Almas Rebeldes XXVII
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XXVII

La tensión se concentraba en su nuca cada vez que echaba un vistazo al grupo reunido unos pasos más allá.

Desde que Ronald había llegado, ni siquiera habían cruzado una simple mirada.

Psique aguardaba sentada junto a la hoguera, con las uñas carcomidas.

A su lado, su padre no le dejaba escuchar lo que hablaban esos tres.

—A tu madre casi la entierras al descubrir tu carta, y tus hermanos... no sé cómo logré disuadirlos para que se quedaran junto a Charlotte. Quizás quieras saber cómo está...

—Shhhsss —lo acalló, dejándolo boquiabierto.

—¿No quieres oír lo que has provocado con esta locura? —preguntó y continuó con su tono más severo—. Lo harás o te lo haré copiar cien veces cuando lleguemos a casa.

Tal vez, antes de ese viaje, se hubiera echado a temblar ante una amenaza como esa; sin embargo, después de haber convivido con hombres de una sensibilidad semejante a la de un jabalí, aquello le sonó como una sonata al piano de su primo Andrew.

—No soy uno de tus alumnos, papá —replicó incrédula—. Ni tampoco una niña a la que amenazar con eso. Trátame como la adulta que soy, por favor .

Su padre quedó mudo, sorprendido por su respuesta. Ese breve lapso la ayudó a distinguir algunas palabras de Ronald, como “factor” e “ingleses”.

—Está bien, si eso es lo que quieres, desde ahora te buscaré un esposo influyente y rico que te ate en corto. —¿Había imaginado que Ronald había pronunciado la palabra “trampa”?—. ¡Psique, no me estás escuchando!

El feroz grito hizo que varios soldados los miraran curiosos. Psique puso cuatro sentidos y medio en él. Medio lo dejaba para su oreja izquierda que apuntaba hacia Ronald.

Su padre rara vez le había levantado la voz; ni siquiera lo hizo cuando se enteró de sus escapadas a escondidas con Will durante años.

No era un hombre de estallidos y por eso le extrañaba esa ferocidad atípica en él.

Aun así, no debía mostrar debilidad. Durante el camino había aprendido que cualquier indicio de esta podía utilizarse en su contra.

Irguió la espalda y cerró los dedos sobre sus rodillas.

—Te escucho, padre —dijo conteniendo el temblor de su labio, sonriéndole con desvergüenza. Algo también aprendido de la maravillosa Catalina—. Eres un hombre sensato, no es necesario que me grites ni me hables como si tuviera diez años.

Irving, cuyo rostro de perfectas líneas griegas solía mostrar una expresión reflexiva y templada, reflejaba una incredulidad inusual. Abrió la boca, dispuesto a replicar; sin embargo, algo en él cedió. Al fin pudo hablar con calma.

—No te reconozco, hija mía.

—Sigo siendo la misma, pero con el corazón roto. Debo buscar a Will, tengo que verlo de nuevo. No puedo quedarme en casa esperando que me lo traigan para enterrarlo.

—No depende de ti lo que deba ocurrirle o no, cariño.

—Eso no es cierto, padre. —Un sollozo inesperado la rompió, pero continuó con fiereza, decidida a no dejarse convencer—. Si me hubiera dado cuenta antes, Will no habría hecho ese viaje. Tengo la culpa de que lo hayan secuestrado...

La frase quedó ahogada en su garganta. Irving cerró los ojos un instante. Al abrirlos, su mirada no reflejaba ira ni decepción, sino dolor.

—Eso no es cierto, Psique —replicó con la misma frase que había utilizado ella—. Tú no eres responsable de las decisiones de otros.

—Sí lo soy. Partió por mí, por mi silencio, por no haberle dicho... —Negó con la cabeza, incapaz de terminar.

—¿Él te dijo eso? —preguntó muy serio, exigiéndole sinceridad. Ella negó de nuevo la cabeza, confundida. La mirada de su padre se volvió tierna—. No puedes cargar con la culpa de algo que no sabes si es real.

—Pero él...

Él la miraba con adoración. Le decía cuánto la añoraba cuando no estaba con ella. Will...

Era cierto. Nunca le había dicho que hacía ese viaje por ella, ni le había pedido su mano. Sin darse cuenta, durante todo ese tiempo, ella había alimentado una ilusión, convirtiéndola en un idilio donde lo único seguro era una cosa: ella amaba a Will.

¿Por qué había dejado que pasara?

—Hija mía —dijo con una voz cargada de paciencia, de años conociéndola, de cariño y comprensión—.

No puedes cargar con lo que no te pertenece.

Will eligió su camino con plena conciencia, sabiendo que tal vez no volvería.

Pero si lo hizo por ti —respiró hondo antes de seguir—, volverá allí donde te encuentres.

Te buscará en cualquier rincón del mundo para decírtelo .

—Yo lo amo, padre —dijo con lágrimas en los ojos.

Ya no le importaba que la viera hecha un trapo, que era justo como se sentía.

—Lo sé, cariño —dijo y la refugió en sus brazos, como cuando era una niña y discutían por algún problema matemático mal planteado.

—Pero ¿y si mi amor lo mata? —preguntó en su oído, apenas sin aire ni valentía.

Irving se tomó su tiempo para contestarle mientras la mecía contra su pecho. La hoguera crepitaba; los hombres guardaban un silencio expectante.

—Si muere será porque vivió como quiso, no porque tú lo empujaste. Tú no quisiste que se fuera.

—Padre... —Necesitó mucha fuerza para poder responderle, pues pensar en Will muerto le era insoportable—. Él me prometió que no moriría.

—Si eso hizo, así deberá ser —respondió plantándole un beso en la mejilla.

—Debo llegar hasta él.

Los músculos de Irving McAllen se tensaron al instante, como si no creyera lo que había oído. ¿Su padre no se había dado cuenta de que no iba a quedarse de brazos cruzados?

—Ya hablaremos de eso, cariño.

Sonrió, porque Irving era incapaz de negarle nada. Porque, por mucho que creciera, ella sería su niña mimada y, aun así, tendría en cuenta su corazón ante cualquier razón.

—Lo traeremos de vuelta y vivo, padre.

—Psique... —regañó en su oído y volvió a sonreír .

Esa era su forma de decir sí. Se abrazó a él con fuerza, como si pudiera perderse en una de las mil pesadillas de esos últimos días. Porque necesitaba reforzar su coraje, sentirse amada.

—Señorita, lo traeremos de vuelta —oyó una voz que no conocía a su lado—. Vivo.

Ella se separó de su padre para ver quién le decía aquello. Cuán grande fue su sorpresa al encontrarse con siete soldados de Andrew mirándola con el coraje que tanto necesitaba.

Por primera vez, los soldados la miraban de verdad y la incluían en su misión.

—Claro, pero le advierto que, si él no la ama, yo podría... —La frase quedó interrumpida por un fuerte grito de dolor.

Otro soldado le había propinado un fuerte golpe y lo miraba con furia.

—¿A dónde vas tan sobrado? Habíamos echado a suertes que yo sería el primero en proponérselo.

Psique contuvo la risa que luchaba por escaparse de sus labios.

—¿Acaso no sabéis quién soy? Soy su padre y quien tiene la última palabra aquí. ¿No tenéis nada que hacer a dos millas de distancia? —tronó Irving con una voz que parecía salir de lo más hondo de una cueva, justo como la de Miles.

Fue entonces cuando comprendió que lo que verdaderamente desataba su carácter de mil demonios no era otra cosa que la defensa de los suyos y que su padre estaba lejos de ser una excepción, como siempre había pensado.

Bufó con hartazgo. ¿Todos los hombres eran iguales?

Los soldados se desperdigaron, todavía reticentes. Algunos miraban atrás y le dedicaban una sonrisa; uno se masajeaba el cogote y otro le guiñaba un ojo con descaro, ignorando la amenaza de su padre.

Will

—¿Habláis de la Cascada del Hacha? —preguntó Will, estampando el puño sobre la mesa.

El pergamino que Tormod había extendido volvió a enrollarse al rebotar contra la madera. El guerrero atrapó el tarro de tinta antes de que pudiera volcarse por otro inesperado golpe.

—O te calmas, muchacho —advirtió, alzando su enorme puño—, o te calmo.

—Uno de los nuestros avisó de que tu padre ya se dirige hacia allí. Llegará pronto —intervino Aodh, posando una mano firme en su hombro para contenerlo—. Saldremos en dos semanas.

—¿Vamos a quedarnos aquí cruzados de brazos y esperando a que lleguen? ¿Por qué partimos en dos semanas?

—¿También vas a decirme cómo organizar mi plan? —gruñó el líder, irritado.

Will respiró hondo hasta tres veces. Clavó las uñas en su palma, tratando de controlar el temblor de su cuerpo.

Saber que su padre estaba tan cerca le arrancaba un impulso feroz, casi animal, de salir a buscarlo.

Hasta el momento, todo parecía tan lejano...

Pero la idea de poder abrazarlo pronto lo desgarraba por dentro.

—Te hice venir porque confío en ti, en el gallowglas que te estás convirtiendo.

Will lo miró confundido. ¿Por qué, justo en ese instante, hablaban de eso ?

—Si tu padre decide no cooperar con nosotros... habrá lucha, muchacho. —Su voz era tan fría que Will sintió que se le helaba la sangre—. Me gustaría saber si tienes algún otro plan.

Lo miró en silencio durante un minuto, pero a él se le hizo un siglo de tortura.

Will apartó de un empujón a Aodh y se puso en pie.

—¿Me preguntas a mí? —escupió con rabia—. ¿Al hijo del hombre al que estás dispuesto a degollar si no te entrega lo que quieres?

Tormod no se inmutó y sus palabras daban la sensación de estrellarse contra un muro. Al fin sus labios se movieron.

—Tu padre no es el problema —dijo con una calma que le resultó más peligrosa que una estocada de mandoble—. El problema es el tiempo. Hay muchos clanes esperando que les conteste para decidirse a atacar Edimburgo.

Will respiró hondo. Necesitaba pensar y en ese estado de nerviosismo se bloqueaba. ¿Tomar Edimburgo? Sospechaba que se movía entre jacobitas, pero aquello significaba más que un simple movimiento.

—Si quieres que te ayude con alguna idea, deberías contarme cuál es exactamente tu plan. Sin verdades a medias. Necesito saberlo todo.

Tormod asintió, conforme.

—Siéntate —ordenó—. Te lo contaré todo. No dejaré ninguna sorpresa sobre la mesa.

Will obedeció sin titubeos. La gravedad del asunto merecía tomarse aquello con mucha calma. Aguardó paciente a que comenzara a hablar. Notaba sus músculos tensos. Aodh, tras la sorpresa del empujón, se colocó a su lado, alerta .