Alquilé un novio (Decisiones cuestionables 3) 6
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Rob

La primera fotografía de nuestra relación falsa exige que Eve me empuje contra una pared de ladrillo en Brooklyn.

—No te muevas —me ordena mientras retrocede con la cámara pegada al rostro.

Estamos en una calle desde la que se ve el puente de Manhattan entre dos edificios. El viento que llega del río le levanta el pelo y arrastra el olor de un puesto de café cercano. Eve ha instalado el trípode junto a la acera y lleva el disparador remoto escondido en una mano.

—¿Quieres que parezca sorprendido o preocupado por mi seguridad? —pregunto mientras apoyo un hombro contra la pared.

—Quiero que parezca que te gusto —responde sin bajar la cámara.

—Eso puedo hacerlo.

Enderezo la espalda, giro la cara hacia la luz y le dedico mi mejor sonrisa. Eve pulsa el disparador, comprueba la imagen y resopla.

—Pareces el protagonista de un anuncio de colonia.

—Has pedido que parezca que me gustas —le recuerdo, abriendo las manos.

—No que intentes venderme algo.

Eve se acerca, me baja la barbilla con dos dedos y tira de mi manga para deshacer el doblez perfecto que he hecho antes de salir.

—Deja de posar —me pide mientras regresa junto al trípode.

—Soy actor. Posar forma parte de mis habilidades básicas.

—Pues olvídalas durante cinco minutos —replica antes de activar el temporizador.

Corre hasta mí y se coloca a mi lado, aunque deja entre los dos una distancia que ninguna pareja mantendría después de salir durante seis meses.

—Acércate —le digo mientras le rodeo los hombros con un brazo.

Eve se queda rígida y mira mi mano.

—No tanto.

—Si dejo más espacio, parecerá que acabamos de discutir.

—Tal vez lo hemos hecho —responde, apoyando una mano en mi pecho para alejarme.

—Nuestra primera crisis. ¡Qué emocionante!

Eve gira los ojos hacia mí justo cuando la cámara dispara. Reviso la imagen y sonrío al verla mirarme con irritación mientras yo parezco encantado.

—Esta funciona —decido, señalándole la pantalla.

—Porque no estabas posando —responde mientras recoge el trípode.

—Porque te saco de quicio de una forma muy fotogénica.

Eve cambia el trípode de lugar y activa el disparador para fotografiarnos caminando.

Al principio avanzamos pendientes de la cámara, con los hombros rectos y las sonrisas preparadas.

Entonces un ciclista pasa cerca de nosotros y Eve me agarra del brazo para apartarme.

Tropiezo con el bordillo, la sujeto por la cintura y ambos nos echamos a reír cuando ella me acusa de no saber andar sin un guion.

—La última es buena —afirma mientras amplía la imagen en la que seguimos agarrados.

—Casi me atropellan para conseguirla —protesto, mirando al ciclista alejarse.

—El arte exige sacrificios.

—Incluye una indemnización en el próximo contrato.

Antes de entrar en la librería, Eve saca un jersey de su mochila y me pide que sustituya la chaqueta por él. Después se suelta el pelo y lo peina con los dedos.

—Nadie creerá que estas fotografías se hicieron durante seis meses si aparecemos con la misma ropa en todas —explica mientras guarda mi chaqueta.

—¿También has traído un vestuario completo?

—Solo lo imprescindible.

La segunda parada es una librería de Brooklyn con estanterías de madera, lámparas bajas y mesas cubiertas de novedades. Eve convence al encargado para que nos permita hacer unas fotografías y coloca la cámara entre dos pilas de libros y me entrega una novela.

—Finge que leemos juntos —indica mientras se sienta a mi lado en un sofá de piel de color verde botella, que cruje bajo nuestro peso.

—¿El mismo libro? —pregunto, hojeándolo.

—Somos una pareja enamorada. Compartimos intereses.

—Y una vista excelente, por lo que parece.

Abro la novela y Eve se inclina para leer por encima de mi hombro. Su pelo me roza la mejilla y percibo el aroma cítrico de su champú. Antes de que dispare, adopto una expresión concentrada.

—Otra vez estás actuando —murmura sin apartar los ojos de la página.

—Intento entender por qué han asesinado a un hombre en el primer capítulo.

Eve baja la mirada hacia el libro y arquea una ceja.

—Estás leyendo el índice.

Me río y ella pulsa el disparador. En la pantalla aparecemos con las cabezas inclinadas sobre el libro y mi sonrisa fuera de control.

—Esta también sirve —admite tras contemplarla unos segundos.

—Empiezo a pensar que tu método consiste en insultarme hasta que la imagen salga exactamente como tú quieres.

—Por fin comprendes cómo trabajo —responde mientras guarda la cámara.

En Central Park el cielo empieza a despejarse, pero la lluvia ha oscurecido los senderos y todavía caen gotas de las hojas. Eve coloca el trípode frente a un banco y me pide que me siente.

—Necesitamos una fotografía más íntima —explica mientras oculta el disparador en el bolsillo de su abrigo—. Algo cotidiano.

—¿Qué hace una pareja cotidiana? —pregunto, apoyando los brazos en el respaldo.

—No posa como si esperara cobrar por ello.

—¿Vuelves a provocarme?

—Porque funciona —responde Eve colocándose entre mis piernas.

Me guía las manos hasta su cintura. Al hacerlo, noto que el jersey se le levanta un poco y mis dedos rozan una franja de piel caliente. Ella contiene la respiración.

—¿Estás bien? —pregunto mientras aflojo las manos.

—Perfectamente —asegura sin mirarme—. Acerca la frente.

Obedezco. Nuestras caras quedan separadas por pocos centímetros y noto su aliento sobre mi boca. Eve mantiene los ojos abiertos, pero respira de forma entrecortada.

—Si sigues mirándome así, parecerá que quieres besarme —bromeo para aliviar la tensión.

—No improvises —me advierte mientras clava los dedos en mis hombros—. Esa regla no ha cambiado.

—No pensaba besarte —aseguro, aunque no aparto la mirada de sus labios.

—Bien.

—Pero parece que te decepciona.

Eve intenta apartarse y, al moverse, presiona sin querer el disparador que lleva en el bolsillo justo cuando me da un golpe en el pecho.

La risa se me escapa y ella termina apoyándose en mí para no perder el equilibrio.

El segundo disparo nos sorprende abrazados, con su cara escondida junto a mi cuello y mis brazos cerrados alrededor de su cuerpo.

Eve se separa y revisa las imágenes en silencio.

—¿También parezco un anuncio? —pregunto mientras me levanto del banco.

—No —responde, ampliando la última fotografía—. Aquí pareces feliz.

La forma en que lo dice me impide bromear, porque tiene razón.

Eve sigue mirando la pantalla hasta que una pareja pasa empujando un carrito.

Entonces guarda la cámara y empieza a recoger el trípode sin mirarme.

Podría recordarle que ha contenido la respiración cuando he acercado mi boca a la suya, pero la advertencia sobre los besos sigue sobrevolando nuestras cabezas.

Así que, en lugar de provocarla, le quito el trípode de las manos y me lo cargo al hombro.

—Puedo llevarlo sola —protesta, intentando recuperar la correa.

—Lo sé. Esa frase empieza a ser una de nuestras costumbres de pareja.

Eve suelta la correa y echa a andar a mi lado.

—No te acostumbres a ganar.

—Lo añadiré a tu lista de defectos —respondo mientras la sigo.

Terminamos la sesión al atardecer en la azotea de su estudio. Manhattan se extiende frente a nosotros bajo un cielo naranja y las ventanas empiezan a iluminarse. Eve instala el trípode cerca de la barandilla mientras yo sujeto dos cafés que hemos comprado de camino.

—Esta será la fotografía del final de una cita —explica mientras comprueba el encuadre—. No mires a la cámara.

—Ya he aprendido la lección —respondo mientras me siento en el murete.

Le entrego su vaso y Eve se coloca a mi lado, con una rodilla rozando la mía. Durante unos minutos, elegimos las imágenes que publicará. Cuando descarta una porque vuelvo a parecer demasiado perfecto, dejo escapar un suspiro.

—Tal vez sea lo único que sé hacer —admito, mirando el café.

Eve deja de revisar las fotografías y se vuelve hacia mí.

—¿Posar?

—Interpretar a alguien que parece tenerlo todo bajo control.

El viento mueve las páginas del cuaderno que ha dejado sobre el suelo con sus notas. Eve coloca la cámara a un lado y espera sin presionarme.

—Mi última obra acabó antes de tiempo —continúo mientras hago girar el vaso entre mis dedos—. El teatro tuvo una avería y cancelaron la temporada. Desde entonces, los castings no funcionan. Siempre estoy bien, pero nunca soy el elegido.

—Eso debe de ser agotador —responde Eve sin apartar los ojos de mí.

No hay compasión en su voz, solo una certeza que me permite seguir mirándola.

—Empieza a ser caro, sobre todo.

Mi broma no le hace reír, porque es fiel a la verdad.

Llevo meses fingiendo que el siguiente casting resolverá mis problemas, aunque cada rechazo convierte mi futuro en algo más difícil de sostener.

Eve no intenta animarme con una frase vacía y se limita a observarme de la misma forma que cuando tiene una cámara entre las manos: atenta a lo que enseño y a lo que intento dejar fuera.

Eve busca algo en su teléfono y me muestra el retrato que me hizo el primer día, cuando consiguió fotografiarme sin la sonrisa preparada.

—Este hombre tiene más presencia que todos los personajes que me has enseñado hoy —afirma, sosteniendo el móvil entre los dos.

—Ese hombre estaba cansado.

—Pero estaba diciendo la verdad —replica, acercando la imagen para que la mire.

Levanto los ojos hacia ella y observo que no asegura que el próximo papel será mío. Se limita a enseñarme una fotografía en la que no parezco derrotado, aunque recuerdo que me sentía así.

Mi teléfono vibra dentro de mi abrigo. Lo saco y encuentro un mensaje de Claire con el enlace a una convocatoria. Una nueva producción busca protagonista para ensayar y estrenarse en Los Ángeles antes de trasladarse a Broadway.

—¿Otro casting ? —pregunta Eve, acercándose para leer la pantalla.

—Sí. Los ensayos son en Los Ángeles.

—¿Y eso es un problema? —pregunta, mirándome.

—Si me eligen, tendría que marcharme durante varios meses.

Eve vuelve a mirar el retrato que continúa abierto en su teléfono.

—Primero tendrán que elegirte.

—Gracias por la confianza —replico con una sonrisa.

—No es falta de confianza —me aclara mientras me da un golpe con el hombro—. Es el orden correcto. Preséntate y decide después qué harás si consigues el papel.

Abro la convocatoria y pulso el enlace para solicitar una prueba.

—Hecho —anuncio, mostrándole la confirmación.

—¿Ves? No ha sido tan difícil.

—Recuérdamelo cuando lleve cuatro semanas preparando una escena para que elijan a un tío rubio.

Eve sonríe y vuelve a la cámara. Selecciona la fotografía de Central Park en la que aparecemos abrazados y me enseña la pantalla.

—Publicaré esta.

—Parecemos una pareja de verdad —comento mientras observo mi brazo alrededor de su cintura.

—Esa era la intención.

Eve escribe: «Seis meses disfrutando su mejor perfil» y pulsa el botón. La fotografía aparece en su perfil de Instagram y, menos de un minuto después, su teléfono muestra una nueva notificación.

—Connor ha respondido —anuncia al ver su nombre.

Abre el mensaje mientras sigo a su lado y ambos leemos la misma frase: «No sabía que llevabais tanto tiempo juntos».