Almas Rebeldes XXIV #2
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XXIV #2

—¿Acero vivo? —preguntó tragando saliva.

—El acero cobra vida cuando lo empuñas y se convierte en parte de ti. Es una extensión de tu brazo y de tu corazón. Si no sabes dominarlo, él te dominará a ti.

—¿Tendré que luchar con uno de vosotros?

—Sí, pero no consistirá en ganar la batalla, sino en lograr detenerte cuando te lo indique.

—Es una prueba de obediencia y control —continuó Aodh a su lado—. Cualquiera puede atacar o dejarse llevar por la furia. Un gallowglas debe saber frenar un golpe cuando ya esté en el aire.

Will bajó la mirada hacia las espadas. Cuando uno combatía, la sangre hervía, el cuerpo entraba en modo de supervivencia y detener ese instinto de arremetida sería casi imposible.

Él había luchado con su padre y sabía cómo sorprender y reducir con rapidez al enemigo; sin embargo, nunca había luchado a muerte y dudaba de si sería capaz de dejarse herir.

—¿Y si no puedo?

Tormod se acercó a él y le tomó del mentón, obligándolo a mirarlo a los ojos.

—Entonces, serás un rehén.

La sangre le calentó las venas. Esa palabra le molestaba como cualquier golpe. Necesitaba dejar de ser vigilado para poder escapar de allí. Ser considerado uno más para acceder a esos senderos que le llevarían fuera de esa prisión vegetal. Ganarse la confianza de esos gallowglas a toda costa.

El silencio era pesado; solo su respiración acelerada delataba la impaciencia.

El guerrero soltó su rostro y señaló el círculo.

—Entrarás aquí con uno de los nuestros. No te matará, pero te llevará al límite. ¿Sabes lo que es el temple? —Will asintió—. Lo necesitarás más que nunca, te lo aseguro. Somos expertos no solo en técnica, sino también en hacer creer al enemigo que es un crío de teta.

Tormod sonreía con sorna al referirse a eso último. Parecía impaciente por comenzar a provocarlo. Will apretó los dientes, conteniendo el impulso de mandarlo a la mierda.

—Lo dicho, muchacho —dijo Aodh entregándole una de las enormes espadas que Will empuñó con ambas manos—. Guarda tu sed de sangre para un combate real. Ahora deberás conservar el juicio y no bajar la guardia.

—Cuando escuches gritar «¡alto!», tendrás que parar —añadió Tormod .

—¿Y si no la escucho?

—La escucharás —replicó el líder con dureza—. Tu vida dependerá de detenerte. Recuerda que él está también armado, si se ve en peligro te matará sin dilación.

Will respiró hondo, intentando calmarse. Aodh se inclinó hacia él y le puso una mano en el hombro.

—Esta prueba no mide si puedes matar —calló un segundo para asegurarse de que entendía—. Un gallowglas que no sabe detener su acero es un peligro para todos.

Will asintió y aguardó en el centro del círculo. Apretó la empuñadura y adoptó una posición de combate, invitando a su oponente a luchar.

—Comencemos —pidió muy serio.

El murmullo del clan cesó y su oponente salió al fin de entre los congregados.

Decidido, se detuvo unos pasos delante de él.

Se lo había cruzado alguna vez durante esos días, pero no habían hablado.

Era un guerrero que lo miraba con desconfianza y le negaba el saludo.

No era mucho más alto que él ni demasiado corpulento.

Desnudo de cintura para arriba, mostraba un torso atlético que, junto con su postura erguida, irradiaba una seguridad envidiable.

Su cabello gris como la plata vieja caía sobre sus hombros, y sus facciones angulosas y su nariz aguileña le daban el aspecto de una rapaz inquisitiva.

Le provocaba cierta inquietud, pero, tras examinar sus posibles debilidades, se dijo que no debía ser difícil enfrentarlo, pues eran de complexión similar.

Su padre e incluso su amigo Ronald lo doblaban en tamaño.

Aun así, había luchado muchas veces con ellos y había vencido.

¿Qué trampa podía ocultarle ese hombre de mirada penetrante ?

«Nada más y nada menos que un gallowglas con una misión encomiable: no dejarte vencer», se contestó a sí mismo, sin dejarse engañar por la primera impresión.

—Domhall Mac Ruaidhri —saludó con una sonrisa torcida, inclinando la cabeza gris en señal de respeto.

Luego se agachó para recoger la otra espada del suelo.

Durante unos segundos la blandió con movimientos rápidos, tal y como había hecho Will para probar su peso y agilidad entre los dedos.

Tras apoyar la yema de un dedo en la punta, fijó la atención en él—. Será un placer acabar con tu farsa.

Todavía no habían comenzado a luchar y ya sentía sus palabras como una estocada directa a la garganta. Haciendo un enorme esfuerzo por no mostrar lo mucho que le había molestado, le devolvió la misma sonrisa.

—Para mí sería un gusto meterte esto por el culo —dijo levantando el arma—, pero hoy te quedarás con las ganas. —El guerrero bufó—. Ándate con ojo, pájaro de mal agüero.

Las risas prorrumpieron entre los presentes y no le permitieron oír las carcajadas del incrédulo Domhall. Pronto los espectadores comenzaron a aullar y silbar de buen ánimo. Se notaba que hacía tiempo que no disfrutaban de un buen espectáculo, y Will prometía ofrecerlo.

—Will —llamó Tormod, callando a todos—. Si puedes detener tu acero ante él, podrás hacerlo ante cualquiera.

Asintió y se colocó en posición de defensa, empuñando la espada con las dos manos. Mantuvo las piernas semiflexionadas y separadas para conservar el equilibrio ante un ataque imprevisto.

Domhall se inclinó con la mano en el pecho, en un gesto cargado de simbolismo.

—Te trataré como a uno de los nuestros si sales entero .

Tras esa promesa de respeto y aceptación, se colocó en posición y, pocos segundos después, atacó con un golpe limpio de espada. Will, preparado para cualquier movimiento, lo bloqueó sin problemas; sin embargo, el impacto reverberó en sus brazos como si lo hubiera golpeado un tronco.

Domhall no sonrió ni gruñó. En cambio, mientras adoptaba una nueva posición de guardia, le dijo:

—Respira.

Le estaba demostrando que no hacía falta ser un hombre grande para partirlo en dos de un solo golpe de mandoble.

Will respiró y en ese instante supo que el combate comenzaba de verdad.

Domhall atacaba como alguien que no buscaba humillar ni impresionar, sino revelar sus puntos débiles para enervarlo.

Mantenía un ritmo irregular: combinaba un golpe lento con un giro rápido, y lo que al principio parecía un gesto torpe se convertía en un rayo capaz de partirlo en dos.

Will intentaba seguirlo, pero, cuando parecía tenerlo acorralado, el guerrero lo golpeaba con el hombro, la barbilla o le propinaba un fuerte codazo, desestabilizándolo.

Así, una y otra vez, le hacía sentir que lo ponía a prueba todo el tiempo, que jugaban al ratón y al gato.

Un juego en el que él era el roedor a punto de ser devorado.

Un impacto en las costillas lo dobló en dos; otro en el antebrazo casi le hizo soltar el arma. Ningún golpe era mortal, pero todos encendían su sangre y llevaban su ira al límite.

Durante unos segundos, ambos se midieron con las miradas mientras exhalaban con profundidad. El guerrero también se mostraba cansado, no obstante, todavía podía soltarle alguna puya.

—No olvides que no luchas contra mí, sino contigo —soltó con una sonrisa .

Era cierto y sabía que lo invitaba a enfriar su rabia. Aun así, saber que lo trataba como a un niño y que además era tan fácil sacarlo de sus casillas lo enfurecía el doble.

De pronto, Domhall dejó su flanco derecho al descubierto.

Era un reclamo y, por un instante, Will dudó.

Solo por un instante, pues avanzó con el acero vibrando entre sus manos, decidido a asestarle el golpe definitivo.

Domhall lo percibió, retrocedió un paso y se tensó.

El mandoble se dirigía al hombro del guerrero como un martillazo sobre el yunque.

Will sintió que la espada se prolongaba en sus manos y formaba parte de él, capaz de cortar las alas de aquel pajarraco gris para siempre.

Sabía que la victoria era suya. Y entonces...

—¡Alto!

La voz de Tormod llegó como un cuchillo que cortó el aire. Domhall no se movió. Confiaba en él. El pájaro daba por hecho que se detendría. Después de haberlo puesto al límite, y aun sabiendo que era un toro enfurecido, lo consideraba uno más de los suyos.

Se frenó con los músculos y con una voluntad tan obstinada que cayó al suelo de costado, desviando la trayectoria de su golpe certero. El filo pasó rozando la cabeza del guerrero, lo justo para dejarlo vivo.

—Bien —dijo el hombre, soltando el aliento, consciente de que no cualquiera habría podido detener aquella acometida.

Solo un guerrero con la cabeza fría podría haberse detenido, y ese era él.

Domhall se acercó con la espada baja y le tendió la mano.

—Tienes mi mano, pero sobre todo mi respeto, hermano.

Will miró la mano con gran emoción. Había pasado la prueba, era reconocido por el pájaro gris .

Aceptó su ayuda y, apoyado en su propia espada, logró ponerse en pie. Las piernas le temblaban, aquello había sido demasiado.

La certeza de que la ira lo había rozado, de que un solo latido habría bastado para hacerle perder el control y morir allí mismo a manos de Tormod, le atravesó el pecho.

La muerte no solo había pasado de largo para Domhall; también lo había ignorado a él en aquella prueba.

—Superaste la prueba del Acero Vivo, McPherson.