí.
Su boca desciende por mi abdomen y tengo que cerrar los ojos durante un instante para no perder el control antes de tiempo. Eve sonríe contra mi piel al notar cómo se tensan mis músculos.
—Te toca —musita, bajando las manos hasta mi cinturón.
—Creía que no querías darme instrucciones.
—No es una instrucción. Es una amenaza — responde Eve mientras alza la mirada hacia mí.
Me río mientras la beso. Mis manos recorren su cintura desnuda y suben por su espalda hasta desabrocharle el sujetador, pero antes de quitárselo, busco otra vez su mirada.
—Sigo queriendo esto —me asegura Eve en un susurro mientras se quita la prenda y la deja caer—. Si dejo de quererlo, te lo diré.
—Yo también —respondo con un leve asentimiento.
La beso en el cuello y noto cómo inclina la cabeza hacia atrás para darme más espacio.
Recorro con los labios la línea de su garganta, su clavícula y la curva de uno de sus pechos y ella hunde los dedos en mi pelo cuando cierro la boca sobre su pezón y su respiración se convierte en un gemido breve.
En este momento siento que toda la seguridad que he utilizado durante años para controlar cada escena empieza a desaparecer.
Ya no calculo cuánto debe durar un beso ni qué expresión espera encontrar en mi cara.
Ahora solo presto atención a la forma en que Eve arquea su cuerpo contra mí y a cómo pronuncia mi nombre cuando mi mano baja por su vientre.
Bajo las manos hasta sus caderas, la levanto del suelo y ella rodea mi cintura con las piernas.
—Presumido —murmura, aferrándose a mis hombros con una sonrisa llena de intención—. Estabas deseando hacer eso.
—Necesitaba justificar todas esas horas de gimnasio —bromeo con una sonrisa.
—Pues procura no tropezar con las almohadas.
Miro el suelo y avanzo con cuidado hasta la cama entre risas.
—Acabas de destruir por completo el erotismo del momento.
—Prefiero eso a terminar en urgencias desnuda. —Se ríe y no puedo evitar carcajearme ante su respuesta.
La dejo sobre el colchón y me inclino sobre ella, riéndome todavía. Eve me atrae por la nuca y me besa hasta que el humor se transforma otra vez en deseo. Recorro su cuerpo con la boca, sin prisa, deteniéndome cada vez que su respiración cambia y cuando paseo una mano entre sus muslos, la observo.
—Dime qué quieres —le pido mientras acaricio la tela de sus braguitas.
Eve abre más las piernas y me guía la mano.
—Quiero que dejes de contenerte.
Aparto la tela y la acaricio con los dedos. Su cuerpo responde de inmediato y Eve cierra los ojos, pero vuelve a abrirlos cuando me detengo.
—No te escondas —murmuro.
—No lo hago.
—Entonces mírame.
Mantiene los ojos fijos en los míos mientras encuentro el ritmo sobre su clítoris, que hace que clave los talones en el colchón.
Sus dedos se cierran sobre la sábana y mi nombre escapa de sus labios cuando el placer la atraviesa.
No hay distancia desde la que pueda observar ni cámara detrás de la que esconderse.
Solo está Eve, excitada y abierta bajo mis manos, permitiéndome verla así.
Cuando su cuerpo se relaja, me atrae hacia ella y me besa con un ansia que termina con mis pantalones en el suelo. Su mano recorre mi abdomen y baja despacio hasta hacerme perder el aire.
—Ahora eres tú quien piensa demasiado —susurra junto a mi oído.
—Intento recordar dónde he guardado los preservativos —musito y me muerdo el labio inferior.
Eve se queda quieta y después señala mi maleta.
—En el bolsillo lateral —responde Eve, señalando mi maleta—. Los vi cuando guardaste el neceser.
La miro sorprendido.
—¿Te fijaste?
—Me gusta saber dónde está todo.
—Tu necesidad de control acaba de resultar muy útil.
Cojo uno y regreso a la cama. Eve me lo quita de las manos, rasga el envoltorio y me ayuda a colocarlo sin apartar los ojos de mí. El gesto termina con el poco control que me quedaba al notar sus manos alrededor de mi sexo duro y ansioso de ella.
—Una última vez —digo, colocándome entre sus piernas—. ¿Estás segura?
—Sí, Rob —responde mientras me rodea con los brazos—. No estoy pagando por esto. Te estoy eligiendo y o te metes dentro de mí ya o me va a dar algo.
Entro en ella despacio, pendiente de su expresión mientras la miro a los ojos.
Entro en ella despacio, sin apartar la mirada de sus ojos.
Eve contiene el aliento y clava los dedos en mi espalda hasta que nuestros cuerpos quedan unidos.
Me detengo para darle tiempo, pero ella mueve las caderas y me obliga a continuar.
—He dicho que dejes de contenerte —me recuerda con una sonrisa sin aliento.
La beso y empiezo a moverme. Al principio intento mantener un ritmo lento, pero Eve se arquea para recibirme y toda la paciencia que me quedaba desaparece.
Sus piernas se cierran alrededor de mi cintura y sus labios buscan los míos cada vez que el movimiento nos separa.
La cama golpea suavemente la pared y los dos nos quedamos quietos un segundo.
—Violet va a echarnos de la finca —murmura Eve, ahogando una risa.
—Diremos que era parte de la música.
—La banda está en la otra ala —me recuerda.
—Entonces tendremos que ser más discretos.
No lo conseguimos. Eve vuelve a atraerme y la risa se convierte en un gemido cuando retomo el movimiento y la penetro con ansia y me olvido de medir y de corregir.
La observo perder el control al mismo tiempo que yo y, cuando el placer nos invade, escondo el rostro en su cuello mientras ella se aferra a mí y me clava las uñas en los hombros.
Permanecemos abrazados mientras recuperamos el aliento y después me aparto aunque sin dejar de abrazarla. Eve se acurruca contra mi costado y apoya la cabeza sobre mi pecho, como al despertar, pero ahora ninguna almohada intenta separarnos.
—¿Te arrepientes de haber finalizado el servicio? —pregunta mientras dibuja una línea sobre mi abdomen con la punta del dedo.
—Pregúntamelo cuando Mara me llame mañana.
—Hablo en serio.
Le acaricio el pelo y observo las sombras que la lámpara proyecta sobre el techo.
—No me arrepiento. Solo me asusta no saber qué ocurrirá a partir de ahora.
Eve levanta la cabeza para mirarme.
—Mañana seguirá existiendo, aunque no lo hayamos incluido en el contrato.
—Ese no es el único problema —admito mientras deslizo los dedos por su espalda—.
A veces no sé quién soy cuando no intento gustarle a un director, a un público o a una clienta.
Siempre estoy buscando la versión que necesitan los demás de mí y tratando de interpretarla antes de que decidan que prefieren a otro.
Eve apoya la barbilla sobre mi pecho.
—La cámara reconoce cuándo dejas de hacerlo.
—La cámara no me conoce —la corrijo.
—Pero yo estoy detrás de ella —me recuerda Eve mientras dibuja un círculo sobre mi pecho—. El primer día vi cómo te cambiaba la cara cuando dejaste de intentar gustarme y esta noche ha ocurrido lo mismo.
—¿Mientras estábamos follando?
—No, unos segundos antes —aclara con una sonrisa—. Después estaba demasiado ocupada para analizarte.
—Eso resulta tranquilizador —contesto entre risas.
—Yo sí empiezo a conocerte —responde, recorriendo mi rostro con la mirada—. Dejas de sonreír cuando algo te importa. Haces bromas cuando tienes miedo y escuchas mejor de lo que quieres admitir y… también roncas un poco.
—Eso último es una calumnia.
—Tengo pruebas.
—¿Fotográficas?
—Todavía no, pero dame tiempo.
Sonrío y Eve vuelve a apoyar la cabeza sobre mi pecho. Al cabo de unos minutos, su respiración se hace más profunda y su cuerpo se relaja por completo contra el mío.
Mi teléfono se ilumina sobre la mesilla. Al principio pienso ignorarlo, pero distingo el nombre de Claire en la pantalla y estiro el brazo sin despertar a Eve.
No es un mensaje, sino un correo reenviado por mi agente. El asunto dice: «Westbound. Selección final».
Abro el documento y leo dos veces las primeras líneas. He superado la prueba. El director quiere incluirme entre los tres finalistas y citarme para una última lectura. Si consigo el papel, los ensayos comenzarán en Los Ángeles dentro de pocas semanas.
Debería sentir únicamente alivio. Llevo meses esperando una oportunidad así y años imaginando un proyecto que pudiera acercarme a Broadway. Sin embargo, bajo el teléfono y miro a Eve dormida sobre mi pecho y siento que una oportunidad profesional no es lo único que temo perder.