XXXII
—¡Desde aquí yo los guiaré, Tormod! —gritó Will.
Tormod iba delante de ellos, abriéndose paso entre la maleza y orientándolos para que no se perdieran.
La tensión era visible en la rigidez de su espalda y en la forma en que golpeaba los troncos con la espada.
Hacía un gran esfuerzo por no salir corriendo para avisar a los suyos.
Por eso, cuando Will gritó, Tormod no dudó un instante en desaparecer entre las sombras del bosque.
Psique, montada delante de Will, se aferraba a su mano como si fuera su única ancla en ese mar oscuro.
Con la mano libre, Will dirigía el caballo.
Jamás hubiera pensado que una damita como ella mantendría una serenidad admirable en esa espesura tan intimidante.
En realidad, quien los retrasaba era Ronald.
Parecía sufrir un pánico irracional que Will no lograba entender.
Lo conocía desde pequeño, habían compartido travesuras, carreras y habían atravesado juntos bosques muy espesos, y era la primera vez que lo veía actuar como un niño asustadizo.
Desde el primer abrazo, Will lo había notado tenso. Lo achacó a la presencia amenazadora de Tormod. No obstante, después de oírlo resoplar y murmurar entre dientes durante todo el trayecto, presentía que algo en él no andaba bien .
—¿Qué demonios le ocurre a Ronald? —susurró en el oído de Psique.
Sonrió al notar que ella se envaraba en la montura y le apretaba la mano de forma inconsciente. Psique tardó un poco en responderle, tras respirar hondo:
—Fue torturado por los ingleses cuando tú te fuiste con ese salvaje —dijo, remarcando la última palabra con una intención afilada que él no pasó por alto—. Lo encerraron durante muchos días en un calabozo más parecido a un agujero oscuro y sucio...
Ella giró el rostro hacia él. Sus labios casi se rozaron y Will contuvo la respiración. Ella bajó los párpados avergonzada, y con rapidez volvió a mirar al frente.
—Desde entonces no soporta los lugares opresivos como este —añadió en voz más baja.
Tragó saliva, muy afectado por su cercanía. Su olor inundaba sus sentidos y lo atontaba. Le resultaba una tortura tenerla tan cerca y no poder besarla.
«Paciencia, Will, o la asustarás», se dijo e intentó concentrarse en lo que le había dicho.
Retrasó el avance y se colocó al lado de Ronald. Este lo miró, tembloroso. Gotas de sudor cubrían su rostro y Will sintió que le dolía el pecho al verlo sufrir así. Inesperadamente, ella lo soltó y aferró la mano de su amigo, quien la miró, muy nervioso.
—Estoy contigo, Ronald —dijo ella con preocupación—. No te dejaré, somos amigos.
—Estamos contigo. Aguanta un poco más —añadió Will, y vio un atisbo de sonrisa en sus labios que lo tranquilizó un poco.
Ronald asintió y se irguió. Tras besar el dorso de la mano de Psique se la soltó y pareció recobrar parte de su aplomo .
—Seguid adelante —pidió—, estoy bien.
Después de eso, Ronald estuvo más tranquilo, y Will y Psique pudieron «relajarse».
—¿Cómo haces para ser tan bruja? —le preguntó de nuevo al oído, haciéndola dar un respingo. Esta vez fue él quien envolvió su mano con la suya. Moría por sentir su contacto.
Ella sonreía, pero no se atrevía a girar el rostro como antes, sabía que sus labios podrían rozarse. Tampoco decía nada. Él la besó entonces en su oreja y ella contuvo la respiración.
—Me encantan tus orejas —susurró con dulzura.
—Me dijiste que no te gustaban —respondió en un hilo de voz.
—Nunca dije eso.
Notó que ella reposaba su espalda con confianza sobre su pecho. Will tembló y, empujado por la necesidad imperiosa de abrazarla, llevó la mano con la que envolvía la de ella hasta su estómago. Luego, la atrajo con firmeza hacia sí.
—Te he echado de menos, amigo —dijo ella con voz quebrada por la emoción.
—No quiero ser solo tu amigo —respondió sin soltarla.
Ella giró el rostro de nuevo y él percibió su aliento muy cerca.
Psique lo miraba sin miedo, con una ilusión que lo desarmaba como aquella primera vez, cuando eran niños.
¿Estaba soñando o recordando? No, era real.
En mitad de aquel caos peligroso, por fin se miraban a los ojos con una verdad conmovedora.
Will sintió que el bosque los envolvía, testigo de su anhelo, a la espera de una confesión aplazada durante demasiado tiempo. Psique parpadeó, mostrando en sus pupilas un brillo emocionado .
De pronto, unos gritos estallaron delante de ellos. Psique ahogó un sollozo. Ronald lanzó un gemido. Los caballos se estremecieron. La magia se quebró como una rama seca al pisarla.
—Tranquila, Psique. No te asustes —murmuró Will en su oído sin soltarla y tensando las riendas con la otra mano para controlar al caballo. Echó un vistazo a Ronald, unas yardas más atrás, y vociferó—: ¡Son amigos!
Los gritos se repetían cada vez más cerca.
Psique al fin comprendió que no eran gritos de guerra, sino de aviso.
El bosque se abrió y apareció un poblado bien organizado de cabañas y chozas.
Las mejores construcciones estaban hechas de troncos gruesos y techos de brezo; dispuestas en línea, desembocaban en una explanada central.
En medio se alzaba una enorme hoguera rodeada de calderos y vasijas.
Justo en ese lugar, hombres enormes se cuadraban en formación, como si hubieran ensayado para un ataque todos los días.
La mayoría parecían gigantes en comparación con los escoceses que conocía.
Sus cuerpos eran anchos y fuertes, cubiertos por pieles curtidas y armaduras de cuero y metal.
Llevaban el cabello recogido en pequeñas trenzas y, en su mayoría, lucían barbas espesas que les daban un aspecto feroz.
Empuñaban hachas de doble filo y mandobles, y sus miradas impenetrables parecían dispuestas a atemorizar a cualquiera que les presentara batalla.
Psique se tensó al ver la formación, y Will debió de notarlo, pues la sostuvo con más firmeza por la cintura.
Su interior volvió a removerse, igual que antes, cuando él la había atraído contra su torso.
Era una sensación que ardía y se expandía como un dulce fuego por su cuerpo hasta coronar latente entre sus piernas.
¿Qué era aquello? ¿Y por qué resultaba tan insoportablemente gozoso y difícil de contener?
Will volvió a dejar un beso lento en su mejilla y ella contuvo la respiración. Cerró los ojos un instante, olvidando por completo lo que tenía delante.
—Son hombres de Tormod —susurró él, rozándole la oreja con los labios y erizándole la piel.
—¿Son todos gallowglas? —logró decir con voz trémula.
—Ajá —respondió, ronco, pegado a su mejilla.
Se estremeció al notar su aliento cerca de nuevo, provocándole una sed que comenzaba a reconocer como pura atracción. No le daba miedo, y quería más. Will deslizó el pulgar sobre su estómago. Apenas fue un roce, pero ella sintió que el mundo se inclinaba.
Frente a ellos, los guerreros seguían formándose, ajenos a la tormenta desatada entre ambos. Sus voces retumbaban, pero Psique solo oía el tambor de su propio corazón alocado. Todo era Will, su respiración, su calor, la forma en que comenzaba a acariciar su estómago.
—Will... —dijo con un largo suspiro.
Él gruñó contenido en su oído.
Quería preguntarle qué les estaba ocurriendo; sin embargo, una figura emergió entre los guerreros.
—Will —llamó Tormod, cortando el aire con voz grave—. Necesitamos hablar. Ahora.
Frustrado, aflojó el abrazo, pero no la soltó. Ronald se colocó a su lado con su caballo y parecía más repuesto. Tormod, impaciente, señaló al grupo de mujeres del fondo .
—Ella debería ir con las mujeres y los niños —añadió el guerrero, señalando a Psique con la cabeza—. Debemos proteger el bosque.
—¿Mujeres y niños? —preguntó ella, con el ceño fruncido.
Paseó la vista a su alrededor con rapidez hasta encontrar, en una esquina del poblado, un grupo de unas quince mujeres y diez u once niños pequeños. Algunos la observaban con curiosidad, mientras que otros le dirigían miradas de desconfianza.
—Está bien —aceptó Will—. La llevaré con ellos.
Sin darle opción a opinar, espoleó al caballo y lo dirigió hacia el grupo.
—Will, no te atrevas a dejarme con esos salvajes —protestó ella—. No pienso separarme de ti ahora que te he encontrado.
Él no le contestó, pero siguió conduciendo al animal.
—¿Will? —insistió, sintiendo que el terror comenzaba a inundarla—. ¿Me has oído?
Ya estaban junto al grupo de mujeres, que los observaban con curiosidad, cuando Will desmontó sin decir nada. Tenía el entrecejo fruncido y la mandíbula apretada. Levantó las manos para cogerla por la cintura, pero Psique lo evitó: alzó el pie y se lo plantó en medio del pecho.
—¿Qué haces, mujer? —silbó disgustado—. No tenemos tiempo para juegos.
—No estoy jugando, Will —replicó ella, empujándolo con el pie—. ¿Crees que he cruzado toda Escocia para encontrarte y quedarme apartada en un rincón?
—Maldita sea, Psique —reprochó el joven guerrero, retrocediendo unos pasos—. Estamos en peligro y tú... no deberías estar aquí .
—¿Sabes una cosa? Estoy harta de que me trates como una niña. No lo soy.
Will intentó responder, pero no pudo. En su expresión no había ira, sino un miedo profundo e instintivo. A Psique se le encogió el corazón, culpable por hacer que él se sintiera responsable de protegerla.