2
Rob
—Gracias por venir, Rob. Te llamaremos.
La directora de casting recoge sus papeles antes incluso de que yo me levante de la silla.
—¿Eso significa que me habéis elegido? —pregunto.
—Significa que te llamaremos —responde sin mirarme.
Cojo la chaqueta del respaldo y me la echo sobre el hombro. Mantengo la sonrisa hasta que salgo de la sala, pero en cuanto la puerta se cierra a mi espalda, se me cae de la cara.
El teléfono vibra en el bolsillo justo cuando las puertas del ascensor se abren. Entro, pulso el botón de la planta baja y respondo sin mirar la pantalla.
—Dime que me han elegido.
—Me temo que no puedo hacer eso —contesta Claire, mi agente.
Apoyo la espalda contra la pared metálica.
—¿Han cogido al rubio?
—Al rubio.
—Era inexpresivo.
—Pues el director lo ha descrito como contenido.
—Bueno… Esa es una forma elegante de decir inexpresivo.
Claire guarda silencio, aunque no hace falta que añada nada.
Llevaba cuatro semanas memorizando versiones distintas de la misma escena.
Había llorado en dos pruebas y, en una de ellas, había conseguido mantener la concentración con una planta enorme colocada delante de mí. Todo para que eligieran al rubio.
—¿Cuánto tiempo llevabas preparando este papel? —pregunta Claire.
—Cuatro semanas.
—Tres y media.
—Cuatro. La primera semana no cuenta porque todavía no sabían qué querían de mí —le corrijo.
—Rob…
—No pasa nada. —Chasqueo la lengua.
Las puertas se abren en la planta baja. Salgo al vestíbulo y atravieso la puerta de cristal ahora con la chaqueta bajo el brazo.
Mi reflejo me acompaña unos segundos: camisa blanca, pantalones oscuros, el pelo demasiado bien peinado y una sonrisa automática, pero que ya no consigue engañar a nadie, ni siquiera a mí.
Bajo los escalones y me incorporo justo a tiempo para esquivar a un repartidor, poco después una bicicleta pasa rozándome y un taxi salpica mis zapatos al pasar por encima de un charco a demasiada velocidad.
—El alquiler vence en cinco días —digo, mirando la mancha de agua sucia en mis mocasines.
—Lo sé.
—No me gusta que mi agente sepa eso.
—Estoy intentando conseguirte algo.
—Ya tienes una audición para un anuncio de seguros.
—Eso es algo.
—Tengo que interpretar a un hombre que descubre que su coche está protegido contra todo —explico mientras avanzo por la acera—. Podría hacerlo con dignidad, que no es lo mismo.
—Podrías hacerlo bien.
—También podría hacer de árbol en una obra infantil. Eso no significa que deba celebrarlo.
Claire suelta el aire al otro lado de la línea.
—Te llamaré en cuanto sepa algo.
—Claro.
Cuelgo antes de que pueda decirme que no me rinda, porque no tengo intención de rendirme. El problema es que la intención no paga el alquiler.
Guardo el móvil y sigo andando. Nueva York se mueve a mi alrededor con la misma prisa de siempre. La gente cruza las calles sin mirar, los coches pitan y alguien discute a gritos delante de una cafetería.
Me detengo ante el escaparate de una tienda de muebles y observo un sofá gris que ocupa el centro de la exposición.
Es enorme, caro y parece diseñado para que alguien se siente con una copa de vino mientras piensa en sus decisiones.
Yo, en cambio, solo puedo pensar en mi cuenta bancaria, que cada vez está más vacía.
Después, reanudo el camino hacia Chelsea.
La agencia está en la segunda planta de un edificio antiguo.
Desde la calle, la agencia parece una gestoría cualquiera.
Nadie imaginaría que allí se contrata a personas para fingir ser parejas, acompañar a clientes a cenas o asistir con ellos a fiestas de empresa.
Subo por las escaleras porque el ascensor vuelve a estar averiado. Cuando llego al rellano, me falta el aire y me sobra orgullo.
—El actor de las tragedias ha llegado —anuncia Mara desde recepción.
Levanta la vista del ordenador y aparta una carpeta de la silla que hay frente a su mesa.
—Las tragedias pagan mejor que las comedias —respondo mientras me siento.
—No en tu caso.
—Tienes una forma muy particular de dar la bienvenida, ¿lo sabes? —le suelto arqueando una ceja.
—¿Quieres un café?
Señala la máquina de la esquina, donde un líquido de color sospechoso está cayendo en un vaso de cartón.
—Eso no es café. Es agua que ha pasado cerca de un grano.
—Tienes la sensibilidad de un artista.
—Ya sabes que lo soy… —le digo con una media sonrisa.
Mara vuelve a su pantalla, mientras yo le observo apoyado en el borde de su mesa.
—¿Hay algún trabajo esta semana para mí?
—Hay uno.
—¿Una cena?
—Más largo.
—¿Un fin de semana?
—Más largo.
—¿Una familia rica que quiere que finja ser su hijo desaparecido?
—No.
—Qué decepción. Ya tenía preparado hasta el acento —bromeo.
Mara cierra el archivo que está revisando y entrelaza las manos sobre la mesa.
—Son cuatro semanas.
Me enderezo.
—¿Cuatro? —pregunto sorprendido.
—La clienta necesita acompañamiento para varios compromisos sociales. El trabajo termina en una boda, en el valle del Hudson.
—No —niego con la cabeza.
—Todavía no te he dicho la tarifa —responde abriendo mucho los ojos.
—Has dicho cuatro semanas y con eso es suficiente para saber que no me interesa.
Mara gira el monitor hacia mí y abre la ficha económica. Al ver la cantidad, dejo de respirar durante un instante.
—¿Esa cifra es correcta?
—Sí, he comprobado que no falta ningún cero.
—¿Incluye desplazamientos?
—Sí —asiente con la cabeza segura de lo que dice.
—¿Comidas?
—Las que correspondan a cada evento.
—¿Tengo que llevar mi propia ropa?
—Puedes usar la tuya, pero la clienta ha pedido un acompañante que parezca una persona, no un modelo de catálogo.
—Me siento atacado —respondo poniendo la mano derecha sobre mi corazón con gesto ofendido.
—Te sentirías peor si vieras lo que cobran los modelos de catálogo.
Vuelvo a mirar la pantalla para asegurarme de la cifra que he visto hace unos segundos.
Con ese dinero puedo pagar el alquiler, saldar la tarjeta de crédito y dejar de abrir la aplicación del banco con los ojos cerrados.
También puedo seguir haciendo castings durante unas semanas sin aceptar el primer papel que llegue acompañado de una factura.
—¿Qué quiere exactamente la clienta? —pregunto.
Mara desliza el ratón y abre la siguiente página.
—No busca sexo ni una cita. Solo necesita un actor que se haga pasar por su pareja delante de su ex y de un grupo de amigos que conocen su vida.
—Eso suena sencillo.
—Por eso he pensado en ti.
—Acabas de insultarme —respondo alzando una ceja.
—No. Tú has dicho que sabes interpretar cualquier papel —me aclara Mara con una sonrisa.
—Una cena se puede sostener, pero cuatro semanas exigen memoria.
—Tendrás un dosier con toda la información que necesites.
—¿Con fotografías?
—Con fotografías y datos. Todo lo que necesitas —me asegura Mara asintiendo con la cabeza.
Me levanto y me acerco a la ventana. Abajo, frente a la puerta de entrada del edificio, observo a un hombre que intenta meter una planta enorme en un taxi y sonrío porque en ese momento, la planta parece tener más estabilidad laboral que yo.
—No quiero convertirme en el novio de alquiler de nadie —digo, apoyando la mano en el cristal.
—No tienes que convertirte en nada. Solo tienes que hacer un trabajo.
—Un trabajo en el que una mujer me pagará para parecer enamorada de mí y yo de ella.
—Te pagará para parecer que tiene pareja. El enamoramiento no está incluido —corre a aclararme.
—Eso es peor.
Mara se recuesta en la silla.
—¿Por qué?
—Porque la gente detecta el enamoramiento con facilidad. Si parezco incómodo, pensarán que estamos pasando por una crisis. Si parezco demasiado feliz, preguntarán cuándo nos casamos. Si conozco demasiados detalles, sospecharán, pero si conozco pocos, también.
—Por eso recibirás un dosier con toda la información que necesitarás —me recuerda Mara.
—¿Y si me preguntan cómo discutimos?
—Tendrás que saberlo.
—¿Cómo se discute en una relación falsa?
—Eso tendrás que averiguarlo con ella.
—¿Por qué yo? —quiero saber volviéndome hacia ella para mirarla directamente a los ojos.
—Porque sabes escuchar —responde mientras coge un bolígrafo—. Porque puedes adaptarte a una sala llena de desconocidos y porque eres capaz de interpretar a un hombre seguro de sí mismo, pero sin parecer arrogante.
—No sé si eso es un cumplido. —Resoplo.
—No, es una descripción profesional.
—Podrías haber dicho también que soy guapo.
—La agencia ya tiene esa información en tu ficha.
—Entonces no entiendo por qué seguimos hablando.
Mara niega con la cabeza y vuelve a la pantalla.
—La clienta no ha pedido elegirte por fotografía.
—¿No? —pregunto abriendo mucho los ojos.
—Quiere entrevistarte.
Me separo de la ventana.
—¿Antes de contratarme?
—Sí, la agencia propone, pero ya sabes que la clienta dispone.
—Pensaba que vosotros elegíais al acompañante.
—Eve quiere conocerte antes de decidir.
Mara abre un archivo en el ordenador, imprime varias páginas y me entrega una carpeta.
—Eve Roberts —leo en voz alta.
Tiene treinta y un años y trabaja como fotógrafa de bodas y eventos. También dirige su propio estudio, algo que me hace pensar que no está acostumbrada a pedir ayuda ni a dejar que otros decidan por ella.
La relación con su ex duró seis años y terminó hace aproximadamente uno. Dentro de cuatro semanas, él se casará con otra mujer.
Paso la hoja y veo que dentro de la carpeta también se menciona a sus cinco amigas, que, según Mara, conocen cada detalle de su vida.
—¿Y se supone que tengo que convencerlas de que estoy enamorado de Eve? —pregunto mientras sigo leyendo de pie, aunque Mara no me responde.
El expediente incluye sus horarios, sus preferencias, sus clientes habituales y varios temas que conviene evitar. Todo está ordenado con precisión, pero las respuestas personales son tan breves que apenas dejan ver nada.
—¿Quién ha rellenado esto? —pregunto, señalando una de las páginas.
—Ella.
—Ha respondido a todas las preguntas sin contestar ninguna.
—Eso también lo hacemos muchos profesionales.
—¿Qué quiere que interprete?
—Que eres divertido, atento y capaz de recordar cómo os conocisteis.
—Puedo hacerlo.
Mara me quita la carpeta de las manos.
—No te precipites.
—He interpretado a un viudo que hablaba con una lámpara durante seis funciones.
—La lámpara tenía más texto que tú.
—Pero la química era excelente.
Mara deja la carpeta sobre la mesa y cruza los brazos.
—Cuatro semanas son demasiado tiempo para improvisar. Tendrás que prestar atención. Si Eve te cuenta algo, lo recordarás. Si sus amigas te ponen a prueba, responderás sin convertir cada conversación en una actuación.
—¿Y si me preguntan qué me gusta de ella?
—Tendrás que saberlo.
—¿Y si quieren saber cómo discutimos?
—También.
—¿Y si me preguntan cuál es su peor defecto?
—Eso lo sabrás después de la entrevista.
Cojo de nuevo el expediente y miro la fotografía. Eve está junto a una cámara, con el pelo recogido y una expresión seria. No sonríe, es más, parece cansada de que la observen, algo que, teniendo en cuenta su profesión, debe de ocurrirle a menudo.
—Parece difícil —digo.
—No has dicho eso de una mujer desde que te conozco.
—No he dicho que sea algo malo.
—¿Aceptas entonces?
Miro la cifra de la ficha económica una última vez y lanzo un suspiro.
—Acepto.
Mara no parece sorprendida, por lo que coge el contrato y lo guarda en una carpeta azul.
—¿Sin negociar? —me pregunta sorprendida.
—La cantidad me ha dejado sin argumentos.
—Te enviaré el contrato para que lo firmes esta tarde.
—¿Cuándo es la entrevista?
—Mañana.
—¿Ya? —pregunto sorprendido.
—Eve no quiere perder el tiempo.
—Eso empieza a parecer personal.
Mara levanta la mirada del contrato.
—Ha pedido entrevistarte y decidir si sabes resultar creíble cuando no sonríes.
—Yo no sonrío tanto.
Mara señala la ventana, me acerco al cristal y observo que me devuelve el reflejo de un hombre tranquilo, atractivo y preparado para responder cualquier pregunta.
Un hombre que sabe qué expresión adoptar en cada momento, pero también un hombre que lleva años escondido detrás de una versión amable de sí mismo.
—Entonces mañana intentaré no sonreír —digo.
—No lo intentes. Solo hazlo.
Me guardo el dosier bajo el brazo y salgo de la agencia. En el rellano, mi teléfono vuelve a vibrar. Es un mensaje automático de Claire con los datos de la audición del anuncio de seguros. Lo leo mientras bajo las escaleras.
«Personaje: hombre satisfecho con la cobertura de su vehículo».
Borro el mensaje, porque, aunque aún no he firmado el contrato, ya tengo un papel nuevo. Uno que puede pagar mis deudas y mantenerme a flote mientras espero el papel verdadero que me catapulte al estrellato.
Salgo a la calle y me recoloco la chaqueta sobre el brazo. La mujer que puede concederme el fin de mis problemas con mi cuenta bancaria no quiere al actor que todos contratan, sino comprobar qué queda de mí cuando dejo de sonreír, algo que me preocupa más que cualquier casting .