XXX
Ronald y Psique cabalgaban como si los persiguieran mil demonios. Se dirigían al cruce donde Ronald había visto al grupo de ingleses unos días antes.
Una emoción vibrante la inundaba con cada galope, con cada yarda ganada, con cada lágrima perdida por la velocidad.
Ronald ladeaba a veces el rostro hacia ella para comprobar que se encontraba bien. Lo adoraba por haberle permitido acompañarlo, por confiar en ella cuando nadie más lo hacía. Por eso ambos se respetaban. Juntos no eran una carga el uno para el otro, sino iguales.
¿Cómo había podido creer que ella lo delataría?
Sonrió, a pesar de ir con los dientes apretados bajo el plaid.
Su larga cabellera volvía a quedar oculta bajo un gorro feo y sucio.
De nuevo era el joven John, el del rostro desfigurado por las abejas, pero con el trasero intacto después de trotar cientos de millas.
Tenía miedo de interpretar ese papel, aunque al mismo tiempo se sentía libre bajo esa identidad. Más que nunca.
Cuando el mundo se derrumba, hay veces en que la imprudencia es lo único que nos queda para lograr un fin casi imposible. Es la única chispa viva cuando todo lo demás se ha apagado, el impulso justo para actuar.
Su padre moriría cuando descubriera su huida. Lo imaginó tirándose del pelo, maldiciendo al cielo y buscando culpables entre las sombras.
Para eso no tenía ninguna cita ni excusa que valiera. Como hija predilecta estaba dejando demasiado que desear.
Y Catalina... Ella tampoco sabía nada de su plan.
Recordarla le atravesaba el pecho. La mujer que siempre había sido una tormenta o, sin duda, su bastón frente a la desesperanza parecía hundida e inestable por primera vez.
Desde la llegada de Cameron y sus hombres, quedaba poco de la mujer fuerte.
Su mirada se había vuelto vacía, como si cargara con el peso del mundo.
Psique sospechaba la razón. Los ingleses iban tras su familia, tras Will, Andrew, tras todos los McPherson y lo que habían creado juntos: una gran familia.
«No lo permitiré», se reafirmó, decidida, a lomos del poderoso caballo.
Una emoción salvaje creció en su interior y apretó las riendas, sintiendo que el animal respondía con un ligero salto. Ronald lo notó a su lado y la miró preocupado, pero ella le devolvió una mirada firme bajo la tela.
Sí, se sentía viva, tanto que dolía.
—John —llamó su amigo, mostrando los dientes con una sonrisa igual de emocionada—. Te queda bien ese disfraz.
La conocía demasiado bien, y eso la emocionó. Dejó que el viento le robara la lágrima más auténtica de todas.
—Es útil —respondió fingiendo una indiferencia absurda—. Nadie mira dos veces a un hombre feo .
Ronald soltó una carcajada.
—Tú nunca serás fea, ni vestida con un saco de patatas.
—Eso ya lo veremos cuando encuentre a Will.
Iba a contestarle, pero cerró la boca de golpe, atento a algo más adelante.
Ella dirigió su mirada al mismo punto y entonces vio el cruce, el paso que indicaba el camino que debían seguir.
—Ahora debemos ir con más cuidado, Psique. Deberíamos apartarnos del sendero y seguirlo desde lejos. No quiero toparme con los soldados.
—Me parece muy buena idea, Ronald. —Vio que la sonrisa volvía a dibujarse en su rostro e insistió—. Eres muy listo.
—No tanto como tú, amiga —respondió con un guiño.
Ella le regaló una sonrisa y juntos se desplazaron unas yardas para evitar encontrarse con un peligro de frente.
Tuvieron que aminorar un poco la marcha para sortear un sendero más dificultoso; sin embargo, mantuvieron un buen ritmo. No podían dormirse: los soldados les llevaban mucha ventaja y tampoco se fiaban de que los detuvieran los hombres de su tío Cameron.
¿Qué harían cuando se toparan con los ingleses? No lo sabían, pero los vigilarían y, según sus movimientos, decidirían qué hacer. ¿No era la improvisación una de sus «mejores» cualidades?
Tras horas de marcha por un camino estrecho entre brezos y rocas, notaban los músculos doloridos.
Solo habían parado para dar de beber a los caballos en un arroyo, y eso comenzaba a pasarles factura.
Pero debían seguir si querían recortar la distancia que les sacaba el enemigo y advertir a los gallowglas de lo que se les avecinaba .
Ronald avanzaba primero, atento a cada sombra que delatara la presencia de soldados. Psique, algo más atrás, observaba cómo la tensión endurecía sus hombros.
Siguieron incansables entre los matorrales, apartándose cada vez más del sendero.
Cada minuto contaba y sabían que, en algún punto, los ingleses y los gallowglas se cruzarían.
Ellos debían llegar antes, por lo que no pararon ni para dormir: solo descansaron un corto tiempo para estirar las piernas y dar un respiro a los caballos.
Estaba siendo duro, pero ninguno lo manifestaba para no caer en el inevitable desfallecimiento que vendría después.
El alba los saludó como en una jornada más. No obstante, Ronald levantó la mano y le ordenó detenerse. Psique no dudó: paró y contuvo la respiración. Él olfateó el aire y ella lo imitó. Olía intensamente a caballo. Ambos se miraron, sabiendo lo que significaba.
Se agacharon entre los brezos y, siguiendo las indicaciones de su amigo, Psique se asomó por encima del alto collado en el que se encontraban. Desde arriba, los vio junto al sendero en una pequeña hondonada.
—Ahí están —susurró Ronald a su lado, sin apartar la vista del grupo.
Psique observó con atención. Los ingleses se hallaban parados en formación, como si llevaran horas rastreando sin éxito y esperaran órdenes para seguir adelante.
El rojo de sus casacas destacaba entre el verde de la hierba que los rodeaba.
El brillo de sus mosquetes relucía con cada movimiento.
Eran muchos, unos cincuenta jinetes armados.
Además, a estos se unían otros hombres vestidos con tartanes de los que no llegaba a reconocer el clan al que pertenecían.
Ronald, que parecía haberle leído el pensamiento, contestó .
—Esos son los Campbell, los perros fieles de los ingleses. Juraron proteger a la Corona —dijo con asco. Luego señaló con el dedo al otro lado del destacamento—. El de oscuro es el factor.
Psique lo localizó con dificultad, pero lo encontró.
Era una fisura oscura entre el mar de rojo de las chaquetas militares.
Al lado de esa figura inquietante se encontraban el que parecía ser el oficial al mando y el líder de los Campbell.
El factor señalaba una dirección con impaciencia y discutía algo con otro soldado.
—Están decidiendo por dónde seguir. —Entonces Ronald se retiró del collado—. Tengo algo que podría servirnos.
Psique lo siguió y se sentó a su lado, observando el pergamino que comenzaba a desplegar sobre la hierba.
—¿Has llevado un mapa todo este tiempo y no me lo habías dicho? —preguntó patidifusa.
Él se encogió de hombros.
—Se lo compré a un mercader de Glasgow. Es un mapa de rutas comerciales terrestres. Fue una de las pocas cosas que no me confiscaron los soldados en la cárcel. Pensé que sería de buena ayuda si me perdía, pero hasta ahora...
Psique bufó.
—Estamos aquí —dijo, ignorándola y señalando unas marcas poco claras en un papel muy deteriorado—. Más al norte hay un enorme bosque y al oeste se abre otro valle... Al este aparecen más llanuras y... —Calló un segundo y terminó muy exaltado—: ¡La Cascada del Hacha!
—¿Piensas que están en la Cascada del Hacha? —preguntó, incrédula.
—¿Dónde sino ?
Su expresión era tan confiada que le entraron ganas de abofetearlo.
—Piensa —dijo, agarrándole la cabeza con las dos manos y obligándolo a mirarla de frente—. ¿Crees que los soldados van en esa dirección?
Ronald arrugó el ceño pensativo, bajó la vista al mapa y luego volvió a cruzar su mirada.
—Parece que siguen otro rastro.
—Exacto —dijo, soltándole la cabeza de golpe, lo que provocó que se sobresaltara—. No están en la Cascada del Hacha, y eso es lo que estarán valorando.
El pelirrojo abrió mucho los ojos y cogió el mapa. Lo estudió unos segundos, los cerró mientras sopesaba una idea y, finalmente, volvió a abrirlos, abatido.
—No estoy tan seguro de eso, Psique. Los gallowglas han debido seguir el valle y rodear el bosque. Estarán más al norte... —Calló al notar su pasmo—. ¿Tienes algo que decir al respecto?
—Estás evitando el bosque. —Ronald se sonrojó hasta las orejas y no pudo enfrentar su mirada—. ¿No ves que es el lugar perfecto para esconderse? Está cerca del lugar acordado con Andrew.
Él no decía nada; parecía luchar consigo mismo.
—No tienes que avergonzarte de que te den miedo los bosques, amigo. —Le cogió la mano para infundirle confianza—. A mí tampoco me gustan. Son inseguros, guardan sorpresas. En ellos todo parece más cerca, más inquietante. Como si alguien te vigilara todo el tiempo...
—No es por eso por lo que les tengo esta estúpida aprensión, Psique. —Ella parpadeó, sorprendida por su abrupta interrupción—. Desde que estuve en ese calabozo, no me gustan los lugares opresivos. Vuelvo... a revivirlo todo.
Ella percibió la sombra que había envuelto su alma. Rehuía su mirada. Sabía lo mucho que había sufrido durante aquel encarcelamiento y conocía la crueldad de los soldados. Había visto los moratones todavía visibles, pese al tiempo transcurrido.
—Ronald, mírame. —Le quitó el mapa y encerró sus manos entre las suyas—. No estás solo. Yo estaré a tu lado. No te dejaré.
En sus ojos había una vulnerabilidad que la conmovió.
El silencio se hizo denso; él parecía incómodo.
Ella le apretó las manos con más fuerza para alejarlo de esos recuerdos que parecían devorarlo.
El pecho de Ronald comenzó a subir y bajar con demasiada rapidez.
Su mirada se volvió intensa, frunció el ceño, cerró los ojos y... ella lo besó en la nariz.
Fue un beso sin cálculo, un gesto impulsivo, nacido del miedo, de la necesidad de hacerlo reaccionar. Un gesto torpe que lo dejó paralizado.
Al fin, él la soltó y se apartó de ella, espantado.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó limpiándose la nariz con la manga, como si todavía sintiera el beso.
Psique se sentía tan sorprendida como él.
—Yo... —Negó con la cabeza, reprimiendo la risa—. Ibas a entrar en pánico y no sabía qué hacer. Ahora pareces estar peor.
Y entonces, Psique rio. Le parecía muy cómico verlo tan agobiado por algo tan nimio.
Ella repartía besos entre quienes amaba: su madre, su padre, su prima...
Incluso una vez se había besado en los labios con su primo Andrew.
A los diez años había sentido curiosidad por saber qué se experimentaba al hacerlo, pero, como aquel gesto no despertó nada especial en ninguno, decidieron olvidarlo para siempre .
Él la miraba con incredulidad y desconfianza. Abrió y cerró la boca un par de veces, sin saber qué decir. Sus mejillas estaban encendidas como nunca.
—¿Te parece gracioso? —logró decir, balbuceante.
Psique dejó escapar otra risa tierna.
—Ronald, por favor. —Negó con la cabeza; una sonrisa traviesa todavía iluminaba su rostro—. Es que te has puesto como si hubiera cometido un crimen. Solo ha sido un beso en la nariz, nada más.
—¿Nada más? Díselo a Will, a ver qué opina —dijo, pasándose una mano por la cara, como si intentara borrar los rastros de aquel absurdo impulso.
Psique ladeó la cabeza y entrecerró los ojos.
—Pues no entiendo por qué tendría algo que objetar. No he olvidado que tiene un anillo de compromiso para alguien que no soy yo.
Ronald tragó saliva lentamente. Sabía que era un comentario trampa, de esos que parecen inocentes, pero con una pregunta intencionada detrás. Y claro, como era de esperar, tan escurridizo como una lagartija, se giró sobre sus rodillas y reptó hasta el borde del collado.
—Debemos irnos ya si queremos llegar antes que ellos a ese maldito bosque —dijo.
—Te odio.
—Lo prefiero a que me des besos.
—Eres idiota.
—En eso te doy la razón —dijo sin mirarla—. El mayor por dejarme embaucar por arpías como tú .
Psique gruñó de impotencia. ¿Por qué seguía empecinado en ocultarle quién era esa mujer?
La duda comenzó a mellar su ilusión inalterable.
Sin embargo, se dijo que debía ignorarla, aunque doliera.
Pronto vería a Will y sanaría o, simplemente, volvería sobre sus pasos con una herida incurable en su corazón.
Sin perder un minuto más, subieron a sus monturas y cabalgaron sin apenas sentir el cansancio ni la pesadez de tan largo viaje. Lo importante era llegar al bosque antes que esos soldados y salvar a Will.
Y lo sintió... Lo percibió muy cerca, como si una parte de su alma siguiera unida a la de él y vibrara ante el inminente reencuentro. Azuzó a su caballo con brío, conmovida. Lo sabía: fuera como fuese, sabía que él estaba en ese bosque.