Almas Rebeldes XXXII #2
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XXXII #2

De pronto, Will montó de nuevo detrás de ella y la sujetó de la cintura con fuerza para impedir que escapara.

Tiró de las riendas y guio al animal entre chozas y guerreros; incluso pasaron junto a Tormod, que maldijo al verlos.

Al fin llegaron a unas piedras enormes que se alzaban imponentes.

Él desmontó de un salto y, sin darle tiempo a protestar, la obligó a bajar.

Después, la tomó de la mano y la condujo detrás de las rocas.

Sorprendentemente, estaban fuera de la vista de todos y el bullicio del poblado quedaba amortiguado, como si las piedras absorbieran el sonido.

Mientras Will ataba el caballo a un árbol cercano, ella se alejó un poco y apoyó la espalda en una de las rocas, intentando comprender por qué la había llevado hasta allí.

Cuando él se volvió hacia ella y avanzó con paso decidido, Psique lo comprendió y algo se encendió en su pecho.

Un vértigo dulce la envolvió al prendarse de su intensa mirada.

¿Siempre había sido tan guapo y fuerte? ¿Cómo no se había dado cuenta antes de lo fascinante que era?

Contuvo el aliento, ardiendo por dentro.

Will se detuvo en frente. Respiraba hondo, como si reuniera el valor para decirle algo.

Sus ojos verdes la abrasaban, mientras Psique aguardaba inmóvil.

Al fin apoyó sus manos en la roca, una a cada lado de su cabeza.

Estaba tan cerca y la miraba de forma tan cálida, que le costaba un mundo contener el indómito impulso de besarlo.

Solo existía él, su boca, sus penetrantes ojos y ese espacio mínimo entre sus cuerpos que vibraba tenso, apenas soportable.

Él se inclinó y rozó su oreja con sus labios .

—¿Sabes cuánto tiempo llevo sabiendo que no eres una niña?

—susurró con voz ronca, mordiendo su lóbulo.

Psique tembló y soltó un gemido involuntario—.

¿Cuántas veces he soñado con tenerte así de cerca?

—continuó, apoyando su frente contra la suya, dejándola sin aire.

Unió sus cuerpos con suavidad, lo justo para que sintiera la imperiosa necesidad entre sus piernas.

Psique abrió mucho los ojos y él pasó una mano por detrás de su nuca—.

Me importas tanto que casi me vuelves loco durante años, bruja.

—Will, por favor —suplicó rendida.

Sin importarle nada a su alrededor abrió los labios, invitándolo por primera vez a besarla. Eso a Will lo removió por dentro y se dejó vencer por la pasión.

«Sé delicado», se repitió trémulo, conteniendo apenas su deseo.

Tembló al alzarle el mentón y ver su bonito hoyuelo, el cual siempre le pareció inalcanzable. Con delicadeza posó sus labios en él, haciendo realidad su sueño de la infancia. Y ya no se contuvo más, buscó su boca y la besó.

Su lengua entró despacio, saboreando embriagado el roce excitante y húmedo de la de ella. Gimió triunfante, mientras se agolpaba el imperioso anhelo en sus entrañas. Era dulce como un néctar, una delicia de la que nunca se cansaría y donde se perdería hasta el fin de sus días.

Sus cuerpos respondían necesitados y estremecidos, como si hubiera esperado aquello toda la vida. Sus alientos se transformaron gemidos placenteros y, poco a poco, el calor y la sensual fricción de sus roces amenazó con quemarlos.

Exigente, lo rodeó con sus brazos y lo devoró con fiebre. Él le devolvió esa misma intensidad, atrayéndola hacia su miembro dispuesto. La empujó contra la roca y ella gimió de placer al sentirlo; él de frustración. Deseaba desnudarla, tomarla sin importarle nada más.

Perdida, lo rodeó por la cintura con sus piernas, sin pudor alguno. Will gruñó al verse muy cerca de lo que tantas veces había fantaseado culminando. Ambos, habían olvidado dónde estaban, y se hallaban amándose en un feroz asalto al presente.

Entre sus brazos tenía a la mujer más hermosa del mundo; su Psique, su amor. La deseaba tanto que dolía.

Bajó dejando un rio de besos por su cuello hasta abrir su camisa.

Sus erguidos pechos lo invitaban, insolentes.

Los contempló, maravillado. Sus senos coronados por pezones turgentes...

eran un sueño del que nunca despertaría: su diosa de fuego, rendida para él.

Sin poder reprimirse por más tiempo, los tomó y mordió hasta volverse completamente loco. Ella gritó de placer, desinhibida.

Entonces el cuerno sonó y los paralizó.

—Oh, Psique, necesito tanto amarte —dijo, arrobado en su escote, temblando como una hoja y tomando, poco a poco, consciencia de lo que sucedía a su alrededor.

—Hazlo, por favor —suplicó ella, entre sollozos.

Presentía que aquello se acababa, por mucho que ambos lo desearan. El sonido del cuerno desgarraba el aire y los devolvía al presente.

—Psique... —dijo con un lamento contra su boca—. Te juro que volveré a tu lado.

—¡No! No puedes irte de nuevo —respondió entre sollozos, desesperada—. Yo te... te amo, Will.

Él se separó un palmo de ella, sorprendido. En sus lágrimas leyó una verdad desnuda, sin velos ni defensas .

—¿Me amas? —susurró, incapaz de creerlo del todo, pero con la esperanza brillando en sus ojos.

Ella asintió, buscando el aire que parecía faltarle para seguir hablando.

—Desde antes de saber tu nombre... Desde que me dijiste que no estaba sola aquel día en el árbol —dijo, aferrándose a su camisa como si así pudiera retenerlo.

El cuerno volvió a sonar, arrancándole otro sollozo. Will cerró los ojos, memorizando su calor, su olor, la forma en que su pecho subía y bajaba con cada sacudida de su llanto.

—Psique, mi vida... —susurró—. No puedo quedarme, pero quiero...

Con torpeza, abrió la cadena que llevaba al cuello y sacó el anillo que tantas noches había sostenido entre sus dedos mientras pensaba en ella. Bajo la mirada emocionada de Psique, se lo colocó en el dedo y le sonrió, intentando transmitirle el amor que sentía.

—Quiero que seas mi esposa.

Ella sollozó; sus labios temblaban sin poder articular palabra.

—Te amo más que a nada —continuó con voz quebrada—. Eres la mujer de mi vida y la que... —Tragó saliva mientras contemplaba su incredulidad y desesperación—. Eres la niña que me robó el corazón con su sonrisa, su dulzura y su intensidad...

Ella negó con la cabeza, incapaz de aceptar que ese instante se rompiera.

—Will... no me dejes —suplicó, volviendo a abrazarlo con fuerza.

Los gritos comenzaban a oírse muy cerca. Will cerró los ojos de nuevo, buscando una salida nacida de la desesperación más absoluta, una que quizá pudiera funcionar .

La separó de nuevo y la tomó por las mejillas con ternura.

—Psique, escucha... —dijo, respirando agitado.

—Puedo ayudarte. Yo...

—Vas a ayudarme —la interrumpió, mirándola con una confianza ciega e inquebrantable.