Almas Rebeldes XL #2
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XL #2

—Yo no... —comenzó a protestar, pero calló al darse cuenta de que tenía razón. Pasmosamente, no le importaba estar desnuda entre sus brazos, pero eso no iba a decírselo—. Eres odioso, Will McPherson .

Will levantó una mano y le apartó un mechón mojado de la frente con una delicadeza que la estremeció. Ella lo miró con una luz nueva en los ojos.

—Estás temblando... —repitió sus mismas palabras de antes, justo cuando iba a besarla.

—Bésame, Will —pidió y se agarró a su cuello, rozando sus labios con los de ella—. Bésame como nunca lo has hecho.

Will notó la chispa del deseo despertar en su interior y tomó su boca, hambriento.

Ella respondió con la misma fuerza. Sus lenguas se envolvieron en un mismo aliento, sus respiraciones se mezclaron entre suspiros y lo inundó esa urgencia en sus manos temblorosas de explorarla, de conocerla, de fundirla.

Sus gemidos lo traspasaban, estremeciéndolo.

Castigaban su hombría en un dulce y perfecto martirio.

—No sabes cuántas veces he querido hacer esto.

El corazón de Psique golpeaba en su pecho. El agua fría ya no importaba.

—Sí... —gimió al sentir la dureza de su entrepierna contra ella—. Yo también.

—Eso no es cierto —dijo mientras la alzaba y tomaba su pecho con su boca.

—Lo es, cuando te fuiste yo...

Él, ciego de deseo, imaginaba lo fácil que sería tumbarla en la orilla y hacerla suya. Casi no se contenía.

En ese momento no era un lobo hambriento, era un hombre que había esperado demasiado para tenerla entre sus brazos. Y la intensidad crecía, su atrevimiento engordaba mientras lamía sus duros pezones y acariciaba sus firmes nalgas. Tantos años sin ella.. .

Gruñó y se separó de su cuerpo con una vidriosa mirada y el dolor instalado en sus entrañas.

—¿Me amas o me deseas, Psique? —preguntó desesperado, sintiendo esa corta distancia en el agua que los separaba se le hacía un mundo gélido e insoportable. Bajando la mirada, continuó—. No podré contenerme si sigo besándote.

Ella acortó de nuevo la distancia entre ambos y tomó su rostro entre sus manos, obligándolo a mirarla. Era tan hermosa que dolía. Sus labios hinchados lo tentaban a seguir explorando esa boca dulce y sabrosa de la que jamás se cansaría.

—No quiero que te contengas —dijo con firmeza—. Te amo y te deseo más que a nada, Will.

Sus palabras lo golpearon e hicieron temblar de emoción. Apenas se controlaba.

—No he cruzado las Highlands solo para decirte te amo. Fui una estúpida e ingenua contigo...

—No digas eso —cortó Will—. Tú no sentías lo mismo.

—¡No! —exclamó con urgencia, tomando su mano y llevándola a su pecho, donde su corazón latía desbocado—.

Lo sentía en cada palabra que me escribías, en cada mirada dulce que me dedicabas, en cada sonrisa que me regalabas.

Has sido mi amigo mucho tiempo, Will. —Su voz tembló de emoción—.

Y, poco a poco, me llenaste el corazón de mariposas.

Yo... no lo entendía. No sabía qué era aquello.

Sabía que me hacía feliz y me aferraba a eso bonito que nos unía.

Paró un segundo para coger aliento. Él la miraba, incrédulo.

—Cuando te fuiste me di cuenta de que con nadie sentía lo mismo, solo tú me hacías vibrar.

Solo tú me hacías completamente feliz. —Su voz se quebró de nuevo, pero continuó—.

Con tu partida despertó mi miedo a perderte, a no volver a verte.

Y comprendí que no era amistad lo que sentía por ti, era amor, Will.

No podía ser otra cosa cuando cada día sin ti era un vacío y cada día contigo, era luz.

Will la miraba con ojos húmedos de emoción.

—Desde ahora te lo demostraré todos los días de mi vida, amigo... y futuro esposo.

Will inhaló de golpe, impactado por tantas confesiones. La tomó entre sus brazos con delicadeza.

—Y yo te haré mi mujer, amor mío.

La tomó de la nuca y la besó con desesperación.

Ella se aferró a su cuerpo con la misma intensidad, enroscando sus piernas en su cintura y preparando su entrada para recibirlo.

Él estaba enorme y necesitado, pero ella...

Psique sentía que su mundo giraba vertiginoso y que la arrastraba a un mar de sensaciones que no entendía.

Tenía el corazón henchido y cuando él la empujaba muy crecido en su interior una salvaje necesidad la colapsaba, pero a la vez, el temor a lo desconocido comenzaba a dominarla.

—¿Vas a hacerme tuya así? —preguntó entre gemidos—. ¿Aquí?

Will parpadeó como si volviera en sí de algún lejano lugar. Sus ojos verdes eran oscuros como la noche que comenzaba a envolverlos y, al preguntarle aquello, volvieron a ser limpios como siempre.

—¿Tienes miedo? —preguntó en su oído, mordiendo su lóbulo.

Su voz tan suave y ese contacto con sus dientes la estremeció.

Ella asintió y comenzó a temblar, no de miedo, si no de frío.

—Soy un bruto, pero te deseo tanto que no lo pensé —se reprochó él con el ceño fruncido. Luego la abrazó fuerte, intentando trasmitirle su calor—. Voy a sacarte de aquí y te amaré como mereces.

Entre besos dulces y suspiros la condujo hasta la orilla, donde cayeron sobre un colchón de tréboles empapado.

—Ahora vuelvo, voy por...

No terminó de escuchar la frase porque ya se había ido.

Miró a su alrededor, confundida. La oscuridad caía sobre ellos como un manto pesado.

Se abrazó a sí misma, intentando paliar el temblor que la dominaba.

Después de unos largos minutos, comenzó a impacientarse.

Justo cuando iba a levantarse, Will regresó entre la maleza.

Su mirada era tierna, la misma de antaño, como cuando la veía después de muchos meses.

Su corazón se encogió, lamentando lo ciega que había estado.

Él le tendió la mano y ella la tomó. De un impulso, la puso en pie y luego la alzó en brazos.

—¿Me has echado de menos? —le preguntó caminando y dándole un beso en la nariz. Ella asintió con una sonrisa tímida—. Yo más, siempre.

—Y me llevas... —dejó la frase inconclusa, esperando una respuesta.

Psique aprovechó para posar la cabeza sobre su pecho y jugar con sus rizos húmedos.

—Aodh me habló de un refugio cerca de la cascada. Dejé mi caballo allí —respondió con voz grave.