10
Rob
Eve me agarra de la pajarita en mitad del vestíbulo y tira de mí hasta dejar nuestras caras a pocos centímetros.
—Está torcida —murmura mientras mete los dedos bajo el nudo y trata de arreglarla.
—Podías habérmelo dicho sin intentar estrangularme.
—Entonces no pareceríamos una pareja —responde sin apartar la vista de mi cuello.
A nuestro alrededor, los invitados entregan sus abrigos en el guardarropa, se saludan y caminan hacia el salón principal del hotel.
La gala se celebra en la última planta, bajo lámparas de cristal y un techo pintado con nubes doradas.
Un cuarteto de cuerda toca cerca de los ventanales y las luces de Manhattan se extienden al otro lado de los cristales como si fuera otro decorado más del evento.
Cuando Eve termina de colocarme la pajarita, alisa las solapas de mi esmoquin y me sonríe.
Lleva un vestido azul oscuro que deja sus hombros al descubierto y el pelo recogido en un moño.
Cuando he pasado a buscarla por el estudio y la he visto aparecer con ese vestido, me he quedado inmóvil junto a la puerta.
Incluso ha tenido que preguntarme si ocurría algo antes de que recordara que debía saludarla.
Al final, solo he conseguido decirle que estaba preciosa, aunque la verdad es que esa palabra se queda bastante corta.
—Ya está —anuncia mientras deja caer las manos.
—¿Crees que ahora sí que pasaré el control de calidad?
Eve recorre mi ropa con una mirada lenta y se detiene en mis ojos.
—Por poco.
—Tendré que conformarme —respondo encogiéndome de hombros.
Le ofrezco el brazo y Eve pasa la mano alrededor de él sin comprobar antes quién puede estar observándonos.
Incluso se acerca hasta rozar mi costado mientras entramos en el salón.
El gesto me sorprende más que el vestido, porque, durante las últimas semanas, ha calculado cada contacto y siempre me ha indicado hasta dónde podía acercarme.
Esta noche, en cambio, su cuerpo busca el mío con una naturalidad que está lejos de parecer ensayada.
Hannah nos recibe junto a la entrada del salón, con un vestido verde botella y una tableta entre las manos, aunque sonríe cuando nos ve.
—Habéis venido —dice mientras abraza a Eve—. Estás preciosa.
—Tú también —responde ella al separarse—. Gracias por invitarnos.
Hannah se vuelve hacia mí y me toca el brazo con familiaridad.
—Esta noche han venido varias personas que asistirán a la boda. Así no tendrás que aprenderte treinta nombres en una sola noche.
—Eve me examinará al salir —bromeo mientras la rodeo por la cintura—. Si confundo algún nombre, tendré que repetir la gala.
Eve levanta la cabeza hacia mí y arquea una ceja.
—No cuentes con ello. Solo tienes una oportunidad.
Hannah se ríe y señala el interior del salón.
—Connor está hablando con uno de los patrocinadores. Os buscará luego.
Entramos entre las mesas altas llenas de copas y centros de flores blancas. Enseguida reconozco a algunos invitados por las fotografías del dosier. Eve me recuerda los nombres en voz baja, pero antes de que termine nos detienen dos mujeres que trabajan con Connor.
—Así que tú eres Rob —dice una de ellas mientras me estrecha la mano—. Hemos visto vuestras fotografías.
—Espero que solo las buenas —respondo, acercando a Eve por la cintura.
—En todas salís muy enamorados —comenta la otra mujer.
—Eso es culpa del fotógrafo —responde Eve mirándome de reojo.
—Y del modelo —añado mientras le aparto un mechón de la mejilla.
Ella pone los ojos en blanco, aunque la sonrisa que intenta esconder aparece antes de que retire la mano de su pelo. Las mujeres se ríen y continúan hacia el salón. Eve espera a que se alejen antes de darme un golpe suave con el codo.
—No hace falta que coquetees con todas las personas que nos pregunten por las fotografías.
—Solo he coqueteado contigo.
—Estabas actuando.
—Eso no impide que sea verdad.
Eve abre la boca para responder, pero un camarero pasa junto a nosotros y le ofrezco una copa de vino blanco. La acepta y cambia de tema preguntándome si recuerdo el nombre de la madrina de Hannah.
La velada avanza con más facilidad de la que esperaba.
Eve me presenta a varios fotógrafos, antiguos clientes y conocidos de Connor.
Yo recuerdo quién trabaja en publicidad, quién tiene dos hijos y quién odia que la llamen Victoria en lugar de Vicky, pero cuando Eve se queda atrapada en una conversación sobre presupuestos, no intervengo.
Espero a que termine y le acerco una copa, que ella coge al instante.
Poco después, una pareja nos pregunta dónde hicimos la fotografía de los perritos calientes.
Eve empieza a explicar nuestra primera cita inventada, pero yo añado que estuvo a punto de abandonarme porque pedí cebolla.
Ella me corrige, asegurando que fue porque intenté posar para una fotografía y termina riéndose cuando represento la expresión de desprecio que, según yo, puso aquella noche.
La verdad es que no sé en qué momento de la velada dejo de contar respuestas preparadas y empiezo a disfrutar.
Tal vez ocurre cuando Eve me arregla otra vez la pajarita, aunque ya está recta, o cuando apoya una mano en mi espalda para indicarme que quiere acabar una conversación.
Funcionamos sin tener que repasar las normas.
Yo entiendo cuándo necesita que me acerque y ella reconoce cuándo bromeo para escapar de una pregunta.
Durante unos minutos olvido que he venido a la gala para trabajar.
Eve mantiene la mano apoyada en mi espalda, completa mis bromas y me presenta a los invitados como si llevara meses formando parte de su vida.
Nadie cuestiona que mi sitio esté a su lado y yo empiezo a imaginar que podría ser verdad: conocer a sus amigos, acompañarla a sus compromisos y convertirme en el hombre al que busca con la mirada al entrar en una sala.
Sin embargo, tengo claro que el error está en desear quedarme en una vida a la que solo pertenezco hasta que termine la boda.
Connor se acerca mientras ella me cuenta una anécdota sobre Pamela. Nos saluda, pregunta si estamos disfrutando y vuelve a observar mi mano sobre la cintura de Eve como hizo durante la cena.
—Veo que ya conocéis a bastante gente —comenta mientras coge una copa de vino blanco de la bandeja de un camarero.
—Rob recuerda los nombres mejor que yo —responde Eve, acercándose un poco más a mí.
—Forma parte de mi encanto —añado antes de darle un sorbo a mi copa con una sonrisa.
Connor sonríe también, aunque observo que sus ojos permanecen atentos a nosotros. Antes de que pueda añadir algo más, un hombre alto, amigo de Connor, con el pelo canoso, se une a nosotros y le estrecha la mano.
—Richard Wiston —se presenta cuando Connor nos incluye en la conversación—. Conozco a Eve desde que empezó a salir con este. —Le da una palmada a Connor en el hombro y después me mira—. Pero de ti no había oído hablar nunca.
Eve se pone rígida bajo mi mano.
—Rob y yo hemos preferido mantener la relación en privado —explica mientras sostiene la copa frente a su cuerpo.
—¿Durante seis meses? —pregunta Richard, arqueando las cejas—. En Nueva York resulta difícil ocultar tanto tiempo a un novio.
—No nos escondíamos —respondo sin perder la sonrisa—. Simplemente no necesitábamos anunciarlo.
—Hasta que empezasteis a publicar fotografías —insiste él, alternando la mirada entre los dos—. Supongo que habéis llegado juntos esta noche para acabar con cualquier duda.
Connor da un trago a su copa sin decir nada y su amigo mantiene una sonrisa que pretende hacer pasar la pregunta por una broma, pero no aparta la mirada mientras espera nuestra respuesta.
Está claro que quiere que demostremos que nuestra relación es real.
Supongo que podría distraerlo con otro recuerdo inventado, echarme a reír o rodear a Eve con los brazos, pero tengo claro que ninguna de esas opciones acabaría con sus dudas.
Por eso me vuelvo hacia ella y espero. Los dos sabemos qué gesto cerraría la conversación, aunque también recordamos que el contrato nos prohíbe improvisarlo.
—¿Puedo? —pregunto en voz baja, deslizando la mano desde su cintura hasta su espalda.
Eve mantiene los ojos fijos en los míos. Después deja la copa en la mesa más cercana, apoya una mano en mi pecho y acorta la distancia.
—Sí —responde.
Inclino la cabeza y rozo sus labios con los míos.
El primer contacto es breve y preciso, un beso pensado para que cualquiera que nos observe entienda que no es el primero.
Así que mantengo una mano en su espalda y la otra lejos de su cuerpo, preparado para separarme en cuanto hayamos demostrado lo necesario.
Pero, para mi sorpresa, Eve no se aparta.
Sus dedos se cierran sobre la solapa de mi esmoquin y vuelve a besarme.
Esta vez no hay nada cuidadoso en la forma en que abre los labios, ni en la forma en que mi mano sube hasta su nuca.
A nuestro alrededor, tengo la sensación de que el ruido del salón desaparece mientras ella se pega a mí y yo olvido a Richard, a Connor y a todos los invitados que necesitábamos convencer esta noche de que nuestra relación es real.
El beso cambia antes de que pueda decidir en qué momento deja de ser una actuación.
Eve me roza el labio inferior con los dientes y el aire se me queda atrapado en el pecho.
La atraigo hacia mí, incapaz de fingir que solo estoy cumpliendo una cláusula y cuando por fin nos separamos, su respiración está tan agitada como la mía.
Eve no retira la mano de mi pecho y yo mantengo los dedos junto a su nuca hasta que recuerdo dónde estamos.
—Creo que ya no queda ninguna duda —comenta Richard con una risa incómoda.
—Eso parece —responde Connor mientras deja la copa sobre la mesa.
Eve baja la mirada y retrocede un paso, rompiendo el contacto entre nuestros cuerpos.
Por mi parte, intento recuperar mi sonrisa profesional, aunque mis labios todavía recuerdan los suyos y esta vez me cuesta mantenerla.
Connor murmura que debe saludar a unos invitados y se aleja acompañado por su amigo.
En cuanto nos quedamos solos, Eve recupera la copa que había dejado sobre la mesa y rodea el tallo con los dedos, pero no llega a beber.
—Ha funcionado —susurra mientras contempla el vino.
—Sí —acierto a responder.
—Bien.
—Sí, muy bien.
Ella me mira y durante un instante tengo la sensación de que va a volver a besarme. Sin embargo, Hannah se acerca para pedirnos una fotografía con otros invitados y la noche continúa como si no acabáramos de cruzar la frontera que debía mantenernos a salvo.
En el taxi de vuelta, Eve se sienta junto a la ventanilla y yo dejo entre los dos una distancia que no hemos respetado en toda la gala. Las luces de la ciudad atraviesan el cristal y recorren su rostro mientras el coche avanza por Park Avenue.
—El beso ha sido útil —afirma de pronto, sin mirarme.
—Mucho.
—Richard ha dejado de hacer preguntas —añade con una sonrisa.
—Era el objetivo, ¿no?
Eve pasa un dedo por el borde de su bolso y se cruza de piernas.
—Quizá deberíamos haberlo previsto.
—Pregunté antes.
—Lo sé —responde mientras gira la cabeza hacia mí—. No digo que hicieras nada mal.
El taxi se detiene en un semáforo y, en ese mismo instante, su mirada baja hacia mi boca y regresa a mis ojos con tanta rapidez que podría fingir que no lo he visto, pero lo veo.
—Has estado muy convincente —añade.
—Tú también.
—No estaba actuando —reconoce de forma inesperada y aprieta los labios como si quisiera retirar las palabras que acaba de decir, pero ya es demasiado tarde.
—Después, yo tampoco —respondo.
Ella vuelve la cara hacia la ventanilla, aunque veo su reflejo en el cristal y la forma en que se toca el labio inferior con la punta de un dedo.
—¿Todo ha formado parte de tu papel? —pregunta cuando el taxi se detiene frente a su edificio.
El conductor mira por el retrovisor y después aparta la vista, justo cuando Eve abre la puerta, pero mantiene una mano sobre el tirador mientras espera mi respuesta.
—Los primeros segundos, sí.
—¿Y después? —pregunta volviéndose hacia mí.
Me inclino hacia ella, pero sin acercarme lo suficiente para volver a tocarla.
—El resto no estaba en el contrato.