Almas Rebeldes XXVIII
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XXVIII

—Psssshhhh, psssshhhh —llamó sin obtener respuesta.

Tras un árbol, disimulaba mientras limpiaba su montura del polvo del camino.

La cabeza pelirroja de Ronald destacaba entre el grupo de soldados como un reclamo feroz.

Tenía terminantemente prohibido acercarse a él.

Era una orden común acordada entre los inflexibles líderes de las distintas partidas.

Para mayor frustración, este la ignoraba desde su regreso, y eso acrecentaba su necesidad de hablar con él.

¿Acaso quería que su amistad terminara después de tantos años?

Era muy triste... y no lo permitiría. Si ese idiota de Ronald pensaba que se lo pondría tan fácil, estaba muy equivocado. Esperaría el momento adecuado para esquivar a McPherson y a su tío y acercarse a él.

«Mi padre... por suerte, es diferente», pensaba, empecinada en no incluirlo en el mismo saco que a los oso-hombres.

—¿Se puede saber qué haces, hija? —preguntó Irving McAllen, su otra sombra desde que había llegado al campamento—. Nunca te he visto trabajar con tanto brío. No pareces una señorita .

—Será lo que haré a partir de ahora, padre. Si voy a calentar la cama de Will tendré que aprender a hacer todo tipo de tareas.

Él la observó impávido. No se horrorizó ni la regañó como había pensado que sucedería. Un ligero temblor en su párpado derecho evidenciaba que no le era del todo indiferente... Era bueno, ¿verdad? Al fin habló:

—Has dicho «calentar la cama». ¿Dónde lo has oído antes, cariño? —preguntó con el párpado todavía temblándole.

Su mirada indiferente comenzaba a transformarse en otra bastante inquisitiva. Y supo que lo explicado por Catalina poco tenía que ver con la realidad...

—La escuché entre los soldados —respondió demasiado rápido.

Su padre entrecerró los ojos un instante, luego se rascó la barba incipiente y, más tarde, suspiró y miró el cielo como si elevara alguna súplica...

—¿Sabes lo que significa?

Psique bufó, impaciente.

—Como te dije antes junto al fuego, no soy una niña. Puedes hablarme con claridad y no voy a escandalizarme, padre.

Entonces se puso tan pálido que pensó que se desmayaría.

—Tu madre te lo explicará cuando lleguemos a casa.

Sin más, se giró sobre sus talones y se alejó a paso muy rápido.

—Lo mismo dijo Catalina —murmuró para sí, volviendo su atención a los soldados en busca de... ¿Dónde se habría metido ese huidizo pelirrojo?

Paseó la mirada de una punta a la otra del campamento hasta localizarlo junto a un árbol apartado.

Con rapidez comprobó que Miles seguía distraído hablando con sus camaradas Edward y Cameron.

Andrew se hallaba discutiendo algo con su esposa en el otro extremo.

Nadie la observaba y era su gran oportunidad de acercarse a él sin llamar la atención.

Con el sigilo del que tanto fanfarroneaba cuando iba con sus primos a atrapar ranas al río, avanzó hacia Ronald.

En unos segundos, se hallaba al otro lado del tronco.

Sin embargo, el repiqueteo de un líquido al caer la dejó boquiabierta.

Alzó la vista al cielo en busca de una plegaria que pudiera consolarla por esa condena que el destino parecía empeñado en hacerle vivir.

¿Tenía que actuar de alguna forma especial hasta dar con la indicada para ser absuelta?

Soltó un fuerte resoplido.

—¡Mierda! —gritó Ronald—. ¿Quién anda ahí?

Después de haber compartido el viaje con soldados tan delicados como veteranos mercantes, ningún improperio lograba sonrojarla.

—Avísame cuando termines, por favor —soltó ella disimulando su incomodidad.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó en voz baja.

Aquello sonó muy triste, demasiado para no romperle el corazón en mil pedazos. Ella no contestó; en cambio, se asomó detrás del árbol y lo miró con los ojos brillantes.

—No deberías acercarte a mí. Conseguirás que me echen otra vez —dijo con aspereza.

—¿Me odias? —Él no dijo nada, solo gruñó—. Porque yo a ti te quiero mucho, Ronald. No soportaría que no quisieras ser mi amigo.

Ronald siguió mudo. Apretaba la mandíbula, como si reprimiera las ganas de decirle algo. Ella insistió, incansable .

—No me odies —pidió con voz lastimera—. Y no... No he venido a meterte en problemas. Quería saber si estabas bien.

Ella dio un paso más y Ronald retrocedió mientras soltaba una carcajada amarga.

—No te acerques más —le advirtió, pero sin la aspereza de antes—. Me han apartado como si fuera un crío. Andrew no confía en mí, los demás me miran como si fuese un idiota que se dejó engañar. Y tú apareces aquí como si nada.

Sus palabras le dolieron más que un golpe. Aun así, insistió. No dejaría que se apartara de su lado.

—Vine porque me importas —susurró—. Y no quiero que pienses que te dejé solo.

Ronald cerró los ojos, como si aquello doliera más que cualquier reprimenda de los líderes.

—No deberías decirme esas cosas —gruñó, pero su voz tembló—. No podemos ser amigos después de todo esto. Te puse en riesgo, yo debía protegerte...

—Y decidiste ayudarme —contestó ella deprisa con la chispa de la esperanza creciendo en su interior—. Hiciste lo que hacen los amigos.

Él abrió los ojos y esta vez la miró como siempre lo había hecho, con un afecto profundo.

—No sabes lo que dices —susurró, derrotado.

Lo conocía, era suyo de nuevo. No podía ser rudo, era su amigo más divertido. Sonrió ilusionada y volvió a dar otro paso hacia él. Esta vez Ronald no se retiró y la recibió en un fuerte abrazo. Por suerte, tras el tronco, nadie los veía .

—Sí lo sé —dijo con lágrimas en los ojos y voz  entrecortada—. No me importa lo que piensen esos oso-hombres, nunca podrán apartarme de mi familia.

—¿Tu familia?

Se apartó de ella y la miró como si se hubiera vuelto loca.

—Eres un hermano para mí —dijo con una gran sonrisa y tomándole un mechón de cabello—. Si tenemos el mismo pelo, somos mellizos.

Él rio con la broma y ella lo imitó.

—Lo siento mucho, amigo mío. No volveré a ponerte en una situación como la de antes.

Él asintió con una expresión tranquila. De repente, el sonido de unas pisadas los alertó de que había alguien cerca. Sin embargo, solo fue un pequeño susto.

—Será mejor que te vayas, Psique —advirtió él, nervioso.

—No sin que antes me expliques qué está pasando, Ronald —pidió con firmeza—. Nadie quiere contarme nada. —Al ver que negaba con la cabeza, rauda, lo calló—. Y no me digas que no invente. Te oí decir algo sobre unos ingleses.

El rictus del pelirrojo se volvió severo al instante. Su expresión no le auguraba nada bueno.

—¿Qué ocurre, Ronald? —insistió muy preocupada—. No me moveré de aquí hasta que me lo cuentes todo.

Psique se había cruzado de brazos y Ronald la observaba con resignación.

—Aquí no puedo contártelo, Psique. —Miró a su alrededor para asegurarse de que estaban solos—. Sería peligroso que alguien nos escuchara .

Psique frunció el ceño. Luego, el miedo comenzó a dominarla poco a poco. Cerró los ojos y respiró hondo varias veces, convenciéndose de que podía ser una persona imperturbable, la más paciente de las Highlands.

—¿Y cuándo piensas hacerlo? ¡Me vigilan todo el tiempo! —dijo, dejando relucir de nuevo su inquietud.

—Respira —le pidió al verla tan alterada—. ¿Y si esperamos a que todos estén dormidos?

—No, dímelo ya.

Ronald resopló. Sabía que no tenía nada que hacer con ella. O se lo contaba o no se iría y le buscaría un problema mucho más serio que el anterior.

—Está bien —cedió—. Pero adentrémonos un poco más en el bosque.

Psique no lo esperó. Comenzó a caminar entre los árboles y, cuando se giró, descubrió que Ronald había avanzado unos pocos pasos.

—¿Qué haces? Ven aquí —pidió con un gesto nervioso de la mano.

—No me gustan los bosques, aquí es suficiente.

Psique suspiró y volvió sobre sus pasos hasta llegar a su lado.

—¿Y bien? —Alzó la ceja al notarlo tan tenso.

—Necesito que me prometas que no vas a gritar ni formar ningún espectáculo.

—¿Tan grave es? —preguntó con un hilo de voz. Ronald asintió. Psique soltó el aire que contenía—. Te doy mi palabra de que estaré callada todo el tiempo .

Al fin Ronald se decidió a hablar y Psique, con el corazón latiendo muy rápido, puso sus cinco sentidos en él.

Will

¿Qué podía hacer él para resolver una situación tan complicada?

Era absurdo que Tormod y Aodh descargaran toda la responsabilidad sobre él.

Apenas era un simple mercader, no un oficial del ejército ni un experto en tácticas militares.

Sentía esa íntima deshonra como cualquier escocés, pero eso no lo convertía en estratega ni líder.

Inglaterra entraba por la fuerza en vez de negociar, imponiendo su voluntad y avanzando sobre los valles, exterminando todo lo propio e importante para sus habitantes. No era justo.

Will apretó los puños. La rabia lo inundaba al pensar en esas personas, antes simples desconocidos, y que en ese momento significaban tanto para él.

El silencio era tan profundo que oía su propia respiración, cargada de angustia.

Se apoyó en un tronco y cerró los ojos. No tenía ningún plan, solo un miedo profundo a fallar.

Al final de la noche, acabó gritando a la nada, exhausto por la frustración. Poco a poco, fue cayendo en un letargo inducido por el trino de los pájaros. Contempló las altas copas durante un buen rato, como si ellas tuvieran la solución.

Pensó en su padre. Él no participaría en esa masacre. Tormod buscaba la muerte y los abandonaba a su suerte, después de tantos años. En vez de luchar por el bien de su pueblo, prefería sacrificarse y dejarlos solos. Eso no era cosa de líderes, sino de cobardes sin corazón. Morirían de hambre .

—¡Cobarde! —gruñó con los dientes apretados.

¿Y si les pedía a esos hombres que se rindieran y juraran lealtad al rey regente? Dudaba mucho de que lo aceptaran, después de haber enterrado a sus hijos asesinados de una forma tan salvaje.

Sin embargo...

¿Y si se escapaba para encontrarse con su padre? No tenía grilletes, ni un cuchillo en la garganta. Ya no se perdía dentro de ese bosque. Sería tan fácil hacerse con un caballo y escapar de allí...