XXXI
—Son dos jinetes, Will —afirmó Tormod a su lado, mirando con los ojos entornados hacia el punto lejano que levantaba polvo. Luego murmuró—: Y parecen llevar mucha prisa.
—Sí —aceptó—. Es como si huyeran de algo. ¿Tienes idea de quiénes pueden ser?
Tormod negó con la cabeza.
Will volvió a fijar la vista en aquellos jinetes. Algo lo sacudía por dentro al hacerlo. No sabía cómo explicarlo. Era una emoción contenida, una certeza... Su instinto le advertía, pero era imposible. Justo cuando ella estaba más lejos que nunca...
Sacó del chaleco el saquito de tela que contenía un mechón de cabello de Psique y que siempre llevaba consigo, y lo mantuvo contra los labios.
Un torbellino incontrolable le subía por el pecho.
No era miedo ni inquietud; era algo hondo, más profundo que cualquier emoción que hubiera experimentado antes.
Tormod lo observó de reojo, sospechando que en su interior se libraba una dura batalla.
—¿Y tú? —dijo al fin .
Will guardó el saquito y negó con la cabeza. Era absurdo pensar en ella cuando había jurado proteger a un pueblo por encima de... todo.
—Vayamos. —Su voz sonaba estrangulada sin pretenderlo.
«Necesito saber quiénes son», pensó.
—Nos llevará un buen rato llegar hasta la linde; no hay tiempo que perder. —Desenfundó la espada de su espalda y se la entregó—. Debemos estar preparados para cualquier amenaza.
Dispuesto, descendió la colina hasta adentrarse de nuevo en el espeso bosque.
Debía mantenerse cerca de Tormod porque no conocía esa zona.
Sortear las raíces no era fácil cuando se ocultaban bajo las hojas, pero lo más complicado era conservar la respiración calmada.
Sentía esa punzada intensa que le atravesaba el pecho y lo empujaba a creer esa ridícula idea de... ella.
El guerrero avanzaba unos pasos por delante, seguro y silencioso, con una daga corta en una mano y una espada en la otra.
—Silba si te pierdes —gruñó—. El bosque no perdona a los que se distraen.
Tras decirle eso, todo se volvió más espeso y oscuro. Las ramas se enganchaban en su pelo a cada paso y el aire olía a tierra fresca y a savia. Habría sido un bálsamo para los sentidos en cualquier otro momento. En cambio, su corazón luchaba por no colapsar tras el esfuerzo de la carrera.
—Tormod —llamó jadeante.
—No hables —ordenó y bajó un poco el ritmo.
Will obedeció y siguió concentrado en no tropezarse en ese laberinto que podía ser tan bello como peligroso.
No supo cuánto tiempo pasó, pero se le hizo eterno hasta ver la luz de nuevo entre los árboles, iluminando sus pasos y llenándolo de alivio.
Tormod se detuvo en seco y Will lo imitó, atento a sus movimientos .
Entonces lo oyó. Unos jadeos ahogados, los resoplidos de unos caballos, susurros entrecortados...
Un caballo irrumpió entre los árboles unos pasos delante de ellos, cubierto de espuma y con los ojos desorbitados. El jinete que lo guiaba, envuelto en un plaid oscuro que le cubría casi por completo el rostro y el torso, apenas se mantenía erguido.
Will se escondió junto a Tormod tras un enorme tronco.
Unos pocos vistazos no fueron suficientes para ver bien al jinete, debido a la inquietud del animal, que cabeceaba exhausto.
Un segundo caballo apareció y, aunque parecía menos violento, también resoplaba agotado.
Will no podía ver a su jinete porque el primero lo tapaba casi por completo.
—No puedo verlos bien —susurró Will, intentando asomarse.
Tormod levantó una mano.
—Ni lo intentes —gruñó—. Déjamelos a mí.
Los jadeos del primer jinete eran cada vez más débiles, y entonces gimió.
Will sintió un latigazo en el pecho. No sabía por qué, pero ese sonido... no era el de un hombre, precisamente.
—¡Estás como una cabra! ¡Casi nos matas!
—Yo seré una cabra, pero tú eres un miedoso.
Will agarró el brazo de Tormod, deteniendo lo que fuera que pensara hacer. Tormod obedeció, extrañado.
No podía ser. No debía ser.
—¿Yo un miedoso? —respondió el otro con una voz que conocía muy bien y le hizo saltarse varios latidos—. No, lo que soy es un imbécil por dejarte venir conmigo.. .
Ya no escuchaba lo que decían, porque el corazón le latía en las sienes.
—Por todos los dioses... —murmuró, sin aire.
Tormod lo miró, alarmado.
—¿Qué ocurre? ¿Los reconoces? —preguntó desconcertado—. No parecen peligrosos. Juraría que son una pareja de bufones que se han perdido.
No respondió; no podía. Estrechaba contra el pecho aquel saquito que contenía el mechón de Psique y que había guardado durante años.
Al fin, respiró hondo. Necesitaba comprobar que no se había vuelto loco, que no imaginaba nada de lo que estaba sucediendo.
Reunió todo el coraje que pudo, soltó el aire lentamente y, temblando de emoción, salió de detrás del enorme tronco.
—Cállate y ayúdame a bajar del caballo. Creo que no soy capaz de hacerlo sola sin caerme —dijo Psique, volviéndose hacia Ronald—. Me tiemblan las piernas.
Ronald fruncía el ceño, muy enfadado. Pero eso a ella le daba igual, estaba ansiosa por comenzar la búsqueda de Will en ese oscuro bosque. Entonces, los ojos del pelirrojo se abrieron de par en par, como si hubieran visto un fantasma. Ella arrugó la nariz, había alguien o algo más allí.
—¿Qué...? —susurró, girándose en su montura, incapaz de terminar la frase.
Y entonces lo vio, erguido delante de ella. Más fuerte, más real de lo que nunca había imaginado en todos aquellos años. Mirándola como si el mundo hubiera dejado de existir.
El corazón golpeó su pecho con tal fuerza que temió desmayarse.
—Will... —llamó con un hilo de voz casi inaudible .
Él sintió que las piernas le fallaban a oírla pronunciar su nombre con ese tono dulce que adoraba y al ver ese mechón pelirrojo que asomaba bajo el gorro...
—Psique —dijo casi como una súplica.
Corrió hacia ella justo cuando caía del caballo.
La agarró con firmeza y la cargó en brazos, asegurándose de que no era un fantasma.
Deseaba que fuera real. Le arrancó el gorro con los dientes, liberando la larga melena de fuego que adoraba más que nada.
Con los dedos, tiró del plaid y contempló su rostro en íntimo silencio.
Sin darse cuenta, comprobó que cada peca estuviera en su lugar, que la curvatura de su mandíbula siguiera tan perfecta como la recordaba y que ese ligero hoyuelo de su barbilla se marcara con el mismo atrevimiento de siempre. Era ella, Psique.
Sus párpados temblaron antes de abrirse y regalarle la mirada azul más hermosa del mundo. Durante un segundo, ninguno respiró. El bosque, los caballos, Ronald, Tormod... todo quedó olvidado.
—¿Will? —preguntó con un leve parpadeo.
Él la sostuvo con más fuerza, sintiendo que algo se rompía dentro de él al volverla a oír pronunciar su nombre.
—Soy yo —murmuró, incapaz de decir nada más por la emoción. Ella estudiaba su rostro, como si todavía no lo creyera.
—Sabía que estabas vivo —dijo con ojos brillantes—. Yo... lo sabía.
Entonces, sin esperarlo, escondió la cabeza en su cuello, se aferró a él con fuerza desesperada y comenzó a sollozar.
Will se tensó como la cuerda de un violín.
Jamás se acostumbraría a verla rota o vulnerable, pero, siendo sincero consigo mismo, esa vez no le importaba.
Ella no era parte de un recuerdo, ni un sueño.
Era real. Su amada amiga y la mujer por la que llevaba muriendo en silencio desde hacía demasiado tiempo.
Estaba allí, llorando de felicidad en sus brazos.
Se giró hacia Ronald mientras la sostenía en brazos. Todavía sobre su caballo y con los ojos enrojecidos, mostraba en el rostro una mezcla de ilusión y miedo que Will no lograba descifrar.
—¿Ronald? —preguntó. Lo vio lanzar miradas desconfiadas hacia Tormod, que aguardaba a su lado con una expresión más que perpleja—. ¿Qué demonios hacéis aquí?
—Yo venía con... Y ella quería...
Ronald calló, sin saber por dónde empezar.
—Rescatarte —dijo Psique entre sollozos ahogados, levantando la cabeza para mirarlo. Will tragó saliva al ver sus labios hinchados tan cerca—. Rescatarte de los salvajes.
Un gruñido justo a su lado hizo que Psique se envarara como un palo entre sus brazos.
Tormod había adelantado un paso con los hombros erguidos y la mandíbula apretada. No apartaba la mirada de ella. No era un gruñido de amenaza, sino de ofensa.
—Pelirroja tenías que ser —murmuró el gallowglas y continuó en voz más alta—. No vuelvas a llamarnos así.
Will iba a intervenir en su defensa, cuando Psique se le adelantó:
—No lo haré, pero no por eso dejaré de pensarlo.
Tormod boqueó un segundo y arrugó más el ceño, si es que podía.
—¿Dónde está McPherson? ¿Por qué no viene con vosotros? —preguntó a Ronald, a quien pareció reconocer al fin. Este no le contestó, boquiabierto—. Will, aquí ocurre algo raro .
Psique miró a Will, quien aguardaba muy atento.
Sabía que debía responder; sin embargo, se negaba a obedecerle.
Ese hombre era muy desagradable. Incluso reparó en la camaradería entre el guerrero y su amigo.
¿Will no debía estar preso, atado o amordazado?
¿Desde cuándo un secuestrador se permitía ese tono con su rehén?
—Puedes soltarme, Will. Creo que puedo sostenerme —pidió y luego, con una expresión desconfiada, señaló a ambos con el dedo—. Sí que es bastante raro esto.
Will clavó la vista en sus labios fruncidos y reprimió una sonrisa. Tardó en hacer lo que le pedía, pues tampoco tenía ninguna prisa por soltarla. Finalmente, la bajó. Un sentimiento de pérdida se apoderó de él y contuvo un lamento.
La observó de brazos cruzados y vestida de mozo desgarbado. Su melena caía salvaje sobre sus hombros, dándole un aspecto de guerrera muy poderoso. Incluso así, le parecía la mujer más sensual del mundo. Esos últimos dos años le habían sentado más que bien.
Embelesado, casi olvidó que esperaban una respuesta. Conocía su carácter atrevido y supuso que se hallaba molesta con Tormod. Por muy temible que fuera ese guerrero, no tenía nada que hacer contra la mordacidad de Psique. Era mejor hablarle con calma y, a la vez, con firmeza.
—Psique —dijo, inclinándose hacia ella hasta quedar a un palmo de su rostro—, escucha. Tormod no es un hombre paciente y admito que yo también estoy al límite. Verte aquí es algo que todavía estoy asimilando.
Atenta, apenas apartaba su mirada de su boca mientras hablaba... ¿Acaso deseaba que la besara? ¿Qué estaba ocurriendo allí ?
Entonces, sus ojos descendieron por su cuello y se quedaron fijos en el anillo que colgaba de la cadena. Una sombra de desilusión pareció cruzar su semblante.
—Tu padre no sabe que hemos venido hasta aquí... —dijo con tono inexpresivo y sin poder terminar la frase.
—Andrew iba camino de la Cascada del Hacha junto a los McAllen y los McEwen —añadió Ronald, compadecido de su amiga—. Vinimos a avisaros de que un grupo de casacas se dirige hacia aquí. —Hizo una pausa para que procesaran poco a poco toda la información—. Hay un factor entre ellos.
Tormod soltó un bufido, contrariado.
—¿Un factor? —repitió, endureciendo la mandíbula—. ¿Estás seguro?
Ronald asintió.
—Conall McNab, el Cuervo —dijo, y Will tembló—. Lo acompañan unos cincuenta soldados ingleses y unos treinta Campbell. —Tormod escupió al oír ese nombre—. Traen mosquetes.
—¿Por qué son tantos? —preguntó Will, alarmado.
—Creemos que van tras tu padre además de los gallowglas —aclaró Psique ya recobrada.
—No, son demasiados... —dijo, negando con la cabeza—. Llevan mucho tiempo detrás de mi padre; debe de haber algo más.
—Eso mismo pensamos nosotros, pero... —Psique se encogió de hombros, incapaz de buscar una explicación.
—Lo saben, muchacho —concluyó Tormod con voz grave—. Sospechan del poblado y no descarto todo lo que hablamos.
Psique alzó una ceja, interrogadora. Will le cogió de la mano por instinto. Ella lo miró extrañada .
—No deberías estar aquí, Psique —le dijo, apretándole la mano—. Corres peligro, ¡maldita sea!
Psique sintió rabia y miedo al mismo tiempo. Ella no era una niña ni una carga. Había cruzado bosques, soportado tormentas, desafiado órdenes y peligros. Aun así, Will la dejaba sin palabras. La miraba como si su presencia allí le diera fuerzas a pesar de su temor.
El corazón le latía deprisa. Sentía sus dedos alrededor de los suyos, fuertes, posesivos, protectores.
Ese simple contacto despertaba en ella algo nuevo, algo primitivo.
Una parte de su mente, a la que jamás había escuchado, deseaba quedarse en sus brazos sin importarle el mundo a su alrededor y sentir que, pasara lo que pasara, allí estaría a salvo.
No sabía cómo procesarlo. Hasta el momento eran solo amigos, muy buenos amigos... Sin embargo, en ese instante, notaba algo distinto entre ellos, algo que ardía.
Will parecía también desconcertado mientras ella lo miraba. Su respiración era tensa y parecía hallarse al borde de algo que ella no sabía interpretar. No era miedo. ¿Podría ser que ese anillo que colgaba de su cuello fuera para ella? ¿Pensaba pedirle la mano al volver?
—Psique... —murmuró con voz tan profunda que la removió por dentro—. No puedo perderte.
Ella sintió que el aire se le escapaba del pecho. No era una declaración ni una promesa... Era una verdad dolorosa que ya no podía ocultarle por más tiempo.
Ronald carraspeó, incómodo. Tormod blasfemó.
—No tenemos tiempo para esto —gruñó el guerrero—. Los casacas estarán aquí muy pronto.
Will no apartó la mirada de Psique. Ella tampoco .
Aunque el peligro se acercaba, algo había cambiado entre ellos. Algo que ninguno de los dos podría deshacer.