XL #3
Ella levantó el rostro para verlo bien. Era tan guapo que dolía y las mariposas comenzaron a danzar en su estómago.
—Te ha cambiado mucho la voz —comentó enroscando un dedo en su pelo—. Es más profunda ahora .
—Hay muchas cosas que han cambiado en mí en estos dos años. Me encantaría que las conocieras.
Will notó que el dedo con el que ella enroscaba su cabello se detenía, y eso le provocó un escalofrío. Psique lo percibió y sonrió, pícara.
—Ahora eres más... todo. —Él arqueó una ceja y ella rio—. Más decidido y seguro en ti.
—Gracias por la aclaración, brujilla.
—Pero sigues siendo igual de tonto —añadió con una risa traviesa.
—Bueno, eso tiene una explicación —dijo él con esa sonrisa que la derretía—. Es imposible no sentirme tonto a tu lado, haces que todo lo demás carezca de importancia.
Psique abrió la boca para replicar, pero Will acercó su frente a la de ella, desafiándola a contener un beso, como había hecho en anteriores ocasiones.
El dedo que jugueteaba con su cabello acariciaba en ese momento su nuca, cálido, lento, decidido a volverlo loco. Lo sentía como un hierro al rojo vivo.
—Todo desaparece —continuó él con la voz más ronca—. Solo quedas tú y, como ahora, no sé cómo comportarme. Contigo nunca lo he sabido, pequeña bruja, y creo que eso es lo que más me gusta de ti.
Ella lo miraba con ojos brillantes de emoción y estaba a punto de volver a besarla, pero entonces...
—Yo... quiero calentarte la cama todas las noches de tu vida.
Él se detuvo de golpe y una mueca divertida comenzó a formarse en su cara. Era la segunda vez que se lo mencionaba.
De pronto, Psique sintió mucha vergüenza y escondió el rostro en su pecho .
—¿Sabes qué significa realmente lo que acabas de decirme?
—Puedo imaginarlo —dijo con un hilo de voz.
—Pues voy a enseñártelo bien para que nunca tengas dudas —dijo plantando un beso en su cabeza y conteniendo una carcajada.
En ese momento entraron en lo que parecía ser una pequeña cueva y Will dejó a Psique junto a una hoguera que comenzaba a arder con fuerza. Sin poder creerlo, se dejó envolver por su calidez. Era un verdadero goce sentir sobre la piel el calor que tanto necesitaba.
Miró a su alrededor, asombrada. Era imposible que le hubiera dado tiempo a preparar una hoguera y un lecho de plantas cubierto por una gran manta. Sus ropas, que habían abandonado en el río, estaban colocadas juntas a un lado y solo entonces se sintió expuesta. Había olvidado que estaba desnuda.
Al volver a mirarlo, Will parecía hipnotizado, la contemplaba como si fuera especial. Ella carraspeó, ruborizada y se abrazó a sí misma intentando tapar sus senos y sus partes íntimas con las manos. Él sonrió con dulzura al notar su timidez.
—¿Te gusta? —preguntó señalando con sus manos el interior del refugio—. Lo preparé antes de ir a buscarte. Volví para encender la hoguera. Para poder admirarte como la diosa de fuego que siempre imaginé que eras.
Ella asintió, pero no miraba a su alrededor, lo miraba a él, a su cuerpo desnudo ante ella, y eso lo hizo arder.
Estaba tan hermosa a la luz de la hoguera que apenas podía reprimirse para no estrecharla entre sus brazos.
Su esbelto cuerpo, dorado por las llamas, era hermoso y moría por tocarla, besarla y amarla como se merecía.
—No te avergüences de mí. Eres perfecta y muero por amarte, mi vida .
Sin esperar un segundo más, caminó hasta ella y la tomó entre sus brazos. Ella se aferró a él con una intensidad que casi lo vuelve loco. Pero debía ser paciente. Era inexperta y por mucho que la deseara, no quería asustarla.
La agarró de la mano y la condujo hasta el lecho improvisado. Allí le indicó que se sentara. Ella lo hizo y él la imitó. Luego agarró sus manos y jugueteó un segundo con su anillo, el que él le había regalado.
—Te haré otro para cuando nos casemos.
Ella parpadeó.
—¿Lo hiciste tú? —preguntó Psique, sintiendo crecer las mariposas en el pecho—. ¿Era para mí desde el principio?
Will sonrió, algo arrepentido.
—Debí dártelo aquel día.
Para su asombro, ella negó con la cabeza y sonrió.
—Me lo diste en el momento perfecto, Will —dijo ella y se lanzó a sus brazos.
Él la recibió, feliz. Con los labios rozando los suyos, continuó—: Recuerda que solo con tu partida despertó este sentimiento que me empuja hacia ti.
Quiero que me ames, Will McPherson, porque eso será lo que yo te demostraré todos los días de mi vida. Vas a hartarte de mí.
—Eso nunca podría pasar. No soy nadie sin ti, Psique.
Enfebrecido de deseo por ella, la tomó y amó como jamás pensó que podría hacerlo, con el corazón y la delicadeza de esa primera vez que pronto se convirtió en un fuego devorador e imparable.
Y allí, en esa pequeña cueva de la Cascada del Hacha, el brillo del agua y el cielo coronado de estrellas fueron los únicos testigos de su unión. Y, sin importarles el frío ni la oscuridad, ni siquiera las ratas... la hizo su mujer hasta el alba.
Juntos al fin, esas almas rebeldes se sintieron libres de amarse, de reconocerse y pertenecerse por siempre.