Almas Rebeldes XXVIII #2
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XXVIII #2

Pero su corazón no lo dejaba. El remordimiento de no hacer nada por ellos lo acabaría matando tarde o temprano.

¿Por qué su padre se iría de un poblado donde lo apreciaban y lo consideraban el mejor líder? ¿Qué habría ocurrido que lo impulsó a abandonar esa vida? ¿Sería por amor a su madre? Lo dudaba, no concordaba con las fechas. Andrew había conocido a su madre mucho después...

De pronto, como un flechazo, recordó una antigua conversación en su infancia entre el padre Elliot y su padre:

—No puedes seguir así, Andrew —dijo Elliot con gravedad—. Te vas a consumir.

Su padre tenía las manos sobre las rodillas y la cabeza gacha. Will percibió su angustia y se acercó.

—¿Te ocurre algo, papá?

—Nada, hijo mío —le respondió, forzando una sonrisa que no le llegaba a los ojos como otras veces.

Lo abrazó contra su pecho y lo besó en la cabeza.

Will se sentía tan bien en sus brazos que intentaba siempre alargar ese momento—.

Anda, ¿cómo no estás ayudando a tu hermano Callum a organizar el cargamento? Sin ti será un caos .

Eso lo hizo sentir importante y asintió con rapidez. Iba a irse, pero recordó que había ido a la cocina a por unas galletas. Mientras se acercaba a la alacena siguió atento a lo que hablaban.

—Que recibieras su ayuda para salvar a tu amigo Williams no lo convierte en una deuda más. Tú ya hiciste mucho por ellos; los lideraste. Estáis en paz, Andrew.

—No los conoces —insistió su padre—. Muchos no entendieron que me fuera, lo tomaron como una traición. No aceptaron que quisiera seguir otro camino.

—Claro, porque tu camino era... —Elliot miró de reojo a Will y bajó la voz tanto que no pudo escucharlo bien.

¿Muerte? ¿Había oído esa palabra tan siniestra?

—Hasta que llegasteis Catalina y tú para poner mi mundo del revés —dijo con una sonrisa.

—Y para hacerte ver que todavía te quedaba otra deuda más importante que saldar, querido Andrew —corrigió Elliot, alzando la copa de vino—. Quererte a ti mismo.

—Pero aún temo que vuelvan. Tengo una familia —siguió con un deje desesperado.

—¡Will! ¿Dónde te metes, demonio? —gritó Callum desde el pasillo.

Dio tal respingo que se le partió la galleta que tenía en la boca.

Cuando su padre y Elliot lo buscaron con la mirada, solo encontraron el trozo de galleta en el suelo.  Él ya había salido a toda carrera de allí.

Will reflexionó unos minutos sobre eso. Estaba seguro de que ese día hablaban de los gallowglas, si no, ¿por qué lo recordaría justo en ese momento después de borrarlo de su memoria tantos años?

Comenzaba a entender muchas cosas del carácter sombrío de su padre. Tenía demasiados secretos que lo condenaban, imposibles de enterrar. Temía que los gallowglas le reclamaran que volviera.

El destino parecía jugar con él, pues sin pretenderlo, recordó una entrañable conversación con Psique bajo su árbol.

A él le encantaba escucharla cuando se ponía reflexiva:

—Anda, Will. Que te dediques a ser mercader no es excusa para no aprender —protestó Psique con gran efusión.

Él la miraba con una sonrisa mal disimulada.

Sin pretenderlo, era muy graciosa—. ¿Sabes algo?

Una de las personas que considero más sabias de mis tierras es el señor Grimaldi.

—Will alzó una ceja y continuó muy contenta de despertar su curiosidad—.

Es italiano, de ahí ese apellido tan raro. Se llama Matteo Grimaldi.

—Matteo Gri... —intentó repetir.

—Grimaldi —acentuó ella con un perfecto acento latino—.

Te cuesta decirlo porque nunca has oído hablar a un italiano.

Su pronunciación es muy distinta a la nuestra, sus sonidos son musicales, como si cantaran al hablar.

Con práctica consigues reconocerlos. A mí él ya me ha enseñado muchas palabras en su idioma y, además, me cuenta muchas costumbres de su pueblo...

Will la dejaba hablar sin límite. La escuchaba hilar historias sobre Matteo, el viajero que había vivido en puertos y montañas y que sabía entender a la gente.

A veces se iba tanto por las ramas que olvidaba lo que realmente quería contarle.

Mientras tanto, él observaba sus labios abrirse y cerrarse con una cadencia muy sensual, o cómo los humedecía con la punta de la lengua.

Cuando eso sucedía, el corazón casi se le salía del pecho.

Tenía que cambiarse muchas veces de postura, pues la evidencia en sus calzones podría asustarla y obligarlo a darle demasiadas explicaciones.

—Un día me contó este cuento —dijo, alzando el dedo y hundiéndolo en su pecho a modo de amenaza, como si hasta el momento no le hubiera prestado atención.

Will reprimió una carcajada—. Había una vez un zorro que vivía en una colina muy alta.

Desde allí veía los bosques, los ríos y las casas lejanas...

Nunca bajaba, pues pensaba que, si los otros animales lo veían, podrían hacerle daño.

Así que siempre estaba allí solo, vigilando.

Un día llegó un viento fuerte procedente del mar.

El zorro se asustó porque no sabía qué hacer.

No había aprendido de los otros cómo esconderse ni se atrevía a pedirles ayuda.

Entonces bajó y descubrió que los otros animales no querían hacerle daño, sino enseñarle caminos, olores y refugios donde resguardarse.

El zorro se dio cuenta de que no era tan diferente de ellos y aprendió tanto que, cuando el viento fuerte regresó, ya no sintió miedo, porque ahora sabía correr con otros y ya no estaba solo.

Will la observó en silencio. Sabía que no había acabado y tenía que mostrarle muy orgullosa la moraleja. Ella le guiñó un ojo robándole un latido y Will concluyó antes que ella:

—Para sobrevivir al peligro, hay que arriesgarse, amiga mía.

Will parpadeó y volvió a centrarse en las copas de esos altos árboles.

Tras ellos había un mundo donde todos eran personas o animales, en el caso del cuento.

Comenzó a asociar la historia con el bosque.

El poblado era el zorro; la colina, el bosque; y el viento, el enemigo.

Los demás animales eran tan supervivientes como... sus paisanos escoceses.

¿Para salvar al poblado debía sacarlo de allí? ¿Y si los integraba? ¿Y si les enseñaba a vivir en paz hasta que el poderoso enemigo volviera ?

—Psique, eres un genio —dijo en voz alta—. No veo el día que regrese a tu lado, mi amor. Volveré, te lo prometo.

De pronto, el crujido de una rama cercana lo hizo sobresaltarse. Sonrió, pues conocía bien esas ligeras pisadas.

—¿Qué haces aquí, Jork? —saludó Will—. Vamos, no te escondas. Haces más ruido que una jauría.

El niño emergió de la maleza y se detuvo delante de él. Tenía los ojos enrojecidos y muy hinchados, como si hubiera llorado durante horas. Will se puso de pie enseguida.

—¿Qué ha ocurrido, Jork?

—Yo... estaba allí... —dijo señalando tras los árboles—. Sé que está mal espiar, pero te vi salir tan enfadado de la casa de mi tío que pensé que te irías y me abandonarías.

—Yo no... —Intentó abrazarlo, pero se le escurrió y retrocedió sorbiendo por la nariz.

—Sí, lo harás. —Su tono se volvió áspero—.

Te escuché decir que volverás con esa Psique.

Te marcharás porque solo te importa ella.

Y yo... yo me quedaré aquí para siempre —protestó, acompañando sus palabras con fuertes aspavientos—.

No puedo salir, no puedo vivir, no puedo arriesgarme. Quiero vivir fuera de este bosque.

Will avanzó con rapidez y lo abrazó con firmeza. El niño se aferró a él como si fuera la última vez.

—Podrás hacerlo, pequeño guerrero —le dijo con el corazón ardiendo de emoción.