4
Rob
La mujer que me ha contratado para fingir que soy su novio entra en la cafetería preparada para organizar nuestra relación como si fuera un proyecto de trabajo.
Cruza el local con un cuaderno bajo el brazo, una carpeta en la mano y gesto serio.
Lleva unos vaqueros oscuros, un jersey color crema y el pelo recogido en una coleta que se balancea a su espalda.
Mientras termino mi café, la observo esquivar mesas con la misma seguridad con la que ayer dirigía la sesión de fotos.
Fuera llueve sobre Greenwich Village y las gotas emborronan los taxis y los paraguas al resbalar por los ventanales; dentro, entre el olor a café recién molido y a pan tostado, tendremos que decidir cómo comenzó una relación que nunca ha existido: la nuestra.
—Llegas tarde —le digo cuando alcanza la mesa.
Eve deja la carpeta delante de mí y consulta el reloj.
—Son las diez en punto.
—Yo llevo aquí doce minutos.
—Porque confundes la puntualidad con llegar antes.
—Llegar antes evita llegar tarde —respondo mientras aparto la silla con el pie.
Eve se quita el abrigo, lo coloca en el respaldo y se sienta. Después, alinea el cuaderno con el borde de la mesa y mira mi taza vacía.
—¿Has pedido ya?
—He tomado un café y he pedido otro para ti —explico, señalando la barra—. Solo, con un poco de leche fría y sin azúcar.
Eve frunce el ceño.
—¿Cómo sabes cómo lo tomo?
—Ayer vi tu taza en el estudio. No había sobres de azúcar en la papelera.
—Eso es inquietante.
—No, solo es preparación profesional.
La camarera deja el café delante de Eve. Ella le da las gracias, espera a que se aleje y prueba un sorbo.
—Has acertado —admite con una sonrisa breve.
—Intentaré no emocionarme con el cumplido.
Eve abre el cuaderno y escribe la fecha de hoy en la primera página con una letra redondeada y pulcra.
—Necesitamos una historia sencilla y coherente —explica mientras subraya el título—. Cuantos menos detalles inventemos, menos posibilidades habrá de contradecirnos.
—Una relación sin detalles también resulta sospechosa.
—Por suerte, tú puedes recordarlos —replica, levantando la mirada—. Empecemos por dónde nos conocimos.
Me recuesto en la silla y finjo pensarlo.
—¿En un ascensor averiado?
—No —responde, negando también con la cabeza.
—Nos quedamos atrapados durante tres horas. Tú sufriste un ataque de pánico y yo te calmé cantando canciones de musicales.
Eve sostiene la taza cerca de los labios y me mira por encima del borde.
—Preferiría asistir sola a la boda antes que decir eso —dice clavándome la mirada en los ojos.
—También pudimos conocernos en un refugio de animales. Los dos queríamos adoptar al mismo perro y decidimos compartir su custodia.
—No tenemos perro.
—Porque lo cuida mi madre durante la semana.
—¿Y los fines de semana? —quiere saber arqueando una ceja y aún con la taza entre las manos.
—Va a terapia porque separarse de nosotros le provoca ansiedad —me apresuro a responder.
Eve deja la taza sobre el plato y aprieta los labios, pero veo cómo lucha por contener la sonrisa.
—¿Puedes tomártelo en serio? —pregunta poniéndose seria.
—Nunca bromearía con la salud mental de nuestro perro.
Ella niega con la cabeza y vuelve a coger el bolígrafo.
—Mis amigas me conocen desde el instituto, así que, si les engaño, detectarán cualquier contradicción.
—Entonces nos conocimos aquí —propongo, señalando el ventanal—. Una tarde de lluvia. El local estaba lleno y la única silla libre era la que había frente a ti. Te pregunté si podía sentarme y dijiste que sí sin levantar la mirada del ordenador.
Eve observa la pequeña mesa que compartimos.
—Eso podría haber ocurrido.
—Ocurrió hace seis meses. Estabas retocando las fotografías de una boda y yo intenté impresionarte diciendo que entendía de iluminación.
—¿Entiendes de iluminación?
—Sé dónde colocarme para que me favorezca.
—Eso no es entender de iluminación.
—Eso mismo me dijiste y esa fue nuestra primera discusión.
Eve apunta la historia en el cuaderno.
—¿Quién dio el primer paso? —quiere saber alzando la mirada un instante de su cuaderno.
—Yo —respondo, señalándome con un dedo.
—Demasiado previsible —descarta Eve mientras hace otra anotación en el cuaderno.
—Tú, entonces —propongo, apoyando un brazo en la mesa.
Eve levanta la cabeza y frunce el ceño.
—No habría invitado a salir a un desconocido que interrumpió mi trabajo.
—No me invitaste —le aclaro mientras me inclino hacia ella—. Me prohibiste volver a hablarte y yo confundí tu hostilidad con interés.
Eve deja el bolígrafo sobre la página y me observa con una expresión que no sé si es de curiosidad o de cansancio.
—Empiezo a entender por qué no tienes una relación real.
—Eso no aparece en el contrato —replico, llevándome una mano al pecho—. Digamos que fui yo quien te pidió el número después de conseguir hacerte reír.
—Una vez no establece un patrón —responde Eve antes de volver a centrar la atención en el cuaderno.
—Hoy también has estado a punto.
Eve baja la mirada y escribe algo en el cuaderno, pero cubre la frase con la mano antes de que yo pueda leerla.
—¿Qué has puesto? —pregunto, inclinándome hacia delante.
—Que tienes demasiada confianza en ti mismo —responde sin apartar la mano de la página.
—Ese puede ser el defecto que toleras de mí.
Eve levanta la vista y arquea una ceja.
—No he dicho que lo tolere.
—Pero sigues aquí —señalo, abriendo las manos sobre la mesa.
—¿Y qué defecto toleras tú de mí? —pregunta mientras apoya el bolígrafo sobre el cuaderno.
La observo colocar la taza exactamente en el centro del plato y después alinear los sobres de azúcar junto al servilletero.
—Necesitas controlarlo todo.
—Eso no es un defecto —replica, muy seria.
—Acabas de ordenar el azúcar por colores y ni siquiera tomas azúcar.
Eve mira los sobres y aparta la mano como si no tuviera nada que ver con su nueva disposición.
—Me gusta que las cosas estén en su sitio.
—Y yo lo tolero porque, debajo de esa necesidad de control, eres encantadora.
—No pongas eso —protesta mientras tacha una línea del cuaderno.
—Entonces escribe que tolero que seas mandona porque haces unas fotografías magníficas.
Eve se toma unos segundos antes de asentir.
—Eso sí puedo admitirlo.
—Nuestra relación falsa empieza de una forma muy saludable —comento mientras ella pasa a la siguiente pregunta.
Eve ignora mi observación y golpea el papel con la punta del bolígrafo.
—¿Dónde fue nuestra primera cita?
—En un puesto de perritos calientes —respondo sin dudar.
—No pienso contar que nuestra primera cita transcurrió de pie en una acera —descarta, negando con la cabeza.
—No fue exactamente así. Empezó a llover y nos refugiamos bajo el toldo de una tienda cerrada. Tú pediste uno con mostaza, yo con cebolla, y compartimos unas patatas mientras discutíamos sobre si una fotografía puede engañar a quién la observa.
Eve deja el bolígrafo sobre el cuaderno y me observa con más interés.
—Eso no está mal.
—Después caminamos hasta Washington Square Park y trataste de fotografiarme —añado, aprovechando que por fin parece dispuesta a aceptar una de mis ideas.
—¿Por qué iba a hacerlo? —pregunta mientras vuelve a coger el bolígrafo.
—Porque te parecí interesante.
Eve suelta una risa seca.
—Eso no se lo creerá nadie.
—Porque te irritó mi manera de posar —rectifico, llevándome una mano al pecho—. Me quitaste el teléfono y me obligaste a mirar hacia otro lado.
—Eso resulta mucho más creíble —admite mientras anota el detalle y asiente con la cabeza.
—Me alegra que nuestra historia de amor se sostenga sobre tu irritación.
—Es lo único auténtico que tenemos por ahora —responde Eve sin dejar de escribir.
Una pareja entra sacudiendo un paraguas y una ráfaga de aire húmedo se mezcla con el calor de la cafetería. Eve cierra el cuaderno, abre la carpeta y desliza varias hojas hacia mí.
—Ahora tenemos que revisar los límites —explica mientras coloca el contrato entre los dos—. El servicio termina después de la boda y no se prolongará, salvo que ambos lo acordemos por escrito.
—¿Temes que aparezca el lunes siguiente para desayunar contigo? —pregunto mientras cojo las hojas.
—Temo que interpretes cualquier situación a tu manera.
Paso la primera página y me detengo en el siguiente apartado.
—Aquí dice que no dormiremos juntos por obligación —leo antes de levantar la mirada hacia ella.
—La boda se celebra en una finca y podrían asignarnos la misma habitación —explica Eve, señalando la cláusula con el bolígrafo—. Si ocurre, pediremos otra o uno de los dos dormirá en el sofá.
—De acuerdo —acepto mientras continúo leyendo.
—Tampoco habrá intimidad sexual —añade ella, apoyando el dedo sobre la siguiente línea.
—Eso ya figuraba en el contrato.
—Ahora vuelve a figurar.
—Admiro la confianza que tienes en nuestro autocontrol —comento, ladeando la cabeza.
Eve levanta la vista de las hojas y me sostiene la mirada.
—No tiene nada que ver con el autocontrol.
—Claro —respondo antes de fijarme en otra condición—. Ningún beso será improvisado.
—Si necesitamos besarnos, lo acordaremos antes —aclara, sentándose más recta.
—¿Con cuánto tiempo? —pregunto mientras apoyo los antebrazos sobre la mesa—. ¿Tendré que presentar una solicitud?
—Solo tendrás que preguntarme.
—Eso sí puedo hacerlo.
Eve señala la línea siguiente.
—Cualquiera de los dos podrá detener una escena si se siente incómodo. Tendremos una palabra de seguridad: trípode.
—Es poco romántica —opino, conteniendo una sonrisa.
—Precisamente por eso la recordaremos.
—Si dices «trípode» mientras te beso, prometo detenerme.
Un ligero rubor aparece en las mejillas de Eve. Ella baja la vista hacia el contrato y pasa la página con más rapidez de la necesaria.
—Hay otra condición importante —continúa—. No intervendrás en conversaciones relacionadas con mi negocio, a menos que yo te lo pida.
—¿Por qué? —pregunto, dejando las hojas sobre la mesa.
—Porque no necesito que nadie hable por mí —responde con firmeza.
—Nunca he dicho que lo necesites —le recuerdo mientras asiento—. No intervendré.
Eve reúne las páginas y golpea el borde contra la mesa para alinearlas.