4 #2
—Kim revisará el contrato esta tarde.
—¿Quién es Kim? —pregunto, observando la seriedad con la que guarda las hojas.
—Una de mis amigas.
—¿Y por qué va a revisarlo?
—Porque no confía en ti —responde como si fuera la explicación más lógica del mundo.
—Ni siquiera me conoce.
Eve cierra la carpeta y apoya las manos encima.
—Kim considera que eso agrava la situación.
Miro el contrato y después a ella.
—¿Debería preocuparme?
—Probablemente —contesta sin asomo de humor.
Antes de que pueda averiguar qué clase de mujer es Kim, el teléfono de Eve vibra sobre la mesa. Ella no necesita mirar la pantalla para saber quién escribe. Lo noto en la forma en que endereza la espalda y aprieta el bolígrafo entre los dedos. El nombre de Connor aparece iluminado en la pantalla.
Eve tarda unos segundos en coger el móvil. Cuando lo desbloquea y lee el mensaje, su expresión apenas cambia, aunque la mandíbula se le tensa.
—¿Todo bien? —pregunto mientras aparto mi taza vacía.
—Sí —responde demasiado deprisa—. Connor quiere saber si iré acompañada para organizar las mesas.
—Parece una pregunta razonable.
—Lo es. Completamente —asegura sin mirarme.
Eve escribe una respuesta y la borra. Lo intenta de nuevo, pero termina bloqueando el teléfono y lo deja boca abajo sobre la mesa.
—No parece que te resulte tan razonable —comento mientras observo cómo retoma el bolígrafo.
—No pasa nada. Connor siempre ha sido muy organizado.
—Como tú.
Eve clava la mirada en mí.
—No nos parecemos.
No insisto. Ella alisa una esquina del contrato con los dedos y recupera la expresión competente que mostró en el estudio. Sin embargo, ahora sé reconocer el esfuerzo que le cuesta mantenerla.
—¿Quieres impresionarlo? —pregunto con cuidado.
Eve levanta la cabeza y frunce el ceño.
—No.
—Entonces, ¿qué quieres demostrarle?
—Nada —responde mientras aprieta el bolígrafo hasta que sus nudillos pierden el color.
—¿Y qué quieres demostrarte a ti misma? —añado con más suavidad.
Eve deja el bolígrafo sobre la mesa y desvía la mirada hacia el ventanal. En la calle, una mujer corre bajo un paraguas rojo mientras un taxi toca el claxon al quedarse bloqueado en el cruce.
—Necesitamos crear fotografías —dice al fin, volviéndose hacia el cuaderno.
—Ese cambio de tema ha sido bastante evidente.
—Necesitamos imágenes que demuestren que llevamos seis meses juntos —continúa, ignorando mi comentario—. Tendremos que aparecer en lugares distintos, con ropa diferente y en varios momentos. Puedo modificar las fechas de los archivos y hacer que algunas parezcan antiguas.
Eve abre el cuaderno y empieza a escribir una lista, mientras observo cómo sus hombros se relajan a medida que regresa al terreno que controla.
—Haremos una aquí, otra en Washington Square Park y algunas en mi apartamento —enumera mientras escribe—. También necesitaremos una cena, un paseo y alguna fotografía desenfocada que parezca tomada por otra persona.
—¿En tu apartamento? —pregunto, dejando que la sonrisa regrese a mis labios.
Eve levanta la cabeza de golpe.
—Es un escenario, Rob.
—No he dicho nada —me defiendo, alzando las manos.
—Lo has pensado.
—Eso no puedes fotografiarlo.
Eve me observa unos segundos y, por un instante, vuelve a parecer la mujer que casi se ha reído con la historia de nuestro perro imaginario. Después cierra el cuaderno y guarda el contrato en la carpeta.
—Te enviaré el calendario esta tarde —anuncia mientras se levanta.
Me pongo en pie y la observo acercarse a la barra para pagar su café. La camarera le explica que ya está incluido en mi cuenta y Eve regresa con el bolso colgado del hombro y una mirada cargada de desconfianza.
—No tenías que invitarme —protesta mientras se pone el abrigo.
—Lo hice en nuestra primera cita —respondo, ayudándola a colocar el cuello de la prenda—. Tenemos que empezar a crear recuerdos.
Eve se aparta antes de que mis dedos lleguen a rozarle la nuca y niega con la cabeza, aunque no consigue ocultar la sonrisa.
—Nos vemos mañana, Rob —se despide mientras se dirige hacia la salida.
—Hasta mañana, novia —respondo, abriendo la puerta para dejarla pasar.
Eve se detiene bajo el toldo y se vuelve hacia mí.
—No vuelvas a llamarme así cuando estemos solos.
—Lo añadiré al contrato —prometo antes de que empiece a alejarse.
La observo caminar bajo la lluvia con la carpeta protegida contra el pecho. Cuando se pierde entre los paraguas, saco el teléfono y descubro un correo suyo enviado hace menos de un minuto. El asunto dice: «Fotografía para la ficha».
Abro el archivo y aparece la imagen que me hizo ayer sin permiso.
No sonrío ni miro a la cámara. Tengo la mandíbula relajada, los labios entreabiertos y el cansancio de las últimas semanas expuesto bajo la luz del estudio.
Sin embargo, no es el cansancio lo que me obliga a seguir mirando, sino el miedo.
Eve ha captado el momento exacto en que dejé de saber qué esperaba de mí. En la fotografía veo el temor a que, cuando no interpreto a nadie, tampoco quede nada que merezca la pena mirar.
Bloqueo el teléfono y lo guardo en el bolsillo. Lo preocupante no es la fotografía, sino que Eve haya necesitado menos de una hora para descubrir algo que yo llevo años intentando ocultar.