Alquilé un novio (Decisiones cuestionables 3) 5
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Eve

Presentar a mis amigas al hombre que he contratado para fingir que es mi novio me parece una idea mucho peor ahora que lo tengo sentado a mi lado.

Rob está sentado la última silla libre de la mesa redonda que Pamela ha reservado en un restaurante italiano de Manhattan.

Una lámpara de cristal proyecta una luz cálida sobre los platos y, al otro lado de los ventanales, las aceras brillan después de la lluvia.

El local está lleno y el ruido de las conversaciones se mezcla con el de los platos.

—Quiero asegurarme de haberlo entendido —dice Kim mientras deja la carta sobre el mantel—. ¿Le pagas para que finja estar enamorado de ti?

—Le pago para que finja ser mi novio —la corrijo, sirviéndome un poco de agua en la copa.

Rob se inclina hacia Kim con una sonrisa.

—El enamoramiento no está incluido en el contrato.

—Ese parece un vacío legal —replica ella, entrecerrando los ojos.

—Por eso vas a revisar el contrato —le recuerdo.

Pamela apoya los codos en la mesa y contempla a Rob con entusiasmo.

—A mí me parece una idea brillante. ¿La agencia permite elegir altura, color de ojos y nivel de atractivo?

Nick deja la copa de vino frente a ella.

—Estás hablando de una persona, no de un sofá.

—Los sofás también se eligen con cuidado —responde Pamela antes de mirar a Rob—. No te ofendas, porque has superado ampliamente las expectativas.

—Intentaré estar a la altura del catálogo —contesta él, llevándose una mano al pecho.

Laura, sentada junto a Arthur, no comparte el entusiasmo. Lleva varios minutos observándome con la expresión que utiliza cuando cree que estoy a punto de hacerme daño.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —me pregunta mientras dobla la servilleta sobre sus rodillas.

—Ya hemos firmado el contrato.

—No te he preguntado eso —insiste alzando la vista desde la servilleta hasta mis ojos.

—Estoy segura —respondo, aunque aparto la mirada para llamar al camarero.

Violet consulta el móvil y deja escapar un suspiro. Tiene el pelo recogido en un moño y aún lleva el traje oscuro con el que ha pasado el día visitando proveedores.

—La boda ya es bastante complicada sin añadir una pareja falsa —advierte mientras bloquea la pantalla—. Connor acaba de cambiar la distribución de doce mesas y Hannah quiere modificar las flores de la ceremonia.

—Eso no tiene nada que ver con Rob —le recuerdo alzando una ceja.

—Todavía —puntualiza Violet, señalándolo con el teléfono.

Rob asiente con gesto solemne.

—Prometo no interferir con las mesas ni opinar sobre las flores.

—Será mejor —interviene Laura—. Las flores son asunto mío.

—Y el negocio de Eve es asunto de Eve —añade Kim, mirándolo con seriedad.

—También aparece en el contrato —confirma Rob antes de volverse hacia mí—. Empiezo a pensar que nadie confía en mí.

—Acabas de darte cuenta —respondo.

Él se ríe, la tensión alrededor de la mesa se relaja un poco y, mientras lo observo, me doy cuenta de que no parece intimidado por las preguntas ni por las miradas.

Escucha a Pamela hablar de la agencia, bromea con Violet sobre los riesgos de las bodas y consigue que Laura sonría al preguntarle si una florista perdonaría a un hombre que apareciera en una primera cita con un ramo comprado en una gasolinera.

Incluso Nick, que apenas interviene, lo observa con un interés que se parece a la aprobación.

Eso debería tranquilizarme, pero en lugar de eso, me obliga a recordar que Rob solo está trabajando.

Pamela le pregunta por sus papeles más extraños y él le cuenta que una vez interpretó a un novio abandonado en un anuncio de detergente.

Violet quiere saber si puede llorar cuando se lo ordenan y Rob responde que sí, pero que cobra un suplemento si también tiene que arruinarse la máscara de pestañas.

Laura se ríe y Arthur le sirve más vino sin que ella tenga que pedírselo.

Hasta Kim parece bajar la guardia cuando Rob asegura que ha leído las diecisiete páginas del contrato, incluidas las notas que ella añadió en letra pequeña.

—Eran diecinueve —lo corrige Kim mientras corta un trozo de focaccia .

—Las dos últimas eran amenazas —replica Rob, acercándole la cesta de pan—. No cuentan como cláusulas, ¿o sí?

Nick observa el intercambio desde su lado de la mesa.

Cuando nuestras miradas se cruzan, arquea una ceja y después mira a Rob.

No necesito preguntarle qué piensa, porque tengo claro que Nick no confía con facilidad en nadie, pero tampoco parece haber encontrado todavía un motivo para desconfiar de él.

El camarero sirve los entrantes y durante unos minutos la conversación se divide.

Pamela discute con Nick por la última croqueta, Violet responde un mensaje en su teléfono y Kim aparta la cesta de pan para colocarla exactamente en el centro.

Mientras tanto, Rob aprovecha la distracción para servirme un poco de ensalada antes de llenar su plato.

—Puedo hacerlo sola —le digo en voz baja.

—Lo sé —responde sin dejar de utilizar las pinzas—. Pero tu novio sabría que te olvidas de comer cuando estás nerviosa.

—No estoy nerviosa.

Rob deja las pinzas y mira el trozo de pan que llevo deshaciendo desde que nos sentamos.

—Por supuesto que no —me responde alzando la mirada hacia mí con una ceja arqueada.

Arthur, que ha seguido el intercambio desde el otro lado de la mesa, espera a que los demás vuelvan a hablar antes de dirigirse a Rob.

—Laura y yo también empezamos con un acuerdo —explica mientras entrelaza los dedos con los de ella sobre el mantel.

—Me lo ha contado Eve —responde Rob, dejando el tenedor junto al plato.

—Entonces sabrás que cumplir las condiciones es fácil mientras nadie siente nada —continúa Arthur—. Lo difícil es distinguir el momento en que deja de ser un trabajo.

Rob mantiene la sonrisa, aunque sus dedos se quedan inmóviles alrededor de la copa.

—Yo llevo años separando el trabajo de mi vida personal —le asegura antes de dar un trago a su vino.

—Eso creía yo —replica Arthur sin apartar la mirada de él.

Laura le roza el brazo y Arthur se vuelve hacia ella. El gesto entre ambos es pequeño y natural, pero dice más que toda nuestra historia inventada.

—Nuestro acuerdo es distinto —intervengo, colocando la servilleta junto a mi plato—. Sabemos exactamente cuándo termina.

—Nosotros también lo sabíamos —responde Laura con una sonrisa cariñosa.

La naturalidad con la que Arthur aprieta la mano de Laura me obliga a apartar la vista.

Ellos pueden convertir aquel acuerdo en una anécdota porque les salió bien.

Yo solo necesito que el mío dure hasta el final de la boda y que, cuando termine, Rob desaparezca de mi vida sin dejar nada fuera de lugar.

Aun así, noto su hombro junto al mío cada vez que se mueve y recuerdo la facilidad con la que ha adivinado que no había comido.

Rob da un sorbo a su copa y hace un comentario sobre la comida, pero la advertencia de Arthur le ha afectado. Lo sé porque no bromea durante un rato y porque evita mirarme hasta que Pamela decide que ha llegado el momento del interrogatorio.

—Vamos a comprobar si habéis estudiado —anuncia mientras aparta su plato—. ¿Dónde os conocisteis?

—En una cafetería de Greenwich Village —respondemos Rob y yo a la vez.

Pamela da una palmada satisfecha.

—¿Quién habló primero?

—Yo —contesta Rob, apoyando un brazo en el respaldo de mi silla—. Eve estaba trabajando y me dejó sentarme con la condición de que no la molestara.

—Una condición que incumplió en menos de treinta segundos —añado.

—Le expliqué que entendía de iluminación.

Laura sonríe mientras parte un trozo de pan.

—¿Entiendes de iluminación?

—Sé encontrar mi mejor perfil —responde Rob.

—No es lo mismo —decimos Laura y yo a la vez.

Las risas se extienden alrededor de la mesa. Rob se lleva una mano al corazón y finge sentirse traicionado.

—Veo que la amistad ha destruido vuestra objetividad.

—¿Primera cita? —pregunta Kim, que no parece dispuesta a distraerse.

—Perritos calientes bajo el toldo de una tienda cerrada —respondo.

—Empezó a llover —añade Rob mientras me mira—. Eve pidió mostaza, compartimos unas patatas y discutimos sobre si una fotografía puede mentir.

Nick deja la copa sobre el mantel.

—Una fotografía no miente. Quien la hace decide qué deja fuera.

—Eso mismo dije yo —afirma Rob, señalándolo—. Por eso Nick y yo vamos a llevarnos bien.

—No cuentes con ello —replica Nick, aunque la comisura de su boca se curva un poco.

—¿Cuál es la peor costumbre de Eve? —pregunta Pamela inclinándose hacia nosotros.

—Trabaja hasta olvidarse de comer y guarda almendras en el segundo cajón de su mesa para fingir que eso cuenta como almuerzo —responde Rob sin detenerse a pensar.

Lo miro sorprendida, porque se lo mencioné una sola vez, mientras preparábamos la lista de nuestras costumbres.

—¿Y la de Rob? —pregunta Violet, fijándose en mi reacción.

—Sonríe cuando no quiere responder —contesto mientras él gira la cabeza hacia mí y observo cómo su sonrisa se ensancha.

—Eso es mentira —me contesta Rob fijando su mirada en la mía.

—Acabas de hacerlo.

Pamela suelta una carcajada y Laura intenta ocultar la suya detrás de la copa. Cuando miro a Rob, descubro que ya no está actuando para ellos. Se divierte de verdad y encaja con una facilidad que me incomoda más que todas las preguntas.

Mi teléfono empieza a sonar sobre el mantel. Cuando miro la pantalla y veo el nombre de Connor, las conversaciones se acallan al instante y siete pares de ojos se vuelven hacia mí.

—Puedes no responder —murmura Laura, inclinándose hacia mí.

—Estoy bien —aseguro mientras cojo el teléfono y acepto la llamada—. Hola, Connor.

—Eve, siento si te interrumpo —dice él al otro lado—. Pero no contestaste a mi mensaje y Violet necesita cerrar las mesas.

Violet abre mucho los ojos y niega con la cabeza, dejando claro que ella no le ha pedido que me llame.

—Sí, iré acompañada —respondo mientras miro a Rob—. Con mi novio.

Él no se mueve, pero su mirada se fija en la mía. Pronunciar la palabra delante de mis amigos hace que nuestro acuerdo parezca distinto.

—No sabía que estuvieras saliendo con alguien —contesta Connor después de una pausa.

—Sí, se llama Rob.

Decir su nombre me deja un sabor extraño.

Durante los seis años que estuve con Connor, nunca tuve que explicarle quién ocupaba ese lugar en mi vida.

Ahora estoy presentándole a un hombre que apenas conozco y noto toda la atención de Rob sobre mí, silenciosa y firme.

Él no intenta quitarme el teléfono ni intervenir, tal como le exigí en el contrato, pero desplaza la mano sobre el mantel hasta dejarla cerca de la mía.

—Hannah y yo podríamos cenar con vosotros antes de la boda —propone Connor—. Así nos conocemos y evitamos presentaciones incómodas ese fin de semana.

Aprieto el teléfono contra la oreja.

—Claro, te diré cuándo podemos.

—Perfecto. Hablamos pronto.

Cuelgo y dejo el móvil sobre la mesa. El silencio apenas dura un momento antes de que Pamela se acerque tanto a mí, que Nick tiene que sujetar su copa, porque está a punto de tirarla.

—¿Una cena con Connor y Hannah? —pregunta con los ojos muy abiertos—. Yo también quiero ir.

—No vas a venir —le advierto.

—Puedo sentarme en otra mesa y ponerme una peluca —insiste Pamela.

—Tampoco —niego con la cabeza.

Violet se lleva una mano a la frente.

—Sabía que esto complicaría la boda.

—¿Estás preparado para conocer al ex? —le pregunta Kim a Rob mirándolo con atención.

Rob se recuesta en la silla y vuelve a colocarse esa sonrisa segura en los labios, que ya empiezo a reconocer como parte del personaje. Sin embargo, antes de responder, roza mis dedos bajo el borde de la mesa. El contacto es breve y discreto, pero consigue que deje de apretar la servilleta.

—Por supuesto —asegura, manteniendo la mirada fija en mí—. Ya es hora de estrenar al novio.