XXXVII #3
Unos pasos más adelante, entre las sombras y cuerpos caídos, distinguió la figura de su padre arrodillado sobre un guerrero tirado en el suelo. Incluso en la oscuridad Tormod era inconfundible.
El corazón se le estrujó sin piedad y, sin darse cuenta, comenzó a correr. Devastado, cayó de rodillas a sus pies.
—Padre... —susurró, aunque Andrew no lo escuchaba.
Presionaba la herida con las manos, intentando detener la fuerte hemorragia que brotaba con cada respiración del gigante. Will conocía a su padre y, pese a que jamás mostraba su dolor, vio el temblor de sus dedos.
Tormod abrió los párpados al fin.
—Will... —murmuró con un hilo de voz y él le tomó su enorme mano. Estaba helada—. Esto se acaba para mí.
Andrew apretó la mandíbula.
—No, esto no es nada —dijo Will, apretando los dientes—. No vas a morir, maldito testarudo. —Reprimió un sollozo—. Vas a mandar el Valhalla a la mierda. Te lo ordeno, soy tu líder ahora.
El gigante soltó una risa débil que le provocó un fuerte dolor .
—Será un buen líder, ¿verdad, McPherson? —Colocó la mano sobre la de su padre y negó con la cabeza—. Déjalo ya, amigo mío.
Andrew cerró los ojos un segundo.
—Sigue conmigo, Tormod —dijo este.
Era una súplica llena de dolor.
—Me voy, te guste o no, mandón de mierda. —Tosió pesaroso, pero continuó entrecortado—. Amigo, dile a Fiona que la quiero, que la espero junto a nuestro hijo. Y por favor, cuídala. Cuida de todos.
Entonces, apretó la mano que Will le cogía.
—Muchacho... Libéralos. —Volvió a toser y dejó escapar un débil murmullo—. Nunca dudes de que eres un gallowglas.
Tormod exhaló por última vez mientras Will le prometía que cumpliría su deseo. Su mano perdió fuerza y su mirada se apagó en la oscuridad de la noche.
Will bajó la cabeza, incapaz de contener el temblor que lo recorría. Su padre no dijo nada, no podía.
No supo cuánto tiempo estuvo así, sosteniendo su mano. Cuando se levantó, su cuerpo no parecía el suyo, movido por una inercia invisible y caprichosa que lo empujaba lejos de allí.
Sumido en esa tiniebla, ayudó durante horas a arrastrar los cadáveres y apiló troncos con los otros. No se detenía para no pensar en esa victoria se le hacía más que agridulce: se le hacía demasiado dolorosa.
Entonces, una figura alta y fuerte se colocó delante de él, cortándole el paso. Al levantar la vista se encontró con sorpresa, con el padre de Psique. Lo había evitado durante todo ese tiempo, pero esa vez, lo había pillado con la guardia baja .
—Irving McAllen —se presentó, pero no le tendió la mano. Will asintió—. Tú debes de ser Williams McPherson.
—Yo...
—Tú —lo cortó, jugando con la daga que sostenía entre los dedos— eres el culpable de que mi hija haya convertido en rutina sus escapadas. —Will tensó los hombros y alzó las cejas, desconcertado, mientras Irving bajaba la voz, fría como el hielo—. Psique me contó lo de vuestras citas.
—Lo siento, señor McAllen —se disculpó, torpe—. Éramos unos niños.
—Exacto, erais —replicó haciendo que su corazón se saltara dos latidos—. ¿Por qué la abandonaste?
Will boqueó como un pez, buscando aire y alguna palabra que no lo hiciera quedar como un crío. Al final, reuniendo todo el valor que tenía, habló:
—Yo nunca la he abandonado, señor —dijo con determinación. Hizo una pausa para aclararse la garganta, pues sentía un nudo que lo ahogaba—. Psique es una dama. Pensé que no se fijaría en mí por mi origen humilde... Y yo... fui a buscar fortuna, señor.
Irving dejó de mover la daga mientras lo observaba con ojos de halcón.
—¿Y la hiciste?
Will asintió.
—No tan grande como la que usted tiene, pero le juro que no le faltará un plato de comida.
Ni vestidos ni un arco con el que tirar al blanco...
—Irving achicó los ojos y él tragó saliva—.
No podría negarle nada ni discutirle, señor McAllen.
Ella es demasiado inteligente, despierta, dulce, cabezota...
Es perfecta aquí —se señaló la frente con el dedo y luego lo posó sobre el corazón— y aquí. Es la más perfecta .
Irving reprimió una sonrisa. Will respiró hondo.
—La amo —confesó con toda la sinceridad que podía—. Más que a nada en este mundo. No soy nada sin ella.
Irving lo observó en silencio mientras guardaba la daga en su funda.
—Si la amas tanto —añadió—, más te vale demostrarlo. Mi hija no necesita promesas, sino hechos.
Will asintió, sin apartar su mirada de esos ojos que lo estudiaban.
—Lo haré, señor McAllen —dijo—. Se lo juro.
Irving inclinó la cabeza, aceptando su juramento.
—Me caes bien —concluyó, pero, antes de que pudiera decir algo, continuó—. Ahora te queda pedirle la mano de mi hija a mi esposa. En realidad, es ella quien siempre tiene la última palabra. Si le gustas, te quedarás; si no, no tendrás nada que hacer, muchacho.
Will parpadeó, confuso. ¿Pedir la mano a la madre de Psique?
—Ahora tengo que irme, tengo que supervisar que no queden pruebas por quemar. —Le guiñó el ojo y añadió—: Por cierto, a Charlotte le encanta la tarta de manzana.
Después de decir eso, McAllen siguió su camino. Will se quedó allí con una sonrisa estúpida dibujada en su cara.
«Tengo su consentimiento», pensó, desbordante de felicidad.