Alquilé un novio (Decisiones cuestionables 3) 13
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Eve

Me despierto con la mano apoyada sobre el pecho de Rob y las tres almohadas que debían separarnos tiradas en el suelo.

Durante unos segundos no me muevo. La habitación todavía está en penumbra y, bajo mi palma, su corazón late con un ritmo tranquilo.

Rob duerme boca arriba, con el pelo revuelto y una pierna fuera de la sábana.

Sin su habitual sonrisa perfecta parece más joven y mucho menos peligroso para mi estabilidad emocional.

Intento retirar la mano, pero sus dedos se cierran alrededor de mi muñeca.

—Buenos días —murmura sin abrir los ojos.

—Estás despierto.

—Desde que has intentado comprobar si tenía pulso.

—Mi mano estaba en mi lado de la cama —respondo mientras trato de liberarme.

Rob abre los ojos y mira las almohadas del suelo.

—Las pruebas indican lo contrario.

Consigo apartarme y me siento en el borde del colchón. Él no intenta retenerme, aunque noto su mirada sobre mi espalda mientras busco la bata.

—Tenemos que estar abajo dentro de una hora —le recuerdo al levantarme mientras miro el reloj en mi teléfono.

—La ceremonia no empieza hasta las cinco.

—Yo tengo trabajo antes.

—Y yo debo fingir que no me he despertado contigo abrazada a mí —responde mientras se incorpora contra el cabecero—. Los dos tenemos una mañana complicada.

Le lanzo una almohada antes de encerrarme en el baño, pero escucho su risa incluso después de cerrar la puerta.

Una hora más tarde, la finca ya está llena de proveedores, familiares, amigos y flores.

Violet cruza el vestíbulo hablando por el auricular mientras señala a dos camareros dónde deben colocar una mesa.

Laura supervisa los arreglos de la ceremonia mientras Pamela intenta robar un canapé de una bandeja y Kim le aparta la mano antes de que lo consiga.

Yo llevo la cámara colgada del hombro y una bolsa con varios objetivos, porque Violet me pidió que hiciera fotografías informales de los preparativos y de la cena de bienvenida.

El fotógrafo contratado por Hannah se ocupará de la ceremonia y de las imágenes oficiales, así que puedo moverme sin una lista de momentos obligatorios.

Mientras estoy comprobando la luz junto a la escalera, Hannah sale de la suite nupcial con una bata blanca y el pelo a medio recoger.

—¿Tienes un minuto? —me pregunta, sujetándose la tela sobre el pecho.

—Claro —respondo mientras bajo la cámara.

Hannah mira el pasillo y abre la puerta de una pequeña sala contigua. Dentro hay dos sillones, una mesa con botellas de agua y varias cajas de flores esperando su turno. Ella entra y cierra detrás de mí.

—Quería darte las gracias por venir —empieza mientras se sienta en el brazo de uno de los sillones—. Sé que Connor te invitó, pero fui yo quien insistió en que debía hacerlo.

—No tenías ninguna obligación.

—Tal vez no, pero me habría parecido peor fingir que no formas parte de la vida de muchas personas que estarán aquí —explica mientras alisa una arruga de la bata—. Aun así, temía que aceptar te hiciera sentir incómoda.

La observo esperando encontrar condescendencia en sus palabras, pero Hannah solo parece nerviosa. Va a casarse y, sin embargo, está preocupada por cómo me siento yo.

—Al principio lo hizo —admito, sentándome frente a ella—. Pero no por ti. Este lugar está lleno de gente que me conoció cuando todavía era la novia de Connor y algunos no parecen saber quién soy ahora.

Hannah asiente despacio con la cabeza.

—Entiendo que verme con él tampoco debe de ser fácil.

—No siento celos de ti —respondo y, al decirlo en voz alta, compruebo que es verdad—. Me caes demasiado bien y resulta bastante molesto.

Hannah se ríe y se lleva una mano a la boca.

—Puedo intentar comportarme peor si eso ayuda.

—A estas alturas ya no serviría.

Su sonrisa pierde parte de la tensión.

—Me alegro de que estés aquí, Eve. No para demostrar que todos podemos llevarnos bien, sino porque sé que eres importante para Violet y para el resto de las chicas.

—Y tú eres importante para Connor —respondo mientras me levanto—. Eso es lo único que debería importar.

Hannah también se pone en pie y me abraza. Esta vez no analizo el gesto ni intento averiguar qué lugar ocupa cada una, solo le devuelvo el abrazo antes de abrirle la puerta.

Al regresar al salón, encuentro al fotógrafo oficial agachado junto a una maleta abierta. Pulsa varias veces el disparador remoto, pero uno de los flashes permanece apagado.

—¿Problemas? —pregunto mientras me acerco.

—El transmisor ha dejado de sincronizarse —responde sin levantar la cabeza—. Funcionaba hace diez minutos.

Me arrodillo a su lado, aunque mantengo las manos lejos de su equipo.

—¿Has probado a cambiar el canal? Hay otros dispositivos inalámbricos funcionando en la finca.

Él revisa la configuración y niega con la cabeza.

—Necesito este flash para las fotografías de la habitación.

—Tengo un disparador compatible en mi bolsa —le ofrezco mientras señalo el pasillo—. Puedes usarlo si el tuyo sigue fallando.

El hombre me mira por primera vez.

—¿Eres fotógrafa?

—Sí, pero hoy este es tu trabajo.

Le alcanzo mi disparador y espero mientras lo conecta. El flash responde al primer intento e ilumina el salón con un destello blanco.

—Me acabas de salvar la mañana —asegura, poniéndose en pie.

—Solo te he prestado una pieza de equipo —contesto con una sonrisa.

—En una boda, eso cuenta como salvar la mañana.

Sonrío de nuevo y recojo mi cámara. Mientras él regresa a la suite de Hannah, enfoco las manos de Laura colocando una peonía en un arreglo y disparo.

Después fotografío a Violet consultando su lista y a Pamela robando una fresa de una bandeja cuando cree que nadie la ve.

No tengo que demostrar nada ni convencer a nadie de que sé hacer mi trabajo, solo necesito observar y escoger el instante preciso.

Por primera vez desde la reunión con el inversor, recuerdo que no abrí el estudio para dirigir hojas de cálculo. Lo hice porque detrás de una cámara el mundo deja de ser una sucesión de cosas que podrían salir mal y se convierte en algo que puedo mirar con atención.

Faltan cuarenta minutos para la ceremonia cuando Connor me encuentra junto a la biblioteca. Ya lleva el traje y tiene la corbata un poco torcida. Durante seis años habría levantado las manos para arreglársela. Hoy, en cambio, me limito a esperar.

—¿Podemos hablar? —pregunta mientras señala la puerta abierta.

Miro hacia el jardín, donde Rob conversa con Arthur cerca de las primeras filas. Él levanta la vista en ese momento y nuestras miradas se cruzan, pero no se acerca ni pregunta qué ocurre. Solo permanece donde está.

—Cinco minutos —acepto antes de entrar en la biblioteca.

Connor entorna la puerta, sin llegar a cerrarla del todo, y se apoya en el borde de una mesa. Se alisa la corbata, baja la mirada hacia sus zapatos y guarda silencio antes de decidirse a hablar.

—Los mensajes de estos últimos meses no eran solo para mantener el contacto —admite, frotándose las manos—. Quería saber que estabas bien.

—Podías habérmelo preguntado directamente.

—No sabía si tenía derecho.

—No lo tenías —respondo, manteniendo la cámara entre las manos—. Pero preguntaste de todos modos.

Connor acepta el golpe con un asentimiento.

—Me sentía culpable, porque me marché después de seis años y, cada vez que oía algo sobre el estudio, necesitaba comprobar que no te había dejado sola con un desastre.

—No me dejaste con un desastre. Me dejaste con mi negocio.

—Ahora lo sé —afirma mientras baja la mirada—. También sé que durante mucho tiempo conté nuestra historia como si yo hubiera sido quien puso orden, mientras tú solo aportabas el talento. Era una forma de seguir sintiéndome necesario.

La sinceridad no borra las veces que permití que esa versión se impusiera, pero hace que pueda escucharlo sin sentir que tengo que defenderme.

—Ayudar no te daba derecho a apropiarte de lo que yo conseguí sola —le digo, apoyando la cámara contra mi cuerpo.

—Lo sé. Y lo siento.

Connor se separa de la mesa y camina hasta la ventana. En el jardín, los invitados empiezan a ocupar sus asientos.

—Contigo todo parecía estar cambiando siempre —continúa—. El estudio, los horarios, nuestros planes. Yo quería una vida que pudiera prever y acabé convenciéndome de que el problema eras tú por pedir demasiado.

—Elegiste marcharte porque no querías la vida que estábamos construyendo —respondo—. Puedes lamentar cómo lo hiciste, pero no necesito que conviertas tu decisión en un error para sentirme mejor.

—Nunca pensé que te faltara nada —contesta volviéndose hacia mí.

—Sí lo pensaste. Tal vez no de esa forma, pero me hiciste creer que debía necesitar menos, preguntar menos y ocupar menos espacio para que te quedaras.

El silencio se impone entre nosotros, pero esta vez no intento llenarlo.

—No espero que me perdones hoy —dice al fin.

—Bien, porque no voy a hacerlo solo para que llegues más tranquilo a la ceremonia —respondo mientras abro la puerta—. Pero tu marcha no demuestra que a mí me faltara algo. Solo demuestra que ya no querías estar conmigo.

Connor asiente y se alisa la chaqueta.

—Me alegro de que hayas venido con alguien que te escucha.

Pienso en Rob recordando mis cifras, cómo me gusta tomar el café y el cajón donde guardo las almendras.

—Yo también —respondo antes de salir.

Rob me espera al final del pasillo con dos botellas de agua. No se acerca hasta que soy yo quien camina hacia él. Cuando estoy a su lado, me entrega una y examina mi expresión sin preguntar qué ha ocurrido.

—¿Necesitas salir de aquí? —pregunta mientras desenrosca el tapón de la suya.

—No. Necesito que la ceremonia empiece de una vez.

—Puedo intentar meter prisa a la novia, pero Violet quizá me tire al río.

—Y yo dejaría que lo hiciera —respondo antes de beber un trago.

Rob sonríe y me roza la espalda con la mano.

No pregunta de qué hemos hablado ni intenta consolarme.

Se limita a caminar conmigo hasta el jardín, adaptando su paso al mío.

Al llegar a las sillas, levanto la cámara para comprobar el encuadre y noto que las manos ya no me tiemblan y no puedo evitar sonreír.

La ceremonia empieza puntual y yo, desde una silla de la tercera fila, observo a Hannah caminar hacia Connor y comprendo que no estoy presenciando la vida que debería haber sido mía, sino la suya.

Cuando se toman de las manos, no siento que ella haya ocupado mi lugar, porque ese lugar dejó de existir mucho antes de que Hannah apareciera.

Durante la recepción guardo la cámara hasta que veo a Connor y Hannah apartados junto a la mesa del pastel. Ella tiene un poco de crema en la punta de la nariz y él se la limpia con el pulgar antes de besarla. Ninguno sabe que los observo, así que levanto la cámara y disparo por impulso.

Al revisar la imagen, descubro una ternura que no necesita público y me doy cuenta de que es una buena fotografía. También es la prueba de que puedo mirar su felicidad sin desearla para mí.

—¿Puedo robarte este baile? —pregunta Rob a mi espalda.

Me vuelvo y lo encuentro con una mano extendida. Dejo la cámara sobre la mesa y entrelazo mis dedos con los suyos.

—Solo uno —respondo mientras me conduce hacia la pista.

—Intentaré que sea memorable —dice con una media sonrisa, que ahora ya dista bastante de esa sonrisa perfecta que solía dibujar en sus labios antes.

Rob coloca una mano en mi cintura y yo apoyo la mía sobre su hombro y nos movemos siguiendo la música, despacio, mientras las luces colgadas de la carpa se reflejan en sus ojos.

—¿Estás bien? —pregunta, acercando los labios a mi oído para que le oiga por encima de la música.

—Sí —respondo mientras llevo mi mano hasta su nuca—. Por primera vez, creo que sí.

Cuando termina la canción, no regreso a la mesa. Cojo a Rob de la mano y lo conduzco hasta una terraza lateral. Aquí la música llega amortiguada y el jardín se extiende oscuro frente a nosotros y a nuestro alrededor no hay invitados ni cámaras, ni Connor nos observa.

Rob se detiene frente a mí, pero no intenta acercarse.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunta mientras acaricia mis nudillos con el pulgar.

—Quiero pedirte algo —contesto a media voz.

—Dímelo.

Respiro hondo y me acerco un poco más a él.

—Bésame.

Rob busca mis ojos antes de mover siquiera una mano.

—¿Estás segura?

—Sí —respondo apoyando las palmas sobre su pecho—. No quiero un beso que convenza a nadie. Quiero uno que sea solo para mí.

Rob me coge la cara entre las manos y, antes de besarme, acaricia mis mejillas con los pulgares, como si todavía quisiera darme la oportunidad de cambiar de opinión, pero no lo hago.

Soy yo quien termina de acortar la distancia y el primer roce de sus labios es suave, casi una pregunta.

Rob se aparta apenas unos milímetros y vuelve a besarme cuando subo las manos desde su pecho hasta su nuca.

Él inclina la cabeza, entreabre los labios y una de sus manos abandona mi rostro para rodearme la cintura y atraerme hacia él.

Mi cuerpo encaja contra el suyo con una facilidad que me hace olvidar todo lo que había pensado decirle, pero me da igual.

Le acaricio el pelo y Rob deja escapar el aire contra mi boca, mientras sus dedos se aferran a la tela de mi vestido.

Ya no hay nada planeado en la forma en que nos besamos, ni en las ganas con las que vuelvo a buscar sus labios cada vez que se separan de los míos para respirar.

Noto su pecho agitado contra el mío y el calor de su mano en mi espalda.

El beso deja de ser prudente en el momento en que Rob me aprieta contra su cuerpo y yo le respondo con la misma necesidad.

Podría apartarme, recordarle el contrato o recuperar alguna de las reglas que nos han protegido hasta ahora, pero no quiero hacerlo.

Por primera vez desde que lo contraté, no me importa cómo terminará esto. Solo quiero seguir besándolo.

Cuando al fin nos separamos, los dos respiramos de forma entrecortada. Rob apoya la frente sobre la mía y mantiene las manos en mi cintura, como si esperara que yo decidiera qué ocurrirá a continuación.

—Eve… —murmura sin alejarse.

Pero no le permito terminar. Entrelazo los dedos con los suyos y tiro suavemente de su mano.

—Ven conmigo —susurro.

Atravesamos la recepción intentando no llamar la atención de los invitados, aunque todavía siento sus labios sobre los míos y noto su pulgar acariciándome la mano mientras subimos las escaleras. Ninguno habla, aunque tampoco hace falta.

Al llegar a la habitación, abro la puerta y Rob entra detrás de mí, pero se detiene junto a ella mientras enciendo una lámpara. La cama continúa en el centro y las almohadas siguen tiradas en el suelo, aunque ya no necesito fingir que pueden protegernos de nada.

Cierro la puerta, giro la llave y me vuelvo hacia él.

—Esta noche no quiero que interpretes nada de lo que ocurra a continuación.