XXVII #2
—Eso de tomar la capital no es del todo cierto —comenzó aclarando—.
Pero es lo que desean. —Will sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Tormod continuó—: Con esta represión, los clanes ya no tienen hombres entrenados, ni pólvora ni caballos.
De eso se ha encargado la Guardia Negra —pronunció el nombre de la organización del rey con asco—. Apenas les queda esperanza.
—Entonces, ¿por qué hablan de atacar? —preguntó sin entender.
Era la primera vez que veía a Tormod tan derrotado. ¿Quizá porque sabía que al fin terminaría su tortura? ¿Un vano intento de venganza capaz de permitirle una entrada segura en su Valhalla? Él siempre había querido eso. Se lo había dejado bien claro al poco de llegar al campamento.
Tormod soltó un suspiro cansado.
—Porque están desesperados y porque creen que si hacen ruido, Francia o España volverán a mirar hacia aquí.
Will negó con la cabeza, pero no exteriorizó lo que pensaba.
Allí el más desesperado parecía ser él, el líder de un pueblo al que había condenado a una muerte «digna» a manos de unos pocos soldados.
Para Will era injusto. Que fuera su líder no le daba derecho a condenarlos.
En lugar de aprender a vivir en paz, prefería llevarlos a la muerte.
—Lo que quieren no es tomar Edimburgo —continuó Tormod—.
Lo que realmente quieren es simular que pueden hacerlo.
Hacer creer a los ingleses que hay un gran levantamiento en marcha.
Obligarlos a negociar algunos impuestos, algunas tierras confiscadas...
y permitir que ciertos clanes vuelvan a sus valles.
—¿Un farol?
—Exacto .
—Es una locura —dijo con un nudo en el estómago.
—Lo es —afirmó el guerrero.
—Retírate antes de que mates a todos.
—¿No piensas que podría funcionar? —preguntó con la cautela de quien ya sabe la respuesta.
—Eres un maldito cobarde que quiere morir para no ver cómo lo hace su pueblo —escupió, reprimiendo las ganas de darle una paliza—.
¿Sabes lo que veo ahora mismo? —preguntó, provocador.
Sus ojos eran los de un hombre triste y vencido—.
Veo a un muerto. —Clavó la mirada en Aodh, quien se tensó al instante—.
Tú también estás de acuerdo con esto... y, cuando mueras, tu familia estará muerta...
Se le quebró la voz. Le dolía el pecho. No quería ese final para ellos. Sin quererlo, había aprendido a amarlos como a hermanos. Y nunca apoyaría algo que pudiera hacerles daño.
—Tranquilo, chico —pidió Aodh, muy alterado por haberle augurado su inevitable final.
—Esto no es un farol, Tormod. Es una despedida —dijo casi sin voz, pues la verdad lo rompía—.
¿Por qué no te rajas la garganta ahora mismo y los dejas vivir?
—Rio con amargura—. Ah, ya sé. Será que quieres quedar como un héroe...
El viejo Tormod murió defendiendo su país...
Pero se le olvidó contarle la verdad a su familia: que todo lo hace para alcanzar la gloria en el Valhalla.
Tormod lo observaba impasible, aunque una sombra comenzaba a oscurecer sus pupilas, anunciando el peligro que suponía enfadarlo.
—La Guardia Negra nos ha ido matando poco a poco —dijo al fin—.
Nos lo han quitado todo: la comida, nuestras costumbres, nuestra tierra, nuestros nombres...
Somos sombras que esperan morir. Yo solo adelanto los hechos.
—Hizo una pausa al decir aquello. Tomó aire de nuevo; parecía costarle hablar—.
Estamos desesperados. Únicamente nos queda el orgullo.
—El orgullo también mata —replicó Will, propinando otro fuerte golpe a la mesa.
—Quiero que mi muerte sirva para algo —respondió—. Si fingimos un levantamiento, los ingleses vendrán... y yo estaré allí con ellos. Únicamente yo. Mi pueblo sabrá la verdad cuando me vaya y será libre de decidir.
—¿Los abandonas? —protestó Will—. No puedes dejarlos así.
—Puedo y lo haré —anunció con rotundidad—. Como dijiste, ya estoy muerto y elijo cómo morir.
Will se levantó de golpe, tirando los pergaminos y arrasando con todo lo que había en la mesa. Tormod se puso en pie, sorprendido. Aodh dio un paso atrás gritando una maldición.
No podía soportarlo. No aceptaba que ese hombre, el cual había sido su enemigo, su carcelero, su maestro y casi su padre, planeara su propia muerte.
—No lo permitiré, lo juro —dijo respirando fuerte—. No voy a dejar que mueras. Tampoco que arrastres a este pueblo a la tumba.
—Eres muy listo, chico. Por eso decidí contártelo antes que a nadie —dijo Tormod, cabizbajo, intentando que no viera que se había emocionado—.
Te pregunté si podrías encontrar una solución.
En dos semanas tengo que dar una respuesta a los clanes.
Si en ese plazo no la tienes, mi plan seguirá adelante y todo habrá acabado en menos de un mes.
Salió de allí hastiado. No se dirigió a la casa de Donald, sino que se adentró en el bosque.
Esa noche no deseaba estar cerca de ellos.
Era incapaz de mirar a nadie sin ver una tumba con su nombre.
No, ni siquiera eso. No habría nadie que los enterrara, solo lobos dándose un buen festín.
Lo saludaban, le sonreían; otros incluso le aplaudían.
Eran las sombras de una muerte anunciada.
Se dirigió al claro donde superó la primera prueba. Allí se quedaría las noches que hicieran falta hasta dar con la solución que había jurado encontrar para salvar a los que, sin pretenderlo, ya consideraba sus hermanos de sangre.