XXXVII #2
Nunca imaginó verse envuelto en una trama contra la Corona, ni formando parte de un pueblo de guerreros legendarios. Sería difícil de creer si se lo hubieran dicho antes, pero allí estaba, esperando el momento de defenderlos.
—Williams —murmuró su padre, escondido a su lado—, estoy muy orgulloso del hombre en que te has convertido, aunque ya lo estaba antes de este viaje. —Hizo una pausa, sopesó algo y continuó—: No era mi intención dar órdenes a tus hombres.
Sentirse líder daba vértigo, pero, por extraño que pareciese, no le desagradaba.
Se había sentido cómodo al aceptarlo; sin embargo, bajo la sombra de su padre no tenía lugar.
Él siempre sería el mejor ejemplo de superación, el más experimentado y aquel de quien aprendería hasta el fin de sus días.
Bajo su ala, siempre se sentiría un aprendiz.
—Solo tomaste lo que era tuyo por derecho, padre. Tú eres el verdadero líder. Cuando no puedas con ello, yo seguiré guiándolos, porque tuve el mejor maestro gallowglas que podía tener.
Su padre sonrió.
—¿Sabes cómo harás con esa pelirroja? Es más peligrosa que tu madre, y eso ya es decir mucho.
Will rio por lo cierto de sus palabras.
—Por eso me gusta tanto —dijo con una amplia sonrisa—. No deja de sorprenderme.
—¿Tienes un plan para todo esto?
Asintió, seguro de que no se equivocaba.
—Lo sabrás en cuanto salgamos de esta.
Andrew apoyó su mano en su hombro y lo miró con tanto sentimiento que se le apretó el corazón.
—Eh, dejaos de arrumacos —protestó Ronald a unos pocos palmos de ellos—. ¿Y yo? También he cruzado Escocia y él solo ha tenido ojos para su mejor «amiga». Creo que, por ser tu mejor amigo, merezco algo.
Will se giró hacia él con una ceja alzada.
—¿Tú? Todavía tengo pendiente hablar contigo sobre haber permitido que Psique viajara hasta aquí disfrazada de hombre.
Ronald cerró los ojos.
—También trajo a tu madre —soltó el otro como un rugido.
—¿Mi madre? —Aferró con fuerza el brazo de Ronald—. ¿Ella está aquí ?
—Están juntas y a salvo —respondió Andrew. Luego miró al pelirrojo que seguía con los ojos cerrados, intentando asimilar el reproche que veía venir—. Hijo, sin ellas este viaje no hubiera valido la pena.
Ronald abrió los ojos y los clavó en Andrew, que le sonreía.
Iba a decir algo más, pero justo en ese segundo, se oyeron gritos de alarma.
Era la señal que esperaban. Todos se pusieron tensos, preparados para atacar a la señal de Andrew.
Entonces, por instinto, los casacas les dieron la espalda, intentando adivinar qué ocurría en la retaguardia de su formación.
Era el momento que Andrew esperaba. Y silbó tan fuerte que hasta el bosque tembló, sobresaltado.
—¡Vamos! —bramó.
Los gallowglas surgieron entre los matorrales con la ferocidad de un animal acorralado. Corrieron para alcanzar con el filo de sus espadas a los ingleses que apenas tuvieron tiempo de girarse, desconcertados por los inesperados rugidos surgidos entre la maleza del bosque.
Will corrió entre Andrew y Ronald, sintiendo cómo el suelo vibraba bajo sus botas.
Pronto su padre adelantó el paso y Ronald quedó algo rezagado.
Los ingleses intentaban reorganizarse y alzaban sus mosquetes para apuntarles, pero el filo de las espadas cayó sobre ellos, golpeando y cortando la carne sin piedad.
Will alcanzó a un soldado que apenas levantaba la espada.
El impacto le hizo temblar el brazo, pero su mismo vigor lo sostuvo.
Ronald llegó justo a tiempo de evitar que otro se abalanzara sobre él por la espalda.
Con un gruñido, el pelirrojo lo empujó y lo lanzó.
Luego le dio un corte rápido en el brazo, obligándolo a retroceder .
—¡Te debo una! —gritó Will ya centrado en el siguiente adversario.
—Si me perdonas haber traído a Psique conmigo, estamos en paz —respondió Ronald, con una sonrisa torcida, pegado a su espalda y apuntando a un nuevo oponente.
—No solo te perdono, Ronald —contestó, elevando la voz sobre el hombro para que lo escuchara—. También te doy las gracias por ello, amigo.
Ronald soltó una carcajada antes de cargar contra el casaca que lo apuntaba con su espada. Will blandió la suya para defenderse de otro golpe.
Andrew, unos pasos más adelante, no les quitaba ojo. Entonces, levantó la voz.
—¡Mantenedlos así! ¡No dejéis que se reagrupen!
Los gallowglas obedecieron como uno solo, llenos de furia.
En medio del caos, Will sintió que lograban doblegarlos.
Esos guerreros eran más corpulentos y feroces, y los ingleses apenas podían contenerlos.
Lucharon sin descanso, cortando y atravesando, dejando que la furia de la batalla los guiara hasta convertirse poco a poco en los dominantes de aquel choque.
Andrew avanzó entre los soldados con una calma desconcertante.
Will lo vio caminar entre ellos sin llamar su atención, ocupados defendiéndose de los gallowglas.
Will lo siguió a unos pasos, incapaz de apartar la mirada de él.
Nunca había visto a su padre en el campo de batalla, y era hipnótico.
La determinación silenciosa y la furia contenida parecían brotarle de los huesos.
Entonces, Will vio hacia dónde se dirigía. El factor, a caballo, intentaba alejarse de ese torbellino de espadas, hachas y mandobles. Andrew tensó la mandíbula cuando aferró la empuñadura de su espada justo delante de él.
—¡Tú! —gritó su padre para llamar su atención, pero este no lo escuchó.
Con un rápido movimiento, Andrew agarró las riendas y tiró con una fuerza brutal. El animal se encabritó y el factor cayó al suelo con un golpe seco.
El oscuro inglés intentó levantarse, pero Andrew ya estaba sobre él.
—McPherson —escupió con voz algo temblorosa y los ojos abiertos de par en par—. ¿Qué haces aquí?
Andrew lo apuntó con su espada en la garganta y lo miró con calma, evaluando si merecía la pena dejarlo hablar antes de matarlo.
—¿Pensabas que te temía? ¿Qué no tendría cojones de enfrentarme a ti? —rugió y luego rio a carcajadas—. Ya has hecho daño suficiente, a mi gente, a mi familia.
El cuervo soltó una carcajada nerviosa.
—Tu familia... No sois más que salvajes.
Will quiso avanzar para intervenir, pero su padre levantó su mano sin apartar la mirada del factor, indicándole que se detuviera.
—Puede que sí —respondió con brevedad y una sonrisa tan fría que le heló la sangre—. Pero tú no volverás a tocar nada que sea mío.
—No vas a matarme, Andrew, piensa en las consecuencias —dijo este con cautela—. Seréis condenados. ¡Todos! Y tu mujer... A esa furcia.. .
El factor intentó decir algo más, mas Andrew movió la hoja con precisión y le cortó el cuello. Con los ojos abiertos de par en par se sujetó la garganta antes de morir.
Su padre respiró hondo, como si soltara algo que llevaba cargando sobre su espalda muchos años. Luego, se giró hacia él sin decir nada, pero no hizo falta. Entendió que ese era su primer paso en busca de la libertad que soñaban todos. Y que, a partir de ese momento, nada sería igual.
De pronto, Ronald irrumpió entre ellos como un vendaval.
—¡Will! ¡Los ingleses han caído! ¡Hemos ganado!
Will miró a su alrededor y comprobó que era cierto. Los hombres de su padre dominaban el entorno y apenas quedaban casacas en pie.
—Hemos ganado —murmuró y se dejó abrazar por su amigo. Entusiasmado, no se daba cuenta del enorme corte que tenía en su costado—. Estás sangrando, Ronald.
Este se miró incrédulo y pareció por fin ser consciente de su herida. Se colocó la mano sobre la hemorragia, muy asustado. Era un buen corte, aunque Will no podía evaluar su profundidad ni el daño que había causado en su cuerpo.
—Voy a morir —dijo muy pálido y tambaleante.
Will lo sostuvo mientras su padre se acercaba a inspeccionarlo.
—Sobrevivirá —dijo y, después de un rápido vistazo a la llaga, señaló el suelo—. Suéltalo ahí, va a desmayarse.
Ciertamente, Ronald cerró los ojos y cayó como un muerto sobre sus brazos. Will, muy preocupado a pesar de las alentadoras palabras de su padre, lo tendió cuan largo era sobre la hierba.
—Despierta, tontorrón —le dijo palmeando su cara hasta que pareció volver en sí .
—¡Me estoy muriendo! —chilló, aferrándose a su camisa.
—Tranquilízate, Ronald, mi padre dijo que no es para tanto.
—¿Que no es para tanto? —repitió, mirándose con terror las manos ensangrentadas.
De pronto, sus ojos se volvieron blancos y perdió la consciencia otra vez. Will bufó, cansado. Palmeó sus mejillas para espabilarlo, pero solo balbuceaba algo sin sentido. Will acercó su oreja a su boca y escuchó su murmullo:
—Ríete —Will parpadeó, estupefacto—, niña Catalina.
¿Nombraba a su hermana? ¿Por qué? Lo miró extrañado. Era un sinsentido, pero no tenía tiempo para tonterías en ese momento. Entonces distinguió al gallowglas que había luchado con él en la tercera prueba.
—¡Domhall! —llamó—. ¿Puedes quedarte con él, por favor?
Este se giró con la respiración agitada y la espada manchada de sangre. Miró el cuerpo del pelirrojo, evaluando su estado.
—¿Está muy mal?
—No, se ha desmayado —respondió—. Solo será hasta que despierte.
—Si me lo pides por favor... lo haré —dijo con media sonrisa—. Pero no es “por favor” como lo pide un verdadero líder.
Aquello le pinchó, aunque llevara razón. Le llevaría un tiempo acostumbrarse a mandar junto a su padre.
—Lo sé —replicó—. Necesito que lo hagas.
—Está bien. Me quedaré con él.
—Gracias.
—Tampoco suelen dar.. .
Will se levantó y miró con fijeza.
—¿Sabes algo que aprendí de Tormod el primer día que llegué al campamento? —Domhall arqueó las cejas—. Que un gallowglas no es un salvaje.
Will no escuchó su carcajada ni vio su semblante satisfecho, pues ya corría en busca de los demás.
Miles y Edward, junto con otros soldados, cargaban los cuerpos de los casacas muertos y los amontonaban a un lado.
Cameron y los demás recogían ramas secas para formar una gran hoguera donde luego serían quemados.
No quedarían pruebas de nada; nadie sabría lo que había pasado allí esa noche.