Almas Rebeldes XXXIII
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XXXIII

Will volvió junto a Ronald después de una intensa charla con Donald.

—No tienes que ir con ellos, Will —le dijo Ronald, sin entender por qué se empeñaba en ayudar a esos guerreros—. Eres su rehén, pero podríamos aprovechar para escapar...

—Ya no soy un rehén, amigo —lo interrumpió con cansancio.

Aquello se le hacía difícil de explicar, pues apenas tenían tiempo para hablarlo. Un rato antes lo había hecho con Psique y se había ganado, con razón, que le echara en cara su intención de no volver con ella y quedarse con ese pueblo.

¿Cómo condensar en pocas palabras tantos sentimientos nacidos durante ese tiempo conviviendo con esa gente?

Clavó la vista en él y continuó con determinación:

—Soy uno de ellos. —El pelirrojo lo observó como si le hubieran salido dos cabezas—. Un gallowglas.

—¿Es que te has vuelto loco? —interpeló, abriendo mucho los ojos, como si lo entendiera todo de golpe—. Ya lo entiendo. Te han embrujado... Por eso dices esa tontería. Pero, con el tiempo y lejos de aquí, volverás a ser el mismo de antes .

—Amigo, ni el tiempo vuelve, ni la vida se repite —contestó recordando las palabras de su padre—. Fui feliz entre ellos y seguiré siéndolo hasta el final de mis días, pese a que te cueste aceptarlo.

—Sinceramente, me ratifico en lo que pienso —replicó, incrédulo—. Aunque estés bajo el influjo de algún ritual nórdico, no puedes pedirme que te abandone por esos proscritos.

—Lo harás por Psique. Debes alejarla de aquí, Ronald. Si los ingleses la encontraran... —Se pasó una mano por la cara, como si intentara borrar una terrible imagen de su mente—. Confío en ti, amigo mío.

—No quiero perderte —dijo con los ojos brillantes de emoción—. Me da igual que vuelvas con un brazo o una pierna menos, Will. Seré tu bastón o quien te dé de comer... Pero vuelve, por favor.

A Will el corazón le dio un vuelco al escucharlo decir aquello. Amaba a ese hombre como si fuera de su propia sangre.

—¿También me ayudarás a mear? —preguntó con sorna, abrazándolo con cariño.

—Procura regresar entero, pedazo de cabrón —murmuró en su oído con una emoción agridulce que casi no lograba contener—. Cuidaré de Psique con mi vida, ya sabes que la quiero tanto como a ti.

—Gracias, amigo mío.

—No me las des ahora, Will —pidió Ronald, palmeando su espalda—. Ya me ayudarás a volver a Pretty Poppies sin que tus padres me metan una espada por el culo.

Will rio con ganas porque imaginaba cuánto había arriesgado Ronald para, finalmente, abandonarlo. Su amigo lo imitó. Ambos necesitaban soltar la tensión acumulada para seguir cuerdos .

Lo observó un instante, memorizando cada línea de su rostro.

—Sácala de aquí —repitió en voz más baja, echando un rápido vistazo al grupo de mujeres donde esperaba su pelirroja.

Su amigo asintió.

—Tú procura no hacer ninguna estupidez heroica —añadió—. Ya sabes que para mártir ya estoy yo.

Will soltó una risita breve.

—No prometo nada —murmuró y, con la palma, apretó la nuca de su amigo—. Pero volveré, aunque sea arrastrándome.

Ronald cerró los ojos y se soltó con brusquedad de su agarre.

—Ve antes de que me arrepienta y te ate a un árbol.

Will sonrió, dio un paso atrás y volvió a echar un vistazo al grupo buscando la melena de fuego que tanto amaba. Sin embargo, no la vio y sintió que un pellizco de desconfianza le oprimía el estómago. Ella era tan indomable, tan impredecible...

Justo al volverse para salir corriendo, la encontró delante. A solo unos pasos, con los brazos cruzados y una expresión desolada que rompió su corazón. Se acercó con prisa. Oía a Aodh aproximarse mientras gritaba algo a unos hombres.

—Te amo, pequeña bruja —le dijo, rodeándola con sus brazos.

Psique rio, a pesar de la tristeza que reflejaba su rostro al principio.

—Yo más. —Will arqueó la ceja al oírla—. Mucho más, mi amor.

La besó con ansias, mostrándole en ese beso todo lo que sentía por ella. Cuando se apartó, ambos respiraban agitados.

—Espérame en la Cascada del Hacha.

Ella asintió .

—Acuérdate, te voy a reclamar un beso que dure todo el camino de vuelta a casa —dijo ella, guiñándole un ojo.

—¿Me lo prometes? —preguntó él, dándole un pequeño mordisco en la barbilla, justo donde estaba ese hoyuelo que tanto le gustaba.

Ella volvió a asentir con una dulce sonrisa, una que le hizo la partida mucho más dura que antes.

—Y también prometo calentar tu cama el resto de tus días.

Will abrió tanto los ojos que Psique quiso desaparecer; sin embargo, la apretó aún más que antes contra su cuerpo. Después de compartir las fuertes emociones junto a las piedras, ya podía hacerse una idea exacta de qué significaban esas palabras.

Con prisa, le dio un último beso en los labios y salió corriendo para incorporarse a la formación de los hombres de Aodh.

Psique tembló al ver cómo se alejaba, armado hasta los dientes y con un aspecto tan fiero como los otros gallowglas.

Apenada, caminó sin saber muy bien a quién dirigirse entre el grupo de mujeres. Para su sorpresa, la ignoraron. Donald, un viejo gallowglas, se aproximó a ella con una leve cojera.

—Así que tú eres el aliciente.

—Perdóneme, señor. —Psique lo miró confundida—. Creo que lo entendí mal.

El anciano la observó con ojos sabios que, por un momento, le recordaron a los de su amigo italiano, el viajero Matteo Grimaldi. Sin que nadie se lo dijera, supo que ese hombre no era cualquiera entre esos gallowglas.

—Me entendiste bien, mujer —dijo, confiado—.

Gracias a ti, ese chico vive. —Psique lo observó con interés—.

¿Sabes? Es difícil adaptarse a una comunidad nueva donde no todos te aceptan; incluso te aplastan si les interesa.

Para ser uno más, debes claudicar, bajar el tono, obedecer...

escuchar y jugar muy bien tus cartas. Pero, si además de todo eso tienes un buen aliciente, lo imposible deja de serlo.

—Señor... creo que se equivoca...

—No, pelirroja —dijo, negando con la cabeza—. Tu hombre volverá, de eso no tengo dudas; lo que no sé es si lo hará... vivo.

Psique sintió que el mundo se estrechaba y se volvía tan opresivo que necesitó respirar hondo antes de contestarle:

—Will volverá vivo, me lo ha prometido —respondió con toda la seguridad que pudo reunir.

—Claro, mujer —respondió convencido—. Porque tú harás lo que yo te diga.

Psique lo vio dirigirse cojeando hasta una cabaña situada unas yardas más allá.

Cuando desapareció en su interior, observó a su alrededor sin saber qué hacer.

Nadie estaba pendiente de ella, ni siquiera su amigo Ronald, enfrascado en convencer a un niño rubio muy intenso de que no saliera tras los hombres para combatir.

¿Quién era ese anciano? ¿Estaría perdiendo la cabeza a sus años?

Sin embargo, había sembrado la duda en su interior. ¿Y si era importante lo que ocultaba? ¿Y si la vida de Will dependía de ese enigmático personaje? Solo perdería unos minutos en averiguarlo.

Con paso decidido se aproximó a la cabaña, buscando aclarar qué significaba aquello .

Will

Estaban cansados y hambrientos, y solo la risa y las estúpidas bromas podían sostener la hermandad que había crecido entre ellos, los gallowglas.

—Quita de mi vista esa cara de bobo que traes, joder —protestó Tormod—. Pareces un polluelo recién salido del cascarón.

Will sonreía cada vez que pensaba en su pelirroja, que era a cada instante. No podía disimular su reciente felicidad, a pesar del inminente peligro.

—Deja al muchacho, Tormod —dijo Aodh, mostrándole su apoyo como el buen grano en el culo que era—. Está enamorado. ¿Acaso no recuerdas cuando tú perseguías a tu Fiona?

Tormod gruñó y el rubio guerrero prosiguió hablando, mientras tensaba la cuerda que haría tropezar al infortunado inglés que pasara por allí.

—Donde lo ves, llevaba flores de brezo blanco cada semana a Fiona para conquistarla. En realidad, aunque parezca pariente del mismísimo Loki —le guiñó un ojo con picardía—, es un blando como todos, Will.

—Como no te calles, voy a entregarte a los ingleses, a quienes seguro les encantará tu feo culo rosa.

Will reprimió la risa. Era cierto que su culo era muy sonrosado, y no precisamente por las ortigas.

—Eso es indiscutible, sería un arma mortífera y efectiva...

La señal del cuerno resonó en todo el bosque, indicando la irrupción de extraños en esas tierras .

Llevaban cuatro días colocando trampas por doquier. No eran infalibles, más bien rústicas, pero cada vez que un inglés moría en una, inclinaba un poco más la balanza a su favor para ganar esa cruzada.

Era irónico que, después de todo lo planeado por Tormod para morir, la batalla le hubiera caído del cielo. El problema era que, en ese momento, se sentían como un puñado de ovejas cercadas por una enorme manada de lobos hambrientos.

—Tormod, tal vez si yo me entrego a esos ingleses...

—Solo conseguirás que te maten antes, Will —interrumpió el guerrero—. Ellos buscan acabar con los pocos guerreros que quedamos. Ahora mismo, eres una piedra más en el camino que apartar de un puntapié.

—Pero mi padre... —comenzó a decir—. Psique dijo que él venía con los McAllen y los McEwen. Ellos combatirían con gusto.

El guerrero soltó una risa amarga.

—Estoy seguro de que les encantaría acabar con esas ratas inglesas, pero también sería muy arriesgado para ellos intervenir contra la Corona.

Pondrían en peligro a sus familias y a su clan.

—Calló un segundo, sopesando la situación—.

Además, ya oíste a tu pelirroja: están muy lejos de aquí y no llegarían a tiempo de salvarte.

Will frunció el ceño. Tormod tenía razón. Tendrían que enfrentarse solos al viento. El zorro jugaría las cartas que tenía y rezaría al cielo para que la victoria fuera generosa.

Siguieron al líder en su incansable caminata y subieron la colina desde donde había avistado a Psique y a Ronald a caballo hacía ya unos días.

El recuerdo lo golpeó: llevaba demasiado tiempo sin ella.

Desde que se habían separado, sentía un profundo vacío en el pecho.

Ningún deber ni ninguna victoria podrían llenarlo.

Después de saber que lo amaba de la misma forma, solo ella podría hacerlo.

Lo había convertido en el hombre más afortunado del mundo y soñaba con volver a abrazarla y terminar lo que habían empezado en las piedras.

Quedarse a medias con ella había sido lo más difícil que había hecho en su vida.

Las pruebas para convertirse en gallowglas eran nimias comparadas con la voluntad que tuvo que ejercer para apartarse de ella, para no hacerla su mujer allí mismo, con el bosque como único testigo.

Si hacía un mes alguien le hubiera contado que ella cruzaría media Escocia a caballo, disfrazada de muchacho y escoltada por soldados para encontrarlo, se hubiera reído un buen rato. Pero era cierto. Esa formidable mujercita había ido a buscarlo.

Sonrió al recordarla con los labios apretados y su expresión disgustada cuando le dijo que quedaría relegada de la batalla.

Era deliciosa, una mezcla de orgullo herido y terquedad que lo rendía como nadie.

Porque solo él sabía que, bajo aquella capa de bravura, ella temblaba y el miedo a perderlo la golpeaba como la peor de las desdichas.

Lo amaba sin reservas, algo que a él todavía le costaba creer.

Allí, en lo alto de esa colina, con el cielo encapotado y el corazón latiendo como una manada de caballos, comprendió que ya no era un mercader ni un muchacho instruido en una antigua cultura para sobrevivir: era un hombre que tenía mucho que perder.

Tormod miraba el horizonte con tristeza, justo en la dirección que había tomado Fiona. Allí habían perdido más que el alma años atrás, y él había jurado no volver a pisar ese lugar. Sin embargo, en aquellas tristes circunstancias volvía a ser su refugio .

¿Las mujeres y los niños estarían ya en el poblado derruido? ¿Pensaría Psique en él con la misma intensidad con que él pensaba en ella?

Un murmullo de hojas agitadas lo devolvió al presente. El aire olía a humo...

Miró a Tormod y su expresión reflejaba la misma sorpresa. El guerrero ladeó la cabeza, aspiró hondo y frunció el ceño. Había olido también el fuego.

—Era una posibilidad con la que había contado, pero no pensaba que la llevaran a cabo tan pronto —dijo el guerrero con gravedad—. Van a terminar rápido el trabajo, sin juicios ni palabras.

—Quieren estrechar el cerco, amigo —comentó Aodh a su lado—. Arrinconarnos.

Will observó las nubes con la esperanza de avistar la mínima señal de lluvia, pero llevaban muchos días con el cielo cubierto sin que descargara una sola gota.

Rezó una oración. Sabía que no serviría de mucho, pero, como decía el viejo cura de la familia, Elliot Graham: «Cuando el cielo se niega, reza igual. A veces escucha por lástima».

Tormod maldijo entre dientes.

—Los muy bastardos quieren que salgamos.

Will apenas los escuchaba mientras pensaba en la curva de una sonrisa que él conocía mejor que su sombra.

—Tenemos que movernos —dijo al fin—. No voy a esperar aquí a que me asen como a un cerdo. Somos gallowglas.

«No voy a morir todavía. Tengo una promesa que cumplir. Tengo que volver», se dijo, apretando los puños mientras buscaba sobre las copas de los árboles el origen del fuego .

—Estoy de acuerdo, si ellos esperan que salgamos, saldremos.