Almas Rebeldes XXXV
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XXXV

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Andrew avanzaba movido por un sentimiento oscuro que conocía bien y que llevaba mucho tiempo dormido bajo capas de estabilidad familiar.

Quisiera o no, los peores años de su existencia fueron también los que forjaron una amistad imborrable con aquellos gallowglas a quienes consideraba sus hermanos de sangre.

Había compartido tanto con ellos que era imposible ignorarlos, aunque él ya se hubiera despedido de esa forma de vida.

Después de tanto sufrimiento, era feliz junto a una esposa que lo miraba como a un hombre digno de paz y unos hijos a los que amaba más que a nada.

Con esfuerzo, se había forjado un futuro respetable, lejos del pillaje y la ilegalidad.

Ya no era un mercenario. Su día a día no exigía blandir el acero contra nadie ni ser más astuto que otros para sobrevivir.

La ternura y la constancia habían sustituido aquella vigilancia constante del puñal que antes guardaba bajo la almohada.

Aun así, el instinto seguía latiendo bajo la piel con la certeza de que, si llegaba el momento, sabría proteger lo que amaba con la misma ferocidad de antaño. Los gallowglas habían moldeado su alma y, a pesar de haber dejado de liderarlos, sería uno de ellos hasta la muerte.

Apretó los dientes al acordarse de Tormod.

Era un tozudo, el peor, y, pese a ello, comprendía muy bien por lo que debía de estar pasando.

Años atrás, él también se había sentido muerto y sabía lo que era no encontrarle sentido a la vida.

Incluso había puesto en peligro la vida de otros por su obsesión por poseer lo que no era suyo.

Sin embargo, lo de Tormod no era obsesión, sino rendición.

La mensajera gris apareció en uno de sus palomares cinco meses antes de que Ronald llegara apaleado con la nefasta noticia del secuestro de Will.

Catalina, su hija, había entrado en su taller llevándola entre las manos como un tesoro.

Sus ojos, tan parecidos a los de su madre, lo miraban con curiosidad, como si presintiera que se trataba de un mensaje fuera de lo común.

Abrió las manos y la paloma desplegó el ala temblorosa, revelando un detalle que le heló la sangre: un pequeño lazo negro atado a la pata derecha.

Al ver el color, Andrew sintió que algo antiguo despertaba en su interior. Aquel color no era casual; aquella raza de paloma mensajera, la Carrier pigeon, tampoco.

Recibía con asiduidad encargos de armas de amigos que vivían lejos y mensajes breves enviados con palomas de razas más comunes. Esta, en concreto, estaba entrenada para soportar vientos fuertes y lluvias torrenciales, y era capaz de cruzar pasos montañosos difíciles en trayectos largos.

Y lo más inquietante era que solo una persona las usaba con él: el viejo Donald.

Andrew esperó a que su hija saliera con el animal y desató con rapidez el lazo que sujetaba el pergamino doblado.

En él figuraban un lugar y una fecha. Era el aviso de algo demasiado urgente para un gallowglas retirado como él .

Habían pasado muchos años desde la última vez que Andrew vio a sus compañeros, pero reconoció en Fiona el mismo espíritu salvaje que los había unido.

Sabía de la aversión de su amigo hacia las pelirrojas: no había ninguna de la que no desconfiara ni de la que no se alejara unas cuantas millas si podía.

Por eso, cuando se citaron meses atrás en el lugar acordado por Donald, no pudo esconder la sonrisa mientras recordaba aquella ironía:

—McPherson, me alegra conocerlo por fin —dijo la mujer con sinceridad, ofreciéndole la mano como a un igual.

—Lo mismo digo, señora McRaith —respondió mientras le estrechaba la mano—. Nunca imaginé que la esposa de mi amigo sería pelirroja. Es más, creí que no llegaría a casarse.

—Pues no le voy a mentir —dijo la enorme mujer con una sonrisa amplia—. Le costó bastante que yo aceptara. Bueno, supongo que ya conoce lo tozudo que puede ser.

Andrew asintió, pero su expresión ya no era amistosa. Ese encuentro era arriesgado y no debía alargarse.

—Dígame, por favor, qué ha ocurrido para que Donald no pueda solucionarlo él mismo.

—Lo que voy a contarle quiero que lo interprete como el padre que es ahora y no como el guerrero que era antaño. —Sopesó sus palabras antes de seguir—. Usted es un gallowglas le guste o no, y sé que entenderá por qué mi pueblo le pide ayuda.

A Andrew se le hizo un nudo en el estómago.

—La escucho —aceptó con la misma seriedad que ella.

—Desde que los ingleses mataron a nuestro hijo en un ataque al poblado, Tormod no ha vuelto a ser el mismo. Se ha perdido y solo le importa la venganza, cueste lo que cueste...

Andrew escuchó atentamente todo lo que tenía que contarle aquella esposa desesperada. Él mismo se había destruido durante buena parte de su vida; sin embargo, nada lo había preparado para aquello ni para lo que se avecinaba.

La destrucción de lo que, con los años, se había convertido en un pueblo; la violación y el asesinato de tantos niños y ancianos; el sometimiento de sus mujeres...

Nada podía justificar el salvajismo de esos ingleses.

Él mismo llevaba años haciendo la vista gorda ante las irrupciones de Conall McNab, el Cuervo, en sus tierras, empeñado en acusarlo de traidor a la Corona.

Lo aguantaría todo por proteger a su familia.

Pero aquello... aquello era una verdadera aberración en el peor sentido de la palabra.

Tras escucharla, la despidió con una promesa que ya no podría romper, pues el juramento de un gallowglas era ley.

Por eso sabía qué se jugaba en aquel rescate.

Y por eso estaba al tanto del viaje de Tormod y Aodh a las Lowlands en busca de armas para apoyar a algunos pequeños clanes que se preparaban para luchar.

¿Fue casualidad que sus caminos se cruzaran con el de su hijo?

Tal vez, aunque él no creía en las casualidades.

Cuando Ronald le contó que Tormod y Aodh se lo habían llevado, supo que había llegado el momento de tomar de nuevo las riendas de todo y cumplir su juramento.

Tiró con fuerza de las riendas para detener su caballo. Dos jinetes se acercaban en la distancia a campo abierto. Sin miedo, confiados... Con suerte, uno de ellos sería su hijo.

No obstante, el cabello pelirrojo de ambos jinetes le dio la respuesta. Psique y Ronald regresaban del lugar al que habían ido esos días. Respiró aliviado al verlos vivos.

Después de que Ronald regresara acompañado de Cameron e Irving McAllen y le comunicara que un ejército inglés buscaba a los gallowglas y a su hijo, apenas controlaba la furia.

Pero, muy a su pesar, debía utilizar la cabeza.

La insistencia de su mujer para que actuara casi lo volvió loco; aun así, había conservado el temple suficiente para idear un plan de ataque.

Por ello, no debía dar ningún paso en falso o arrastraría a su familia con él. Si los acusaban, serían desterrados o, peor aún, conducidos a la horca por traición.

No obstante, la huida de aquella McAllen entrometida y del amigo de su hijo había disparado las alarmas en el campamento y los había obligado a tomar una decisión junto con los demás líderes.

Finalmente, dejando atrás cualquier temor, irían en su busca y defenderían a los suyos de los malditos ingleses.

Era la única opción que les quedaba si querían salvarlos.

Ninguno permitiría que se repitiera lo sucedido en aquel poblado.

Juntos siguieron el rastro de los ingleses para encontrar el nuevo asentamiento de los gallowglas.

A pesar de su reticencia, Catalina fue trasladada junto con dos de sus hombres de confianza a un lugar seguro, hasta que todo terminara.

En aquel momento, con la vista fija en los dos jinetes que se acercaban a galope tendido y el corazón latiendo a un ritmo exorbitado, esperó las noticias que traían.

Psique

Psique gritó eufórica desde su montura y levantó una mano al distinguir, por fin, a los hombres de Andrew. El gran alivio casi la hace resbalar del caballo. Ronald permanecía tan concentrado sobre su montura que ni siquiera notó el desliz .

No los esperaban tan cerca. ¿Acaso habían decidido cargar contra los ingleses a pesar del riesgo? Negociar con ellos ya no era posible: habían atacado el bosque hacía dos días.

El grupo se detuvo al verlos. Andrew, su padre y los demás líderes iban al frente. Sus ceños fruncidos no auguraban nada bueno, pero a ella eso ya no le importaba. Debía cumplir el plan de Will. Ella era una carta más de aquella partida y nada ni nadie impediría que jugara su mano.

Ronald y ella frenaron sus caballos a solo unas yardas y aguardaron, expectantes y extenuados por la incesante marcha. Reinaba el silencio y Psique sintió que el corazón le golpeaba en el pecho mientras temblaba de alivio.

Andrew e Irving espolearon al fin sus caballos y avanzaron unos pasos. Su padre la miraba con el ceño fruncido y expresión de reproche, pero era McPherson quien la preocupaba. Este fijó la mirada en ella, tratando de adivinar lo que pensaba antes de que se lo comunicara.

—Will está vivo —murmuró Psique con la voz ronca por la emoción—. He hablado con él... Está bien.

Andrew soltó el aliento poco a poco. Por un instante, la misma emoción se reflejó en sus ojos y no parecía el guerrero imperturbable y severo que aparentaba siempre. Asintió conmovido, pero pronto recuperó la rigidez de sus hombros y esa mirada fría que tanto intimidaba.

Su padre callaba, observándola con una mezcla de alivio y decepción que la estrangulaba. Ella se obligó a mantenerse firme, sin flaquear, y cumplir con el plan.

—Donald me dio un mensaje para usted —dijo tras aclararse la garganta—. El pueblo avanza hacia el antiguo poblado del valle, señor McPherson.. .

—El factor y los ingleses atacaron el bosque hace dos días —añadió el pelirrojo al notar que la emoción le impedía continuar—. Will y los gallowglas no aguantarán mucho.

Andrew cerró los ojos un segundo, asimilando el golpe. Luego los abrió con una determinación feroz.

—Will prometió volver, pero necesita su ayuda... —dijo Psique en voz alta para que todos la escucharan. Poseída por la desesperación y el miedo contenido, vociferó—: ¡Necesita la ayuda de todos nosotros para salvarlos!

¿Andrew McPherson la miraba con orgullo? Quizás era el cansancio, pero había un brillo cálido en su mirada, uno que jamás pensó llegar a ver.

Andrew se enderezó sobre el caballo.

—Acudiré a su llamada con todo mi ser —declaró—, como padre y como gallowglas.

Sin esperarlo, colocó su mano sobre la de ella y la apretó con cariño.

—Gracias, John —le dijo con una sonrisa sincera. Luego añadió—: Como suegro, espero volver a verte más adelante.

Psique se ruborizó y no supo qué contestar; ni siquiera le resultaba fácil soltar el aliento. Al ver su turbación, el guerrero se volvió hacia Ronald y le clavó una mirada intensa. En voz alta, para que todos lo escucharan, gritó:

—Desde que supe que los ingleses iban detrás de mi hijo, mi intención fue negociar con ese factor y entregarme a cambio de su vida.

Pero para eso ya es tarde. Ellos han atacado primero y me veo obligado a defender lo mío.

Sois libres de seguirme o de volver sobre vuestros pasos; ya os lo advertí antes de comenzar esta andadura.

Pero no voy a mentiros: necesito la ayuda de cualquiera que esté dispuesto a acompañarme a luchar .

Un murmullo recorrió al grupo. Algunos intercambiaron miradas de excitación; otros ajustaron sus correas, con la decisión tomada desde antes de que se lo propusiera.

Ronald sonrió, sintiendo que ese hombre, al que consideraba un segundo padre, volvía a confiar en él.

—Será un honor luchar con usted, señor McPherson —dijo Ronald con energía.

—Llámame Andrew, por favor —respondió, aceptándolo con un asentimiento de cabeza.

—Gracias, Andrew —pudo decir el pelirrojo, pues temblaba.

Psique vio que su tío Cameron avanzaba con el caballo hasta colocarse al lado de su hermano.

—No dejaremos que luches solo, amigo —dijeron los mellizos al unísono, como si se hubieran puesto de acuerdo. Provocaron algunas risas entre los hombres, incluida la de Andrew.

Uno a uno, los demás guerreros asintieron, conformes. Y aunque no eran un ejército, formaban un grupo de soldados temible y experimentado.

—¡Ya es hora de dar una lección a esos ingleses de mierda! —rugió Miles un poco más atrás, contagiando su euforia al grupo, que respondió con vítores exaltados.

—Demasiado callado te veía, amigo —dijo Edward McCain, quien, alzándose sobre su montura, preguntó a voz en grito—: ¿Por los viejos tiempos?

—¡Por los viejos tiempos! —gritaron todos al unísono.

No defendían solo a aquellos hombres ni al hijo de Andrew McPherson.

Se trataba de algo más profundo y antiguo: la libertad del pueblo escocés, el fuego que aún ardía en el pecho de cada uno de ellos, heredado de generaciones que habían resistido, luchado y amado aquellas tierras con una intensidad sagrada.

El grito colectivo se extendió y Psique sintió que el corazón se le saldría del pecho mientras los contemplaba, pues por fin presentía que, unidos, aquel pueblo podría ser libre.