XL
Aquel rincón paradisíaco se abría como una hendidura verde entre las agrestes rocas del río.
El aire olía a pino y el silencio parecía sagrado.
La corriente discurría con la fuerza traicionera de una serpiente en algunos tramos ondulantes.
Otros parecían más afables e invitaban al baño con sus pozas.
La cascada sonaba estridente más allá, rompiendo la quietud. Era hermosa y eclipsaba cualquier pensamiento oscuro, sumiéndola en un edén de sosiego.
Sentada, Psique se había quitado las botas y dejaba que el débil sol calentara sus pies sobre la roca. Miraba las tentadoras aguas con deseo. Llevaba todo el día sopesando si atreverse a sumergirse, pero temía demasiado sentir el golpe helado del agua y morir congelada.
Ese había sido un día especialmente caluroso en mitad del frío invierno, por eso no quería perder la oportunidad de lavarse.
Llevaba mucho tiempo sin hacerlo. Parecía que aquellos hombres y mujeres acostumbraban a asearse de tarde en tarde, como si temieran que un kelpie se los llevara al acercarse al agua .
Sin embargo, una damita escocesa que vivía en una mansión palaciega digna de una princesa acostumbraba a hacerlo casi a diario y no temía a las leyendas.
Sus padres, estudiosos acérrimos de toda novedad que llegara del extranjero, comentaban nuevas técnicas y las ponían a prueba.
Opinaban con fervor que hacerlo a diario curaba el cuerpo de males invisibles.
A Psique aquello le sonaba un poco a cuento, pero era cierto que no debía de ser malo.
Si en realidad no curaba el cuerpo, sí lo hacía con el alma, pues era todo un goce sentirse limpia.
A su alrededor, el brezo púrpura se mezclaba con el verde intenso de los pinos y el gris de la piedra. Incluso el viento se había sosegado y se había convertido en una simple brisa.
Abrazada a sus rodillas, ojeó sobre su hombro, asegurándose de encontrarse sola, aunque ya supiera que lo estaba. El soldado que la escoltaba aguardaba muy aburrido al otro lado de la colina, invisible, pero atento.
Mientras tanto, la persona a la que esperaba con gran desasosiego no llegaba.
Fijó la vista en la cascada y suspiró, cansada de pensar, cansada de temer, cansada de esa soledad que la consumía cada segundo.
Necesitaba su abrazo y, a pesar de la vergüenza que le daba admitirlo, añoraba fundirse con ese hombre que había conocido en el bosque.
Sí, el hombre, no el niño de sus recuerdos, de su infancia y de sus juegos. El hombre en que se había convertido durante esos dos años, dotado de una presencia más firme, más segura, más fuerte. Ardía y dolía no poder apagar ese fuego constante dentro de ella.
El recuerdo de aquel encuentro en el bosque le calentó la piel, a pesar de la falta de calidez que aportaban los rayos de sol.
Recordó cómo había aparecido entre los árboles, con el cabello oscuro pegado a la frente, la camisa arremangada mostrando unos brazos poderosos que nunca había admirado, y cómo su voz, más grave e imperiosa, pronunció su nombre, haciéndolo especial.
Un estremecimiento le recorrió la piel al evocarlo.
Y su mirada... Esa que ya no pedía permiso la acariciaba poco a poco y hacía que su corazón ardiera en llamas peligrosamente.
—Vuelve —murmuró al aire, fijando la vista en las aguas claras.
Se incorporó, y la brisa rozó sus mejillas. Estaba decidida a sumergirse. Su pesado abrigo cayó sobre la roca y el frío alivió el calor que ardía en su cuerpo, incitándola a continuar desnudándose. Bajó el calzón con solo aflojar el cinto, le quedaba sobrante y ridículo.
Acarició sus pies desnudos y subió hasta las rodillas, donde comenzaba la camisa.
Justo iba a alzar la tela cuando un ligero crujido de plantas detrás la detuvo.
Rezó para que no fuera una rata, pero agradeció la interrupción, pues todavía andaba indecisa.
Se estremeció al pensar en esos animales tan desagradables.
Comenzaba a atardecer, y se volvían más intrépidas y curiosas.
—Idos —gimió, cerrando los ojos y reprimiendo la angustia que comenzaba a invadirla.
—¿Ahora quieres que me vaya? —dijo aquella voz.
El sonido la atravesó, pero se convenció de que era una ilusión engañosa, fruto de su deseo de verlo. Aun así, el pecho se le tensó y la camisa entre sus dedos se convirtió en un estorbo. Giró despacio, temiendo que aquella ilusión a la que se aferraba se rompiera al moverse .
Sin creerlo todavía, lo vio a solo unos pasos. Parpadeó a la vez que un sollozo comenzaba a subirle por la garganta. Pero lo contuvo, cansada de llorar su ausencia.
Estaba allí, con la luz del atardecer recortando su figura. El cabello oscuro, más largo que cuando partió hacía dos años, caía sobre su frente. La camisa no estaba arremangada, pero ella imaginaba sus brazos hechos para sostenerla. Y su mirada, llena de ternura y deseo contenido, la desarmaba.
—No sabía que estabas tan ocupada —añadió con una sonrisa tímida que la derritió.
El calor subió por su cuello hasta sus mejillas, delatando su deseo. ¿Por qué no le importaba estar casi desnuda? Sin entenderlo, no sabía si cubrirse, si reprenderlo, si...
Sus pensamientos se quebraron cuando lo vio avanzar un paso con una profundidad estremecedora en la mirada. Corrió hacia él, como siempre que lo veía, sintiendo que la necesidad de tocarlo la desbordaría. Y se fundió en sus brazos, dejando escapar aquel sollozo que la atravesaba.
Él la sostuvo con firmeza y ella hundió el rostro en su cuello. Olía a bosque, a humo y a tierra.
—Pensé que te habías olvidado de mí —susurró.
Él apoyó la barbilla sobre su cabeza. Cerró los ojos para regodearse en aquella embriagadora cercanía.
—Siempre volveré contigo, Psique —respondió con una voz grave y serena que le erizó la piel. Bajó una mano hasta su mejilla y la rozó con el dorso de los dedos—. Estás temblando.
Inclinó la cabeza sobre ella y se acercó un poco más, sin apresurarse ni exigirle nada. Sus frentes se tocaron y ella sintió el calor de su aliento mezclarse con el suyo, reduciendo aquel momento a pura hambre .
Sin embargo...
—Will... —comenzó a decir contra su boca—. Hueles mal.
Will parpadeó, sorprendido. No esperaba aquello, pillarse un dedo con un martillo le habría dolido menos. Pero era Psique, y de ella podía esperar cualquier cosa en un momento como ese, justo cuando estaba a punto de perder el control.
Se separó de ella, consternado, intentando recomponerse. Ella lo miraba como siempre, tan normal, tan sincera, tan ella.
—El otro día no te importó como olía, es más, creo que te gustó bastante —se defendió.
—No te enfades, Will. Quiero besarte, pero me resulta algo... difícil. ¿Acaso te has revolcado sobre una candela?
—Me advirtieron de las pelirrojas —dijo él entrecerrando los ojos y reprimiendo las ganas de darle unos azotes—. Pero no hice ningún caso.
De pronto, avanzó un paso hacia ella como si fuera un depredador.
—Ah, ¿sí? —Ella arqueó las cejas, retrocediendo instintivamente—. Y ¿qué te dijeron?
—Que hablan demasiado —respondió dando otro paso hacia ella.
—Vamos, Will, no seas niño.
Will gruñó al oírla y avanzó otro paso. Ella retrocedió también, pero casi estaba al filo de la roca sobre el agua del rio. Y comenzaba a incomodarla.
—No soy un niño —dijo y se quitó el abrigo con rapidez.
Ella miró el filo de la roca y él supo que la tenía a su merced. Lentamente y sin dejar de mirarla, comenzó a abrirse la camisa. Un precioso rubor inundó sus mejillas, pero no perdía detalle de su torso. Cuando se desprendió de la camisa, oyó que suspiraba y reprimió la sonrisa.
—Estás más fuerte —dijo embobada—. Más grande.
—¿Tú crees? —dijo acortando la distancia y dejando un pequeño paso entre ambos—. ¿Quieres que te enseñe lo grande que soy?
Lo miraba con ojos cargados de deseo y Will tuvo que hacerse con una voluntad de hierro para no tocarla.
—Sí, quiero...
La luz del sol refulgía sobre su cabello haciendo que pareciera que ardía como una hoguera.
Will, sin dejar de observarla, se desprendió del kilt y quedó completamente desnudo. Ella contuvo el aliento, pero lo recorrió con su mirada de fuego, deteniéndose justo en su entrepierna, donde su miembro se erguía con todo su ímpetu por ella.
—¿Huelo mejor ahora? —preguntó.
Ella ahogó un gemido y levantó la cabeza de golpe. Sus ojos se hallaban tan abiertos como si la hubieran pillado haciendo algo malo.
—Dime, Psique —pidió acercándose hasta rozarla con su cuerpo. Apoyó su frente sobre la de ella y de nuevo mezclaron sus alientos—. ¿Quieres que te bese, aunque huela mal?
—Bésame, Will —susurró apoyando su cuerpo en el de él y rindiéndose a ese torbellino ardiente que la arrastraba a lo desconocido.
Era algo profundo, una necesidad que llevaba demasiado tiempo guardada .
Él se inclinó sobre ella, estremeciéndola y rozó sus labios levemente.
—Lo haré —dijo sobre sus labios—, pero tú también hueles mal, bruja.
Psique parpadeó, pero no le dio tiempo de responder. Solo alcanzó a aferrarse a él cuando notó que la empujaba hacia atrás y caían al río juntos.
El agua helada los envolvió dentro del rio y notó cómo Will tiraba de ella hacia arriba.
Cuando salió de golpe a la superficie, estalló en un estruendo cristalino mientras el frio la travesaba como agujas.
Psique soltó un grito ahogado por la sorpresa, mientras él la sujetaba con fuerza, asegurándose de que no se hundiera, aunque hiciera pie.
Jadeante, se dejó arrastrar por él más al fondo, todavía confundida. El cabello rojo se pegaba a sus mejillas y no veía nada por los mechones que tapaban sus ojos. De pronto, notó sus dedos apartando su cabello y lo vio al fin.
—¡Estás loco! —exclamó, temblando, e ignorando su preciosa sonrisa que la empujaba a imitarlo—. Y te odio por esto.
Will la atrajo hacia sí y ella ahogó otro grito.
—Y yo amo tus orejas —dijo, mordiéndole el lóbulo y haciéndola vibrar.
—Y sigues oliendo mal —pronunció con un jadeo, aunque fuera mentira—. Y estás desnudo.
—Tú también lo estás —le dijo dándole un bocado en el cuello.