12
Rob
El cóctel de bienvenida se celebra en la terraza trasera de la finca, bajo unas guirnaldas que empiezan a encenderse a medida que cae la tarde.
Los camareros van de un lado a otro con bandejas con copas de champán y aperitivos, mientras un pianista toca junto a los ventanales del salón.
Al fondo, el río refleja el cielo anaranjado y varias personas se vuelven para mirarnos.
Eve, que lleva un vestido color burdeos y el pelo suelto, mantiene una mano apoyada en mi brazo. Parece tranquila, aunque sus dedos se tensan cuando una mujer de unos sesenta años se acerca a nosotros.
—Eve, cariño —la saluda la mujer antes de abrazarla—. Me alegra muchísimo verte tan bien después de todo.
Eve tarda un segundo en devolverle el abrazo.
—Yo también me alegro de verla, señora Mitchell —responde cuando se separan.
La mujer mira mi mano, que permanece cerca de la cintura de Eve, aunque sin llegar a tocarla.
—Y tú debes de ser Rob —dice, ofreciéndome la mejilla—. Hemos oído hablar mucho de ti estos últimos días.
—Espero que Eve haya omitido mis peores defectos —respondo mientras la saludo con una sonrisa.
—Todavía estoy decidiendo cuáles son —interviene Eve, mirándome de reojo.
La señora Mitchell sonríe, satisfecha con la imagen que le ofrecemos, y vuelve a concentrarse en Eve.
—Debe de resultarte difícil estar aquí —añade mientras le aprieta el antebrazo—. Ver a Connor empezar una nueva etapa y todo eso.
Noto cómo Eve se pone tensa, pero no intenta alejarse ni busca mi ayuda, por lo que me limito a permanecer junto a ella.
—No he venido a despedirme de ninguna etapa —contesta con serenidad—. He venido porque Hannah y Connor me han invitado y porque Violet necesitaba que hiciera algunas fotografías durante el fin de semana.
—Claro, por supuesto —murmura la mujer con una sonrisa compasiva asintiendo con la cabeza—. Mantenerse ocupada siempre ayuda.
Eve me roza la muñeca con dos dedos y me doy cuenta de que esa es la señal que acordamos para pedirme que intervenga.
—Sobre todo cuando el trabajo va tan bien —añado mientras apoyo la mano en su espalda—. Últimamente cuesta encontrar un hueco en su agenda.
—Eso es estupendo —responde la señora Mitchell, aunque parece sorprendida—. Me alegro mucho por ti, querida.
Cuando se aleja, Eve coge una copa de champán de una bandeja y bebe un sorbo demasiado largo.
—¿Cuántas personas van a decirme esta noche que se alegran de verme bien? —pregunta sin dejar de mirar a los invitados.
—Hasta ahora solo una —respondo mientras cojo otra copa para mí—. Pero puedo llevar la cuenta si quieres.
—No era una pregunta literal.
—Entonces mi trabajo aquí acaba de complicarse.
La comisura de su boca se curva y, aunque no es una sonrisa completa, me basta para saber que no quiere marcharse.
Durante la siguiente media hora, varios familiares de Connor repiten versiones de la misma conversación.
Un primo le dice que es valiente por haber venido y una amiga de sus padres asegura que siempre supo que saldría adelante.
Mientras tanto, yo me limito a saludar, recordar nombres y seguir las señales de Eve para comportarme de una manera u otra.
Cuando se acerca a mí, la rodeo por la cintura y cuando mantiene la distancia, dejo las manos quietas.
No respondo por ella ni desvío las preguntas hasta que me roza la muñeca con los dedos o busca mis ojos.
Al principio sigo las reglas porque forman parte del acuerdo, pero después dejo de pensar en ellas. Solo quiero que nadie vuelva a mirarla como si la vida de Connor fuera el centro de una historia en la que ella ha quedado relegada a un epílogo triste.
Un rato después, Connor aparece cuando están sirviendo la cena. Lleva la chaqueta abierta y se detiene frente a nosotros mientras Eve fotografía las mesas dispuestas en el jardín.
—Pensaba que esta noche no ibas a trabajar —comenta, metiéndose las manos en los bolsillos.
—Solo quiero aprovechar la luz antes de que anochezca —explica Eve sin apartar el ojo del visor.
—Siempre has sido incapaz de dejar la cámara quieta.
La frase suena cariñosa, pero Eve baja el aparato y aprieta los labios. Antes de que responda, un camarero pasa con una bandeja y le ofrezco uno de los aperitivos.
—Cómetelo antes de que decidas que tres almendras cuentan como cena —le digo, sosteniendo la servilleta frente a ella.
—No necesito supervisión —dice después de poner los ojos en blanco y aceptar el bocado que le ofrezco.
—Lo sé —respondo mientras le limpio una miga de la comisura de los labios con el pulgar—. Necesitas comida.
Connor observa el gesto y después dirige la mirada hacia la cámara.
—¿También sabe lo de las almendras? —pregunta Connor, curvando los labios en una sonrisa tensa que desaparece casi al instante.
—Solo se lo conté una vez —responde Eve mientras vuelve a levantar la cámara.
—Presto atención cuando habla —añado con una sonrisa antes de apartarme para no entrar en el encuadre.
Connor permanece a nuestro lado unos segundos y parece dispuesto a decir algo más, pero Hannah lo llama desde la mesa principal y termina alejándose de nosotros al instante.
Unos minutos después, nos sentamos a cenar bajo una carpa abierta hacia el jardín.
Compartimos mesa con Connor, Hannah, Daniel y varios invitados a los que conocí en la gala.
Violet se sienta en una silla cercana al pasillo para poder levantarse cada vez que alguien la necesita.
Daniel intenta hacerle una pregunta sobre el orden de los discursos, pero ella levanta un dedo sin dejar de hablar por el auricular.
—Todavía no —le advierte Violet mientras consulta su carpeta.
—Solo quería confirmar una cosa —insiste Daniel, inclinándose hacia ella.
—Y yo quiero terminar de resolver las otras siete.
Daniel se recuesta en la silla con una sonrisa divertida y Violet lo ignora, aunque noto cómo el color le sube ligeramente por el cuello.
La cena avanza entre conversaciones sobre la ceremonia y recuerdos de Connor.
Eve come poco, pero esta vez no tengo que recordárselo.
Cada vez que alguien convierte una pregunta en una muestra de lástima, ella responde antes de que yo pueda intervenir.
Sin embargo, el problema llega con el segundo plato, cuando un antiguo cliente de Connor, sentado frente a nosotros, pregunta a Eve por la ampliación del estudio.
—Me han dicho que buscas inversores —comenta mientras corta la carne—. Connor siempre tuvo buen ojo para esas cosas. Seguro que al principio te vino bien contar con alguien capaz de ordenar la parte financiera.
Eve deja los cubiertos a ambos lados del plato y, sin bajar la mirada ni apretar la servilleta entre las manos, como hizo durante nuestra cena con Connor, responde con calma.
—Connor revisó dos presupuestos cuando abrí el estudio —responde—. Se lo agradecí entonces y sigo agradeciéndoselo, pero fui yo quien consiguió los clientes, asumió los gastos y convirtió el proyecto en un negocio rentable.
El hombre parpadea, sorprendido por la firmeza de su respuesta.
—No pretendía quitarte mérito —se disculpa, levantando una mano.
—Entonces no se lo atribuyas a otra persona —replica Eve antes de coger su copa.
No necesita que la defienda. Aun así, cuando el hombre vuelve a mirar hacia Connor como si esperara su confirmación, apoyo los antebrazos sobre la mesa.
—La facturación del estudio ha crecido un treinta y ocho por ciento en los últimos dos años —añado sin apartar la mirada de Eve—. Y lo ha conseguido antes de recibir la inversión que necesita para ampliar el equipo.
—Te sabes sus cifras —observa Connor, dejando la copa junto al plato.
—Me explicó el proyecto —respondo encogiéndome de hombros—. Es difícil no recordar algo cuando ella habla de ello de esa manera.
Eve gira la cabeza hacia mí y durante un instante tengo la sensación de que desaparecen la carpa, los invitados y la conversación. No hay alivio en su expresión, sino sorpresa porque he reconocido que aquella noche la escuché en el estudio y recuerdo el número exacto.
—El estudio está preparado para crecer —continúa Eve, volviéndose hacia el hombre—. Solo necesito un inversor que evalúe las cifras sin necesitar a un hombre que las explique por mí.
Connor baja la mirada hacia el mantel y esta vez no intenta completar su historia ni recordar cuánto la ayudó. Se limita a asentir cuando el invitado cambia de tema.
Después de la cena, Eve recorre la carpa fotografiando las mesas y el brindis.
Yo la sigo con su copa en la mano, le alcanzo otro objetivo cuando me lo pide y procuro mantenerme fuera de cada encuadre.
Cuando por fin guarda la cámara, subimos a la habitación intercambiando apenas unas palabras.
Sin embargo, nada más entrar, nuestras miradas se dirigen hacia la cama, que ocupa el centro del dormitorio y deja claro que esta noche no tendremos espacio suficiente para mantener las distancias.
—Dormiré en el suelo —anuncio mientras abro el armario.
Eve deja la cámara sobre el tocador y mira la alfombra.
—No vas a dormir ahí.
—He trabajado en teatros con camerinos peores.
—Eso no convierte el suelo en una cama —replica mientras saca dos almohadas del armario—. Podemos compartirla.
—Hace dos días nos besamos hasta olvidarnos de que había gente mirando.
Eve deja las almohadas en medio del colchón y empieza a colocarlas en fila.
—Por eso existe la frontera.
—Es tranquilizador saber que dos almohadas pueden detener el deseo humano.
—Tres —me corrige mientras añade otra—. No subestimes mi capacidad de planificación.
Me cambio en el baño y salgo con una camiseta y unos pantalones de deporte. Eve ya está acostada en el lado izquierdo de la cama, con una camiseta amplia y el pelo extendido sobre la almohada. Evito mirar sus piernas desnudas mientras apago la luz y me meto en el otro lado.
—Buenas noches —dice, dándome la espalda.
—Que descanses.
Después de treinta segundos, escucho a Eve murmurando desde la oscuridad.
—Esto es ridículo.
—¿Las almohadas o que estés ocupando dos tercios de la cama? —le pregunto sin apenas moverme de mi mitad de la cama.
—No ocupo dos tercios.
—Mi hombro está fuera del colchón.
Eve se mueve y una de las almohadas cae al suelo.
—Problema resuelto —dice.
—Nuestra defensa acaba de sufrir una baja.
La oigo reír en voz baja y noto cómo el colchón se hunde cuando se vuelve hacia mí y, aunque la oscuridad oculta su expresión, siento que está mirándome.
—¿Tu familia sabe lo de la agencia? —pregunta.
—Mi madre cree que acompaño a gente a eventos como trabajo complementario. Prefiero que no conozca los detalles.
—¿Por qué?
—Porque buscaría una manera amable de preguntarme en qué momento abandoné mi dignidad.
—¿Y tú crees que la has abandonado?
Me quedo mirando el techo.
—He hecho de camarero, he repartido folletos vestido de teléfono móvil y una vez felicité durante tres horas a los asistentes de un congreso vestido de explorador. Acompañarte no es lo peor que he aceptado para pagar el alquiler.
—¿Un teléfono móvil? —pregunta Eve, conteniendo la risa.
—Con brazos de espuma. No podía atravesar las puertas de frente.
—Espero que existan fotografías de ese momento —dice tratando de no reírse.
—Fueron destruidas para proteger mi carrera.
Eve se ríe abiertamente y después guarda silencio. Al cabo de unos segundos, vuelvo a escuchar su voz.
—Yo pasé seis años esperando.
Giro la cabeza hacia ella.
—¿A Connor?
—A que llegara a casa, a que quisiera hablar o a que decidiera que algo también era importante para él. Me acostumbré tanto que tardé meses en comprender que ya no estaba esperando a una persona, sino a que mi relación empezara a parecerse a la vida que yo quería.
No intento decirle que conmigo sería distinto, porque cualquier hombre puede prometer eso a oscuras.
—¿Y ahora qué te da miedo? —pregunto mientras aparto la última almohada que queda entre nosotros para poder verla mejor.
—Volver a convertirme en esa mujer —responde Eve, apoyando la mejilla sobre la mano—. La que aplaza cosas, justifica silencios y espera a que alguien decida elegirla.
—No pareces esperar mucho últimamente.
—Porque ahora intento controlarlo todo.
—Eso explica las tres maletas.
Eve me da un golpe suave en el pecho y deja la mano sobre mi camiseta. Ninguno de los dos se mueve. Noto el calor de su palma atravesar la tela y mi cuerpo recuerda el beso antes que mi cabeza.
—No tienes que solucionar nada —murmura ella.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
—Solo estoy aquí.
Sus dedos se relajan sobre mi pecho y siento que ahora podría inclinarme y besarla. Ella está lo bastante cerca y ya no queda ninguna almohada entre los dos, pero le prometí que no lo haría hasta que me lo pidiera.
—Gracias —susurra Eve antes de cerrar los ojos.
Su respiración se vuelve lenta unos minutos después, pero su mano permanece apoyada sobre mi camiseta, justo encima del corazón.
Yo sigo despierto, contemplando su rostro en la penumbra y pensando en que nuestro contrato terminará después de la boda.
Hasta esta noche, esa fecha era una garantía. Ahora solo deseo que no llegue.