Almas Rebeldes XXXVII
83%

XXXVII

—¡Padre! —gritó Will al ver el rostro de su padre justo frente a él. Un profundo lamento quebró su voz al volver a llamarlo—. Padre...

—¡Hijo mío!

En dos zancadas, Andrew se abalanzó sobre Will, quien se aferró a él con una profunda necesidad.

Todo se detuvo a su alrededor; incluso el fuego que casi los devoraba pareció dejar de arder.

El choque de ambos fue brutal: se fundieron en el alivio, el miedo y el amor que llevaban demasiado tiempo sin demostrarse.

El fuego iluminaba las siluetas inmersas en un abrazo tan emotivo que hasta Ronald se tomó un segundo para observarlos. Andrew apretó a su hijo con más fuerza, como si temiera que se esfumara entre ese humo que los envolvía.

—Pensé que no volvería a verte —murmuró el guerrero con voz rota.

Will hundió el rostro en el hombro de su padre y respiró con toda la calma de la que era capaz.

—Estoy aquí, padre —susurró—. Sabía que vendrías.

Andrew se separó para tomar el rostro de Will entre sus manos .

—Hijo, estoy contigo, pero lo que viene ahora será lo más duro que habrás enfrentado. —Su mirada se ensombreció—. Entre esos ingleses está ese maldito factor, ese que lleva años buscándome para llevarme a la horca.

Will ya lo sabía. Ronald se lo había contado cuando llegó por primera vez al bosque.

Su padre quería hacerle ver que aquel despliegue no podía ser fortuito.

Como señaló Ronald, era extraño que un factor se embarcara en algo tan colosal tan al norte de las Highlands.

Le dio muchas vueltas hasta comprenderlo: Conall no estaba allí solo para atrapar a los gallowglas; también buscaba apresarlo a él para implicar a Andrew y acusarlo por fin de traición.

Comenzó a encadenar culpas sin sentido, sintiéndose el ser más horrible de la tierra. Si hubiera seguido su instinto y no hubiera acudido al encuentro con los gallowglas aquel día en las ruinas... Si hubiera vuelto antes. Si nunca hubiera hecho aquel viaje...

—Eh, nada de esto es culpa tuya —adivinó Andrew en sus ojos como siempre hacía—. Ese hijo de puta me hubiera buscado hasta el fin de sus días para matarme. Si no así, de cualquier otra forma.

Will asintió con expresión grave.

—Entonces, acabaremos esto juntos —respondió furioso.

—Juntos como siempre.

El grupo a su alrededor los vitoreó, exaltados.

Will respiró hondo, muy emocionado.

—¿Qué tienes pensado, padre?

Andrew McPherson se separó al fin de él y se colocó frente a los demás. Tormod lo observaba taciturno, Aodh con una enorme sonrisa, los otros parecían aliviados.

—Tormod, cuando esto termine hablaremos —dijo con voz amenazante .

—Hola de nuevo, Andrew —saludó el otro con expresión sobrada—. Si se trata de tus armas...

No le dio tiempo de decir nada más, pues Andrew, en dos zancadas, le propinó un fuerte puñetazo en la mandíbula que lo hizo tambalear. Sin embargo, la mole no cayó y Andrew lo aferró del cuello para colocarle una daga en la garganta.

—Eso es por lo de mis armas —dijo entre dientes, acercándose a solo un dedo de su cara y apretando el cuchillo en su cuello—. Esto por implicar a mi familia.

El gallowglas lo observaba furioso. Había despertado su instinto asesino y apenas podía contenerse para defenderse.

—Eso... —comenzó a susurrar—. El destino lo puso en mi camino como un regalo de los dioses, es cierto... Pero yo no lo obligué a convertirse en uno de nosotros, McPherson.

Andrew abrió mucho los ojos, sorprendido.

Aodh puso una mano en su hombro, intentando apaciguar lo que sabía que ardía en su interior.

—Andrew, tranquilízate. Tormod no habla en serio, es un provocador de mierda, ya lo conoces.

—Padre, suéltalo —pidió Will dando un paso adelante.

Andrew los ignoró y siguió arañando la garganta de Tormod.

—Eso no es cierto —gruñó a punto de perder el control, pues en la expresión de Tormod no existía la mínima duda.

—¡Padre! ¡Suéltalo! —vociferó Will agarrándole la mano con la que estaba a punto de matarlo—. Elegí ser el líder de su pueblo.

Andrew ladeó la cabeza hacia su hijo. Asqueado, dio un empujón a Tormod para apartarlo de su vista, pero no dejó de apuntarlo con el arma. Este retrocedió unos pasos todavía alerta, mientras se llevaba la mano al arañazo de su cuello.

—¡Maldita sea! ¿Por qué? —preguntó con consternación, agarrándolo de las solapas del abrigo—. ¿Por qué lo hiciste? No puedes seguir con ellos. Tu futuro está con esa pelirroja del demonio, con tu madre y tus hermanos.

Will respiró hondo varias veces para calmarse. No podía explicarle su plan en ese momento. No había tiempo para ello.

—Padre, solo te pido que confíes en mí —dijo clavando los ojos en los de él, tan tormentosos como los suyos—.

Me pediste que fuera feliz, y eso es lo que he intentado hacer.

Tus palabras me ayudaron a decidirme, pues ni el miedo ni la culpa pueden seguir guiando los pasos de estas gentes, ni tampoco los tuyos o los míos.

Nada volverá a ser como antes, y si no nos unimos al enemigo, tenemos que vencerlos. En cambio, juntos podemos derrotarlos.

Andrew lo miró primero con desconcierto; después, su expresión se transformó en profundo orgullo. El fuego lo iluminaba y mostraba la tensión de sus hombros, la dureza de la mandíbula y el brillo húmedo de sus ojos.

—Podemos perderlo todo, hijo.

—Padre, tú fuiste... Sigues siendo uno de ellos —dijo controlando las ganas de toser por el fuerte humo que comenzaba a concentrarse—. No podemos dejarlos. Confía en mí y vamos a luchar juntos para proteger lo que tú ya comenzaste.

Andrew apretó los labios, conteniendo la emoción que lo desbordaba.

—Siempre confié en ti —admitió—. Incluso cuando tú no lo hacías, yo confiaba en ti. Incluso cuando te fuiste y te creía perdido.

Will sonrió a su padre con cariño. Amaba a aquel hombre rudo y paciente. Siempre sería su ejemplo de vida, a pesar de su oscuro pasado y de las veces que había dudado de sí mismo .

—Entonces, déjame demostrártelo.

Andrew soltó el aliento lentamente.

—Venceremos, hijo mío —susurró y se giró hacia los otros que los observaban conmovidos. Entonces levantó el puño en alto y rugió—: ¡Venceremos a esos hijos de puta! ¡Los quemaremos en su propio fuego!

El grupo aulló, exaltado, y levantaron sus armas, más crecidos que nunca.

Andrew apoyó una mano en su nuca y lo atrajo, uniendo sus frentes.

—Y recuerda: ni el tiempo vuelve, ni la historia se repite —dijo—. Hagamos que esta noche tampoco se repita para ellos.

Luego, sin esperar a que contestara, se giró hacia el grupo de gallowglas. Con la mano en el pecho, paseó la vista por cada uno de ellos, que lo imitaron en señal de respeto.

—Si no vamos a unirnos a ellos, tendremos que vencerlos.

Aodh, cogiéndolo desprevenido, rompió el emotivo momento, abrazándolo con fuerza y plantándole un sonoro beso en la mejilla. Los demás rieron a carcajadas.

—Maldito seas, Aodh —dijo Andrew, empujando al rubio con vehemencia—. Voy a tener que hablar con tu mujer. Eres demasiado cariñoso, joder.

El rubio le guiñó el ojo, zalamero.

—Te echaba de menos, capullo.

—Ya veo, yo. —Pasándose una mano por la cara, añadió—. Todavía no he olvidado tu culo rosa, es.. .

Andrew no terminó la frase. Unas yardas más adelante, justo donde acababa el bosque, sonó una cortante corneta. Todos quedaron petrificados y la camaradería se esfumó como el humo.

—Padre... —murmuró Will, acercándose un paso, pero su padre levantó una mano para detenerlo.

La corneta volvió a sonar, esta vez más cerca. Los ingleses avanzaban reorganizando sus filas tras el ataque a los que portaban las antorchas. Miles, Edward, Cameron y Ronald se pusieron en guardia, los demás los imitaron.

Andrew apretó los dientes.

—Ese cabrón está avanzando, quiere quemarnos vivos.

—¿Qué hacemos? —susurró a su lado.

Justo al decir eso, Andrew se llevó los dedos a los labios y silbó tan fuerte que a Will le pitaron los oídos. Pronto, otro silbido se escuchó en la linde del bosque, y a este le siguió otro más en la lejanía.

—Escuchad todos —dijo mirando el fuego que se hallaba a poca distancia de ellos y cada vez era más insoportable—. Ahora los nuestros los cercarán por detrás. Tenemos que aguantar aquí o nos acribillarán a balazos en cuanto pongamos un pie fuera de este bosque.

—¿Crees que es posible que nos acierten sin luz? —preguntó Miles.

—El fuego tan cerca nos delata, amigo. Somos un blanco demasiado fácil.

—Los gallowglas se inclinaron hacia él, atentos—.

Aodh y quince más, por el flanco izquierdo.

Cortadles el paso si se atreven a entrar.

Williams, Ronald y otros quince, conmigo, por la derecha.

—Fijó la vista en Tormod, quien no parecía nervioso, sino más bien resignado—.

Tú entrarás con el resto cuando oigas mi silbido de nuevo. No antes .

La corneta sonó otra vez, más fuerte.

—¡Por la sangre! —gritó y los gallowglas se dispersaron entre los árboles, silenciosos, rápidos, invisibles.

Tal y como indicó Andrew, todos se colocaron y aguardaron la llegada de Irving y los demás guerreros apostados en la retaguardia.

Will, agachado y camuflado entre las plantas, aguardaba inquieto cualquier señal para cargar contra los casacas, a quienes veía desde su posición.

Más atrás, el factor se paseaba a caballo junto al capitán de los Campbell.

Su padre, a su lado, parecía estar muy tranquilo, como si aquello formara parte de su rutina diaria.

Todo era tan inverosímil... Meses atrás era un mercader con una fortuna suficiente para impresionar a los McAllen.

En ese momento, recordar que ella había cruzado Escocia para estar con él, con o sin fortuna, lo hacía sentirse estúpido.

Y eso lo llevaba a preguntarse una y otra vez: si hubiera confesado sus sentimientos mucho antes a Psique, ¿ella habría respondido de la misma forma?

No estaba tan seguro. ¿Había sido necesario que sucediera todo aquello para que Psique se diera cuenta de que también lo amaba?