Almas Rebeldes XXXVI
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XXXVI

Con cada paso dado entre esos árboles, Will sentía que era un honor llamarse gallowglas. A su lado, Tormod y Aodh caminaban con seriedad, sabiendo que no les quedaba tiempo.

El bosque los había protegido durante años.

Les dolía en el alma verlo arder, pues el hecho de no ser escoceses puros, sino mestizos de un linaje mucho más salvaje, no los convertía en extranjeros bajo su amparo.

Siempre serían guerreros sin tierra ni futuro y, en ese momento, eran libres de morir luchando.

Aodh ajustó la correa del cinto, del que colgaba la espada corta. Con firmeza, empuñaba en la otra mano el hacha de doble filo. Murmuró en gaélico una plegaria a los espíritus para que vigilaran su camino.

Tormod, más silencioso, avanzaba un paso por delante, armado con su mandoble y atento a cada crujido que delatara al enemigo. Parecía corroerlo la impaciencia por conocer a su diosa.

Will sentía el peso de su espada como parte de él. Con ella portaba una promesa de vida y de muerte digna. Esa hoja sería la que lo sentenciara o le abriera las puertas del cielo .

Solo lo consumía el dolor de no volver con Psique. Fallarle lo devoraba. No quería morir, quería regresar con ella, pero ese sería su destino si la ayuda no llegaba a tiempo.

Intentaba mantenerse imperturbable y pensar que no todo estaba perdido. Sin embargo, con cada paso sentía que se hallaba más cerca del fin. Entre raíces antiguas, todo apuntaba a que sus cuerpos arderían sin una tumba que los recordara.

El cielo comenzaba a oscurecer. Tras ellos brillaba un fuego devorador que los empujaba a escapar.

Un zorro pasó a su lado huyendo. Esta vez no consideró a Will una amenaza, sino un igual.

Pero él no huiría: lucharía hasta el último aliento por volver junto a Psique.

Era el deseo que lo impulsaba a avanzar.

Quedaban pocas yardas para llegar al valle donde los aguardaban los ingleses. El momento se acercaba y el resplandor del incendio iluminaba la penumbra y anunciaba que pronto serían parte de ese bosque, de sus cenizas y de su historia.

Tormod levantó un brazo y todos se detuvieron de golpe. Will aguardó expectante, con los músculos tan tensos que dolían.

—Quiero deciros lo orgulloso que estoy de haber sido vuestro líder durante estos últimos años. —Se giró y paseó la mirada por cada uno de ellos—. Pero mi tiempo ha terminado y no sería justo seguir fingiendo lo contrario.

Ni siquiera se escuchó un murmullo. Solo el crepitar del fuego, los silbidos y los estallidos de las piñas al arder hacían eco a sus palabras.

—Habéis sido mi familia —continuó—. Por eso debéis conocer la decisión que ya tomé hace unos días antes de caer en la batalla.

Will dio un paso adelante.

—¿Qué estás diciendo? —susurró, aunque ya lo sabía .

Tormod lo miró con cariño y a Will se le estrujó el corazón.

—Que abandono mi puesto de líder. El camino que sigue no es mío.

Todos contuvieron el aliento. Will cerró los ojos, muy afligido, lamentando que abandonara su lugar antes de luchar. Siempre pensó que le cedería el liderazgo después de morir.

—¿Te rindes? —preguntó al fin uno de los guerreros, muy decepcionado y con alarma en la voz—. No puedo creerlo.

Tormod guardó silencio. Sabía que se merecía que lo sentenciaran a muerte por haberles llevado a una situación tan peligrosa.

—¿Y quién nos guiará a partir de ahora? —preguntó otro con enfado, pero sus ojos se iluminaron de repente—. ¿Aodh?

—No, amigos —respondió con rapidez—. Para eso uno debe ser serio y ya me conocéis. —Al ver sus caras de disgusto, agregó—: Pero tenemos un candidato perfecto que me librará de aguantaros.

—Yo os guiaré —intervino Will, sorprendiéndolos a todos.

La tensión creció y nadie decía nada. Tormod dio un paso atrás y continuó hablando:

—No temáis —añadió con calma—. Williams sabe lo que hace.

Will sentía el peso de todas las miradas sobre él y, con toda la firmeza que pudo reunir, añadió:

—Si alguno de vosotros no está de acuerdo, lo comprenderé.

Sé que llevo muy poco tiempo entre vosotros, pero no por eso me siento menos gallowglas.

Este pueblo me ha enseñado que unidos nos mantenemos vivos, que un hombre no es nada sin los que marchan a su lado.

—Dio un paso más al frente y los miró uno a uno—.

Si me aceptáis, lucharé por vosotros como si hubiese nacido en vuestras tierras.

Y si caigo, lo haré sabiendo que he defendido a mi familia.

Aodh inclinó la cabeza, satisfecho. Otros apretaban los puños, muy emocionados por la despedida y escépticos con el inesperado nombramiento.

El fuego detrás de ellos lanzó una llamarada que iluminó a Will, haciéndolo parecer una figura poderosa.

Los guerreros se sintieron sobrecogidos, como si aquello no fuese fortuito y en realidad hubiera sido una señal de los dioses.

Tormod sonrió, orgulloso. Al segundo, todos inclinaron la cabeza en señal de respeto.

—Entonces, que todos lo escuchen. Desde este momento, Williams McPherson habla por vosotros —sentenció el grandullón, dándole una fuerte palmada en la espalda que casi lo derribó.

Algunos rieron por su torpeza, pero Will leyó en sus ojos una confianza que le llegó al alma. Sin pretenderlo, crecieron en su interior la responsabilidad y la determinación. Y, siendo sincero, creyó poder salvarlos.

—Tormod, no vamos a morir hoy, ni tú, aunque te empeñes —dijo convencido—. Mi padre viene de camino.

Con una mirada amenazante le advirtió que no le replicara.

—¿Es cierto eso? —preguntó uno con asombro.

—Os aseguro que él está ahí fuera, esperando el momento de atacar.

—Entonces, ¿qué nos mandas hacer, Williams? —preguntó Aodh, llamándolo por primera vez por su nombre.

—Ganar tiempo .

Ronald

Los soldados cabalgaban sin descanso desde hacía dos días.

No quedaba mucho para llegar al bosque. Tras la colina se abría el enorme valle; al coronarla, al fin lo avistarían.

Por suerte, todavía quedaban unas horas de sol para recortarle millas al tiempo.

Después, según se desarrollaran los acontecimientos, actuarían.

Gracias al cielo, Psique había cedido a ir con dos soldados junto a Catalina. Ellos las protegerían mientras aguardaban en el antiguo poblado de los proscritos.

Era extraño, pero, desde que su amiga se había reencontrado con Will, parecía haber madurado de golpe.

Ronald nunca había tenido dudas sobre los sentimientos de Will hacia ella ni sobre los de ella hacia él, aunque Psique todavía no los hubiera descubierto.

No obstante, tras aquel encuentro, irradiaba un coraje nuevo y una seguridad en sí misma que él jamás le había visto.

Por eso, todavía le costaba asimilar sus palabras, justo antes de partir:

—Gracias por tanto, amigo mío —confesó emocionada, abrazándolo con efusión—. No dejes que te corten ni un pedacito de ti. Vales oro, Ronald Scott.

—Bueno, tal vez si me cortan la lengua te ahorres unos pocos chistes malos —bromeó, apretándola contra sí con cariño.

Ella se separó y lo miró con ojos brillantes.

—No dejes tampoco que el miedo se apodere de ti. Cuando sientas que ocurre, piensa en la persona que te gustaría hacer reír. Eso te hará volver —susurró, tocando su pecho con los dedos, justo donde latía su corazón—. Tienes mucho que ofrecer, amigo. Mucho más de lo que tú mismo crees .

Él bajó la mirada. No estaba acostumbrado a que nadie lo viera de esa forma tan íntima.

—Ojalá pudiera creerte —respondió con una sonrisa torpe.

—Créeme porque yo te he visto no solo cuando bromeas, sino también cuando callas, escuchas o me proteges pensando que no lo noto. Eres muy valiente.

Ronald tenía un nudo en la garganta que apenas le dejaba hablar. Alrededor, los soldados preparaban sus caballos y aseguraban sus armas.

—Y tú... —comenzó a murmurar Ronald y chasqueó la lengua—. Creo que sé en quién pensarás cuando tengas miedo.

Ella sonrió, contagiándole su entusiasmo al instante. Siempre opinaría que su dulzura resucitaría a un muerto.

—Dile que lo espero —pidió feliz—. Ve y vuelve entero, amigo.

—Volveremos, pelirroja —prometió guiñándole el ojo.

Mientras recordaba con una sonrisa esa última conversación con Psique, olisqueó un intenso olor a humo.

Miró el cielo intentando dilucidar de dónde provenía, y descubrió en el horizonte una enorme humareda oscura.

Una sospecha sobrecogedora se instaló en su pecho.

Apretó las riendas y azuzó su caballo hasta colocarlo junto al de Andrew.

Este entrecerraba los ojos, pensativo.

—Ronald, dime que ese bosque no está detrás de esta colina.

—Señor... —comenzó a decir, pero se corrigió—. Andrew, ojalá pudiera hacerlo.

El guerrero cerró los ojos un segundo y, cuando los abrió, Ronald no vio ni una pizca de luz en ellos.

La oscuridad parecía haberlo poseído, como si el mismísimo diablo hubiera extendido su garra y tomado su alma.

Con un escalofrío recorriéndole la espalda, Ronald supo que el antiguo gallowglas había vuelto.

Abrió la boca y su voz áspera cortó el aire:

—No habrá piedad esta noche.

Los demás guerreros se tensaron y Ronald sintió cómo su corazón golpeaba con violencia su pecho.

—Andrew, déjame ir primero para ver la situación.

El viento sopló entre ellos, levantando el polvo. El gallowglas asintió, pero luego le dirigió una mirada de advertencia.

—Iremos juntos.

La noche cayó sobre ellos como un manto amenazante y, al mismo tiempo, protector.

Los convertía en sombras invisibles en mitad de la oscuridad.

Al coronar la colina, el incendio le robó el aliento a Ronald.

Las llamas devoraban una enorme extensión del bosque.

Andrew apretaba los puños, contenido. Ronald moría por partir, temeroso por la vida de su amigo.

Tras tomar una decisión rápida, los líderes concretaron acercarse en silencio para valorar cómo atacar.

Pronto, los líderes, junto con algunos guerreros, cruzaron el valle a caballo. Iban con el corazón en un puño, viendo arder parte de sus esperanzas. Cuando estuvieron cerca, desmontaron y avanzaron ocultos entre la maleza.

Andrew levantó la mano, ordenando detenerse.

—Ahí —susurró.

A través de las plantas, distinguieron a los casacas. No eran pocos. Aguardaban a que, más adelante, los Campbell prendieran los árboles con antorchas .

Ronald reconoció entre los soldados una figura rígida y oscura. Andrew tenía la vista fija en ella, como un depredador al acecho, a punto de saltar sobre su presa.

—Es el factor del que te hablé —susurró Ronald.

Entonces, una antorcha iluminó su rostro mostrando a un hombre de facciones afiladas como las de un cuervo.

—Sospechaba que sería ese bastardo...  —murmuró—. Lleva años persiguiéndome.

Ronald recordaba los continuos asaltos a los que se veían sometidos los McPherson.

En su infancia, en más de una ocasión los soldados habían invadido su hogar y tierras, y los rumores hablaban de un hombre cuervo que confiscaba muchas de sus armas.

La mala fortuna parecía cebarse de nuevo con Andrew al reconocerlo entre los casacas.

El factor caminaba entre los ingleses con soberbia y altanería. Su mirada recorría el bosque con satisfacción vengativa.

Andrew respiró hondo, conteniendo la furia.

—Escuchad. No atacaremos por ahora. Esperan a que salgan los gallowglas escondidos en el bosque. Quieren desesperarlos.

—¿Qué propones? —preguntó Miles a su lado.

Cameron y Edward también aguardaban rezagados el plan de ataque. El único que se había quedado atrás era el padre de Psique, Irving McAllen, quien aguardaba la orden para guiar al resto del grupo y atacar a los ingleses por la retaguardia.

Andrew señaló el flanco derecho, donde el fuego todavía no había llegado.

—Avanzan en línea. Si rodeamos por la zona oscura, podremos cortarles el paso sin que nos vean venir.

Primero eliminaremos a los que llevan antorchas, dejándolos ciegos.

No podrán utilizar los mosquetes sin luz.

Creerán que estamos solos y nos enfrentarán con sus espadas.

Mientras, Irving y el resto los cercarán por detrás sin que lo noten.

Miles Allan sonrió, satisfecho. Los otros asintieron, conformes.

—¿Y el factor? —preguntó Ronald, excitado por la impaciencia que comenzaba a dominarlo.

Andrew apretó la mandíbula.

—Conall es mío.

Ronald explicó el plan a uno de los soldados y este partió para comunicárselo al resto del grupo, que aguardaba en el valle la orden de avanzar. Ellos irían por la derecha, les cortarían el paso y los enfrentarían; el resto los rodearía y esperaría un silbido de Andrew para atacar.

Las sombras avanzaron a la orden del gallowglas, que se había convertido en parte de aquella oscuridad infinita. Mientras tanto, el fuego seguía devorando el bosque con fiereza y rapidez. El calor era intenso, hasta resultar sofocante. El humo era un aliado que, junto con la maleza, los ocultaba.

Pasaron los minutos en silencio. Ronald oía solo su respiración sobre los gritos de los casacas y el crepitar de las llamas. Aguardaban la señal de Andrew para avanzar hacia el bosque. Y entonces, lo vio.

Ronald lo habría reconocido en cualquier parte.

Siseó para llamar la atención de Andrew y señaló un punto concreto entre los árboles.

Al instante, este se tensó; sin embargo, enseguida el alivio se adueñó de sus facciones, como quien agradece el mayor regalo del cielo.

Cerró los ojos en una plegaria silenciosa y, cuando los abrió, parecía haber crecido de tamaño.

—Vamos —ordenó .

Ronald y los demás lo siguieron y corrieron entre los matorrales hasta alcanzar los árboles para unirse a los gallowglas.

El resto atacaba con fiereza a los soldados con antorchas, sorprendiéndolos y sumiendo el lugar en una oscuridad terrorífica, repleta de un vaivén de sombras, solo iluminada por el fuego que avanzaba imparable.