XXXVIII
—La señora McPherson se encuentra tras esa colina, señorita McAllen —informó uno de los dos soldados que la escoltaban, sin aminorar el trote del caballo—. El poblado está abandonado; ahora solo deben de quedar ruinas.
Psique asintió, agradecida. Debía tratarse del antiguo poblado gallowglas, donde el anciano Donald, las mujeres y los niños del bosque se refugiarían mientras los hombres defendían sus hogares.
Ya debían haber partido del bosque y Psique calculaba que tardarían al menos día y medio en llegar a las ruinas caminando.
Estaba ansiosa por contarle a Catalina sobre Will. ¿Qué pensaría ella de su aventura? ¿Le reprocharía no avisarla de su huida? No era de extrañar, sabiendo que era una mujer de armas tomar. Rezó para que lo entendiera.
Ascendieron la colina y, al llegar a la cima, Psique detuvo la marcha.
El frío viento del norte le golpeó el rostro y la hizo contener el aliento.
Contempló, admirada, el hermoso paisaje que se extendía a sus pies.
El amplio valle estaba cubierto de brezo púrpura, que adquiría un tono anaranjado bajo el sol de la tarde.
Más allá se distinguían las ruinas mencionadas por el soldado.
Las piedras ennegrecidas de las casas seguían en pie, aunque los techos ya no existían.
Solo conservaban su triste estructura las pocas que aún mantenían firmes las vigas.
Psique sintió un nudo en la garganta al contemplarlas. ¿Habían vivido allí tantas familias?
El soldado de su derecha carraspeó. Parecía incómodo ante su quietud.
—No queda nadie —dijo con voz pesarosa.
—¿Por qué fue abandonado? —preguntó curiosa por su tono sombrío.
El soldado parecía más incómodo aún con esa pregunta.
—Cuentan que los hombres habían salido a cazar. El poblado estaba desprotegido y una partida de ingleses lo asaltó. —Hizo una breve pausa y continuó en un susurro que le puso los pelos de punta—: Mataron a los ancianos y a los niños. Las mujeres... solo ellas sobrevivieron.
No terminó la frase, pues Psique ahogó un sollozo. Ese soldado no lo sabía, pero ella conocía a esas mujeres. Aquellas salvajes, como las había llamado unos días atrás, habían sido brutalmente agredidas. Podía imaginar lo que habían padecido a manos de los ingleses. La idea le parecía devastadora.
—Lo siento, señorita —se disculpó muy azorado el guerrero—. No quería entristecerla.
—No se apure, tenía que enterarme de algún modo. Es mejor estar preparada.
Pero no era cierto. Psique sentía la terrible angustia en su pecho por esas mujeres y casi no podía reprimir las lágrimas.
Sin decir más, azuzó su caballo y descendió por la ladera.
En algún punto, entre las ruinas, creyó escuchar el tintineo lejano de una campanilla.
¿Sería el viento o su imaginación? En realidad, Catalina debía estar cerca, quizá explorando todo aquello.
El recuerdo de Will volvió a golpearle el pecho. Su sonrisa, su voz grave, la forma de mirarla con esos ojos que la leían como un libro abierto. ¿Cómo reaccionaría al contarle todo? Psique imaginó su ceja alzada, un comentario mordaz y, enseguida, ese brillo cómplice suyo que tanta gracia le hacía.
El viento cambió, trayéndole el murmullo de un arroyo cercano.
—Será mejor que nos demos prisa, señorita, o nos caerá la noche.
Ella espoleó su caballo para seguirlos hasta las ruinas.
La figura de Catalina apareció entre dos muros derruidos, como una sombra recortada contra la luz rojiza del atardecer. Llevaba el cabello recogido de cualquier manera, mechones sueltos pegados a las sienes por el sudor y el polvo. Su firmeza se suavizó apenas la vio llegar.
—Por fin —murmuró, bajando la espada que tenía en la mano.
No preguntó nada, pero en su rostro adivinaba el sufrimiento de la espera.
Psique bajó del caballo con prisa. La alegría de verla se mezclaba con tantas emociones vividas que casi tropieza al caminar hacia ella. Por un momento, pensó en su madre y todo lo que debía estar sufriendo por su culpa.
—Catalina... —su voz salió más temblorosa de lo que esperaba.
La mujer dejó caer el arma y avanzó con paso decidido sin apartarle la mirada, evaluándola, queriendo adivinar algo para no morir de inquietud. Sin darle tiempo a nada, la estrechó entre sus brazos con fuerza. Psique se dejó llevar por el alivio por primera vez en mucho tiempo.
—¿Estás bien? —preguntó la mujer, separándola un poco para verle bien el rostro .
Psique asintió y sonrió mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.
—He estado con Will —dijo entre sollozos.
Catalina quedó inmóvil. No respiraba, ni siquiera parpadeaba. La observaba como si las palabras la hubieran encendido por dentro.
—¿Con Will? —dijo, dejando escapar un sollozo—. ¿Mi niño está bien?
Psique asintió y Catalina volvió a abrazarla, como si fuera su mayor consuelo en este duro viaje juntas. Escondió el rostro en su cuello, respirando con dificultad. Entre risas y sollozos trataba de convencerse de que aquello no era un sueño.
—Mi niño... —repitió con un amor que le quebró el alma—. Sabía que seguía vivo.
Psique cerró los ojos dejando caer las lágrimas. Su abrazo era un refugio y, por un instante, el mundo dejó de ser duro y peligroso. Juntas, se sostenían para no caer.
Catalina la separó un poco y le sostuvo el rostro entre sus manos. Sus dedos estaban fríos, su mirada verde ardía.
—Dime cómo está —pidió con una fragilidad que contrastaba con la urgencia de sus palabras.
—Está vivo, fuerte y... —Una sonrisa se abrió paso entre las lágrimas—. Me quiere.
Catalina soltó una risa rota, liberando con ella la angustia acumulada.
—Claro que sí, Psique. Es un McPherson —dijo, limpiándose la mejilla con el dorso de la mano—. Saben distinguir por qué vale la pena luchar .
Psique no podía hablar; aquella confesión le había dejado las emociones a flor de piel.
—Me daréis nietos bravos y preciosos, querida niña —añadió, guiñando un ojo con picardía.
Psique bajó la vista, sonrojada, y la mujer le dedicó una sonrisa ladeada. Esa era la mujer que había conocido. La que sonreía con suficiencia, como si el mundo fuera fácil de manejar a su antojo.
—Catalina... Los ingleses... —susurró Psique aun con lágrimas en las mejillas—. Tengo mucho miedo.
La mujer heló su sonrisa, pero pronto recuperó su aplomo, no dejando que la vulnerabilidad se apropiara de ella. La miró con fijeza y una seguridad que la desarmó.
—Esos ingleses de pacotilla no tienen nada que hacer. —Le limpió las lágrimas con el pulgar—. Ten fe, cariño mío. Si nuestros hombres dijeron que volverían, eso harán.
Psique asintió, pero no podía dejar de llorar. Catalina la abrazó de nuevo con gran ternura.
—Vamos —dijo al fin, más calmada—. Tengo mucho que contarte, Catalina.
Agarradas del brazo, avanzaron hacia los muros derruidos para guarecerse del viento gélido que comenzaba a soplar, anunciando la caída de la noche.
Psique miró en dirección al bosque. No podía verlo, pero lo sentía cerca...
y vivo. Sin embargo, algo en su interior vibraba de inquietud y miedo.
A pesar de la seguridad que intentaba demostrar, temía por Will.
Acarició el anillo de su dedo y recordó el encuentro.
Solo por verlo y escuchar de sus labios aquella confesión había valido la pena ese arriesgado viaje.
Nunca se arrepentiría, pasara lo que pasara. Aquel viaje le había grabado algo a fuego muy dentro: el mundo siempre sería de los valientes .
Pasarían la noche en una de las chozas mejor conservadas. Los hombres de Andrew habían improvisado un techo con hojas de helechos y cañas. Al menos, las resguardarían de la intensa humedad y del frío que comenzaba a adueñarse del lugar.
Intentaba no pensar en las gentes y lo que debían estar sufriendo a la intemperie, ya de camino hacia las ruinas. Con suerte, llegarían al día siguiente.
Las horas pasaban lentas mientras observaba el cielo estrellado a través de un hueco del muro.
Su manto se extendía más allá de las Highlands, más allá de la guerra, de su mundo.
Había sido el único testigo de sus miedos y sus pequeñas victorias.
Lo echaría de menos cuando no pudiera contemplarlo de esa forma.
Apoyó la frente en la piedra fría. No quería dormir mientras Will estuviera en peligro.
Pensó en su voz, en cómo la había mirado al reconocerla, como si ella fuera la primera cosa hermosa que viera entre tanta oscuridad. La amaba. Por fin podía decirlo. No obstante, saberlo y no poder hacer nada era frustrante. Suspiró.
—Estás pensando en él —oyó susurrar a Catalina, a su lado.
Psique se giró para verla.
—Sí.
La mujer dejó escapar el aliento.
—Yo también —dijo al fin—. Como todos los días desde que se fue.
El silencio las envolvió y Psique tembló; no supo si de frío o de preocupación.
—Ven aquí —dijo la mujer, y la rodeó con su brazo .
Después de unos minutos, Psique logró calmarse.
—¿Sabes? Le dije a mi padre que quería calentarle la cama a Will.
Catalina se puso tan rígida que por un momento pareció una tabla. Entonces, comenzó a temblar, apenas podía reprimir las carcajadas que se le atravesaban en la garganta. Psique colocó sus manos sobre la boca de Catalina, intentando acallarla de alguna forma.
—¿Qué te dijo? —logró susurrarle al fin entre risas.
Psique sonrió al recordar su cara de espanto.
—Que mi madre me lo explicaría mejor.
—¿Quieres que te cuente?
—No —respondió con rapidez y carraspeó antes de seguir—. Quiero que Will lo haga.
—Creo que es lo mejor —respondió con una traviesa risita.
Psique sonrió, más relajada. Ambas lo estaban.
El cielo siguió allí, inmenso y brillante, pero Psique ya había cerrado los párpados. Esa noche dormiría, después de muchas noches, sin sentirse completamente sola.
Al día siguiente, uno de los soldados le contó que, unas pocas millas más al norte, se encontraba la famosa Cascada del Hacha. Desde entonces, insistió en ir a darse un baño, pero el soldado, persistente a más no poder, le advertía que el agua estaba helada.
—Además, no es buena idea ir sola, señorita —repitió el hombre con ahínco.
Psique bufó y Catalina arqueó las cejas .
—¿Es allí donde debes encontrarte con mi hijo? —Ella asintió y la mujer sonrió pícara—. Sin duda, Will ha salido a mí de... romántico.
Pasaron todo el día habilitando la zona para recibir a los gallowglas. Al mediodía estaban impacientes por verlos aparecer.
Mientras tanto, Psique le había contado a Catalina lo ocurrido allí tantos años atrás y juntas compartieron el terror que suponía para esas mujeres regresar a aquel lugar. Por mucho que se esmeraran en acondicionarlo, nada borraría los recuerdos.
No fue hasta el atardecer cuando las primeras mulas asomaron por la cima de la colina.
—¡Catalina! ¡Ya están aquí! —avisó muy nerviosa.
Sobre el lomo de la primera mula apareció el viejo Donald. Lo seguían otras, cargadas con varios niños pequeños, y una más con una mujer embarazada. El resto llegaba a pie.
Reconoció al niño que los había ayudado a Ronald y a ella a salir del bosque.
Sus miradas se encontraron y el pequeño la saludó con la mano y con gran efusión, como si la conociera de toda la vida.
Psique rio al oír a su madre reprenderlo.
Sin hacerle el menor caso, comenzó a descender en una vertiginosa carrera.
Casi sin aliento, se presentó frente a ella.
—¡Señorita! ¡Sabía que lo lograría! —gritó el jovencito, abrazándola por la cintura y casi derribándola—. Will me contó lo valiente que era usted.
Psique le acarició con cariño el cabello rubio mientras reía, encantada. Su madre, que se había adelantado al resto, apareció a los pocos segundos, muy sofocada.
—Jork, suelta a la señorita, no la molestes más, por favor —reprendió, tirando del niño .
—No se preocupe, no me molesta —dijo sincera—. Ojalá todos fueran igual de cariñosos.
Catalina sonreía con las manos en las caderas. Psique quiso presentarlas, pero todavía no conocía el nombre de la hermosa mujer y calló, algo azorada. Ella sonrió sin darle importancia.
—Me llamo Sorcha y soy la madre de Jork —dijo algo tímida y, arrugando el ceño, propinó un suave pellizco en el costado a su hijo—. El niño más desobediente del mundo.
—¡Au! ¡Madre! —se quejó el niño que al fin se separó de Psique.
—Catalina McPherson... —comenzó a decir la mujer.
—¿La madre de Will? —preguntó Jork con los ojos muy abiertos. Catalina asintió sonriente—. ¿Puedo abrazarla también?
—¡No! —gritó su madre, pero ya era tarde. Jork ya se había entregado a los brazos de Catalina.
—Es un amor —dijo esta.
Psique rio. Su madre puso los ojos en blanco, si bien sonrió, agradecida.
—No está acostumbrado a salir tan lejos del bosque... Se encuentra un poco abrumado.
Una sombra cruzó su semblante al reconocer el lugar dónde se encontraba. Miró a su hijo, luego a las mujeres que llegaban con su misma expresión: cansancio, rabia y miedo.
A Psique se le encogió el corazón al verlas. Esas pobres cargaban con un peso que no les correspondía. Impulsada por la necesidad de reconfortarlas, avanzó y se colocó frente al grupo. Ellas la miraron con desconfianza. Donald alzó las cejas, atento a la tensión generada .
—No puedo imaginar lo duro que debe de ser abandonar vuestro hogar para regresar al lugar donde vivisteis tanto horror —dijo con voz baja, pero firme—. Os aseguro que yo tampoco quiero estar aquí, pero será por poco tiempo. Debemos esperar a que los hombres vuelvan.
—Yo hubiera preferido quedarme en el bosque y luchar —replicó una.
—Lo sé, yo también —respondió sin apartar la mirada. El silencio inundó el grupo, como si contuviera el aliento—. Soy Psique McAllen y ella —señaló a su amiga— Catalina McPherson. Hemos venido desde muy lejos y queremos proponeros algo.
La frase cayó como una piedra. Varias mujeres asintieron; otras ladearon la cabeza, aún más desconfiadas. Psique tragó saliva. Aquello era algo que habían pensado sin consultarlo con los hombres. Había nacido de la más absoluta generosidad. No obstante, sabían que, unidas, podrían lograrlo.