9
Eve
El inversor empuja mi propuesta hacia el centro de la mesa como si acabara de encontrar el problema que yo llevo una hora sin ver.
—Las cifras son buenas —dice mientras apoya un dedo sobre la previsión de ingresos—, pero antes de invertir necesitaría saber que habrá alguien capaz de convertir este crecimiento en una estructura estable.
Mantengo las manos sobre mis rodillas para no coger la carpeta y marcharme.
La sala es la misma de nuestra primera reunión: mesa de cristal, paredes grises y el aire acondicionado demasiado fuerte.
Esta vez he traído los contratos de los últimos dos años y una previsión que contempla incluso la cancelación de varias bodas.
—La estructura ya existe —respondo, inclinándome hacia el documento—. Pero esa ampliación permitirá contratar a dos fotógrafos, aceptar más eventos y mantener el margen, aunque yo no cubra personalmente todos los encargos.
El inversor se quita las gafas y las deja junto al bolígrafo.
—No cuestiono tu capacidad como fotógrafa, Eve. Pero me preocupa la parte comercial.
—La parte comercial está en las páginas doce a dieciocho del dosier.
Él hojea el documento sin detenerse en ellas.
—Podríamos incorporar a un asesor durante el primer año. Alguien con experiencia financiera, buenos contactos y capacidad para negociar con clientes importantes.
—¿Como socio? —le pregunto.
—No, como apoyo —aclara mientras vuelve a ponerse las gafas—. Connor, por ejemplo, tiene un perfil que encajaría. Conoce el estudio y ya te ayudó a ordenar el negocio cuando empezaste.
Todo mi cuerpo se tensa de golpe al escuchar ese nombre. No sé de dónde ha sacado esa versión, pero vuelvo a escuchar la misma historia que tanto me saca de quicio: yo aporto las fotografías y un hombre convierte mis ideas en una empresa.
—Connor solo revisó dos presupuestos y me presentó a tres contactos —explico mientras acerco la propuesta hacia mí—. El estudio lleva años creciendo sin su ayuda.
—No pretendía restarte mérito —responde el inversor, levantando una mano.
—Pero acaba de hacerlo.
Su expresión se endurece y la reunión pierde la falsa cordialidad con la que ha empezado.
—Una inversión de esta cantidad exige garantías —continúa el inversor.
—Y se las he traído —replico, abriendo el documento por la página doce—. Aquí están los ingresos, los márgenes y los contratos de los próximos ocho meses. Si estos datos no son suficientes, dígamelo, pero no utilice mi antigua relación para decidir si sé dirigir mi negocio.
El inversor baja la mirada hacia las tablas repletas de datos y durante unos segundos solo se oye el zumbido del aire acondicionado.
—Creo que todavía estamos lejos de alcanzar un acuerdo —concluye mientras cierra la carpeta.
—En eso estamos de acuerdo —respondo mientras asiento. Me pongo en pie, guardo el ordenador y recojo mis documentos sin esperar a que vuelva a ofrecerme la mano.
Cuando salgo del edificio, el viento me golpea la cara, pero no consigue relajar la mala leche que me invade.
Llego al estudio convencida de que necesito mejorar una propuesta que ya contiene todos los datos que me ha pedido, por lo que dos horas después, tengo abiertas cuatro hojas de cálculo y una presentación nueva.
Cambio el orden de las previsiones y vuelvo a calcular cuánto tardaría en recuperar la inversión si uno de los fotógrafos renunciara.
Estoy modificando por tercera vez el gráfico de crecimiento cuando llaman a la puerta.
—Está abierto —respondo sin apartar la vista del ordenador.
Rob entra con una bolsa de papel y el abrigo colgado del brazo. Cierra la puerta con el pie y se detiene al ver los documentos extendidos por el suelo y las tazas sobre la mesa.
—No sé si he llegado a una sesión de preparación o al escenario de un crimen —comenta mientras deja la bolsa junto al teclado.
—Estoy trabajando.
—Eso ya lo había deducido —me responde quitándose el abrigo.
Por el rabillo del ojo, veo que observa la pantalla por encima de mi hombro, aunque no intenta tocar el ratón ni leer los papeles.
—¿Cómo ha ido la reunión? —pregunta mientras aparta una batería para sentarse en el borde de la mesa.
—Quiere incorporar a un asesor comercial.
—¿Lo necesitas?
—No.
—Entonces imagino que la conversación ha sido breve.
Me giro hacia él y cruzo los brazos antes de empezar a explicarle cómo ha ido la reunión.
—Ha sugerido que Connor podría hacerlo. Según él, necesito a alguien capaz de convertir mi creatividad en un negocio estable.
La sonrisa de Rob desaparece al escucharme, aunque no dice lo que espero. No insulta al inversor, ni me ofrece hablar con nadie, ni asegura que puede conseguirme otro contacto.
—Explícame el proyecto —me pide mientras arrastra la silla de enfrente para sentarse a mi lado.
—Ya lo conoces —respondo encogiéndome de hombros.
—Conozco lo que quieres hacer, pero no por qué alguien debería poner dinero en ello. Imagina que soy el inversor.
Rob se sienta, endereza la espalda y adopta una expresión tan seria que parece haber envejecido diez años.
—Dispone de cinco minutos para convencerme, señorita Roberts —añade mientras entrelaza las manos sobre su abdomen.
—No habla así.
—Este inversor sí. También posee tres yates y llama campeón a todos los camareros.
—Rob…
—Cuatro minutos y cincuenta segundos —me advierte, mirando su reloj.
Resoplo, cierro las hojas de cálculo y abro la presentación. Le explico que el estudio ha alcanzado el límite de encargos que puedo aceptar sola, que cada boda rechazada representa ingresos perdidos y que contratar a dos fotógrafos me permitirá ampliar la cartera sin reducir la calidad.
—¿Por qué dos? —pregunta Rob mientras coge uno de mis bolígrafos.
—Porque uno cubrirá eventos y el otro se ocupará de las sesiones, la selección y la edición de las imágenes.
—¿Qué ocurrirá si los clientes solo quieren contratarte a ti?
La pregunta me obliga a detenerme.
—Los clientes no contratarán a una fotógrafa concreta, sino un estilo y una experiencia. Yo formaré al equipo, supervisaré las entregas y seguiré ocupándome de los proyectos principales.
—Eso significa que el producto depende de ti.
—Al principio, sí. Por eso la contratación será gradual y los primeros encargos se cubrirán conmigo hasta que los clientes conozcan al equipo.
Rob hace una anotación absurda en una hoja: «No comprar un cuarto yate».
—¿Cuándo recuperaré mi dinero?
—En treinta meses según la previsión conservadora y en veintidós si mantenemos el crecimiento actual —respondo, señalando el gráfico—. Después, recibirás un porcentaje de beneficios durante el periodo acordado.
—¿Cuál es el mayor riesgo?
—Que yo intente seguir haciéndolo todo sola.
Rob deja de escribir y levanta la mirada.
—Esa respuesta sí me la creo.
—No tiene gracia —le contesto, cruzándome de brazos.
—No era una broma —contesta mientras deja el bolígrafo sobre la mesa—. ¿Y cómo piensas evitarlo?
Le explico el reparto de funciones y el calendario de incorporación. Rob continúa preguntando por los gastos, los clientes recurrentes y la posibilidad de ampliar el estudio sin trasladarlo. Algunas preguntas me irritan, pero todas tienen respuesta.
—Entonces, ¿por qué estás rehaciendo el plan? —pregunta al terminar, señalando las hojas de mi dosier que ahora están por el suelo.
Miro la presentación y después las tres tazas vacías que he acumulado junto al ordenador.
—Porque no ha funcionado.
—El plan ha funcionado —me corrige Rob mientras se inclina hacia mí—. El inversor quería otro tipo de negocio o no confía en que puedas dirigirlo. Ninguna de esas cosas cambia tus cifras.
—No necesito que me consueles —le contesto poniendo los brazos en jarras antes de mirarle.
—No lo hago. Si fuera el inversor, todavía tendría preguntas —responde mientras se reclina en la silla—. Pero no me has dado ninguna respuesta que dependa de Connor.
Observo la pantalla y me doy cuenta de que llevo dos horas intentando corregir un problema que no está en el documento, sino en la desconfianza del inversor hacia mi capacidad para dirigir el estudio.
—Cuando hablas de las fotografías, pareces segura —continúa Rob—. Cuando hablas del dinero, bajas la voz como si tuvieras que disculparte por querer ganarlo.
—No bajo la voz.
—Lo acabas de hacer.
Lo miro con fastidio y él sonríe.
—Vuelve a preguntarme cuánto dinero voy a ganar —le ordeno mientras enderezo la espalda.
Rob adopta otra vez su expresión de inversor insoportable.
—¿Cuánto dinero va a producir mi inversión, señorita Roberts?
—El suficiente para recuperar el capital en treinta meses y obtener beneficios después —respondo esta vez sin mirar la presentación.
Ensayamos hasta que anochece y los focos se reflejan en los cristales. Cuando se me seca la garganta, Rob saca de la bolsa dos cajas de comida china y las deja entre los documentos.
—He supuesto que no habías cenado —dice mientras me entrega unos palillos.
—¿Eso también forma parte del servicio?
—No. Pero sé que guardas almendras en un cajón y las llamas comida.
Nos sentamos en el suelo, apoyados contra la mesa, y Rob me pasa el arroz sin preguntarme si quiero.
—Después de que Connor se marchara, tardé meses en dejar de pensar que nuestra ruptura demostraba que yo había fracasado —confieso mientras separo el pollo del brócoli—. No solo como pareja. También creía que, sin él, el estudio acabaría hundiéndose.
Rob apoya los palillos sobre su caja.
—Pero no ocurrió.
—No, aunque cada problema parecía darle la razón. Por eso me enfurece que alguien siga hablando de él como si fuera la parte sensata de mi vida.
—Tal vez por eso has rehecho tres veces un plan que ya funciona —señala Rob, recogiendo una hoja que aún estaba en el suelo—. Si queda perfecto, nadie podrá pensar que Connor tenía razón.
—¿Desde cuándo eres psicólogo?
—Desde que descubrí que los actores cobran menos que ellos.
Sonrío y le quito la hoja antes de que la manche de salsa.
—¿Y tú qué haces con cada rechazo? —pregunto mientras la dejo sobre la mesa.
Rob tarda unos segundos en responderme. Antes de hacerlo, baja la mirada hasta su caja, coge un poco de arroz y lo vuelve a dejar.
—Lo convierto en un personaje —admite al fin—. El hombre al que no eligieron no soy yo, sino la versión que preparé para ese director. Si el papel era alegre, rechazo al encantador. Si era dramático, rechazo al hombre roto. Siempre puedo inventar otro para la siguiente prueba.
—Pero eres tú quien vuelve a casa.
Rob gira la cabeza hacia mí y su sonrisa aparece por costumbre, aunque esta vez desaparece antes de formarse por completo.
—Ese es el fallo del sistema.
Nuestros hombros se rozan mientras seguimos comiendo. Rob ya conoce algo de mí que no está en su dosier y yo acabo de descubrir por qué necesita tantos personajes.
Mientras comemos, mi ordenador emite el sonido de un correo nuevo.
Me incorporo para comprobar qué es, lo abro y encuentro una invitación firmada por Hannah.
Por lo visto, su familia celebra una gala benéfica el viernes y varios de los invitados a la boda asistirán.
Además, ha añadido una nota al final: «Nos encantaría que vinierais los dos.
Así Rob podrá conocer a algunos invitados antes del fin de semana».
—¿Qué ocurre? —pregunta Rob mientras se levanta con su caja de comida en la mano.
Giro la pantalla hacia él.
—Tenemos una gala el viernes.
Rob lee el mensaje y después se mira su camisa arrugada.
—Entonces necesitaré algo más elegante que esta camisa —comenta Rob mientras se alisa una arruga.
—Y convencer a una sala llena de personas de que llevamos seis meses juntos.
Rob deja la caja sobre la mesa y me ofrece la mano para ayudarme a levantarme.
—Entonces será mejor que empecemos a comportarnos como si fuera verdad.