3
Eve
A las siete menos diez llaman a la puerta del estudio.
El sonido se extiende por el local vacío y rebota en las paredes cubiertas de fotografías.
En una de ellas, una novia ríe con la cabeza echada hacia atrás.
En otra, un hombre le abrocha el zapato a una mujer bajo una mesa llena de flores.
Todas esas parejas parecen saber qué hacer con las manos, con las miradas y con el futuro.
Yo, en cambio, no tengo ni idea de qué hacer con el hombre que está a punto de llegar.
Miro el reloj del ordenador y después, la mesa que tengo delante, donde veo una taza vacía, tres baterías, dos facturas sin pagar y una caja de pañuelos junto al teclado.
A las siete menos ocho minutos vuelven a llamar a la puerta.
—Ya voy —respondo.
Aparto la silla con la rodilla y recojo la taza.
No tengo tiempo de ordenar el estudio, así que la escondo detrás de una pila de álbumes, donde imagino que quedará camuflada.
También quito una chaqueta del respaldo de la silla y la dejo sobre una caja de material fotográfico mientras me acerco a la entrada del estudio.
Cuando abro la puerta, me encuentro con Rob al otro lado.
Lo reconozco por la fotografía que me envió la agencia, aunque en persona resulta más atractivo.
Mucho más. Lleva un abrigo oscuro, una camisa azul claro y unos vaqueros que parecen elegidos para que parezca relajado sin dejar de estar impecable.
El pelo le cae sobre la frente de una forma demasiado perfecta para ser casual.
Cuando me ve, me dedica una sonrisa perfecta, supongo que es la clase de sonrisa que debe utilizar en los castings , entrevistas y fotografías que hace, y que a mí me pone nerviosa no sé por qué.
—¿Eve Roberts? —dice, extendiendo la mano.
—¿Rob? —respondo mientras se la estrecho.
El contacto de nuestras manos dura lo justo. Ni demasiado ni demasiado poco, supongo que ese gesto también lo tiene calculado.
—Gracias por recibirme —añade, mientras baja la mano.
—Has llegado diez minutos antes.
—Me gusta ser puntual —contesta, encogiéndose de hombros.
—A mí también. Por eso te he citado a las siete.
—Puedo esperar entonces —responde, manteniendo la sonrisa.
—No, no hace falta. Adelante, por favor.
Me aparto para dejarlo entrar. Él cruza el umbral y se detiene un instante.
Sus ojos recorren el estudio: los focos, los fondos enrollados, las cajas de álbumes, los cables recogidos junto a la pared y las fotografías de bodas que cubren casi toda la superficie visible.
No mira ninguna imagen durante más de dos segundos, pero tengo la sensación de que está tomando notas mentales de todo.
—Puedes sentarte —le indico, señalando la silla frente a mi mesa.
—¿Prefieres que te llame Eve o señora Roberts? —pregunta mientras se quita el abrigo.
—Si me llamas señora Roberts, no habrá contrato.
—Eve, entonces —responde antes de volver a sonreír.
—Rob está bien.
—Me alegra que hayamos aclarado algo tan importante al principio.
Lo dice como si acabáramos de compartir una broma y nos conociéramos de toda la vida.
Justo después, deja el abrigo sobre el respaldo de otra silla y se sienta.
Se coloca con la espalda recta, las manos relajadas sobre los muslos y los pies alineados.
Me da la sensación de que ni siquiera parece sentarse, sino que adopta una postura ensayada.
Me siento frente a él y abro el expediente que me enviaron de la agencia, aunque no necesito consultarlo, porque me sé sus datos de memoria: Rob Edwards.
Treinta y cuatro años. Actor. Experiencia en teatro, anuncios y eventos privados.
Soltero. Educado. Puntual. Capaz de adaptarse a diferentes ambientes.
¡Ah! Y la agencia lo describe como encantador.
—¿Mara te ha explicado lo que necesito? —pregunto, apoyando las manos sobre la mesa.
—Lo básico.
—¿Y qué es lo básico?
—Que necesitas que te acompañe durante cuatro semanas —responde, inclinándose ligeramente hacia delante—. Que tendremos que asistir a varios compromisos sociales y que el trabajo termina en la boda de tu ex.
—Connor Mitchell, sí —respondo sin alzar la mirada de su expediente.
—Connor Mitchell —repite, asintiendo.
—¿Sabes quién es?
—No, solo sé que estuvisteis juntos seis años y que ahora va a casarse con Hannah Price.
Lo dice sin una pausa, como si hubiera memorizado el dato durante el trayecto.
—¿Qué más sabes?
—Que tus amigas conocen todos los detalles de la relación. Que una de ellas organiza la boda. Que no quieres presentarte sola y que tampoco quieres que parezca que me has contratado para provocar a Connor —enumera con total naturalidad.
—No quiero provocarlo —le confirmo.
—Eso no es exactamente lo que has escrito.
Rob señala el expediente con un gesto de la barbilla.
—He escrito que no quiero que piense que sigo afectada —le corrijo.
—No es lo mismo.
—¿Cuál es la diferencia? —pregunto alzando una ceja.
Rob cruza una pierna sobre la otra.
—Si no quieres provocarlo, te basta con aparecer. Si no quieres que piense que sigues afectada, necesitas parecer feliz.
—No necesito parecer feliz.
—Entonces… ¿qué necesitas parecer? —inquiere frunciendo el ceño.
—Tranquila.
—La tranquilidad es más difícil de interpretar —contesta, pensativo.
—No te he contratado todavía —le recuerdo.
—Lo sé —responde, borrando por fin la sonrisa de sus labios—. Por eso estoy siendo sincero.
Su respuesta me descoloca. No tengo claro si acaba de salir del personaje o si ese es otro personaje más.
—¿Qué harías si Connor se acercara a nosotros y te preguntara cuánto llevamos juntos? —quiero saber mientras cojo un bolígrafo y lo hago girar entre los dedos.
—Le diría que seis meses.
—¿Por qué seis?
—Es tiempo suficiente para que la relación parezca seria, pero no tanto como para que empiece a preguntarnos qué hicimos en nuestra primera Navidad juntos.
—¿Y si pregunta dónde nos conocimos?
—En una exposición de fotografía.
Lo miro alzando una ceja y dejo de girar el bolígrafo entre mis dedos.
—Demasiado obvio.
—En una cafetería —propone.
—Demasiado aburrido —respondo negando con la cabeza.
—En una cafetería durante una exposición de fotografía —vuelve a intentarlo ahora con otra sonrisa perfecta.
—Eso no existe —responde alzando una ceja.
—Estamos en Nueva York. Aquí hay cafeterías dentro de exposiciones, exposiciones dentro de cafeterías y locales que cobran nueve dólares por una tostada.
La risa se me escapa antes de que pueda evitarlo. Dura poco, pero Rob la oye, aunque no sonríe más ni intenta aprovecharla, solo baja la mirada hacia sus manos. Por lo menos sabe cuándo callarse.
—¿Qué muestras de afecto puedes hacer sin que parezca una actuación? —pregunto.
Rob se toma unos segundos antes de responder y se pasa una mano por el pelo.
—Puedo cogerte de la mano —propone Rob, extendiendo la suya sobre la mesa.
Miro sus dedos, pero no hago ningún movimiento para tocarlos.
—Eso lo hace cualquiera.
Rob retira la mano y se recuesta en la silla.
—Puedo rodearte la cintura con un brazo.
—Tampoco —respondo, cruzándome de brazos.
—Puedo besarte.
Me quedo inmóvil y clavo la mirada en sus ojos. Él sostiene la mía sin perder la sonrisa.
—No —digo con convicción.
—Entonces puedo mirarte como si fueras la persona más interesante del planeta —añade, inclinándose ligeramente hacia mí.
—Eso sí que no.
—¿Por qué? —me pregunta y observo cómo su sonrisa perfecta pierde fuerza.
—Porque se notaría que estás interpretando —respondo, apoyando las manos sobre la mesa.
—Eve, me han contratado precisamente para interpretar un papel —me recuerda mientras señala el expediente que nos separa.
—Te han contratado para acompañarme.
—Y para parecer tu pareja —replica, enderezándose en la silla.
—Pero si pareces un actor interpretando a mi pareja, me dejarás en peor situación que si voy sola.
Rob entrecierra los ojos y me observa en silencio. Su sonrisa desaparece, aunque apenas tarda unos segundos en recuperarla y colocársela de nuevo como una máscara. Me levanto y rodeo la mesa para acercarme a él.
—Ven.
—¿Adónde? —pregunta alzando la mirada hasta mí.
—Quiero hacerte unas fotografías.
—Pensaba que esto era una entrevista.
—Para mí es lo mismo.
Lo acompaño hasta el fondo del estudio. El suelo está cubierto de marcas de cinta adhesiva de diferentes colores.
Aparto una caja de álbumes y descorro el fondo gris que cubre la pared blanca.
El tejido cae con algunas arrugas, así que tiro de él hasta tensarlo y sujeto una esquina con una pinza.
Después, enciendo los focos. Al instante, la luz blanca llena el estudio y borra por un momento el ambiente gris de la mañana.
Desde donde estamos, se escucha cómo los coches pasan sobre el asfalto mojado y el ruido del tráfico amortiguado a través de los cristales.
Aquí dentro solo se oye el zumbido de los focos y el leve chasquido del sistema de ventilación.
Cojo mi cámara de la mesa y Rob la mira.
—¿Necesitas que sonría?
—No.
—Puedo hacerlo si quieres.
—Ese es el problema.
Rob ocupa el centro del fondo gris sin que tenga que indicarle dónde colocarse. Se detiene sobre la marca del suelo, endereza los hombros y gira ligeramente el cuerpo para que la luz le dibuje el perfil. No me pregunta qué quiero, porque ya ha decidido qué tipo de hombre debe mostrarme.
Me acerco la cámara y hago la primera fotografía.
En la pantalla aparece seguro de sí mismo, con la barbilla levantada lo justo y una media sonrisa capaz de convencer a cualquiera.
Vuelvo a disparar y observo cómo suaviza la mirada sin que se lo pida.
Ahora parece más cercano y cálido, sin duda, el tipo de hombre al que una desconocida confiaría las llaves de su casa.
En la tercera fotografía inclina un poco la cabeza y dirige toda su atención hacia mí, como si estuviera a punto de invitarme a cenar y ya supiera que voy a aceptar.
Bajo la cámara y repaso las tres imágenes.
—¿Qué ocurre? —pregunta Rob sin abandonar la marca del suelo.