3 #2
—Nada —respondo mientras amplío la última fotografía con el pulgar.
—Has dejado de hacer fotos —señala, relajando los hombros.
—Porque ya he visto suficiente.
Rob se mete las manos en los bolsillos y espera unos segundos antes de preguntar:
—¿Y cuál es el veredicto?
—No sirves.
Su ceja derecha se eleva y la sonrisa se le tuerce con una mezcla de sorpresa y diversión.
—Menudo veredicto más rápido.
—En todas las imágenes pareces el mismo hombre —explico, girando la pantalla de la cámara hacia él.
Rob se acerca, inclina la cabeza para observar las fotografías y después vuelve a mirarme.
—Eso suele ser una virtud, ¿no?
—No cuando tienes que convencer a todo el mundo de que llevas seis meses conmigo. En las tres pareces estar vendiendo algo.
—Estoy intentando parecer atractivo —se defiende mientras se alisa el puño de la camisa.
—No necesito que parezcas atractivo.
—Eso es una lástima —responde, recuperando la sonrisa—. Es una de mis especialidades.
—Necesito que parezcas cómodo conmigo.
Rob abre los brazos y mira a su alrededor, como si quisiera demostrarme lo relajado que está bajo los focos.
—Estoy cómodo.
—No, no lo estás —respondo, negando con la cabeza.
—Estoy delante de una fotógrafa que acaba de decirme que no sirvo, mientras me apunta al pecho con una cámara —replica, señalando el objetivo—. Mi comodidad tiene límites.
—Has empezado a posar antes de que te diera ninguna indicación.
—Soy actor —me recuerda, llevándose una mano al pecho.
—Ya lo sé.
—Y me han contratado para actuar.
—Mientras que yo intento descubrir si sabes hacer algo más.
La sonrisa de Rob se desdibuja un poco. Se cruza de brazos y desplaza el peso de una pierna a la otra antes de preguntarme:
—¿Qué quieres que haga?
—Nada.
—Eso es más difícil de lo que parece.
—Exacto —confirmo mientras vuelvo a levantar la cámara—. Mírame.
Rob obedece, pero sus ojos no se detienen en el objetivo. Me observa a través de la cámara como si también estuviera intentando averiguar quién se esconde al otro lado.
—Deja de sonreír —le pido.
Rob borra la sonrisa al instante y tensa la mandíbula. Hago una fotografía y compruebo el resultado. En la pantalla aparece otra versión de él: serio, intenso y con expresión de estar a punto de hacerle daño a alguien.
—Tampoco sirve —digo al bajar la cámara.
—¿Qué tiene de malo? —pregunta, separando los brazos.
—Pareces enfadado.
—Me has pedido que no sonría.
—No sonreír no significa que quieras matar a alguien.
—Depende del casting —responde con tanta seriedad que tengo que apretar los labios para no reírme.
—Relaja los hombros —le indico.
Rob los baja tanto que casi se encorva.
—No tanto.
Él vuelve a enderezarse y me dedica una mirada impaciente.
—¿Así?
—Estás posando otra vez.
—Porque me estás dando instrucciones.
—No pienses en lo que haces.
—Si sigues diciéndome lo que tengo que hacer, será difícil no pensar en ello.
—Entonces deja de hacerme caso.
Rob ladea la cabeza y deja escapar una risa breve.
—Esa es una manera pésima de dirigir una sesión.
—Esto no es ninguna sesión, sino una prueba.
—¿Y qué se supone que estoy probando? —pregunta mientras su sonrisa vuelve a instalarse en sus labios.
—Si puedo creerte.
Rob se queda quieto y mantiene la mirada fija en mí.
—¿Y qué has decidido?
—Que eres muy bueno interpretando a Rob.
—Es el papel que mejor conozco —responde, extendiendo de nuevo los brazos.
—No parece que conozcas al hombre que hay debajo.
Su expresión se endurece.
—Tú tampoco.
La respuesta me obliga a bajar la cámara.
Rob se da cuenta y, durante un instante, no consigue controlar su reacción.
La seguridad abandona su gesto, la sonrisa desaparece de sus labios y un cansancio inesperado le oscurece la mirada.
Antes de que pueda volver a esconderlo, aprieto el disparador.
Rob parpadea y dirige la mirada hacia el objetivo.
—¿Acabas de hacerme una foto?
—Sí —respondo mientras compruebo la imagen.
—Estaba hablando.
—Precisamente por eso la he hecho.
Rob abandona la marca del suelo y camina hacia mí.
—Eso no estaba en el contrato.
—Todavía no hay ningún contrato.
—Entonces tampoco estaba en el acuerdo —replica, deteniéndose a pocos pasos.
—No te he pedido permiso.
—Eso ya lo he notado.
Ignoro el reproche y observo la fotografía.
Rob aparece con los labios entreabiertos, las cejas ligeramente fruncidas y hay un rastro de vulnerabilidad en su imagen, que no estaba presente en ninguna de las imágenes anteriores.
Ya no parece un modelo ni un actor interpretando al hombre perfecto, sino alguien que lleva demasiado tiempo fingiendo que todo va bien.
Y resulta mucho más atractivo de esa forma.
—¿Por qué haces esto? —pregunto mientras dejo la cámara junto al ordenador.
Se pasa una mano por el pelo y termina de deshacer el peinado perfecto con el que ha entrado en el estudio.
—¿Te refieres a este trabajo?
—Me refiero a actuar.
—Porque se me da bien —contesta, encogiéndose de hombros.
—Esa es la respuesta más fácil.
—También es la más útil.
—Pero no tiene por qué ser la verdadera.
Rob deja caer la mano y me observa con cautela.
—No sabía que la entrevista incluía preguntas existenciales.
—La entrevista incluye lo que yo decida —respondo alzando una ceja.
—Eso explica muchas cosas —murmura mientras mira las fotografías que cubren la pared.
Me apoyo en el borde de la mesa. Tengo claro que no debería contarle nada personal porque sigue siendo un desconocido y, si todo sale bien, dentro de cuatro semanas volverá a serlo. Sin embargo, necesito saber qué hace cuando no tiene una respuesta preparada.
—Connor decía que yo pedía demasiado.
Rob se vuelve hacia mí y la burla desaparece de su expresión.
—¿En qué sentido?
—En todos.
—Eso es bastante genérico —comenta, acercándose un poco más a mí.
—Decía que necesitaba demasiado tiempo, demasiada atención y demasiadas explicaciones. Según él, convertía cualquier problema en una conversación interminable.
Rob apoya una mano en el respaldo de la silla y tarda unos segundos en responder.
—¿Y tú qué crees?
No hay ironía en su voz, ni aparece la sonrisa con la que ha entrado en sus labios. Solo espera mi respuesta, como si de verdad le interesara escucharla.
—Creo que Connor prefería no hablar de nada.
Rob baja la mirada hacia las marcas de cinta adhesiva del suelo. No intenta consolarme, ni defiende a un hombre al que no conoce, ni convierte la conversación en una escena romántica. Se limita a quedarse allí y escuchar.
La cámara sigue junto al ordenador. La cojo antes de que Rob levante la cabeza y vuelvo a fotografiarlo.
—¿Vas a hacerme una foto cada vez que me quede callado? —pregunta al levantar la cabeza.
—Solo cuando dejes de parecer un anuncio —respondo mientras me acerco al ordenador.