XXXIV
Cuando entró en la cabaña, lo primero que la detuvo fue el fuerte olor a humo. Arrugó la nariz con desagrado y dejó la puerta entreabierta. Entrecerró los ojos para buscar al anciano entre aquella humareda agobiante y, al fin, lo encontró vaciando una jarra de agua sobre las brasas.
—Si sigue así, se ahogará —dijo tapándose la cara con la manga de su abrigo.
—No quiero que el bosque arda antes de que nos vayamos —respondió muy sereno.
Psique miró a su alrededor. Vio un catre cubierto por una tela rústica y polvorienta, bajo la cual sobresalían grandes hojas de helecho y ramas de brezo.
—Sí, ahí dormía tu muchacho, niña —comentó el viejo al verla observar con curiosidad el conocido plaid que reposaba sobre el catre.
—Will no es un muchacho y yo tampoco soy ninguna niña —dijo molesta, acercándose deprisa para agarrar la tela.
Se la llevó a la mejilla, buscando en su suavidad algo de alivio tras su ausencia .
El anciano rio y dejó escapar el suspiro de quien lleva mucho tiempo guardando un secreto.
—Ambos habéis madurado mucho al distanciaros durante estos dos años. —Ella lo miró sorprendida y él sonrió con picardía—. Me contó muchas de vuestras... citas.
—No eran citas —respondió turbada.
—No para ti, petirroja. ¿Puedo llamarte así? —Le guiñó un ojo al ver que no discutía—. Para ti solo eran juegos y risas, mientras que para ese muchacho sentimental significaban algo más. Suele suceder que no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Y ocurrió lo de siempre.
—Temí perderlo —concluyó ella con remordimiento.
De repente, recordó lo que le había llevado hasta allí. No debía fiarse de ese hombre hasta que le dijera qué tramaba y por qué. Eso de que dependiera de ella que Will volviera vivo o muerto tendría que explicárselo.
—Señor, déjese de enredos y cuénteme lo que he venido a escuchar —exigió recuperando su recelo.
—Claro, petirroja —aceptó tosiendo—. Va a ser verdad que me voy a ahogar con este humo. Abre bien esa puerta para que podamos respirar.
Psique obedeció y aguardó de pie mientras él tomaba asiento junto a una mesa pequeña. Con una mano le indicó que se sentara en la otra silla, pero ella rehusó el ofrecimiento con un gesto de la mano.
El anciano abrió los ojos de par en par al verle el anillo en el dedo y se le dibujó de nuevo una sonrisa. Psique se ruborizó mucho .
—Vaya, vaya, es un chico muy listo —dijo, señalando el anillo que ella todavía no había tenido tiempo de contemplar—. ¿Sabes que se hizo gallowglas por ti?
Ella arrugó la nariz, desconcertada.
—Pensaba que podía engañarme como a todos —continuó Donald, y rio con ganas—. Pasó las pruebas mejor que muchos guerreros del poblado —tamborileó los dedos sobre la madera, sopesando algo—, pero eso él no lo sabe.
Psique tragó saliva y avanzó unos pasos hasta colocarse enfrente.
—Le dije que se dejara de líos y que fuese al grano.
El viejo siguió hablando, ignorándola.
—Se ganó la confianza de todos para aprender a escapar. Tenía que buscar la forma de no perderse, caminar como un zorro más del bosque. Porque tenía una promesa que cumplir. —La miró con fijeza—. Volver a ti.
Psique no entendía a dónde quería llegar y el corazón le dio un vuelco al oírlo referirse a la promesa de Will.
—La rendición es la clave.
—Él no... —comenzó a protestar, harta ya de tanto enigma.
—¿Sabes cuál era la última prueba que debía superar? —Al ver que ella lo escuchaba con atención, continuó—: Mionn briste na bhFear, la Prueba del Juramento Roto.
—¿En qué consistía esa prueba? —preguntó cauta con un hilo de voz.
Psique temía que le dijera que había renunciado a ella por proteger ese pueblo. Él se había ido apenas unos minutos antes para defenderlos .
El anciano dejó escapar un largo suspiro, como si llevase demasiado tiempo guardando una verdad oculta.
—La Prueba del Juramento Roto no consiste solo en enfrentarse al miedo, petirroja. Consiste en elegir qué promesa vale más cuando todas se contradicen.
—¿Qué promesa rompió Will? —preguntó sintiendo que le ardía la garganta.
El viejo la miró con ternura.
—La tuya —dijo sin rodeos—. Y la suya. Porque él prometió volver a ti, pero también juró proteger este pueblo. Descubrió que no podía cumplir ambas a la vez.
Psique sentía un nudo en la garganta.
—No lo entiendo —murmuró.
El viejo se inclinó hacia adelante y dio unos cortos e intensos golpecitos en la mesa, como si fuera a anunciar algo muy importante. El breve silencio que le siguió fue una verdadera tortura.
—Resolvió el conflicto. Ese ciervo encontró una salida que ninguno de nosotros quería ver, pero que solo alguien de fuera podía encontrar.
—Pero ¿por qué no lo propuso...? —Psique negó, confusa.
—Lo hizo, pero Tormod no quiso aceptarlo.
—Es un suicidio enfrentarse solos a esos ingleses. Son demasiados. ¿Prefiere morir? —preguntó con desesperación.
—Debes seguir su plan —dijo, agarrándole la mano y rozando el anillo con la yema del pulgar—. Es la única forma de que vuelva a ti y de que este pueblo siga vivo.
Psique apretó los puños con fuerza .
—¿Cuál es su plan?
—Buscar a mi viejo amigo, Andrew McPherson. —Rio con cansancio—. Nunca fue otro.
Psique abrió mucho los ojos.
Debía pedir a Andrew y a los demás líderes que intervinieran.
—Partiré lo antes posible. Debo avisarle de que los ingleses no quieren prisioneros, sino muertos que no puedan defenderse.
El anciano la agarró justo cuando iba a salir corriendo.
—Tú sola no, petirroja —dijo poniéndose de pie.
—¿Entonces? —preguntó casi sin voz.
—No viniste sola —aclaró.
—Ronald.
Al poco rato, y tras convencer a su amigo, fueron guiados por Sorcha y su hijo Jork hasta las lindes del bosque, siguiendo el mandato de ese viejo de mirada sabia.
Con solo un asentimiento se despidió de ellos y, sin perder un solo minuto, salieron al galope en busca de un milagro que pudiera detener todo aquello.
Will
Will contuvo el impulso de abalanzarse sobre la sombra que avanzaba con torpeza entre la maleza tras el tronco.
Estaban a unos pasos, podía distinguir sus jadeos al respirar, como los de un animal herido.
Esos ingleses eran torpes fuera de campo abierto.
Sus pasos eran inestables, y eso les daba una gran ventaja sobre ellos .
El mandoble ardía en sus manos mientras apoyaba la punta con firmeza contra el suelo para aliviar el temblor que amenazaba con recorrerle los brazos.
Mantenía los dedos tensos, crispados alrededor de la empuñadura.
Sabía usarlo; había entrenado muchas veces con su padre desde niño, pero nunca lo había blandido en un combate como aquel, con la certeza de que moriría si no mataba antes a su contrincante.
Por eso, la sensación era asfixiante y aterradora.
Si la duda lo asaltaba, pensaba en Psique, en su voz dulce y en la promesa de volver a su lado. No podía fallar: debía ser fuerte y mantener la templanza.
En realidad, aquel viaje, cada riesgo asumido y cada noche sin dormir habían sido siempre por ella. Incluso cuando prometió proteger a ese pueblo sin saber que Psique estaba allí, lo hizo movido por la misma necesidad de liberarlos.
Nunca descansaría en paz si les daba la espalda a ese pueblo que había demostrado ser mucho más que unos salvajes.
Entendía que Psique viera a esa gente como salvajes tras haber conocido la brutalidad de Tormod.
Pero en el fondo, ellos solo buscaban un lugar donde existir sin ser aplastados por intereses políticos ni prejuicios, su sitio por derecho en un mundo que se negaba a incluirlos.
Oía los latidos de su corazón retumbar en su pecho. Aodh, apostado en un tronco más adelante, levantó dos dedos, indicando que aguardara. Nada quedaba de su habitual imagen de bromista. En ese instante era una bestia de batalla que imponía silencio con su mirada de advertencia.
Su cuerpo tenso parecía hecho de hierro. Pese a la ausencia de combates en los últimos años, aún quedaba en aquellos gallowglas parte de su antiguo linaje. No era el tamaño ni su postura de lobo al acecho lo que sobrecogía, sino el disfrute que reflejaba ante la inminente acometida. La saboreaba.
Ante un contrincante como él, prefería no estar en la piel de esos ingleses, aunque los superaran en número y armamento. Porque esos eran hombres que defendían su tierra, su gente y su historia. Ellos eran el fuego de ese bosque.
De repente, Aodh le dirigió una mirada intensa que le erizó el vello de la nuca.
Era la señal de que había llegado el momento.
Enseguida salió de detrás del tronco, irrumpiendo como un estallido en mitad de la quietud.
Su sombra se abalanzó sobre el inglés, que apenas dejó escapar un grito ahogado antes de caer.
Will reaccionó un segundo después. El mandoble se convirtió en una prolongación de su brazo y se alzó amenazante frente a él.
No tuvo tiempo de ver el rostro del soldado que lo atacaba antes de que su espada se hundiera en el estómago del inglés, dejándole una sensación amarga y, a la vez, estimulante.
Aodh seguía abatiendo casacas rojas, como si aquello fuera un juego fácil. Will intentaba controlar el temblor de sus manos tras extraer la hoja del soldado derribado.
—Vamos, muchacho —animó el rubio al verlo flaquear—. O mueren ellos o tu pelirroja.
Ese fue el aliciente para hacerlo resurgir con una ferocidad que jamás hubiera imaginado en él.
Will avanzó hacia otra figura. El inglés giró al notar su presencia, pero ya estaba encima.
El mandoble trazó un arco amplio que cortó su pecho.
El soldado, muy sorprendido, intentó erguirse, pero Will no le dio ocasión.
Avanzó otro paso más firme y volvió a cargar contra él.
Cayó de rodillas con un gemido desgarrador.
Por instinto, Will extrajo la espada fácilmente de su cuerpo.
La sangre caliente le chorreaba por la muñeca, pero no se detuvo a observarla .