Alquilé un novio (Decisiones cuestionables 3) 11
45%

11

Eve

Mi teléfono está junto al teclado mientras termino de guardar las baterías para la boda. La pantalla se ilumina entre los objetivos y los cables que tengo repartidos sobre la mesa.

Pamela:

Necesito una descripción completa.

Eve:

Ya os la he dado.

Kim:

Has escrito «nos besamos y luego volvimos a casa».

Eso es un informe policial, no una descripción.

Laura:

¿Habéis hablado después?

Coloco una batería dentro de la bolsa y releo la pregunta de Laura.

Rob y yo hemos intercambiado cuatro mensajes desde la gala sobre el viaje, la hora de salida y el equipaje.

Pero ninguno ha mencionado nada sobre su mano en mi nuca, ni la forma en que seguí besándolo cuando ya nadie necesitaba convencerse de nada, porque se lo habíamos dejado suficientemente claro.

Eve:

Hemos organizado el fin de semana.

Laura:

No te he preguntado eso.

Pamela:

Del uno al diez, ¿qué nota le pondrías?

Kim:

Esa información no tiene valor jurídico.

Pamela:

Tiene valor para mí.

Eve:

Empezó como parte del trabajo.

Laura:

¿Y cómo terminó?

Apago la pantalla, guardo el teléfono en el bolso y cierro la cremallera, aunque el móvil vuelve a vibrar.

Pamela:

Eve ha huido.

Kim:

Su silencio resulta bastante concluyente.

Laura:

Callar no convierte lo ocurrido en algo estrictamente profesional.

Pamela:

Sigo esperando la clasificación técnica.

Kim:

Yo necesito saber si hay que modificar el contrato.

Abro la puerta del estudio justo cuando Rob aparca el coche de alquiler frente a la puerta del local. Al verme salir, rodea el vehículo y levanta una mano para saludarme. Lleva vaqueros y un jersey gris, pero durante un segundo vuelvo a verlo con el esmoquin.

—Has traído tres bolsas —señala Rob mientras coge la más grande.

—En una solo llevo el equipo —aclaro, colgándome el bolso al hombro.

Rob mira las otras dos y arquea una ceja.

—¿Y esas?

—Ropa y cosas que puedo necesitar.

—Vamos a pasar tres días, no a instalarnos en el valle del Hudson —me advierte abriendo el maletero y contemplando el exiguo espacio ocupado por su equipaje.

—Tú solo te dedicas a interpretar, pero yo voy a trabajar —le recuerdo mientras le entrego otra bolsa.

—Y yo que pensaba que lo nuestro era un viaje romántico —bromea al colocarla junto a la suya.

La palabra «romántico» sobrevuela nuestras cabezas mientras Rob cierra el maletero y yo rodeo el coche para ocupar el asiento del conductor.

—Conduzco yo —anuncio, extendiendo la mano hacia él.

Rob guarda las llaves en el puño.

—He alquilado el coche a mi nombre.

—Precisamente por eso deberías querer conservarlo entero.

Él me observa unos segundos antes de dejar caer las llaves sobre mi palma.

—Empiezo a arrepentirme de todo esto y ni siquiera hemos salido de Manhattan.

Durante los primeros veinte minutos, avanzo siguiendo las indicaciones del navegador mientras intentamos dejar atrás el tráfico de la ciudad. A mi lado, Rob cambia tres veces de emisora antes de rendirse y conectar su teléfono al equipo de música del coche.

—No voy a conducir dos horas escuchando musicales —le advierto mientras nos incorporamos a la autopista.

—No son musicales —protesta, llevándose una mano al pecho—. Es una selección cultural.

—Pero si el hombre que canta acaba de cantar que resolverá sus problemas bailando…

—Bueno, no me dirás que esa no es una estrategia más saludable que rehacer una hoja de cálculo siete veces.

Le lanzo una mirada y él sube el volumen con una sonrisa. Aguanto dos canciones antes de cambiar a una lista de música tranquila.

—Esto parece la banda sonora de un ascensor —se queja Rob chasqueando la lengua, mientras se hunde en el asiento.

—Me ayuda a concentrarme —trato de justificarme y encojo los hombros.

—Solo tienes que mantener el coche dentro de las líneas —responde, señalando el parabrisas.

—Puedo dejarte en la próxima área de servicio si no te sientes seguro conmigo al volante.

Rob se incorpora de inmediato.

—Tenemos que parar de todos modos. Quiero un café.

—Hemos salido solo hace media hora.

—Y ya he sobrevivido a tres cambios de carril violentos —replica mientras se agarra al cinturón.

—No han sido violentos.

—Un camión nos ha hecho luces cuando venía de frente.

No consigo evitar reírme. Rob también se ríe y la tensión se relaja un poco. Él representa mis cambios de carril con las manos y yo le recuerdo que casi lo atropellaron durante una sesión de fotos en Brooklyn.

Cuando por fin dejamos atrás el tráfico, el silencio vuelve a instalarse dentro del coche, aunque esta vez no me incomoda. Lo que me impide relajarme es la mano de Rob, apoyada junto a la palanca de cambios, tan cerca de la mía que nuestros dedos podrían rozarse con cualquier movimiento.

—No voy a volver a besarte —dice Rob de repente, mirando al frente.

Mis dedos se tensan alrededor del volante.

—No te he pedido que hablemos de eso ahora.

—Precisamente por eso llevamos dos días hablando del horario de salida —responde mientras gira la cabeza hacia mí.

—Era necesario organizar el viaje.

—Sí, pero también era necesario decidir qué hacemos después de besarnos delante de Connor y haber continuado cuando ya se había acabado la actuación.

Adelanto a un coche antes de responderle.

—No tenemos que hacer nada, solo fue un beso.

Rob apoya el codo en la ventanilla y se frota la mandíbula.

—De acuerdo, entonces no volveré a besarte a menos que me lo pidas.

Su tranquilidad me obliga a girar la cabeza para mirarle durante un instante.

—No voy a pedírtelo.

—También es una opción —responde, encogiéndose de hombros.

—Pareces muy tranquilo.

Rob gira el cuerpo hacia mí y la burla desaparece de su expresión.

—Puedo prometerte que respetaré el contrato y cualquier límite que marques, Eve. Lo que no voy a hacer es fingir que no quiero volver a besarte.

Su respuesta me corta la respiración y aprieto con fuerza el volante. Intento concentrarme en la carretera, pero termino cambiando de carril con demasiada brusquedad.

—Ese ha sido violento —señala Rob mientras se agarra a la puerta.

—Cállate —le ordeno sin mirarlo.

—Solo intento mantenernos vivos.

—Pon tu selección cultural, anda —digo refiriéndome a la radio.

Rob obedece y una canción exageradamente romántica llena el coche. Le doy un codazo en el brazo, pero él se ríe y cambia a otra antes de que pueda apagar la radio.

Paramos a tomar café cuarenta minutos después y en cuanto entramos en el área de servicio, Rob pide el mío solo, con un poco de leche fría y sin azúcar. También añade un bollo de canela antes de que pueda protestar.

—No necesito que vuelvas a alimentarme —le reprocho mientras él acerca la tarjeta al datáfono.

—Has salido del estudio con tres bolsas y ninguna era de desayuno —responde, recogiendo los vasos—. Además, si te desmayas, tendré que conducir yo.

—Eso explica tu generosidad —murmuro mientras cojo mi café.

Nos sentamos junto al ventanal y compartimos el bollo, aunque no hay invitados observándonos ni una cámara preparada para crear recuerdos falsos.

Aun así, Rob me deja la parte con más glaseado y yo le limpio una mancha de azúcar del jersey sin pensarlo.

Los dos nos quedamos quietos al darnos cuenta de lo que acabamos de hacer, aunque ninguno de los dos se atreve a decir nada.

Después, él recoge los vasos y yo finjo que no ha ocurrido nada.

Cuando regresamos al coche, Rob insiste en conducir el resto del camino y acepto porque necesito alejarme del volante y relajarme un rato. Desde el asiento del copiloto le observo y me doy cuenta de que conduce demasiado despacio, frena antes de cada curva y canta, aunque no conozca la letra.

—Eres insoportable —le digo mientras vuelvo a corregirlo.

—Y, aun así, no has pedido que pare —responde, mirándome de reojo.

No sé si habla de la música o del beso, así que me giro para observar el paisaje. Cuando la finca aparece al final de un camino bordeado de robles, me desconcierta notar que me hubiera gustado que el trayecto hubiera durado un poco más.

El edificio principal de la finca es una mansión de piedra de color claro con ventanas altas y una terraza que mira al río. Varias furgonetas ocupan la entrada y antes de bajar del coche, veo que Violet está en los escalones, con un auricular y una carpeta pegada al pecho.

—Habéis llegado —dice mientras nos abraza por turnos—. Dejad las maletas dentro y no bloqueéis la entrada, por favor. En veinte minutos llega el camión de las flores.

Un hombre alto, con traje oscuro y la corbata aflojada, baja detrás de ella sosteniendo un plano.

—Violet, los padrinos deberían entrar por la terraza —propone mientras señala el documento—. El camino desde la biblioteca es demasiado largo.

Violet se vuelve hacia él con una sonrisa profesional muy distinta a la que usa cuando estamos todas reunidas alrededor de una mesa llena de copas vacías.

—Daniel, la terraza estará ocupada por el cuarteto de cuerda y ciento veinte invitados. Así que los padrinos entrarán por la biblioteca como acordamos.

—Connor me pidió que comprobara la logística —insiste él, siguiendo a Violet cuando intenta alejarse.

Ella se detiene, le quita el plano de las manos y lo guarda en su carpeta.

—Y ya la has comprobado. Ahora puedes confiar en la persona a la que han contratado para organizar la boda.

Daniel abre la boca, pero Violet ya se ha vuelto hacia nosotros, por lo que la vuelve a cerrar.

—Él es Daniel Moore, el padrino de Connor —explica, señalándolo con el plano—. Daniel, ella es Eve y él es Rob.

—El novio misterioso —comenta Daniel mientras me estrecha la mano.

—El padrino entrometido —replica Violet, colocándose entre los dos.

Daniel la mira y una sonrisa lenta aparece en sus labios.

—Esto va a ser un fin de semana muy largo.

—Sobre todo si sigues intentando cambiar mis planes —responde Violet antes de alejarse para atender una llamada.

Rob la sigue con la mirada y después se vuelve hacia Daniel.

—Encantado de conocerte —dice, conteniendo una sonrisa.

Cuando entramos en el edificio principal nos acercamos a la recepción y la mujer que hay tras el mostrador busca mi reserva y me entrega una llave.

—Falta otra habitación —le indico, dejando la llave sobre el mostrador.

La recepcionista consulta la pantalla y frunce los labios.

—La reserva original era para una persona. Después añadió un segundo huésped, pero no solicitó otra habitación.

—Necesitamos dos —respondo mientras Rob deja las maletas junto a nosotros.

—Lo siento, la finca está completa por la boda —explica la mujer, negando con la cabeza—. Tampoco quedan habitaciones en el edificio anexo.

—¿Hay algún hotel cerca? —pregunto, apoyando ambas manos sobre el mostrador.

—El más próximo está a cuarenta minutos y también celebra un evento. Puedo llamar, pero dudo que tenga disponibilidad.

Rob se apoya a mi lado y me observa.

—Podemos compartir. El contrato contempla esa posibilidad.

—También dice que pediremos otra habitación —le recuerdo girándome hacia él.

Rob señala a la recepcionista con un movimiento de la barbilla.

—La acabas de pedir.

La mujer finge concentrarse en la pantalla y hace como que no nos oye, por lo que, después de soltar un resoplido, cojo la llave antes de que la conversación resulte más incómoda de lo que ya lo es.

La habitación está en la segunda planta y, según hemos visto en el plano del ascensor, tiene vistas al jardín.

Cuando llegamos frente a la puerta, la abro, entro con mi maleta y me detengo.

En el centro hay una única cama, amplia pero no lo bastante para que deje de ser una única cama.

Junto a la ventana solo hay un sillón estrecho, un pequeño tocador y un armario empotrado.

Justo en este momento, recuerdo la cláusula que establecía que ninguno tendría que dormir con el otro por obligación.

Sin embargo, en aquel momento parecía una precaución exagerada, pero ahora observo el colchón, pienso en el beso de la gala y me parece la condición más sensata del contrato.

Rob entra detrás de mí, deja las bolsas y examina la habitación con absoluta seriedad. Después dirige la mirada hacia la cama.

—¿El contrato especifica cuál de los dos ronca? —pregunta sin apartar los ojos del colchón.