XXIX #2
—Exacto, esa es la palabra: intentas. —Lo miró con una intensidad que le hizo sentir un escalofrío—.
¿Crees que los escoceses los recibirán con los brazos abiertos?
Son un grupo de más de cincuenta bocas hambrientas, Will.
¿Quién los acogería? ¿Tu padre? Ni siquiera es dueño de las tierras que posee.
Son tierras inglesas ahora; pisas suelo inglés, hijo.
¡Despierta de una puta vez! —De pronto, avanzó hasta un árbol y descargó los puños contra el tronco con una brutalidad casi salvaje—.
¿Crees que, si lo viera posible, no lo habría hecho ya?
Will no le contestó. Quería que sacara todo lo que guardaba en su interior. Quería desmembrar su alma como un lobo desgarra la carne de un animal. Llevarlo al límite y comprobar si en realidad era aquella alimaña que aparentaba ser. No podía aceptarlo; tenía que haber algo más que furia y traición.
—Los ingleses vigilan cada milla a la redonda, Will —continuó diciendo con tono cansado—. Nos persiguen. Esos hijos de perra conocen a cada campesino, a quienes interrogan y atemorizan para que denuncien a los suyos con tal de no ser ellos los colgados de una rama de un árbol.
—Tiene que haber una solución, Tormod —dijo con firmeza.
—Si la hay, esa no es precisamente. —Lo observó unos segundos, sopesando algo—. Ven conmigo.
Sin esperar respuesta, Tormod caminó en dirección este, abriéndose paso entre los árboles. Will lo siguió durante un buen rato, con el corazón latiéndole con fuerza por no saber qué pretendía. Nunca había visitado aquella zona con Jork y le era desconocida.
Al cabo de un rato, encontraron una curiosidad sin igual: comenzaron a ascender una colina en mitad del bosque, que se abría como una cicatriz.
El aire se volvía más frío a medida que subían y todo estaba más silencioso.
Tormod emitió un silbido que recibió respuesta al instante.
Un minuto después, apareció uno de los guerreros del poblado y los saludó con una sonrisa amistosa.
—Regresa al poblado, Thortikeid —pidió.
Este obedeció, pero antes le entregó el cuerno que llevaba colgado del hombro con una cuerda.
Siguieron ascendiendo y, al fin, llegaron a la cima.
Era una torre de vigilancia natural desde la que se divisaba la mayor parte de ese mar oscuro de hojas y las tierras que lo cercaban.
A un lado, lejos de allí, podía ver el humo de las hogueras del campamento en mitad del bosque.
Al otro, los árboles comenzaban a dispersarse hasta terminar en nuevas colinas.
Parecía un sendero antiguo, como si lo hubieran recorrido multitud de veces y el paso de muchos lo hubiera allanado.
Siguiendo aquella línea irregular, unas millas más allá se abría un valle de hierba espesa.
Tormod no apartaba la vista de allí. Su respiración tampoco era calmada, y por su expresión, parecía batallar con mucho dolor.
—¿Qué es ese lugar? —preguntó Will con el ceño fruncido.
Tormod no contestó al instante, sumido en ese punto en concreto, como si viera a un fantasma.
—Era mi hogar —respondió con voz suave, como si cada sílaba fuera lo más importante de su vida—. Cuando estoy mal, vengo aquí y rezo por June .
Will sintió que un escalofrío le recorría la columna. Nunca había oído ese nombre, pero, por su forma de pronunciarlo, sabía que era su hijo fallecido.
Tormod señaló el valle con la barbilla y continuó hablando:
—Los ingleses llegaron sin aviso, sin piedad.
Los hombres estábamos de cacería; ignorábamos lo que ocurría en el campamento.
Entonces, uno de los nuestros tocó el cuerno.
¿Sabes? Tenemos un toque determinado para el peligro, ese que llega sin avisar y te corroe hasta los huesos porque sabes que vas tarde.
Cuando regresé... el humo no me dejaba ver lo que tenía delante.
Solo oía gritos y llantos. Corrí horrorizado y lo encontré tirado en la entrada de nuestra casa.
June tenía ocho años y el pelo tan blanco como el de mi hermana...
—Will cerró los ojos un instante, conmovido—.
Se parecía a ella, y no a mí, por fortuna.
—¿Y Fiona? —se atrevió a preguntar con esfuerzo.
—Fiona... creí que estaba también muerta al encontrarla inconsciente en la casa. ¿Sabes lo que cuesta mentirle a tu mujer cuando su vida pende de un hilo? —Su voz tembló—. Los demás niños... los ancianos... colgaban de los árboles. Ese día morí con ellos.
Will apretó los puños sintiendo que la sangre le ardía por dentro. Tormod continuó.
—No pude salvarlos, ni enterrarlos a todos.
No pude vengarlos como hubiera querido, ¿sabes por qué?
—Sus ojos de acero lo atravesaron—. Porque mi sed de venganza no acaba con los que hicieron aquello, inunda Escocia entera y ahoga a esa podrida sangre inglesa.
No podría vivir entre ellos. No es que no quiera salvarlos, es que no quiero perderlos.
¡Me importa una mierda que pienses que soy un cobarde!
Will respiró hondo. Su corazón latía fuerte y sabía que todo se lo jugaba a una sola baza, lo único que le quedaba.
—Jork es...
De repente, se giró hacia él y, con una rapidez asombrosa, lo agarró por el cuello y lo levantó en el aire. Will sintió la presión en la garganta. No podía respirar ni hablar. Tormod apretaba sin que pareciera importarle nada.
—No te atrevas a decirlo —gruñó y lo dejó caer al fin al suelo.
Will cayó como un saco, con un golpe seco. Se quedó allí, deshecho, sin apenas aire y con los pulmones ardiendo. Cada respiración dolía.
El guerrero se apartó un paso, respirando con dificultad. Will se apoyó en una mano, intentando incorporarse. No apartó la mirada del gigante, que temblaba de rabia y miedo.
Tragó saliva, dolorido, y consiguió levantarse.
—Tormod, te sientes muerto, pero mientras los ames, la esperanza vive. Yo lucharé por salvarlos.
Tormod cerró los ojos y el silencio los envolvió. El bosque parecía contener el aliento. Cuando volvió a abrirlos, ya no había furia en su mirada, solo admiración.
—¿Serías su líder si yo falto?
La emoción se reflejó en el rostro barbudo del gigante. Y fue entonces cuando Will descubrió al fin su verdadera alma, esa chispa de espíritu viva. ¿Podía ser que creyera en él?
—Tormod... —murmuró con gravedad—. Si tú faltas, no dejaré que ellos caigan. Lo juro.
Lo observó largo rato. Por primera vez lo vio aliviado.
—Ya eres uno de los nuestros, hijo —dijo al fin, cogiéndolo de los hombros para sacudirlo con una euforia inesperada. Luego lo abrazó con fuerza—. Eres un gallowglas .
Una emoción palpitante lo llenó de pies a cabeza y le devolvió el abrazo como un igual. Era feliz de recibir su honor. Había superado sin saberlo la última prueba: jurar protegerlos.
Entonces vio de reojo un brillo en el horizonte.
Creyó imaginarlo, aplastado contra el pecho de ese bruto enorme.
Pero algo le decía que no, que era importante.
Su instinto nunca le había fallado y no dejaría que aquella felicidad ciega lo llevara a ignorarlo.
Apartó al gigante de un empellón y miró hacia el lugar.
Tormod, extrañado, hizo lo mismo y luego lo interrogó con la mirada.
—Alguien se acerca —avisó, muy tenso.