Almas Rebeldes XXXIV #2
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XXXIV #2

Tormod gruñó a su lado tras bloquear, con el escudo metálico de su antebrazo, un disparo que iba directo a matarlo. Agarró el mosquete del inglés y lo golpeó con él en la cabeza. El soldado cayó al suelo y recibió un segundo golpe mortal con su propia arma. No volvió a levantarse.

Will miró a su alrededor. La lucha cuerpo a cuerpo se libraba entre los árboles y el fuego avanzaba sin piedad devorando ya la mitad de ese enorme mar verde, como una ola de lava.

El humo era asfixiante, el calor insoportable.

Pronto tendrían que salir de allí, donde los esperaba un ejército de hombres hambrientos de sangre.

Entonces, el silencio se hizo de golpe. Aodh respiraba hondo, apoyado en un tronco, conservando todavía un incendio en sus pupilas. Entre los gallowglas habían caído dos guerreros bajo el fuego de los mosquetes, las armas que más temían enfrentar.

Después de horas jugando con ellos y enviándoles pequeños grupos de asalto, sabían que solo pretendían advertirlos. Pero rendirse no era una opción: significaría una muerte indigna.

Will se pasó la mano por su frente. Sudaba, aunque el aire fuera frío. Cuando intentó limpiar la hoja del mandoble, sus dedos temblaron.

Aodh se acercó despacio, mucho más tranquilo.

—Respira —dijo.

Will obedeció: inspiró hondo y exhaló poco a poco. Pronto cesó el temblor.

—Lo hiciste bien, muchacho.

—Dijiste que dejarías de llamarme así cuando fuera uno de vosotros —contestó intentando sonreír.

—Eres uno de nosotros, pero no has dejado de ser un muchacho .

Will apretó los labios y entrecerró los ojos.

—¿Cuándo dejaré de serlo, entonces?

El rubio rio a carcajadas y atrajo la atención de los demás.

—Le preguntaré a tu hembra —respondió y le guiñó un ojo—. Creo que tiene más pelotas que tú.

Will rio a la vez que los otros.

Psique era valiente a pesar de su dulzura innata.

La combinación más atractiva que había conocido en una mujer.

Por un momento, se permitió recordar cuando la tuvo en sus brazos.

Desconocía que fuera tan apasionada en ese terreno y comprobarlo había sido magnífico...

y también aplastante. Le dolían los testículos de fantasear con la imagen de sus pechos perfectos, o al recordarla arqueándose contra su miembro, exigiéndole más con sus gemidos.

—¿Veis? —dijo el guerrero y, haciendo un gesto vulgar con su puño y brazo erecto, continuó—. Ya está otra vez duro como un poste.

—Deja de mirármela tanto o terminará gustándote, capullo.

De nuevo rio a carcajadas y los demás lo imitaron. Aquello era un alivio en medio de la tensión, un descanso entre tanto peligro. Pero el líder llegó justo a tiempo para devolverlos a la realidad.

—¿Qué hacéis tan tranquilos? —irrumpió Tormod, colocándose en medio del grupo—. No debéis bajar la guardia, podría aparecer de nuevo otro grupo...

—Claro —cortó Will—. Lucharemos hasta que no quede ninguno de nosotros.

Todos dejaron de reír. Inmóviles, contenían el aire .

Tormod entrecerró los ojos. Era el preludio de su furia. Interrumpir sus discursos no era buena idea, había costado en el pasado alguna inolvidable paliza. Con paso lento se acercó a él.

—No es el momento de hablar de esto, Will —murmuró en su oído con una gélida gravedad.

—Sabes que es cierto. —Apretó los dientes conteniendo el impulso de empujarlo—. Debiste escucharme y haber pedido ayuda cuando podías.

Un murmullo recorrió el grupo. Algunos lo miraban con sorpresa. Nadie sabía de su plan, Tormod se había encargado de eso.

—¿Teníamos apoyo y no nos lo consultaste? —preguntó Aodh, incrédulo—. Ese no era el plan, Tormod. No puedes decidir tú solo cuando nuestras familias dependen de nosotros.

—¡No teníamos apoyo ni lo tendremos! —tronó Tormod agarrando del cuello a su amigo y empujándolo contra el tronco de un árbol—. Nadie luchará por nosotros. Solo somos unos malditos proscritos hundidos en la miseria.

Will notó que la sangre le hervía. Había decidido por ellos habiendo todavía una salida.

—Mi padre sí lo hubiera hecho —vociferó Will, dando un paso adelante.

Tormod giró la cabeza hacia él.

—Claro, por eso tuvo que escaparse esa pelirroja del demonio a avisarnos.

Aquello lo golpeó más fuerte que cualquier puñetazo. La imagen de Psique cruzando el valle rodeada de peligros solo para advertirles y que él lo usara como arma...

Will dio otro paso sin dudar .

—No hables de Psique así —advirtió con una falsa calma—. Ella es mucho más valiente que tú.

Tormod cerró los ojos un instante y el grupo se removió, inquieto.

Cuando los abrió, algo había cambiado en su mirada.

La culpa asomaba tras la furia y resquebrajaba su impenetrable coraza de guerrero.

Sabía que se había equivocado. Ya no parecía un líder indomable, sino un hombre cansado, deshecho por sus malas decisiones.

—Lo siento, Will —dijo al fin, sorprendiéndolos—. He comprendido tarde que lo importante no es ganar.

El silencio se volvió más denso. Aodh lo miraba sin reconocerlo.

—No quería que nos vieran débiles —añadió en un susurro—. Pensé que, si nos manteníamos unidos, podríamos sobrevivir como lo hacíamos antes en las batallas.

Aodh soltó un bufido.

—Eres un maldito cabezota, Tormod —soltó el rubio muy enfadado.

—Os he sentenciado conmigo —continuó Tormod—. Solo nos queda sobrevivir el tiempo que podamos y...

Sus palabras alicaídas quedaron ahogadas por un nuevo sonido del cuerno, más fuerte y con un tono distinto de los anteriores que habían resonado por todo el bosque.

Tormod frunció el ceño. Aodh alzó las cejas.

El grupo de guerreros contuvo el aliento.

Y Will... conocía bien aquel sonido que el viejo Donald había enseñado al centinela.

Y por eso, Will sonrió. Porque todo estaba saliendo tal y como había planeado.