Almas Rebeldes XXXIX
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Will cabalgaba con una media sonrisa dibujada en el rostro. A pesar de la muerte de Tormod, apenas habían sufrido bajas entre los hombres. En cambio, los ingleses habían caído todos. Los gallowglas se aseguraron de que no quedara ningún testigo de lo sucedido.

Le sorprendió verlos en acción tras acabar la lucha, como si hubieran hecho aquello muchas veces. Incluso su padre sabía qué hacer en todo momento, sincronizado con ellos en cada tarea y sin dudar un instante.

Quemaron los cuerpos de los ingleses y borraron toda huella de la lucha. Nadie hablaría de aquel día; quedaría sepultado para siempre.

Antes de emprender el camino hacia las ruinas se reunieron todos los presentes y Will pudo exponer por fin su esperanzador plan:

En medio del numeroso grupo de soldados, Will paseó la mirada por cada uno de los líderes reunidos.

A algunos, como Cameron McAllen, solo los conocía de vista, de las veces que había asistido a la Fiesta de la Estrella.

Además, Ronald le había contado alguna que otra anécdota suya.

Imponente y ensimismado, Cameron limpiaba su muleta con un trozo de tela negra.

Según sabía Will, se había recuperado de una lesión que lo había mantenido postrado durante años, aunque todavía necesitaba aquel peculiar bastón.

Al desenfundarlo, se convertía en un largo y afilado espadín.

Era natural que, después del viaje y la dura lucha, la lesión de su pierna se resintiera.

A su lado estaba, como siempre, Miles Allan, el gigante pelirrojo capaz de dejar a cualquiera boqueando como un pez con una sola mirada irritada. Desde que se encontraron en el campo de batalla ese parecía ser su estado de ánimo... hasta ese momento. Por raro que le resultara, bromeaba con Ronald.

—Sujétate bien esa herida —escuchó que le decía con una sonrisa maléfica—. No vaya a salirse una tripa por ella, muchacho. He visto rajas más pequeñas que causaron mayores daños. La tuya es de cuidado, la verdad.

Ronald ni respiraba. Su expresión reflejaba lo que pasaba por su cabeza: sorpresa, terror, malestar y ganas incontenibles de vomitar el pánico acumulado en sus entrañas.

Sintió pena por él. Le quedaba un largo viaje de regreso y, si esa herida no era seria, podía ser muy molesta y llegar a complicarse. Aunque, Will presentía que lo peor para él sería soportar a ese oso bromista todo el camino.

Irving McAllen negaba con la cabeza, contrariado, mientras escuchaba al pelirrojo.

A Will le había sorprendido mucho su actitud calmada.

No esperaba que fuera una persona tan razonable ni que propusiera que su esposa decidiera su futuro con Psique.

Aquello, aunque poco habitual, le gustó.

Psique era muy inteligente y jamás se le ocurriría ignorar sus propuestas.

Era una contrincante digna de temer, capaz de superar a cualquiera en una batalla de ingenio.

¿Sería fácil hablar con su madre de todo aquello?

Lo dudaba. Más le valía ir bien preparado.

Y, por supuesto, había grabado a fuego en su memoria las palabras de su futuro suegro: «A Charlotte le encanta la tarta de manzana».

Lo tendría más que presente el día que la visitara.

Edward McCain charlaba en voz baja con su padre.

Siempre le había parecido que se compenetraban bastante bien.

Se alegró de verlo de nuevo en acción como representante del laird de los McEwen.

Si en Escocia había personas capaces de enternecer a Andrew, además de su madre y su amigo Williams, eran Edward y su sorprendente esposa, Elizabeth.

Por eso se entusiasmaba tanto cuando lo apoyaba en los momentos más difíciles.

El abrazo de un amigo era vital y, por fortuna, a pesar de que Andrew aparentara ser tan agrio, podía decirse que no estaba solo.

Aodh, en cambio, aguardaba muy serio. Lo comprendía: él también sentía el corazón dividido. Tormod había sido su mejor amigo y perderlo estaba siendo demoledor. Era, sin ninguna duda, la victoria más triste que vivirían en mucho tiempo.

Los otros gallowglas guardaban un silencio incómodo. No sabían qué depararía su destino a partir de ese instante. El bosque se había quemado por completo, lo habían perdido todo, menos sus vidas. Sin hogar y con sus familias dependientes, solo les quedaba seguir luchando.

Al fin carraspeó y llamó la atención de los presentes. No le apetecía alargar más la incertidumbre.

Cuando al fin el último murmullo fue silenciado, comenzó:

—Gallowglas —llamó con voz grave, clavando los ojos en Aodh—.

Antes de hablar del futuro, deseo hablar de vosotros.

No sois salvajes ni sombras que Inglaterra pueda borrar con una ley.

Hace muchos años, vuestros padres fueron el escudo de los clanes, guerreros de élite y defensores del honor.

Ahora, vuestra rabia es justa. Vuestro orgullo y vuestro miedo a desaparecer están justificados .

»Pero escuchadme bien —continuó—. Tormod tenía un plan propio del que yo discrepaba.

Intenté convencerlo de que morir con una espada no le hacía libre si antes entregaba el cuello al enemigo.

Sí, vuestro líder era valiente, pero se olvidó de vuestras familias.

Os pido que no lo hagáis vosotros. Luchar con los jacobitas ahora es un suicidio.

—¿Y qué nos propones tú? —preguntó con tono violento uno de los guerreros.

Todos parecieron estremecerse con la pregunta. Aodh apretó la mandíbula.

—Os propongo una guerra distinta, una que no verán venir. Os propongo integraros en nuestras aldeas.

Un murmullo intenso volvió a crecer, pero Will no se amilanó.

—Quiero que os volváis invisibles. Seréis campesinos, jornaleros, herreros, pastores... Viviréis con nosotros y convertiréis nuestras aldeas en refugios.

—Entonces propones cambiar de campo de batalla —dijo Aodh con media sonrisa.

Will vio que el furioso gallowglas de antes comenzaba a razonar. Era el momento de convencerlos.

—Un gallowglas escondido entre campesinos puede vigilar caminos y entrenar a jóvenes sin que nadie lo note; detectar espías; proteger cosechas y familias...

y ser un escudo sin que nadie lo sepa. La Guardia Negra no busca campesinos y vuestras familias estarían seguras.

Por eso, el silencio sería vuestra fuerza.

—Will respiró hondo—. Si aceptáis, habrá reglas que cumplir.

No habrá lugar para errores ni disculpas: eso supondría la muerte de muchos.

—¿Cómo harías para repartir a tantos, hijo? —preguntó su padre, aunque adivinó por su cara que ya sabía la respuesta .

Miró a los líderes uno por uno.

—Vosotros también sois perseguidos día tras día.

Por eso, os pido que os unáis a mí, gobernando desde la sombra.

Seréis arrendatarios de estos hombres y mantendréis la disciplina.

Necesitamos que la tierra sea nuestro refugio y no nuestra tumba.

Vamos a defendernos y a renacer para lograr una vida realmente libre y digna.

—Calló un segundo, cogiendo aliento—. Mi padre dejó la vida como gallowglas, pero no dejó de ser fuerte.

Construyó un hogar, protegió a los suyos, sin ser proscrito.

Él es el mejor ejemplo de que se puede ser guerrero sin levantar la espada.

—Será muy difícil. Nuestra forma de vida es la de un...  —comenzó a decir un gallowglas, pero Andrew no lo dejó terminar.

—Mercenario —dijo con una voz profunda que los hizo temblar—.

¿Queréis eso para vuestros hijos? No podéis ser orgullosos ahora, amigos.

Si de verdad queréis que sobrevivan, esta es la única forma.

Odiaré a esos ingleses hasta el día en que muera y no va a ser ahora cuando hinque la rodilla ante esa mierda.

Yo apoyo la propuesta de Williams. Podéis contar con mis tierras para vivir.

De pronto, Cameron rugió.

—Podéis contar con las mías, gallowglas.

—Y con las mías —siguió Irving guiñando el ojo a su hermano.

—Estoy seguro de que los McEwen están también hartos de agachar la cabeza —añadió Edward McCain.

—Ya te digo, amigo. Esto lo va a resucitar —saltó Miles, sabiendo lo que pensaba su suegro tras tantas charlas políticas a la lumbre de la chimenea—. Yo no tengo tierras, pero puedo contar algunos chistes sobre ingleses con los huevos como guisantes .

—Yo también me sé alguno —dijo Ronald, carcajeándose sin dejar de sujetarse la herida.

—¿Será que esa gracia solo la heredan los pelirrojos? —preguntó Andrew.

—La gracia la tiene mi culo rosa. A ver cuándo te vas a enterar —dijo Aodh, subiéndose el kilt por detrás y enseñando las nalgas tan tranquilamente.

Algunos rieron a carcajadas; otros gimieron como si acabaran de ver lo más feo de sus vidas.

Sin embargo, todos parecían estar de acuerdo; o quizá no solo lo parecían, sino que lo estaban sin saberlo aún.

Era el momento de la verdad.

—Gallowglas —llamó de nuevo y todos callaron para oírlo—.

Tenéis dos caminos: morir pronto recordados por unos pocos o proteger a muchos y esperar el momento adecuado.

No os pido que dejéis de ser gallowglas, yo lo seré hasta mi muerte.

Os pido que sobreviváis en silencio hasta que llegue el verdadero día de la victoria.

Horas después, al divisar al fin las ruinas, el corazón de Will comenzó a latir con fuerza. Cuanto más cerca estaba, más deseaba azuzar al caballo. Buscó entre la multitud la cabellera de fuego que tanto amaba, pero no la encontró. ¿Dónde estaría Psique?

Al llegar, su corazón rebosaba de inquietud, pero, al ver los ojos brillantes de su madre, lo olvidó todo.

Eran tantas las emociones que se agolpaban en su pecho que apenas se sostenía en la silla.

Detuvo su montura y saltó al suelo con desasosiego.

El mundo pareció temblar tanto como sus piernas y ya no se contuvo ni un segundo más.

Echó a correr hacia ella como si fuera su único sustento.

Catalina lo esperó con esa expresión tierna que solo una madre puede dedicar, la que te hace sentir orgulloso por ser simplemente su hijo.

Cuando llegó a su lado, se dejó envolver por sus brazos, besar cien veces y sentir que una parte de él encontraba la paz.

Sus respiraciones se fundieron en un silencio que decía más que cualquier palabra.

Lo único que importaba era aquel abrazo que lo anclaba al mundo.

—Hijo —susurró ella con voz cansada—. Desde ahora te prohíbo ir más lejos del establo.

Él tragó saliva. Amaba ese carácter tan potente.

—Madre, no sabes cuánto te he necesitado.

Ella sonrió, como siempre hacía para tranquilizarlo.

—Lo sé. —Le acarició la mejilla con el pulgar—. Cada día sin noticias tuyas ha sido...

Él bajó la mirada al ver que su voz se quebraba.

—Lo siento.

—No hay nada que...

Will comenzó a mirar con nerviosismo a su alrededor, ignorando a su madre. Resultaba que ni siquiera su abrazo y sus lágrimas podían quitarle de la cabeza a la pelirroja. La necesitaba.

—No está aquí —confesó su madre a regañadientes. Luego, refunfuñó—. Criarte toda una vida para que me olvides por una...

—Madre... —la abrazó con fuerza—. No puedes estar celosa.

Catalina rio, limpiándose las lágrimas.

—Nunca podría estarlo de la que ya considero mi hija —dijo con emoción.

Luego ojeó a su esposo al fin y se acercó a él con un contoneo de caderas la mar de sugerente.

—Pero ¿por qué no está aquí? —preguntó impaciente .

—Porque lleva dos días esperando a que aparezcas en esa dichosa Cascada del Hacha. No consiente que vaya con ella, solo deja que un soldado la guarde en la distancia —soltó con un aspaviento como si fuera la mayor estupidez del mundo—. Dijo que tú le pediste esa idiotez.

Will rio, feliz. Su Psique lo esperaba justo en el lugar que acordaron. Sin embargo, después de tanta guerra...

—Lo había olvidado —reveló, azorado.

—¡Hombres! —dijo poniendo los ojos en blanco, pero inesperadamente, aulló—. Umm, los amo.

—Padre, deja de pellizcarla en público, por favor —reprochó Will en un susurro, muy avergonzado.

Andrew rio y alzó a su esposa en brazos. Sin decir una palabra, y sin importarle nada, desaparecieron entre los muros más alejados del poblado.

—En el próximo viaje me traigo a la mía —dijo Miles a su lado con el ceño fruncido.

Negó con la cabeza por la ocurrencia, pero debía admitir que sentir amor después de tanta masacre, era el mejor alivio para el corazón.

—Hablando del tiempo... apenas tengo —dijo Will, al comprobar la posición del sol—. Ahora vuelvo. Tengo algo que hacer...

—Sí, sí, muchas cosas que hacer —repitió Donald a su otro lado, con una mirada pícara—. Vamos, no tardes o esa petirroja te cambiará por otro soldado. Ya sabes cómo son las pelirrojas...

No esperó a que terminara. Iba a subir a su caballo, pero una mano en su hombro lo retuvo con firmeza .

—Vas a reunirte con mi hija —dijo Irving a su oído—. Creo que hacerlo a solas, como en una de esas antiguas citas, no es lo más apropiado.

—Señor, yo... —comenzó a decir mientras se volvía para enfrentarlo.

—Sí, lo sé —cortó—. La amas, ya me lo dijiste. ¿Pero la respetas?

—Me casaré con Psique cuando lleguemos a casa, señor.

—Lo harás —dijo, sorprendiéndolo—. Pero antes de partir, declararéis vuestra unión mutua delante de todos los presentes. O eso, o te corto las pelotas ahora mismo.

Cuando bajó la mirada se sorprendió al ver una daga apuntando a su entrepierna.

Tragó saliva, preguntándose dónde estaba el pausado y comprensivo hombre que había conocido hasta la fecha.

—Se lo juro por mi vida... y por mis pelotas, señor.

Irving sonrió, complacido.

—Así me gusta —contestó guardando su arma en su cinto—. Ya estás tardando, muchacho. Mi hija no es que tenga mucha paciencia.

Al fin, Will montó y espoleó su caballo en dirección al río que había divisado desde la colina. Solo tendría que seguir su curso para encontrar la cascada y llegar hasta Psique.