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Conecto la cámara al portátil y abro la imagen. Rob se coloca detrás de mí para observarla y, aunque no llega a tocarme, noto el calor de su cuerpo a pocos centímetros de mi espalda. Su perfume, limpio y ligeramente amaderado, se mezcla con el olor del café frío y el polvo de los focos.
—Esta sí sirve —decido, ampliando su rostro en la pantalla.
—¿Para qué?
—Para saber que existes.
Rob apoya una mano en la mesa y se inclina un poco más.
—No sabía que ese fuera uno de los requisitos.
—Lo es.
—¿Y qué has descubierto? —pregunta mientras estudia la fotografía en la pantalla.
—Que cuando no sabes qué decir, dejas de sonreír.
—Eso no es un descubrimiento —replica, volviéndose hacia mí—. Es una estrategia de supervivencia.
Giro la silla y me quedo justo frente a él.
Estamos tan cerca que puedo distinguir una pequeña línea junto a su boca y el tono más oscuro de sus ojos bajo la luz de los focos.
Rob baja la mirada hacia mis labios, pero vuelve a levantarla casi de inmediato.
Su gesto dura menos de un segundo, aunque lo veo.
—¿Aceptas el trabajo? —pregunto, apartándome del ordenador.
Rob se endereza y retira la mano de la mesa.
—Creía que ya lo había aceptado.
—Aún puedo elegir a otro candidato.
—¿Hay otro? —pregunta mientras se mete las manos en los bolsillos.
—La agencia me ha enviado a tres.
—¿Y los otros dos saben posar?
—Probablemente mejor que tú.
Rob deja escapar una risa y señala la pantalla.
—Entonces no entiendo por qué sigues hablando conmigo.
—Porque eres el único que ha dejado de actuar durante tres segundos.
Su expresión vuelve a cambiar y esta vez me sostiene la mirada sin esconderse detrás de una sonrisa.
—Puedo hacerlo durante más tiempo.
—Eso está por ver.
Regreso a mi mesa, abro el contrato en el ordenador y lo imprimo. Mientras las hojas van saliendo, Rob arrastra una silla para sentarse a mi lado. Recojo el documento de la impresora, lo coloco delante de él y me acerco lo suficiente para señalarle las condiciones.
—El acuerdo durará cuatro semanas —explico mientras señalo el primer apartado—. La primera será de preparación. Durante esos días, tendremos que decidir cómo nos conocimos, qué cosas nos gustan del otro y cuáles son nuestras costumbres como pareja.
—También tendremos que acordar cómo discutimos —añade Rob mientras desplaza el documento por la pantalla.
—No pienso discutir contigo.
—Me refería a fingir una discusión —aclara, mirándome de reojo.
—Ya lo había entendido.
Rob sonríe, pero continúa leyendo sin hacer ningún comentario.
—¿A cuántos actos tendremos que asistir antes de la boda?
—A una cena con mis amigas, una exposición en la que trabajo, una comida familiar y una fiesta previa a la boda —enumero mientras voy señalando las fechas.
Rob detiene el cursor sobre la tercera.
—¿Una comida familiar?
—Sí, porque mi hermana estará allí.
—¿Sabe que me has contratado?
—No.
Él se reclina en la silla y su sonrisa se ensancha.
—Entonces será divertido.
—No quiero que sea divertido, sino creíble —le recuerdo girándome para mirarle.
—A veces ambas cosas son compatibles.
—No para mí.
Rob vuelve a inclinarse hacia la pantalla y recorre con el dedo las condiciones de la última página.
—Nada de sexo —lee en voz alta.
—Nada —confirmo mientras cruzo los brazos.
—¿Ni siquiera si surge de manera espontánea?
—No, porque no surgirá —le aseguro con convicción.
Rob gira la cabeza y me observa con una media sonrisa.
—Eso ha sonado personal.
—Es una norma del contrato.
—¿Hay más?
—No puedes hablar mal de Connor delante de nadie, ni decir que eres un actor contratado, ni improvisar detalles que contradigan lo que yo haya dicho. Tampoco puedes comportarte como si fueras mi dueño.
Rob apoya un brazo en el respaldo de la silla y me mira con gesto serio.
—No suelo comportarme como si fuera el dueño de nadie.
—Eso dicen todos los hombres antes de hacerlo.
—Empiezo a entender por qué necesitas un acompañante —responde mientras vuelve a fijarse en el contrato.
—No empieces.
Saco un bolígrafo del cajón y se lo tiendo.
—Firma.
Rob lo coge, aunque no lo acerca de inmediato al documento. En lugar de hacerlo, dirige otra vez la mirada hacia la fotografía abierta en el ordenador.
—Esta es la única en la que parezco una persona —comenta mientras hace girar el bolígrafo entre los dedos.
—Es la única en la que no pareces un anuncio.
—¿Y si quieres que parezcamos una pareja real? —pregunta, dejando de jugar con el bolígrafo.
—Quiero que parezcamos una pareja que lleva seis meses junta.
Rob se inclina sobre el contrato y firma al pie de la última página.
—Entonces tendrás que dejar de decidir de antemano cómo debo ser.
Frunzo el ceño mientras él me devuelve el bolígrafo.
—No te he pedido que seas de ninguna manera.
—Llevas desde que he llegado haciéndolo —responde, sosteniéndome la mirada antes de levantarse.
Observo su firma al pie del contrato y después la fotografía que sigue abierta en la pantalla.
Rob vuelve a sonreír mientras recoge su abrigo, pero ahora sé que esa sonrisa no es su única opción y que, detrás de ella, hay un hombre al que todavía no he conseguido fotografiar por completo.
Lo que me preocupa es que empiezo a querer hacerlo.