Almas Rebeldes XXVI
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XXVI

Will sentía que algo importante había cambiado desde que el pájaro gris, Domhall, le había estrechado la mano.

La euforia rivalizaba con su vanidad. No debía recrearse; es más, debía ignorar todo aquello.

Sin embargo, tantas felicitaciones lo abrumaron.

Que lo llamaran hermano y lo consideraran uno más resultaba muy placentero.

Aquello era bueno, y se repetía a sí mismo que solo era su forma de ganarse la confianza del poblado. Desde ese momento podrían incluirlo en las partidas de reconocimiento o vigilancia, y eso le permitiría encontrar un camino seguro para escapar de ese bosque.

La cabaña de Donald olía a humo y a alguna especia que no reconocía. Afuera todavía sonaban risas y silbidos. Al cerrar la puerta tras él, por fin pudo soltar el aire, sumido en un silencio reconfortante.

El anciano no le preguntó cómo le había ido; no hacía falta. No era propenso a regalar cumplidos. ¿Por qué habría de hacerlo ahora? Sin pretenderlo, a Will le habría gustado recibir de él alguna felicitación, no una mirada curiosa.

—Parece que no te alegras de mi triunfo, Donald .

El hombre se acercó hasta quedarse a un paso. Luego cogió con sus huesudos dedos su barbilla y movió su cabeza buscando algo que no llegaba a adivinar.

—Tus ojos siguen siendo los de un niño que juega sucio.

Will arrugó la nariz. No le gustaba que lo tratara como a un crío por muy anciano que fuera. Ya era un hombre, no tan forzudo como esos gallowglas, pero pronto comenzaría a ensanchar su espalda y a abarrotar las ropas con músculos. Superaría la envergadura de muchos si seguía así.

—No sé por qué te empeñas en hacerme sentir que no doy la talla. Pensaba que tras superar las tres pruebas sería más digno de pertenecer a tu poblado, viejo.

—Lo haría si este corazón fuese nuestro —dijo, posando un dedo de la misma mano sobre su pecho.

Will tragó saliva. Era cierto, su lealtad estaba con su familia, sus amigos y, sobre todo, con Psique. No obstante, también había empezado a encariñarse con ese pueblo.

—Ya no os veo como mis captores. Poco a poco...

No pudo terminar la frase. Si era difícil reconocérselo a sí mismo, aún lo era mucho más verbalizarlo.

Donald lo observaba con calma, como si pudiera leer su mente. Entonces, al fin, sus labios temblaron, anunciando una verdad que, adivinaba, no iba a gustarle.

—¿Qué, muchacho? —murmuró—. ¿Crees que poco a poco me convences de que perteneces aquí? ¿O poco a poco te convences de que puedes engañarnos?

No esperaba ese golpe bajo. No lo acusaba abiertamente, pero tampoco le hacía una pregunta fácil ni inocente. Lo probaba, no con acero vivo, sino con algo más ingenioso: la sinceridad .

—No intento engañaros —respondió titubeante.

Donald había leído al verdadero Will. Ladeó la cabeza y lo estudió de arriba abajo.

—Tu cuerpo lucha como un oso —dijo—, pero tu corazón lucha como un ciervo huidizo. —Dio un paso atrás y lo dejó respirar al fin, o eso creyó—. Un hombre puede aprender nuestras costumbres, manejar nuestras armas, andar nuestras sendas... Si no aprende a quedarse, jamás será uno de los nuestros.

Will se sintió muy cansado de repente. Mantener esa mentira lo tenía exhausto. Ni siquiera sabía qué deseaba en realidad tras superar esa última prueba. Aunque su corazón seguía en otro lugar, la duda se había instalado sin pedir permiso en su cabeza.

—No puedo quedarme —confesó sin darse cuenta—. Pero sí sé que tampoco quiero irme como llegué.

Donald lo observó con gravedad.

—Entonces, empieza a luchar por algo que no sea encontrar una salida.

—¿Temes echarme de menos, viejo? —preguntó con cierta ironía.

Su mirada se volvió, si cabía, más incómoda para Will. No quería mentirle.

—Puedo decirte que he olvidado a mi familia y que deseo quedarme, pero seré sincero contigo, igual que tú lo eres conmigo.

Mi deuda no está con vosotros. Aun así, las injusticias que habéis sufrido me remueven por dentro.

Poco a poco —dijo de nuevo, clavando la mirada en él—, os habéis ganado un lugar aquí.

—Se señaló el pecho y apoyó la misma mano en el hombro del anciano—.

Y mira que tú no has hecho méritos para merecerlo.

Encontraré mi salida, Donald... y también la vuestra.

Este levantó una ceja, pero no dijo nada .

—¿Te he sorprendido? —preguntó Will con sorna—. Me importas un poco. Acabo de descubrirlo y créeme, no es fácil asimilarlo.

El anciano gruñó en un intento de esconder que aquello le tocaba más de lo que quería admitir.

—Maldito tunante —lo acusó, sacudiéndose su mano de un manotazo. Con media sonrisa, continuó—: Debería dejarte dormir a la intemperie, como el ciervo mentiroso que eres.

—No disimules, me echarás de menos —dijo Will y sonrió travieso.

El viejo le dio la espalda con un aspaviento. Se dirigió hasta la silla junto a la chimenea y se sentó. Cogió su vaso medio lleno de hidromiel y sorbió.

—Solo cuando necesite arreglar el techo.

Will soltó una carcajada.

Los días pasaban envueltos en la consoladora calma de aquel bosque. Nadie hablaba de la prueba pendiente, sin embargo, actuaban como si Will ya fuese uno más de ellos. Lejos de aburrirse, esa rutina le proporcionaba un bienestar que jamás habría imaginado encontrar allí.

Los gallowglas, conducidos siempre por Aodh, lo llamaban para los ejercicios de fuerza al amanecer, le enseñaban y lo corregían con gruñidos cuando fallaba en algo. Le ofrecían hidromiel sin esperar nada a cambio y acababan contando chistes malos junto a la hoguera hasta altas horas de la noche.

Will se sorprendió riendo con Domhall y los demás como hacía tiempo que no lo hacía .

Esa risa le pesaba en el pecho. La vida allí comenzaba a gustarle más de lo que hubiera deseado.

Ya no tenía presiones de ningún recaudador de impuestos, ni la sombra de un laird exigente, ni el miedo de fallar a los suyos.

Nadie esperaba que fuera más de lo que veían.

Y lo más agridulce de todo: las mujeres no esperaban que fuera solo un amigo.

Alguno había bromeado con buscarle una mujer entre ellos. No obstante, si su familia no lo esperara, si no hubiera prometido volver a...

El corazón le regalaba esa tregua, pero no debía olvidar que fuera existía una realidad muy distinta.

Jork lo perseguía a todas partes, como un cachorro leal, curioso e incansable.

No le molestaba; al contrario, disfrutaba de su sonrisa y de su inocencia.

Por absurdo que fuera, lo hacía sentirse como un hermano mayor o un compañero de aventuras.

Su madre ya se había resignado a soltar la soga, sabiendo que, si lo frenaba, volvería a intentarlo con más tenacidad.

Incluso el viejo Donald dejaba que entrara en su cabaña, le daba un trozo de pan duro y compartía con él alguna que otra broma.

Hasta el momento, nadie sospechaba que Jork era más que un amigo fiel para él. Era la llave que lo sacaría de allí.

Will no le pedía directamente que lo guiara; habría sido demasiado transparente. Si Sorcha o Donald sospechaban, lo vigilarían o, peor aún, lo detendrían.

Tuvo que emplear la sutileza, trabajar la paciencia y demostrarle un cariño sincero.

Al principio lo llevó a dar paseos cortos, luego vinieron otros más largos. Will preguntaba y él respondía encantado, orgulloso de sentirse importante por primera vez .

Después de una semana, con cada respuesta a sus preguntas hilaba un mapa mental. Contaba los pasos, estudiaba la luz entre los árboles, reconocía rocas, raíces y troncos marcados. Hasta que un día lo llevó fuera del bosque.

—¿Vienes mucho por aquí, Jork? —preguntó intentando ocultar la emoción que le llenaba ese descubrimiento.

El niño asintió con la vista clavada en el horizonte que se abría delante de él. En su expresión, Will percibía una curiosidad enquistada y la frustración de su sueño.

—Mi mamá dice que no debo hacerlo, pero no hago daño a nadie, ¿verdad?

—Es peligroso, tu madre quiere protegerte —respondió Will, conmovido.

—¿De qué? —sacudió las manos al aire, impaciente—. Aquí no hay nada peligroso y se está bastante bien. Me gusta, Will. Siento que soy más libre.

—Chico, no tienes idea de lo que hay allá.

Puede que sientas ese deseo de conocer, de descubrir lo diferente.

El mundo es maravilloso, pero, por desgracia, también es peligroso.

Y el peligro no reside en las montañas ni en los animales.

—Will bajó la voz hasta adoptar un tono más grave—. El verdadero riesgo está en la gente.

—¿Por qué? ¿No me querrían? —Sus ojos azules estaban tan limpios de maldad que Will tardó en responder. La voz del niño era casi una súplica—. Yo me esforzaría por agradarles.

Si los suyos no lo querían, menos lo haría un pueblo que despreciaba la sangre inglesa.

Entonces, el niño lo abrazó por la cintura y Will se rompió por dentro.

—Tú eres mi amigo, ¿verdad ?

Le revolvió el pelo con cariño y le devolvió el abrazo. Ese niño no era su sangre, pero sin quererlo, ya era uno más en su camino.

—Así es, pequeño. Sin embargo, muchas veces, la gente tiene miedo a los que no conocen. Eres una amenaza para ellos, aunque no sea tu intención. Y prefieren apartarte... o aniquilarte.

—Eso dice mamá. A pesar de ello, no paro de soñar con lo que hay más allá, con correr sin que nadie me obligue a regresar.

Will carraspeó, emocionado.

—Es normal que quieras eso —dijo, poniéndose en cuclillas a su lado—. Todos los hombres quieren ser libres.

—Ni tú ni yo lo somos —dijo frunciendo el ceño.

Suspiró antes de responderle con sinceridad.

—Prométeme algo. Si alguna vez vuelves aquí con intención de marcharte, avísame. Yo te acompañaré.

Jork abrió los ojos, incrédulo.

—¿De verdad vendrías conmigo?

—Claro que sí —respondió, sonriendo—. Nunca dejaría que un chico valiente como tú explorara nuevas tierras sin un compañero.

El miedo a que un día no pudiera resistirse y partiera en busca de una libertad efímera lo obligó a engañarlo. Maldijo a los ingleses y a su pueblo por no darle el cariño que reclamaba con tanto ahínco.

Otra vez había dado su palabra y volvía a sentirse miserable. Tarde o temprano, lo abandonaría.

De vuelta intentó no imaginar la desilusión en su rostro cuando partiera. Se repitió con fiereza que ese no era su pueblo ni su misión o destino. No era responsable de él, solo su madre y su tío... el cual los guiaba en silencio hacia una muerte segura al levantarse contra los ingleses.

Después de ese día, Will no volvió a recorrer el bosque. Se limitó a convivir con los gallowglas. No obstante, la culpa por no encontrar una solución distinta de la lucha lo corroía. Donald lo notó; era el único que parecía conocerlo bien. Lo observaba en silencio, como si supiera mucho más que él.

Y entonces, Tormod lo hizo llamar para que fuera a su cabaña.

—Buenos días, Fiona. ¿Cómo estás? —saludó mientras ella lo hacía pasar—. Hoy te veo radiante... Ya sé: probaste la pomada que hizo Sorcha con las hojas que Jork y yo trajimos ayer.

Fiona alzó una ceja y miró de reojo a su cuñada Sorcha, que se tapó la boca para contener una risotada. Jork, en cambio, rio a carcajadas. Will los contempló, desconcertado.

—Buenos días y... gracias —respondió Fiona, manteniendo una actitud indiferente, aunque juraría que sus mejillas habían adquirido un sonrojo inusual—. Te dejamos a solas con los hombres.

—Vamos, Jork —instó Sorcha.

Sorcha lo empujó con impaciencia, todavía apurada por algo que él no llegaba a entender.

—Yo ya soy un hombre —replicó el niño a su madre y luego se dirigió hacia él—. ¿Verdad, Will? ¿No fue eso lo que me dijiste hace unos días?

Sonrió al recordar la conversación que habían tenido sobre cuándo se alcanzaba la madurez.

—Claro, ¿y recuerdas en qué quedamos? —preguntó, inclinándose un poco hacia él .

Jork infló el pecho y se irguió, orgulloso de conocer la respuesta, pero, al comprender a qué se refería Will, calló.

—Un hombre siempre acompaña a su madre cuando ella lo llama —anunció Will e hizo una pausa para observar su cara de fastidio—. ¿Te acuerdas de lo que harán los gallowglas con él si no obedece?

Jork bufó y salió de la cabaña a regañadientes, dejando atrás a las mujeres.

—¿Cuál es el castigo? —preguntó su madre en un susurro, muy sorprendida por lo fácil que había parecido.

—Ponerlo a limpiar los calzones de Tormod durante una semana entera.

Sorcha soltó una risa sincera, sin tapujos ni vergüenza. Era la primera vez que la veía reír así y le pareció algo digno de recordar.

Tormod, que estaba bebiendo a la mesa junto a Aodh, escupió el hidromiel sobre su amigo, y este se sacudió con asco. Cuando volvió el rostro hacia la puerta en busca de la mujer, esta ya no estaba.

—¡Eh, no me dijiste por qué os reíais! —gritó desde la entrada a las mujeres.

Estas volvieron a reír, pero no le contestaron y siguieron adelante.

—Algún día Jork descubrirá que mientes más que respiras —murmuró Tormod, limpiándose la barba.

Esa frase lo pinchó unos segundos, pero decidió tomárselo a bien. Tormod no tenía por qué conocer sus verdaderos planes, ¿verdad ?

—Para entonces ya será un hombre y como tal sabrá perdonar —respondió con indiferencia, acercándose a Aodh para saludarlo como le habían enseñado en ese campamento.

Aodh entrelazó sus brazos con los suyos y ambos chocaron los torsos. Tormod prefirió seguir sentado y asentir con la cabeza.

—¿Para qué era esa pomada? —preguntó, sentándose a la mesa con confianza.

—Para mi culo peludo, Will —respondió Aodh con un gruñido y él parpadeó—. Zahra y yo... buscábamos setas y caímos encima de unas ortigas.

Tormod volvió a reír.

—Siempre va enseñando el culo, hijo —explicó su amigo, negando con la cabeza y ofreciéndole un vaso.

—Con razón Fiona... —concluyó con un fuerte resoplido—. ¿Por eso no te sientas? Debería caérsete a trozos, cabrón.

Aodh lo miraba con inquina, pero ya no le daba miedo ese rubio del demonio.

Sin embargo, enmudeció al notar la seriedad que había adquirido Tormod.

—Bueno, por fin estamos los tres reunidos. —Sacó de una caja grande que había sobre la mesa unos pocos pergaminos y los esparció sobre ella. A un lado dejó una pluma y un  tarro de  tinta—. Al fin tengo novedades que anunciarte.