XXIV
—Lo que sucedió encendió entre los nuestros la chispa del odio. Una chispa que no se apagará hasta que nuestras hachas prueben la sangre de los culpables, muchacho.
—Tormod habló de violaciones. Dijo que mataron a su hijo —insistió.
El viejo Donald era un hueso duro de roer. Asintió y se acomodó en la butaca junto al fuego. Con calma, encendió su pipa y soltó el humo en una densa nube blanca. Will esperó sentado a su lado mientras bebía un sorbo de hidromiel.
—Fueron muchos los hijos que perdieron la vida ese desafortunado día.
Vivíamos más al este, a pocas millas de la Cascada del Hacha.
—Will frunció el ceño. Allí era donde dijo Tormod que había citado a su padre—.
Yo todavía podía montar, no como ahora, que apenas me mantengo en pie por culpa de esta maldita pierna.
—¿No pudisteis defenderlos? —preguntó impaciente.
El viejo lo notó y gruñó malhumorado.
—Salimos de caza —dijo al fin—. Seguíamos el rastro de un oso que había matado a uno de los nuestros tras sorprenderlo durante una de sus guardias.
—Sus palabras quedaron suspendidas y su rostro se crispó durante un segundo, como si recordara algo doloroso—.
No imaginábamos que hubiera una cuadrilla de soldados por estas tierras.
Los ingleses no suelen adentrarse en territorios tan salvajes, a menos que busquen algo determinado.
—Volvió a fumar de su pipa y, tras unos segundos, continuó con rudeza—.
Cuando regresamos, habían masacrado el poblado, violado a nuestras mujeres y, como te dijo Tormod, matado a su hijo. A todos los niños del poblado.
Will trató de imaginar una escena que ni en sus peores pesadillas habría podido soportar.
—¿Qué buscaban? —preguntó con voz quebrada, sintiendo un nudo en la garganta.
—Alguien nos denunció ante la Guardia Negra. ¿Por unas monedas, por ideas contrarias a las nuestras...? Nunca lo supimos. Esa escoria apareció bien armada y al mando de un factor. Buscaban exterminar posibles amenazas contra ese usurpador alemán.
Will contuvo el aliento al oír cómo se refería a Jorge I, quien reinaba desde pocos años después de la firma del Acta de Unión con Inglaterra en 1707.
Lo llamaban el «usurpador» del trono legítimo y suponía un obstáculo para el regreso de los Estuardo.
Era, por excelencia, el carcelero de las Highlands y, para ello, había intensificado la presencia de su Guardia Negra.
Los factors eran los ojos del rey, encargados de vigilar cada rincón de Escocia en busca de posibles amenazas jacobitas.
Era habitual que marcharan en silencio, vestidos de negro como fantasmas amenazadores.
Eran disciplinados y eficaces. No bebían, no aceptaban sobornos ni tenían vínculos con los clanes vigilados, pues pertenecían a otros clanes aliados de los hanoverianos.
Enviaban informes a Inveraray, a Fort William o a Edimburgo.
Sus denuncias terminaban en arrestos, confiscaciones, castigos o acusaciones de traición .
—Esos traidores nos masacraron como si fuésemos ratas —escupió con rabia—. Y todo por disfrutar de un cargo de ese cabrón afeminado y vestir un tartán oscuro como su alma. Me avergüenza haber compartido compañía con ellos.
—He conocido a unos pocos durante estos dos años, Donald. Confiscaron muchas de mis armas... —Calló. Después de eso, su historia no parecía tener relevancia—. Siento vuestro dolor; no merecen compartir nuestra sangre.
—¿Nuestra sangre, dices? —preguntó este con ansiedad—. No, muchacho. Ellos fueron paridos por perros sin clan, y criados por hombres que vendieron su honor por una miserable paga. Tienen agua sucia en sus venas, no merecen que los nombremos entre los muertos.
—Dijiste que luchaste al lado de esos clanes. No puedo imaginar el infierno que sería regresar ese día y encontraros con...
—No, Will. No puedes porque tu corazón todavía sigue latiendo. El nuestro se pudrió ese día y solo nos queda luchar y honrar a nuestros muertos.
—Por venganza. —El viejo negó con la cabeza y Will recordó las palabras de Tormod—. Por liberar vuestra tierra y poder vivir en paz.
El anciano asintió disimulando el brillo en sus ojos mientras golpeaba la pipa contra la humilde chimenea.
—Únicamente queremos vivir en paz, trabajar la tierra, conservar nuestra cultura como nos enseñaron los ancestros, hacer de nuestros hijos hombres de bien.
—Su tono era tranquilo, pero Will notaba la tensión de su espalda mientras hablaba—.
Ellos destruyen, imponen, no respetan ni a su propia sangre. Son perros hambrientos de poder .
El recuerdo no llegó como una imagen nítida, sino como una sensación enterrada en el olvido de su niñez.
Mientras Donald seguía con su perorata llena de amargura, Will apenas lo oía.
Su mente retrocedió muchos inviernos, a un amanecer gris que contemplaba desde la ventana de la cocina de su hogar en Pretty Poppies:
Oyó el crujido de la nieve bajo las botas. Unas pisadas profundas llegaron hasta el piso del porche. La oscuridad de sus ropas fue lo primero que le impactó; luego tragó saliva ante la presencia de un rostro sombrío y mal afeitado. Y sus ojos... unos ojos que miraban como si nada les importara.
—Will, no salgas y quédate con el padre Elliot —le ordenó Andrew en voz baja, pero tensa para después salir al encuentro de ese demonio.
Por suerte, su madre había salido a visitar a su cuñada junto con sus hermanos. Su padre, el sacerdote Elliot Graham y él se habían quedado en casa, conversando después de almorzar los famosos haggis que tanto adoraba el viejo.
Will tenía cinco años. Para él, la presencia de un grupo de soldados de aspecto perturbador en su casa era terrorífica.
Con los ojos brillantes, vio cómo registraban la casa, cómo tiraban al suelo la espada familiar de su abuelo y cómo uno de ellos la pateaba con desprecio, como si fuera solo un hierro inservible.
Elliot, aunque débil por haber padecido un reciente resfriado, lo sujetaba con firmeza para evitar que la recogiera y la blandiera en defensa de su padre, a quien propinaban una fuerte paliza.
—Sé que te traes algo entre manos, McPherson —dijo el hombre oscuro, agarrando por la pechera a su padre—.
No engañas a nadie con esta nueva vida que llevas ahora.
¿Crees que voy a creer que eres un hombre respetable?
—Andrew guardaba silencio y lo miraba con una sonrisa maliciosa.
El factor lo soltó de un empellón y le escupió encima—.
La escoria como tú nunca cambia. Algún día te tendré en mis manos, maldito traidor.
La mirada llena de rabia contenida y humillación de Andrew McPherson se repitió en forma de pesadillas para Will durante muchas noches.
Esa misma furia ardía en Donald.
Will respiró hondo antes de recuperar la voz.
—Donald —susurró, silenciando al anciano, que le devolvió una expresión ceñuda—. Sé lo que es ser humillado por ellos. Los he visto despreciar lo que amas. No con sangre, como a vosotros, sino con extorsión e injusticia.
El viejo no respondió; se limitó a chasquear la lengua.
—Sé que hay heridas que no se cierran —continuó—. Y que un hombre puede perdonar muchas cosas, pero nunca que te arranquen el honor y la vida de tus seres queridos.
Donald se sorprendió al notar el temblor de su voz. Luego, el silencio volvió a caer sobre ellos. El crepitar de la hoguera rompía la quietud que los mantenía unidos entre las sombras de recuerdos dolorosos.
—Veo que también te pesa cuando algo no es justo —dijo el viejo al fin con una media sonrisa complaciente. Luego le dio otra profunda calada a su pipa—. Cuánto añoro a tu padre, él siempre sabía qué decir entre los silencios.
—Donald —lo llamó—, tengo una pregunta más que hacerte. —El anciano asintió, a la espera—. ¿Por qué solo mataron a los niños ?
El viejo cerró los ojos con fuerza, sopesando cómo responder a eso. Cuando los abrió volvía a librarse una fuerte tormenta en ellos.
—Al matar a nuestros hijos extinguían nuestro legado y se aseguraban el suyo en el vientre de nuestras esposas.
La revelación golpeó a Will como un terrible mazazo en el pecho. Por un momento, pensó que el corazón se le saldría. Aquello dolía tanto que apenas podía seguir hablando. Era demasiado espeluznante.
—Las que se quedaron encinta abortaron para no traer la vergüenza al poblado.
Una idea descabellada cruzó su mente, llenándolo de una intensa furia. Jork era el único niño de ocho años en el poblado; los demás eran más pequeños.
Su padre era inglés...
Madre e hijo sufrían el rechazo de su propio clan. No tenían dónde ir. No pertenecían a ningún lugar.
—Todas abortaron menos...
—Sorcha.
Tras una larga reflexión con la que concluía que la libertad era lo único que podía salvarlos, los gallowglas no se hicieron esperar. Pronto se presentaron en la casa del anciano para llevarlo a las grandes rocas donde expondrían la tercera prueba que debía superar.
Will observó el círculo de piedras y ceniza trazado en el suelo. Fuera de él, poco a poco, se congregó todo el poblado; incluso Sorcha y Jork se encontraban entre ellos. El niño mostraba una intensa emoción; en cambio, su madre solo evidenciaba una gran preocupación.
El enorme guerrero y líder del grupo se colocó en el centro del círculo y clavó la mirada en Will.
El corazón le latía deprisa mientras aguardaba el siguiente movimiento.
La incertidumbre había carcomido su paciencia como un roedor devora un trozo de carne.
Sabía que los nervios eran el principio de cualquier fin; por ello, respiró hondo y sostuvo con firmeza la mirada de Tormod.
Aodh y otro guerrero colocaron dos espadas cruzadas en el centro del círculo y luego el rubio se volvió hacia él.
—Esta es la tercera prueba, Will —pronunció con voz grave, y le indicó con un gesto rápido de la mano que entrara en el círculo—. Suerte, muchacho.
Will avanzó unos pasos a la vez que Tormod, quien lo medía de forma intensa con la mirada.
—Esta prueba la llamamos Calideamh Beo , el Acero Vivo.