8
Rob
El teatro parece más pequeño cuando solo hay una persona sentada en el patio de butacas como hoy.
Eve ocupa una butaca de la cuarta fila, con la cámara apoyada sobre las rodillas y la mirada fija en mí.
Las demás filas se pierden en la penumbra.
Solo están encendidas las luces de trabajo del escenario y una lámpara junto a la puerta lateral.
—Pensaba que habíamos venido a hacer fotografías —dice mientras levanta la cámara.
—Necesito calentar antes —respondo desde el centro del escenario—. Si empiezo posando, volverás a decir que parezco un anuncio.
—Probablemente —asiente levemente con la cabeza.
—Gracias por la confianza —le dedico una sonrisa congelada.
Eve sonríe y se acomoda en la butaca. Daniel, el director del teatro, nos ha dejado utilizar la sala durante dos horas antes del ensayo de la compañía. Quiero renovar mis fotografías profesionales y este escenario es el único lugar donde sé qué hacer con las manos sin que ella me acuse de fingir.
Dejo el teléfono sobre una silla y camino hasta la marca blanca del suelo. El monólogo que voy a interpretar pertenece a una obra que representé hace años. Conozco cada pausa, pero cierro los ojos unos segundos antes de empezar.
—Me pediste que volviera cuando supiera quién era —digo hacia las butacas vacías—. El problema es que he pasado tanto tiempo convirtiéndome en lo que los demás necesitaban que ya no sé qué parte de mí debería regresar.
Mi voz se extiende por la sala y vuelve desde el fondo más grave.
Sigo hablando sin mirar a Eve, mientras mi personaje continúa hablando.
Él ha perdido la oportunidad de decir la verdad cuando aún podía cambiar algo.
No me parezco en nada a este personaje, pero conozco la sensación de llegar tarde a mi propia vida.
Cuando termino, nos quedamos en silencio unos segundos.
—¿Por qué no me mirabas? —pregunta Eve desde su butaca.
Abro los ojos y dejo caer los brazos.
—Porque el personaje no hablaba contigo.
—Pero tú sí.
Eve se levanta y avanza por el pasillo central sin que sus botas hagan apenas ruido sobre la moqueta.
—Sobre el escenario no pareces falso —añade cuando está cerca de mí—. Dejas de vigilarte.
—Estoy interpretando a otra persona.
—Tal vez por eso te permites decir la verdad.
Eve no levanta la cámara. Se limita a observarme y tengo que apartar la vista antes de que encuentre algo que no he decidido enseñarle.
—¿Por qué has elegido ese monólogo? —pregunta mientras deja una mano sobre el respaldo de la primera butaca.
—Porque me lo sé.
—Te sabes muchos textos.
Bajo del escenario y recojo la botella de agua que he dejado junto a los escalones y doy un trago corto.
—Porque el personaje puede decir que no sabe quién es sin que nadie piense que está pidiendo ayuda.
Eve inclina la cabeza y espera que diga algo más, pero bebo otro trago dando por terminada mi respuesta. Cuando vuelvo a subir al escenario, noto que continúa mirándome de una forma que vuelve inútil cualquier intento de esconderme detrás del monólogo.
—¿Empezamos? —pregunto mientras cojo una banqueta negra.
—Ahora sí —responde, subiendo los escalones laterales.
Eve deja la bolsa junto a una cortina y prepara dos focos portátiles. Me pide que me siente en la banqueta, coloca un reflector a mi derecha y comprueba el encuadre.
Empiezo con la camisa blanca y la chaqueta abierta.
Se mueve alrededor de mí y aparta uno de los focos cuando la sombra endurece demasiado mi expresión.
El clic de la cámara ocupa el teatro, mientras yo le ofrezco las versiones de mí que mejor me han funcionado: accesible, seguro, serio y divertido.
—Cambia de expresión —me pide desde el borde del escenario.
—Lo he hecho cuatro veces.
—Has levantado una ceja y movido la boca. No es lo mismo.
Me quito la chaqueta, la dejo sobre la banqueta y me remango la camisa.
—¿Qué quieres ver?
—Algo que no hayas ensayado delante del espejo.
—No ensayo delante del espejo.
Eve baja la cámara y me observa con una media sonrisa.
—Esa ha sido tu primera expresión sincera.
—Mira hacia la platea —me pide mientras se acerca la cámara a la cara.
Giro el cuerpo, bajo la barbilla y relajo la mandíbula mientras escucho cómo el obturador dispara varias veces.
—No —murmura Eve al revisar las imágenes—. Otra vez estás buscando el ángulo que crees que gustará a los directores de casting .
—Ese es el objetivo de estas fotografías.
—No, el objetivo es que te vean —me recuerda.
—Necesito que me contraten, no que me conozcan —le corrijo clavando la mirada en ella.
Eve alza la mirada por encima de la cámara y se encuentra con mis ojos.
—Si pareces idéntico a otros veinte actores, no conseguirás ninguna de las dos cosas.
Me levanto de la banqueta y me paso una mano por el pelo.
—No estamos haciendo uno de tus retratos artísticos. Necesito una imagen limpia, profesional y útil.
—Una imagen útil no tiene por qué estar vacía.
—No está vacía —replico, señalando la pantalla—. Es exactamente lo que piden.
—Es exactamente lo que crees que quieren —me corrige mientras deja la cámara sobre una caja—. Mandíbula marcada, media sonrisa y mirada segura. Podría cambiarte por cualquier hombre de tu ficha y nadie notaría la diferencia.
Su frase me atraviesa el pecho como una flecha tirada por un arquero experimentado.
—Tú no tienes que enviar estas fotografías y esperar a que alguien decida si tu cara merece cinco minutos de atención o no.
Eve se queda quieta al otro lado de la banqueta.
—No, pero he enviado propuestas a personas que ni siquiera se molestaron en abrirlas.
—No es lo mismo.
—No he dicho que lo sea —me responde, mientras se acerca y coloca la banqueta en su posición original.
—Cuando Connor se marchó, pasé meses pensando que quizá tenía razón —añade con las manos sobre el asiento—. Que sabía hacer fotografías, pero no dirigir un negocio. Cada presupuesto rechazado parecía confirmarlo.
—Pero no cerraste el estudio.
—No. Aprendí a hacer las cosas que él hacía —responde, soltando la banqueta—. No es lo mismo, pero conozco la sensación de temer que un fracaso confirme tus dudas.
Su confesión reduce mi enfado, porque no está comparando nuestros trabajos, sino mostrándome las inseguridades que Connor dejó en ella.
—Entonces deja de actuar como si supieras qué necesito —respondo, apartando la banqueta con el pie.
El sonido de las patas contra el suelo se extiende por el escenario. Eve no se mueve ni intenta suavizar mi enfado.
—Dímelo tú —contesta, cruzándose de brazos—. ¿Qué necesitas?
Abro la boca, pero no tengo ninguna respuesta que no haya repetido ya cientos de veces. Necesito trabajar, pagar el alquiler y que alguien diga mi nombre antes que el de otro actor.
—Cada rechazo me hace preguntarme si he dedicado mi vida a una profesión que nunca va a elegirme —admito al fin—. Llevo años preparándome y entrando en castings , donde todos aseguran que estoy muy bien antes de contratar a otro. Quizá ser bueno no sea suficiente.
Eve baja los brazos y después recoge la cámara, pero no vuelve a apuntarme con ella, solo se acerca hasta quedar frente a mí.
—No sé si conseguirás el próximo papel —dice mientras sostiene la cámara junto a su cuerpo—. Tampoco sé si esta profesión acabará dándote lo que esperas.
—Eres excelente animando a la gente, ¿lo sabías? —ironizo con una sonrisa que es más una mueca triste que un gesto feliz.
—No intento animarte —responde sin apartar la mirada de mí—. Te estoy escuchando.
El teatro se queda en silencio, aunque de fondo se oye una tubería detrás de la pared y la luz de trabajo tiembla brevemente sobre nuestras cabezas.
—Cuando actúas, llenas el escenario —continúa Eve—. Sin embargo, cuando intentas gustar, desapareces. No puedo prometerte que un director vaya a verlo, pero yo sí lo veo.
—Tú ves demasiadas cosas.
—Es mi trabajo —se disculpa encogiéndose de hombros.
—Ahora mismo no te pago por hacerlo.
Eve sostiene mi mirada.
—Entonces será una mala costumbre.
La distancia entre nosotros se reduce cuando doy un paso, aunque Eve no retrocede. Levanto una mano y aparto un mechón de pelo que le ha caído sobre la mejilla, imitando el gesto que hice durante la cena, aunque ahora no hay nadie observándonos ni un ex al que convencer.
—Esto tampoco forma parte del trabajo —murmuro.
—No —responde ella, siguiendo mis dedos cuando se apartan de su rostro.
Bajo la mirada hacia su boca y me doy cuenta de que Eve contiene la respiración, pero no se aleja.
—La regla dice que no puedo improvisar un beso —le recuerdo mientras apoyo la mano junto a su cuello.
—Lo sé.
—¿Y si te lo pregunto?
Eve levanta la barbilla y sus labios quedan tan cerca que podría besarla antes de que terminara de responder.
Justo en ese momento, mi teléfono empieza a sonar sobre la silla.
Los dos nos quedamos inmóviles, porque el sonido atraviesa el escenario vacío hasta que Eve baja la mirada y da un paso atrás.
—Deberías contestar —dice mientras vuelve a sujetar la cámara con las dos manos.
Miro la pantalla y veo que es Claire, mi agente.
—Dime que esta vez son buenas noticias —respondo mientras me llevo el teléfono al oído.
—Has conseguido la prueba para Westbound —anuncia mi agente—. Quieren verte el jueves.
Me alejo unos pasos de Eve, aunque sigo mirándola.
—¿Es para la producción de Los Ángeles?
—Esa misma. Ensayarán allí y harán una primera temporada de ocho semanas. Si funciona, la trasladarán a Broadway. El director ha visto tu material y quiere una prueba presencial.
—¿Cuándo tendría que viajar?
—El miércoles por la tarde. La productora cubre el vuelo y una noche de hotel. Te enviaré toda la información.
—¿Y si consigo el papel?
—Los ensayos empiezan dentro de cinco semanas —explica Claire mientras escucho unas teclas al otro lado—. Todavía no pienses en la mudanza; primero consigue que quieran volver a verte.
Cierro los ojos y dejo salir el aire.
—De acuerdo. Iré.
—Sabía que dirías eso —responde Claire—. Esta vez no llegues con la idea de convertirte en lo que quieren. Recuerda que ya te han elegido para la prueba por lo que han visto.
La llamada termina y mantengo el teléfono entre los dedos. Eve espera junto a los focos, sin hacer preguntas hasta que me acerco a ella.
—Tengo una prueba —le cuento—. Es para la producción de Los Ángeles.
—¿La que empieza en Los Ángeles y podría llegar a Broadway? —me pregunta y observo cómo el rostro se le ilumina.
—Esa. Quieren verme el jueves.
—¿Y cuándo empezarían los ensayos? —pregunta Eve, agarrando la correa de la cámara.
—Dentro de cinco semanas, si consigo el papel.
Por un momento calcula las fechas. La boda habrá terminado para entonces, igual que nuestro contrato.
Aunque la expresión de su cara apenas cambia, sus dedos aprietan la correa.
Justo después, deja la cámara sobre la banqueta y me abraza.
El gesto es tan rápido que tardo un instante en reaccionar y rodearla con mis brazos.
—Sabía que conseguirías la prueba —dice junto a mi cuello.
—Hace cinco minutos has dicho que no sabías si lograría el próximo papel.
—Una prueba no es un papel —responde al separarse—. Es el orden correcto de las cosas.
—Debería haber imaginado que arruinarías el momento. —Resoplo.
—Alguien tiene que mantenerte con los pies en el suelo.
Eve sonríe y empieza a recoger el equipo. Antes de marcharse, conecta la cámara a mi portátil y descarga una selección de las fotografías que ha hecho para que pueda enviársela a Claire. Después, se cuelga la bolsa al hombro y se detiene junto a la puerta lateral.
—No elijas ninguna sin que yo la revise y la edite primero —me advierte con una mano sobre el picaporte.
—Eso suena a falta de confianza.
—No, no… Eso es control de calidad —me contesta sonriente y cierra la puerta tras ella.
Cuando estoy solo, regreso al escenario, abro la carpeta y repaso las fotografías una a una.
En la mayoría reconozco las expresiones que utilizo para resultar seguro, cercano o interesante.
Sin embargo, casi al final encuentro una imagen que no recuerdo que Eve haya tomado.
En ella aparezco de pie bajo la luz blanca, con el cuerpo orientado hacia la platea.
No miro al objetivo ni parezco un actor esperando aprobación, solo miro a Eve y la forma en que lo hago no pertenece a ningún personaje.