7
Eve
Connor mira la mano que Rob mantiene sobre mi cintura antes de mirarme a la cara.
Su gesto dura un instante, pero lo veo. También noto que Rob espera a que me acerque a él antes de dejar la palma apoyada sobre mi vestido.
No me sujeta ni me empuja hacia su cuerpo, sino que permanece ahí, cálido y firme, mientras nos detenemos junto a la mesa.
—Eve —me saluda Connor, levantándose.
Lleva una chaqueta azul marino y la misma expresión serena que utilizaba cuando llegaba tarde a casa y esperaba que su tono de voz volviera innecesaria una explicación por su parte.
—Connor —respondo mientras le doy dos besos—. Él es Rob.
—Me alegro de verte —dice Connor, estrechándole la mano.
—Eve me ha hablado mucho de ti —responde Rob con una sonrisa educada.
Es mentira, pero no suena como una. Supongo que por eso le pago.
Hannah se levanta al otro lado de la mesa. Es pelirroja, lleva un vestido verde y sonríe con una calidez que me impide buscar en ella algo que pueda criticar.
—Me alegro de conocerte —dice mientras me abraza con cuidado—. Gracias por aceptar la invitación de Connor. Entendería que todo esto te resultara extraño.
—Estoy bien, gracias —le aseguro con una sonrisa cuando nos separamos.
—Tus fotografías son preciosas —añade ella, tocándose el pequeño colgante que lleva al cuello—. Violet me enseñó parte de tu trabajo cuando buscábamos fotógrafo.
—Gracias.
La miro esperando sentir algo desagradable como celos, rabia o al menos el deseo de encontrarle un defecto.
Sin embargo, Hannah solo parece una mujer amable que va a casarse con el hombre con el que yo ya no quiero estar.
Realmente, lo que me duele no es verla a su lado, sino sentarme frente a dos personas que conocen una versión de mí que ya no existe.
Connor ha elegido uno de los restaurantes a los que veníamos cuando estábamos juntos.
La decoración ha cambiado, pero reconozco la barra de mármol y las lámparas redondas.
Rob retira la silla para que me siente. Antes de ocupar la suya, roza mi hombro con los dedos y busca mi mirada.
Asiento casi sin darme cuenta. Solo entonces se inclina y me besa la sien.
Connor sigue el gesto con atención.
—No sabía que llevabais seis meses juntos —comenta mientras vuelve a sentarse.
—No solemos anunciar cada paso que damos —respondo, extendiendo la servilleta sobre mis piernas.
—Eve protege mucho su intimidad —añade Rob mientras coloca la mano sobre la mesa, con la palma hacia arriba.
Miro sus dedos y dejo los míos sobre ellos. Rob los cierra con suavidad.
—¿Cómo os conocisteis? —pregunta Hannah, inclinándose hacia nosotros.
—En una cafetería de Greenwich Village —contesto.
—Yo interrumpí su trabajo —continúa Rob, acariciándome el pulgar—. Ella me pidió que no la molestara y yo interpreté aquello como una invitación a conversar.
—No sabes aceptar un rechazo —le recuerdo, mirándolo con una sonrisa.
—Era difícil reconocerlo porque estabas sonriendo.
—No estaba sonriendo.
—Lo hiciste poco después.
La seguridad con la que lo dice me hace reír.
Al verme, Hannah también sonríe y hasta Connor baja la mirada hacia la carta con una expresión divertida.
Poco después, el camarero se acerca para tomar nota.
Connor pide vino para todos y Hannah pregunta si preferimos blanco o tinto.
Rob me consulta con una mirada antes de elegir el blanco que pedí en la cena con mis amigos.
—Veo que ya conoce tus costumbres —señala Connor mientras entrega la carta al camarero.
—Presta atención a lo que me gusta —respondo y noto cómo Rob me aprieta la mano por debajo del borde de la mesa y después la suelta para coger la suya.
La conversación avanza con una normalidad que no esperaba.
Hannah habla de los preparativos de la boda y admite que ha dejado de distinguir entre marfil, crema y blanco roto.
Rob le asegura que nadie debería tomar decisiones importantes basadas en una diferencia de tono que un hombre no puede ver y todos nos reímos.
Connor le pregunta por su trabajo y él explica que es actor sin exagerar sus éxitos ni mencionar los castings que no ha conseguido.
—Debe de ser una profesión imprevisible —comenta Hannah mientras parte un trozo de pan.
—Eso forma parte del encanto —responde Rob, haciendo girar la copa entre los dedos—. O eso digo cuando no sé cómo pagar el alquiler.
Connor se ríe, pero yo reconozco la verdad debajo de la broma. Apoyo la mano sobre la rodilla de Rob y él se vuelve hacia mí, sorprendido. La retiro cuando llega el primer plato, aunque el calor de su mirada permanece sobre mi piel.
—¿Y el estudio? —me pregunta Hannah mientras prueba la pasta—. Violet dice que quieres ampliarlo.
—Estoy buscando inversión para contratar a dos fotógrafos y trasladarme a un espacio más grande.
—Eve siempre ha tenido grandes ideas —interviene Connor, apoyándose en el respaldo—. Cuando abrió el estudio, los presupuestos eran un desastre. La ayudé a ordenar los números y le presenté a algunos contactos. Solo necesitaba que alguien diera estructura a toda aquella creatividad.
Los cubiertos siguen chocando con los platos y una camarera pasa a nuestro lado con una bandeja, pero yo dejo de oír el resto del restaurante.
La espalda se me tensa y noto cómo mis dedos aprietan la servilleta sobre mis rodillas.
Connor no ha mentido. Revisó dos presupuestos y me presentó a tres personas.
Una contrató una sesión pequeña y las otras ni siquiera respondieron a mis correos.
Sin embargo, contado de esa forma como lo ha hecho, parece que él convirtió mi hobby caótico en un negocio.
Rob me mira y tengo claro que ha notado el cambio, pero no interviene para defenderme. No rompe la condición que incluí en el contrato, ni convierte la conversación en una competición entre hombres.
—¿Cómo conseguiste tu primer gran contrato? —me pregunta mientras deja el tenedor sobre el plato.
Los otros dos vuelven la atención hacia mí.
—Fue una campaña para una cadena de hoteles —respondo, soltando la servilleta—. Querían renovar todas sus imágenes antes de abrir dos establecimientos nuevos.
—¿Llegaron por alguno de esos contactos? —pregunta Rob, apoyando un brazo en el respaldo de mi silla.
—No. Preparé una propuesta y pedí una reunión con la directora de comunicación. Me dijo que no dos veces.
Hannah sonríe y deja la copa sobre el mantel.
—¿Y qué hiciste?
—Revisé la propuesta, fotografié gratis durante una mañana el vestíbulo de uno de sus hoteles y le envié las imágenes. Después de eso, aceptó reunirse conmigo otra vez.
—Eve se pasó tres noches preparando aquella presentación —recuerda Connor, mirándome.
—Y conseguí el contrato —añado sin apartar los ojos de él—. Después llegaron otros hoteles, bodas y eventos. Los contactos ayudaron al principio, pero el estudio creció porque mi trabajo es bueno.
Connor permanece callado unos instantes antes de asentir.
—Sí, lo era. Lo sigue siendo.
La tensión abandona poco a poco mis hombros. Me siento bien, porque Rob no ha hablado por mí. Se ha limitado a hacer la pregunta que me permitía recuperar una historia que Connor acababa de contar como si el mérito también fuera suyo.
Hannah me pregunta cuántas personas trabajan ahora conmigo y, mientras le explico que todavía hago casi todo sola, no aparta la atención de lo que le cuento, ni busca a Connor para que complete mi respuesta.
Me pregunta por los fotógrafos que quiero contratar, por el nuevo espacio y por el tipo de bodas que me gustaría aceptar.
Cada pregunta me permite devolverle a mi negocio su verdadero tamaño.
Cuando termino, Rob roza con el pulgar el dorso de mi mano bajo la mesa.
No es una felicitación exagerada ni un gesto de rescate, sino la confirmación silenciosa de que me ha escuchado.
—Yo vi su trabajo antes de conocerla —afirma Rob mientras vuelve a coger su copa—. Me pareció extraordinario.
—Viste tres fotografías en la página web —le recuerdo.
—Fueron suficientes para saber que eras una mandona.
Hannah suelta una carcajada y yo le doy un golpe con el hombro.
—No veo la relación —le respondo sonriente.
—Todo estaba demasiado bien colocado.
—Eso se llama composición.
—Eso dices tú…
Rob vuelve la cara hacia mí y durante unos segundos olvido que Connor y Hannah están al otro lado de la mesa. Su sonrisa no parece preparada y la mía tampoco. Cuando me aparta un mechón de pelo de la mejilla, lo hace despacio, dándome tiempo para detenerlo, pero no lo hago.
El resto de la cena transcurre con más facilidad.
Rob recuerda que no me gusta el limón en el agua, conoce la marca de las cámaras que utilizo y cuenta nuestra falsa primera cita como si de verdad hubiera compartido conmigo unos perritos calientes bajo la lluvia.
Yo corrijo sus exageraciones y él inventa otras nuevas solo para hacerme reír.
Cuando llega el postre, Hannah pregunta cuándo supe que Rob me gustaba. Al escuchar la pregunta, él se vuelve hacia mí y espera.
—Cuando dejó de intentar impresionarme —respondo mientras pruebo la crema de chocolate que nos acaban de servir.
Rob baja la mirada hacia su plato y durante un instante pierde la sonrisa.
—Yo todavía lo intento —responde después, rozando mi rodilla con la suya.
—Ese es el problema.
Connor nos observa desconcertado, como si intentara averiguar cuándo aprendí a reírme así con otra persona.
Cuando salimos del restaurante, Hannah me abraza de nuevo.
—Me alegra verte feliz —me susurra antes de separarse.
Esta vez no necesito fingir una respuesta.
—Gracias. Espero que vuestra boda salga como deseáis.
Connor estrecha la mano de Rob y después se vuelve hacia mí. Parece querer decir algo, pero acaba metiéndose las manos en los bolsillos.
—Nos vemos en la finca —se despide.
—Sí, nos vemos allí —respondo.
Rob coloca una mano en mi cintura cuando ellos se alejan y espera a que gire la cabeza hacia él antes de acercarse y besarme la sien. Connor mira hacia atrás justo a tiempo para verlo y su paso vacila antes de continuar junto a Hannah. En cuanto doblan la esquina, Rob retira la mano.
La noche es fresca y el asfalto conserva el brillo de la lluvia. La gente pasa a nuestro lado, un taxi se detiene frente al restaurante y la luz roja del letrero se refleja sobre la acera.
—Ha funcionado —digo mientras me abrocho el abrigo.
—Parecía desconcertado —responde Rob, guardándose las manos en los bolsillos.
—No hablaba de Connor.
Rob me observa y espera a que continúe.
—Durante algunos minutos he olvidado que te pago por estar aquí —admito, incapaz de sostenerle la mirada.
Nos quedamos en silencio rodeados del tráfico de la ciudad, pero cuando vuelvo a mirarlo, Rob ya no sonríe.
—Yo también he olvidado durante unos minutos que estaba trabajando.