Almas Rebeldes XXV
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XXV

Llevaban días de viaje. Cruzaron las montañas y, en lugar de ir al norte como Psique pensaba que harían, viraron hacia el este.

No solo ellas notaban el agotamiento del camino: los soldados habían dejado de bromear entre sí y sus ojeras, cada vez más pronunciadas, revelaban el esfuerzo al que se sometían.

Andrew permanecía junto a su esposa como un perro guardián.

Se notaba que la adoraba, aunque frente a los demás la tratara con cierta aspereza.

Ella, por su parte, le replicaba con una desfachatez soberbia y parecía disfrutar provocándolo.

Él fingía ignorarla, salvo por algún leve gruñido que lo delataba. Y claro, ella volvía a hostigarlo.

Ante ese comportamiento, los soldados mostraban una incredulidad pasmosa.

Cualquiera de ellos habría castigado a su mujer...

Sin embargo, no se habían percatado de que todo formaba parte de un juego pícaro entre esposos, por el que Psique sentía una morbosa curiosidad.

Sobre todo cuando ambos regresaban de sus supuestas discusiones con las mejillas arreboladas, los labios hinchados y ese brillo especial en los ojos.

Catalina no era la única vigilada. Miles se había convertido en su sombra y, gracias a ello, Psique había podido conocer su camaradería con Edward McCain, futuro laird de los McEwen .

—Mi viejo suegro está sufriendo mucho últimamente con esa pierna suya —comentó el gigante pelirrojo—. Al menos, nuestras esposas se ayudarán en la ardua tarea de aliviarlo.

—Sí, ha sido una buena idea que Daviana se haya mudado con vuestros hijos a Dalness hasta que volvamos.

Su compañía le hará mucho bien. Elizabeth hace cuanto puede para mitigar su dolor, pero acaba agotada.

Te juro que, si no fuera por ella, él mismo se habría cortado la pierna en uno de sus arrebatos.

—Tu mujer sabe lo que se hace, amigo —opinó sin titubeos. Luego gruñó al continuar—. Estoy deseando encontrar a esos gallowglas y terminar con todo esto.

—Yo tampoco veo la hora de volver a abrazar a mi familia —acordó Edward.

Psique sintió un fuerte pellizco en el estómago.

Esos guerreros añoraban a los suyos. En su caso, sería inevitable un enfrentamiento con su padre, su madre y sus hermanos...

Tendría que dar muchas explicaciones. La sonrisa afloró a sus labios al acordarse de su incansable prima Jana.

Estaba segura de que tendría que soportar sus reproches hasta llegar a anciana.

—Tú también lo harás dentro de poco, muchacha. —Psique levantó la vista con rapidez hacia Edward—. No tardarán en alcanzarnos.

Ella negó con la cabeza, desconcertada. ¿Cómo podrían encontrarla tan rápido? Sucedería lo que más temía, le impedirían seguir adelante. No podía permitirlo.

—No volveré con ellos, si es lo que queréis —dijo con decisión.

—Tú harás lo que te ordene tu padre, maldita sea.

—No pienso volver sin encontrar a Will. Tendrán que amarrarme.. .

—Claro, no habrá ningún problema con eso —cortó Miles—. Depende de ti conservar la dignidad delante de tanta gente.

Psique entrecerró los ojos, furiosa. Desconfiaba de las medidas adoptadas por su padre, pero también tenía la esperanza de que la escuchara.

Irving era un hombre diferente. Jamás le había levantado la voz y siempre había razonado con ella cualquier problema antes de tomar una decisión.

¿Tomaría una solución tan drástica y temible?

No, Irving no era como ese oso. Aunque tal vez su tío Cameron...

Después de esa conversación, no estuvo menos intranquila. Catalina notó el cambio de humor unas horas más tarde, cuando hicieron una breve parada para dar de beber a los caballos y llenar las botas de agua en el río.

—¿Se puede saber qué demonios te ha vuelto a decir ese gigante con cerebro de mosquito?

—Nada que no sea cierto, Catalina. —Esta alzó las cejas—. Temo que mi padre o mi tío me obliguen a regresar.

La mujer se rascó la cabeza, pensativa. Finalmente, le cogió una mano y se la apretó.

—Hablaré con ellos y, aunque no te prometo conseguirlo, debo admitir que tengo un as en la manga.

Psique parpadeó.

—¿Qué as es ese?

—Tu tío me debe una bien grande o eso me juró hace mucho tiempo —confesó con una pícara sonrisa.

—¿Qué conspiráis, hermanos David y John? —preguntó con sorna Andrew, haciéndolas dar un respingo.

—Al parecer, mi tío Cameron le debe un gran favor a Catalina —comentó sin pensar .

Esta cerró los ojos al segundo y Psique sintió que, sin entenderlo, había metido la pata hasta el fondo. Andrew se irguió y cruzó de brazos.

—Ese hombre no le debe nada a mi mujer —dijo con tono amenazante, sin dejar de observar a Catalina—. ¡Nada!

Psique volvió a sobresaltarse. El silencio había vuelto el aire espeso. No entendía ese mal humor y algunos soldados los observaban de soslayo, disimulando con torpeza.

—Será mejor que dejemos esta discusión para más tarde, esposo mío —dijo entre dientes la mujer.

Andrew gruñó con rabia y se alejó de ellas a paso rápido.

—Siento haber dicho... lo que sea que haya dicho...

—No tienes la culpa de nada, cariño —la cortó Catalina y besó el dorso de la mano que todavía mantenía entre las suyas—. No solo mi esposo tiene deudas pendientes y, quiera él o no, tendrá que aceptarlo.

—Perdona, no te entiendo.

—Es una larga historia, niña —dijo soltándola y agachándose en la orilla para mojarse la nuca—. Conocí a tu tío en circunstancias muy especiales, y mucho antes que a mi esposo. Andrew parece que nunca logrará enterrarlo.

Psique boqueó mientras la mujer comentaba aquello con una naturalidad que no acompañaba al sentido retorcido de esas confesiones. Seguía humedeciéndose los brazos, el rostro e incluso el cabello con el agua del río. En el escote, que había abierto un poco, llegó a advertir una cicatriz antigua.

—Tienes una marca —comentó, pero ella no parecía oírla, afanada en su concienzuda limpieza. Movida por una curiosidad incontenible, hizo la pregunta que le picaba en la punta de la nariz—. ¿Mi tío y tú... ?

La mujer detuvo su aseo de golpe y la miró de frente. Si con su madurez conservaba una belleza exultante, no podía imaginar lo que habría sido con veinte años menos. Ningún hombre se resistiría a los encantos de la joven y hermosa Catalina.

—Es un buen amigo —se apresuró a decir—. Viví en su castillo muchos años, hasta que me casé con Andrew.

Psique suspiró con alivio. ¿Cómo había pensado algo tan descabellado? Tal vez la actitud celosa de su esposo la había hecho imaginar más de la cuenta y, después de su aclaración, podía quedarse tranquila. Sin embargo, percibía cierta inquietud en su mirada. Era mínima, pero existía.

La situación resultaba incómoda y, después de aquello, Psique no comentó nada más y la imitó en su aseo.

El agua gélida del río logró despejarla y, cuando levantó la cabeza, se encontró de nuevo a solas.

Catalina había acudido al lado de su esposo, quien continuaba con el mismo rictus severo de antes.

Los observó en silencio unos minutos más hasta que Miles apareció a su lado.

—Nos iremos pronto, deberías montar.

—Gracias por avisar, Miles —contestó afable.

—¿Qué mirabas tan callada? —preguntó, achicando los ojos—. Si algo he aprendido estos días a tu lado es a averiguar cuándo tramas algo.

Frunció los labios. No la sorprendía ser tan transparente, pero le fastidiaba ponérselo tan fácil. Con un gesto de la cabeza señaló a la pareja.

—¿Por qué odia Andrew a mi tío Cameron?

El gigante carraspeó tanto que le dio un golpe de tos. Pronto tuvieron todas las miradas encima, incluida la del aludido .

—Será mejor que partamos —respondió en voz alta para que todos lo oyeran.

Enseguida, fue hasta su caballo que se hallaba atado a un árbol unos pasos más allá.

Ella lo siguió con la mosca todavía zumbando en su oreja.

—¿Qué me ocultas, grandullón? —volvió a preguntarle en voz baja—. Tú me leerás la mente, yo puedo oler tu miedo.

—Es un tema delicado, niña —le dijo entre dientes mientras la ayudaba a montar—. Será mejor que lo olvides si no quieres volver a tu hogar ahora mismo.

Psique lo fulminó con la mirada y no le contestó.

—Me recuerdas a mi hija Meredith —añadió con una leve sonrisa.

—Vaya, va a resultar que al final me vas a coger cariño —soltó ella, mordaz.

—No he dicho eso.

—Pero lo adivino en tu sonrisa —susurró inclinándose hasta él para que nadie más la oyera—. La añoras, ¿verdad?

Asintió, cuidándose de no demostrar más emociones de las necesarias.

—No se cansa de preguntarlo todo.

Psique rio. Conocía a su hija: habían coincidido en alguna que otra reunión familiar. Incluso su tío Cameron era el padrino de Meredith. Era mayor que Psique, pero habían hecho buenas migas, precisamente por eso que su padre exponía.

Partieron a la orden de Andrew y el grupo siguió avanzando al este .

—¿Adónde nos dirigimos, Miles? ¿Queda mucho? —Él la miró de reojo y, para su frustración, no respondió—. ¿Acaso está prohibido saberlo? Me gustaría descansar...

—¿Descansar? —repitió él, casi riendo—. Por mí, ya estarías de vuelta con tu familia. Andrew se ha ablandado con los años.

—No soy tan inútil como piensas —replicó—. Sé tirar con arco, hacerme invisible en el campo y correr más rápido que un ciervo...

—Nada que sirva contra esos gallowglas.

—Ni que fueran dioses invencibles.

—Casi —contestó y, con una seriedad  impactante, continuó—. Créeme, corres peligro con nosotros. Tendrás que volver con tu padre antes de que lleguemos hasta ellos.

Cada palabra pinchaba como un alfiler. No temía por ella, sino por el peligro que corría Will. ¿Seguiría vivo? Lo sentía con fuerza en el pecho, y eso era lo único que la empujaba a avanzar sin quejarse. No aceptaría regresar sin él.

—¿Puedes decirme al menos cuánto nos queda de camino?

—Poco. A ti menos, tu padre no tardará en alcanzarnos.

Lo miró con sorpresa. Su padre podía estar mucho más cerca de lo que había imaginado. Rezó para que Miles se equivocara y solo tratara de inquietarla. No obstante, ese gigante no solía mentir.

Pasó los días devorada por la inquietud. Cada grito de cualquier soldado la sobresaltaba, convencida de que su tío los había alcanzado. Dormía mal, comía peor y, aun así, avanzaba con una determinación que no le pasaba inadvertida a Miles, quien la observaba siempre en silencio.

Fue en mitad de la noche cuando llegaron .

El grupo dormía todavía bajo el resplandor de los fuegos.

Ella se había levantado hacía apenas un rato, muy inquieta.

Sentada y abrazada a sus pies, junto a una de las hogueras, pensaba en Will y lo mucho que lo añoraba.

Si en dos años lo había echado en falta, en esas últimas semanas, sabedora de su cautiverio, apenas contenía las lágrimas al recordarlo.

Unos pasos pesados sonaron entre los árboles. Eran pisadas firmes de hombres, sin ninguna duda. Miles, unos pasos más allá, se incorporó de un salto con la mano en la empuñadura. La buscó con la mirada y, en un santiamén, ya estaba a su lado.

—Quédate detrás de mí —ordenó.

De la oscuridad surgieron siluetas enormes de guerreros armados, acompañados por la guardia del grupo. La luz de la luna dibujó sus rostros extenuados y mostró el color del tartán de los McAllen. El corazón de Psique dejó de latir al asomarse por detrás del gigante pelirrojo.

—¿Estás bien? —preguntó Miles, girándose hacia ella—. Estás muy pálida. No irás a desmayarte ahora, ¿verdad? —Se agachó un poco y susurró en su oído—: Muestra a la mujer en la que te has convertido, no a la niña que esperan encontrar.

Ella lo miró con sorpresa. ¿Miles Allan la animaba a luchar por su sueño? Asintió, muy seria. De pronto, sintió que el miedo que la había acompañado durante esa última semana se esfumaba de golpe. Por primera vez enfrentaría a su familia, con la verdad y con toda su voluntad.

Catalina se colocó a su otro lado y la agarró del brazo con firmeza. No le dijo nada, pero ese gesto apuntaba que podía contar con ella. Su amistad se había forjado sólida, nacida del amor compartido por Will.

Miles, Edward y Andrew adelantaron unos pasos, formando un muro de espaldas anchas que apenas le dejaba ver a quiénes saludaban.

Entonces la cabeza dorada de su padre emergió por detrás de los guerreros.

Sus ojos, esos que siempre habían sido un refugio para ella, se clavaron en los suyos con una intensidad que la dejó sin aliento.

No había sorpresa, había reconocimiento, reproche y un alivio feroz que le llegó al alma.

Catalina apretó un poco más su brazo.

—Respira —murmuró sin apartar la vista del guerrero de ojos azules y furiosos que, con cada paso, anunciaba que nada volvería a ser igual.

No esperaron más. Padre e hija avanzaron, dejando atrás el miedo y el reproche, atraídos por el cariño.

Irving la atrapó entre sus brazos con fuerza.

No había calidez ni suavidad en el gesto, sino la desesperación de un hombre que había temido lo peor.

Ella sintió que su pecho temblaba contra el suyo.

—Por todos los santos... —murmuró él, hundiendo el rostro en su cabello—. Pensé que te había perdido.

Psique cerró los ojos. Las lágrimas brotaron sin permiso, silenciosas, olvidando todo. Él la apretó aún más, como si lo hubiera necesitado toda una vida.

Pero el alivio apenas duró un instante. Su padre la separó de golpe y la sujetó por los hombros. La miraba con furia y miedo, conmovido por tenerla delante.

—¿En qué estabas pensando? —Su voz se quebró, aunque intentó ocultarlo—. ¿Meterte entre guerreros y desaparecer dejando una estúpida carta? —La sacudió por los hombros con rabia—. No te atrevas a mentirme más. Ronald me lo ha contado todo.

—¿Ronald está aquí? —preguntó, buscándolo con desesperación detrás de su padre .

Entonces lo vio junto a su tío. Discutía con Andrew, apartado de los demás. Sus piernas flaquearon, pero su padre la agarró antes de que cayera al suelo.

—Gracias por traerlo contigo, padre.