XXIX
—Cuando Andrew me echó, me sentía tan mal conmigo mismo que cabalgué durante horas sin pausa. —Psique escuchaba a Ronald atentamente, con el corazón en vilo—. Al llegar al paso entre las montañas, me pareció ver algo más adelante.
—¿Qué era? —preguntó con los nervios a flor de piel.
Ronald apretó los labios unos segundos, dudando. Psique entrecerró los ojos a modo de advertencia.
—Soldados ingleses —dijo al fin, y Psique contuvo el aliento—. ¿Recuerdas cuando fui encarcelado en Glasgow?
Psique asintió, conmovida por el sufrimiento que reflejaban los ojos de su amigo.
—Fuiste torturado por esos... —No encontró un calificativo lo bastante despreciable para nombrar a esos soldados que se jactaban de proteger al pueblo.
Ronald asintió y continuó.
—Eran ellos, Psique —confesó con incredulidad—. Reconocí a los que me retuvieron. Nunca podría olvidar a ese malnacido soldado del cuartel de Glasgow .
—Pero... —Psique parpadeó, confundida—. ¿Sabes qué hacían allí?
Ronald asintió y su rostro adquirió una gravedad que la preocupó aún más.
—Parecían buscar algo en el puesto de guardia abandonado. Me resultó tan extraño ver ese destacamento en un lugar como este que los vigilé todo el día y toda la noche. Tenía una ligera sospecha, aunque me parecía absurda.
—¿Cuál? —preguntó adelantando un paso y agarrándolo de la mano—. ¿Buscan a Will para salvarlo?
Ronald chasqueó la lengua, contrariado.
—Eso pensé al principio, pero cuando vi entre ellos a...
Ronald calló. Psique maldijo y él parpadeó, sorprendido.
—O lo sueltas ya —gruñó ella— o te corto esas orejas rojas de burro que tienes.
Ronald frunció el ceño.
—Podrías alistarte, serías un buen carcelero —replicó con inquina—.
Un factor, Psique. Iba un miembro de la Guardia Negra, Conall McNab, el cuervo.
—Al verla arrugar la nariz, confusa, continuó—.
Esos desalmados buscan a Will, estoy seguro.
Cuando me encarcelaron no entendía por qué se ensañaron tanto en sacarme información sobre nuestro encuentro con los gallowglas.
—¿Les dijiste que eran gallowglas los que secuestraron a Will? —preguntó horrorizada.
Ronald se soltó de su agarre con brusquedad.
—¡No! ¿Por quién me tomas? —protestó—. Jamás se me ocurriría contarlo ni implicar a un McPherson en...
Ronald calló. Dudó por un segundo y Psique lo notó .
—¿Os acusaron de traición en algún momento mientras te interrogaban? —preguntó ella.
Ronald rio con amargura.
—Se empeñaban en eso mismo. Constantemente nos acusaban de haber pactado un asalto a la Corona. Yo siempre lo negué —dijo con inquietud.
—Te soltaron, Ronald —murmuró, derrotada—. Te dejaron ir para vigilarte...
—¡No! ¡Eso es imposible, Psique! —negó, alzando demasiado la voz, y ella le tapó la boca con la mano. Él se la apartó, disgustado, y continuó en un tono más bajo, con una firmeza que la asombró—. No les conté nada, lo juro.
Psique lo miró con preocupación.
—Tal vez no fueras consciente, Ronald, pero puede que sí te sacaran información. Alguna palabra o algún detalle que les hiciera sospechar.
—No —replicó, rotundo, con los puños apretados.
Ella negó con la cabeza.
—Ronald, la Guardia Negra no cruza medio país con un destacamento de soldados si no tiene algo seguro. Buscan capturar a esos gallowglas y acusar a McPherson de traición.
—¿Cómo has llegado a esa conclusión? —preguntó incrédulo—. Son suposiciones tuyas, las típicas de una histérica.
El silencio se hizo abrupto. Por un momento ni los pájaros trinaban. Psique lo miró despacio, decidiéndose entre darle una bofetada o contentarse con solo una réplica ingeniosa.
Él arqueó una ceja ante la tormenta peligrosa que percibía en sus ojos .
—Ronald —dijo con falsa calma—, no vuelvas a llamarme histérica.
Ni una daga en la garganta le hubiera dado tanto miedo. Ella continuó, avanzando un paso.
—La Guardia Negra actúa cuando tiene pruebas, nombres o un objetivo. —Ronald abrió la boca y ella levantó la palma—. Tú eres el único que estuvo en sus manos, por mucho que te pese, amigo.
Bajó la mirada, derrotado. A Psique se le encogió el corazón.
—No te culpo, Ronald. Nunca lo haría. Sé lo que Will significa para ti.
Él levantó entonces los ojos hacia ella. Estaba muy pálido.
—Ronald, no te rindas. Por suerte, tú los descubriste. ¿Qué piensan hacer los líderes?
Se pasó la mano temblorosa por el rostro.
—Encontré a McAllen y le conté todo —explicó—. Pensé que Andrew me creería si llegaba en su compañía. Y pareció hacerlo. No obstante, no han partido en su búsqueda.
—Ronald, no piensas con claridad —dijo Psique, acariciándole el rostro—. Ahora lo entiendo todo. ¿No has notado lo nerviosos que están? Andrew ha discutido con su esposa en varias ocasiones. Incluso mi tío Cameron y Miles parecen haberme olvidado. Están ocupados elaborando un plan.
—¡Pero no hay tiempo!
—¿Crees que Andrew no quiere ir por ellos, Ronald?
Si no lo han hecho es porque no solo persiguen a Will.
Sospecho que esa Guardia Negra vigila a los McPherson desde hace mucho tiempo.
¿En estos dos años nunca os han confiscado armas o advertido?
—Ronald apretó la mandíbula lo que reafirmó lo que pensaba—.
Eso es porque siempre iban buscando alguna prueba que incriminara una traición por parte de Andrew.
—Y, al encontrar las hachas y los mandobles aquel día... —Calló un segundo y luego murmuró, decaído—: Nadie compra ese tipo de armas si no es para luchar.
—Exacto. Por eso Andrew no puede acercarse.
Si lo descubren aquí, acusarán a su familia de negociar con los gallowglas.
¿Quién creería que vienen a rescatarlo? Buscan implicarlo.
La palabra de un factor prevalecerá sobre cualquier otra —dijo, poniendo la mano en su hombro—.
Quieren capturar a Will para lograr la prueba definitiva: acusar a Andrew de suministrar armas a traidores al rey. ¿Lo entiendes ahora?
Ronald asintió y se puso más pálido aún. Parecía haber perdido la noción de dónde estaba, sumido en unos tormentosos remordimientos.
—Los implicarán a todos: a tu padre, a tu tío... —dijo con voz quebrada—. Tienes razón. Yo...
—Deja de pensar que tienes la culpa de todo, Ronald. Sé que lo haces, lo leo en tus ojos. Esto viene de antes y no del día que conocisteis a los gallowglas. Si no fuera por esto, hubieran ido a por McPherson usando cualquier otra excusa.
—Ni en cien vidas habría hilado algo así. ¿Cómo? —La miraba con una admiración sobrecogedora—. Eres un genio.
Psique sonrió. Era vanidosa: el ingenio era su principal cualidad.
—Las mujeres no solo cosemos y tenemos hijos, amigo. —Ronald se mordió sabiendo que recibía justo lo que merecía—. Las mujeres también pensamos, todas.
—Lo siento .
—Con que me prometas que no nos llamarás histéricas a partir de ahora, te perdono.
Ronald rio, a pesar de la gravedad de lo que trataban. De pronto, se puso muy serio.
—Yo iré a avisar a esos gallowglas. Aunque sean el enemigo, no creo que quieran toparse con la Guardia Negra ni con ningún ejército inglés.
Ella chasqueó la lengua, decepcionada.
—Te olvidas de mí.
Él abrió mucho los ojos, espantado.
—Tú no irás...
—Iremos, Ronald —cortó asintiendo—. Iremos o contaré a todos lo que tramas. —Entrecerró los ojos y Ronald tragó saliva—. Créeme, tampoco lo harás tú.
Ronald sabía que tenía razón, pues Andrew había perdido la confianza en él. Este no se arriesgaría a poner en riesgo a sus hombres y a su esposa.
Apretó los puños con rabia y la miró con fuego en los ojos.
—Iremos y ambos salvaremos a nuestro amigo.
—No se te ocurra dejarme atrás —advirtió.
—No lo haré. Pero cuando estemos con esos gallowglas prométeme que harás todo lo que te pida, Psique.
Ella asintió muy seria, intentando disimular la emoción que la inundaba. Estaba nerviosa y tenía mucho miedo, pero era una oportunidad única para salvarlo. Sabía que podían hacerlo. El corazón se lo decía.
—Lo prometo —dijo muy convincente .
No obstante, guardaba el dedo pulgar dentro de su puño, un gesto que Ronald no vio.
Will
Will y Jork regresaron al poblado. Sorcha se hizo cargo de Jork para evitar que persiguiera a Will. Luego, fue a buscar al líder para proponerle su idea. Sin embargo, Tormod no estaba de acuerdo y ambos comenzaban a perder la paciencia.
—¡No! —rugió Tormod—. Integrarse es lo mismo que rendirse. Es una solución estúpida que mi pueblo nunca aceptaría.
Will respiró hondo, conteniendo las ganas de darle un buen puñetazo.
¿Su pueblo? Escucharlo hablar con ese sentido de pertenencia propio de quien había decidido abandonarlo le provocaba náuseas.
Era tan testarudo como un muro de piedra, pero no tanto como su sentido de la responsabilidad.
Desde que conoció la decisión de Tormod, se propuso no consentirla y se echó sobre los hombros una carga capaz de hundirlo.
Aun así, lucharía hasta el final por salvarlos.
—No es rendirse —dijo tenso—, sino pensar. Es evitar que los maten.
Tormod escupió a un lado.
—Los gallowglas no evitan. Luchan hasta el fin.
Will apretó los puños y avanzó un paso hacia él.
—Claro, y eso lo decides tú, el que ha planeado sacrificarlos para alcanzar su gloria .
Tormod lo miraba con una fiereza peligrosa, retándolo a dar otro paso. Esa bestia podía matarlo de un golpe, pero lo necesitaba vivo; por eso, Will aprovecharía esa ventaja.
—Ya te dije que les contaría todo —soltó una risa amarga—. Tú también podrás exponerles tu prodigiosa idea.
—¡Intento salvarlos!