Alquilé un novio (Decisiones cuestionables 3)
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Eve
El inversor coloca una de mis fotografías sobre la mesa y la examina en busca de un defecto que no existe.
—La composición es impecable —dice al cabo de unos segundos—. La pareja parece completamente ajena a la cámara.
—Sí, ese era el objetivo.
—Se nota que conoces bien el negocio.
A pesar de que su frase debería alegrarme, noto cómo se me tensan los hombros.
Estamos sentados en una sala de reuniones, en un edificio de oficinas de Midtown donde todo huele a limpio y a café recién hecho.
Mi carpeta ocupa la mitad de la mesa. En ella llevo presupuestos, proyecciones, contratos de los últimos dos años y una selección de trabajos que he escogido con cuidado para que nadie pueda reducir mi trabajo de fotógrafa a una afición bonita.
Además, he pasado la mañana preparando esta reunión.
He revisado las cifras tres veces. He calculado cuánto costaría contratar a dos fotógrafos, cuánto supondría alquilar un espacio mayor y qué porcentaje de clientes tendría que captar para acceder al circuito de bodas y eventos de lujo.
Además, he ensayado cómo responder si me preguntan por Connor, aunque no esperaba que saliera tan pronto.
—La parte creativa está clara —continúa él, pasando una página de mi propuesta—. Lo que me interesa es saber quién ha llevado las finanzas y la captación de clientes hasta ahora.
—Yo.
—Sí, claro. Me refería a la parte comercial —me dice alzando la mirada hacia mí.
—Sí, también yo —le confirmo asintiendo con la cabeza.
El inversor deja el bolígrafo sobre la carpeta.
Es un hombre de unos cincuenta años, con el pelo plateado y una corbata azul que combina con los cristales de las paredes.
Hasta ese momento me ha tratado con una cortesía impecable, pero ahora me estudia con algo a medio camino entre la sorpresa y la prudencia.
—Pensaba que Connor Mitchell te ayudaba con esa parte.
La palabra «ayudaba» se queda suspendida sobre mi cabeza. Parece inocente hasta que la escucho aplicada a mi trabajo.
—Connor revisó algunos presupuestos al principio —explico—. También me puso en contacto con dos proveedores. Eso fue todo.
—Pero conocía el sector.
—Conocía a gente del sector, que no es lo mismo —puntualizo con una sonrisa cada vez más tensa.
—Por supuesto —contesta con una sonrisa, aunque no parece demasiado convencido.
Abro la carpeta y saco una hoja con los ingresos del último ejercicio de mi estudio de fotografía.
—Estos son mis contratos cerrados. Aquí están los anticipos, los gastos de equipo y el margen real después de impuestos. También he separado los clientes que llegaron por recomendación de Connor de los que capté yo y, tal y como puede ver, la diferencia es considerable.
Le acerco el documento y observo cómo baja la mirada y repasa las columnas.
—No pretendía quitarte mérito.
—Ya lo sé.
La respuesta me sale tranquila y casi amable. Por suerte, he aprendido a utilizar ese tono cuando necesito que nadie vea que me han tocado una herida que aún no ha cicatrizado.
—Solo intentaba entender cómo se repartían las responsabilidades.
—No se reparte nada, porque el estudio es mío —le respondo sin levantar la voz porque no lo necesito.
La sala queda en silencio, mientras el aire acondicionado sigue funcionando, el ascensor se detiene en el mismo piso en el que estamos y alguien ríe al otro lado de la pared.
Todo continúa mientras yo espero que un desconocido entienda algo que no debería tener que explicar: el estudio es mío.
Lo levanté mientras trabajaba hasta la madrugada.
Lo mantuve cuando los clientes cancelaban con una semana de antelación.
Lo hice crecer cuando no tenía dinero para renovar el equipo y tuve que aprender a reparar una cámara con un tutorial de YouTube.
Connor estuvo cerca durante un tiempo, pero eso no significa que construyera mi negocio.
El inversor vuelve a coger el bolígrafo.
—Tu propuesta es buena, Eve. La ampliación tiene sentido. Con dos fotógrafos podrías aceptar más eventos sin bajar la calidad y un espacio más grande te ayudaría a reunirte con clientes importantes.
—Eso es lo que he calculado.
—Quiero revisar la previsión de crecimiento con calma y también me gustaría conocer tu estrategia para captar bodas de alto nivel.
—La tengo preparada.
Le enseño la segunda parte de la presentación.
Hablo de alianzas con organizadores de eventos, de colaboraciones con floristas y diseñadores, de campañas dirigidas a parejas que buscan una experiencia completa.
Hablo del tipo de fotografías que quiero ofrecer y de la diferencia entre cubrir una boda y construir un archivo visual de una vida.
Mientras expongo, el hombre toma notas y esta vez no menciona a Connor.
—Te llamaré a finales de semana —dice al acabar nuestra reunión mientras me estrecha la mano.
—De acuerdo.
—Tu trabajo tiene mucha personalidad.
—Eso espero.
Sonríe y yo también, porque sé comportarme en reuniones profesionales incluso cuando estoy pensando en lanzar la mesa por la ventana.
En el ascensor, una mujer observa mi reflejo en las puertas metálicas.
Llevo una americana negra, vaqueros oscuros y el pelo recogido en una coleta que empieza a deshacerse.
Tengo una marca de tinta en el pulgar y el gesto de alguien que acaba de pasar una hora defendiendo lo evidente.
Cuando las puertas se abren en la planta baja, guardo mi teléfono en el bolso y salgo a la calle.
Cruzo la avenida mientras un repartidor me grita algo desde una bicicleta y una pareja discute delante de una cafetería.
Nadie sabe que acabo de presentar el futuro de mi negocio en una sala, donde un hombre ha dado por sentado que el éxito tenía nombre masculino. Eso debería aliviarme, pero no lo hace.
Acelero el paso y llego al estudio cuarenta minutos después.
El local está en una calle tranquila del Village, en un bajo estrecho que alquilé cuando todavía solo tenía una cámara profesional, dos clientes fieles y un miedo constante a que todo desapareciera.
Ahora hay una mesa de recepción, una pared llena de fotografías y un pequeño espacio de trabajo que comparto con cajas de álbumes, cables, baterías y bolsas de equipo.
Dejo el bolso en una silla y enciendo el ordenador, porque tengo que revisar las imágenes de la boda del sábado.
El cliente ha pedido una primera selección antes de mañana y necesito decidir qué fotografías entrarán en el álbum.
La primera imagen que ocupa la pantalla es la novia de espaldas, frente a una ventana abierta, mientras su madre le coloca un pendiente.
No se ven sus caras. Solo las manos, el vestido y la tensión contenida de ese instante.
Amplío la fotografía para retocar un detalle, pero justo en ese momento mi teléfono vibra dentro de mi bolso.
Lo cojo y el remitente aparece en la pantalla antes de que tenga tiempo de tocarla.
Al instante veo que es Connor. Me quedo mirando su nombre y durante unos segundos no hago nada, ni siquiera respirar con normalidad.
Connor y yo no volvimos después de aquellos mensajes.
Él escribió. Yo respondí algunas veces. Hablamos de asuntos pendientes, de amigos comunes y de cosas prácticas que parecían importantes solo porque nos permitían seguir en contacto, pero nunca tuvimos la conversación que habría cerrado la herida, ni encontramos una forma limpia de convertir seis años en un recuerdo manejable.
Lanzo un suspiro y abro el correo, que tiene un asunto un tanto sospechoso: «Me gustaría que vinieras». Al abrirlo, veo que tiene una invitación adjunta. La abro y veo que en la parte superior aparecen dos nombres: «Connor Mitchell y Hannah Price».
La fecha aparece debajo, seguida de la dirección de una finca en el valle del Hudson. Sin duda, ese es el lugar ideal para bodas elegantes, árboles antiguos, mesas largas y fotografías de parejas que parecen saber exactamente qué están haciendo con sus vidas.
Chasqueo la lengua y leo el correo, antes de permitir que mi pensamiento vuele.
«Eve:
Sé que quizá te resulte extraño recibir esto de mi parte. Aun así, me gustaría que asistieras a mi boda con Hannah. Compartimos seis años y muchas personas importantes para los dos estarán allí. Entenderé que no quieras venir, pero me haría ilusión verte.
Connor».
Me río una sola vez, aunque no tenga gracia. Entonces oigo el sonido del chat del grupo y voy corriendo a mirar quién ha escrito, porque estoy segura de que ya lo deben saber todos.
Pamela:
¿Has recibido la invitación?
Levanto la cabeza hacia el techo.
Eve:
¿Cómo lo sabes?
Pamela:
Violet está organizando la boda.
Ha enviado un mensaje al grupo equivocado
y luego ha intentado borrarlo,
pero he sido más rápida que ella
y lo he leído.
Violet:
No era un mensaje al grupo equivocado.
Era información logística.
Kim:
Has escrito
«Connor necesita confirmar el número de exnovias heridas».
Violet:
Eso era una nota interna.
Laura:
Eve, ¿estás bien?
Miro el correo otra vez.
Eve:
Connor se casa.
Durante unos segundos nadie dice nada, aunque poco después mi teléfono empieza a vibrar sin descanso.
Pamela:
Podemos quemar la invitación.
Kim:
¿Quemar un correo cuenta como delito?
Arthur:
Depende de si existe una prueba física.
Kim:
Gracias, abogado.
Me tranquiliza mucho que tu primera reacción
sea hablar de pruebas.
Laura:
Eve, no tienes que ir.
Eve:
Lo sé.
Pamela:
Y si vas,
no tienes que ir sola.
Eve:
Ese es el problema.
Nadie responde durante unos segundos, hasta que Laura se atreve a escribir.
Laura:
¿Quieres hablar?
Me apoyo en el borde de la mesa.
—No quiero volver con él —digo en voz alta, aunque estoy sola—. No quiero que me mire y piense que sigo esperando algo.
Pero escribir eso en el chat resulta más difícil, así que suelto un suspiro y trato de escribir lo que siento.
Eve:
No quiero volver con Connor.
Pero tampoco quiero aparecer
sola delante de todo el mundo.
Violet:
La boda no es un juicio.
Eve:
Para ti no.
Tú estarás con tu carpeta,
un auricular y tendrás
autoridad para expulsar a alguien del cóctel.
Violet:
Podría darte una acreditación.
Pamela:
Eve no necesita una acreditación,
sino un acompañante.
Kim:
Eve necesita tequila.
Pamela:
También.
Recuerdo la conversación del otro día en la que hablamos de la boda mientras comíamos en el estudio de Pamela.
Alguien —probablemente Kim— dijo que siempre se podía alquilar un novio para evitar preguntas incómodas.
Al recordarlo, me río. Pero al mirar ahora la invitación, se me pasan las ganas de reírme.
Sin pensármelo demasiado, abro el navegador y escribo: «acompañantes profesionales eventos sociales Nueva York».
Los resultados aparecen en una lista interminable de agencias, servicios de acompañamiento y páginas con fotografías de hombres vestidos para cenas de empresa.
Algunas prometen discreción, otras hablan de conversación, protocolo y disponibilidad internacional…
Después de navegar durante un rato, encuentro una agencia con un formulario sencillo: «Cuéntenos qué necesita».
En ese momento, mis dedos se quedan suspendidos sobre el teclado mientras pienso qué es lo que necesito realmente.
Pamela:
Eve, no estarás haciendo
lo que creo que estás haciendo.
Eve:
Depende de lo que creas.
Kim:
Si vas a contratar un novio,
quiero leer el contrato antes.
Violet:
Y yo también.
Laura:
Por favor, habla con alguien
antes de pagar nada.
Me incorporo y cierro la puerta del estudio. No porque pueda entrar alguien, sino porque necesito sentir que estoy tomando una decisión en un espacio que me pertenece y donde nadie más tenga permiso para entrar.
El formulario me pregunta por la duración del servicio, el tipo de evento y las características del acompañante y en la última casilla aparece: «Papel que debe interpretar».
Me muerdo el labio interior mientras pienso qué poner, hasta que finalmente me atrevo a escribir:
«El novio que todo el mundo creerá que no podría haber encontrado».
Pulso enviar antes de arrepentirme y el mensaje de confirmación de que han recibido mi solicitud aparece al instante en la pantalla.
«Solicitud recibida. Nos pondremos en contacto contigo en breve».
Miro la invitación de Connor, la fotografía de la novia y mi reflejo en la ventana. Resoplo. Esta mañana he tenido que demostrar que mi negocio no necesita un hombre y ahora acabo de contratar uno para que parezca que mi vida sí.