Almas Rebeldes XXIII
53%

XXIII

Para su más absoluta congoja, Ronald fue apartado de la misión y obligado a regresar sin siquiera despedirse de Psique y Catalina.

Psique lo vio alejarse entre los árboles con la espalda rígida y la cabeza gacha.

Le sorprendió que no la enviaran de vuelta con él.

Quizá fuera porque Andrew no confiaba lo suficiente en Ronald para protegerla. Y esa idea la martirizaba.

No podía imaginar lo humillante que habría sido para su amigo la discusión mantenida con Andrew. El nudo en su garganta por sentirse culpable apenas la dejaba respirar, a pesar de llevar el rostro destapado. Ni el aire frío en sus mejillas lograba despejarle la mente.

La actitud del grupo cambió de forma radical tras descubrirse las verdaderas identidades de Psique y Catalina.

El ambiente se volvió enrarecido. Las bromas y la camaradería cesaron, y Psique percibía el reproche en cada mirada.

Se sentían estúpidos por haberse dejado engañar por ellas y las culpaban de la partida de Ronald.

Ya no confiaban en ninguna de las dos, y Psique lo llevaba bastante mal.

Avanzaba en silencio y sin el ánimo de un principio .

Catalina, en cambio, erguía la cabeza, como si nada pudiera tocarla. Aun así, Psique notaba su contención cada vez que un soldado murmuraba algo a su paso.

—No les hagas caso —susurraba Catalina en alguna ocasión—. Los hombres odian sentirse más tontos de lo que ya son.

Psique asintió, pero no la consoló.

—Ronald ha pagado por nosotras y merecía estar aquí tanto como cualquiera. No es justo, Catalina.

La mujer suspiró, cansada.

—Ronald es fuerte y... —Hizo una breve pausa—. Andrew no lo castigará más de lo necesario. Lo quiere como a un hijo y lo ha obligado a volver para protegerlo.

Psique ladeó la cabeza. No estaba del todo de acuerdo con eso.

Ronald era el mejor amigo de Will y estaba segura de que se tomaría como una deshonra imperdonable ser apartado de la misión.

Algo le decía que, a partir de ese momento, su relación con Andrew ya no sería tan cálida y amistosa como antes.

Y sí, claro que era fuerte, pero ella sabía que su tierno corazón debía de habérsele roto en mil pedazos por haberlo obligado, con artimañas, a apoyarla.

¿Debía haberse quedado en casa esperando noticias? Claro, si hubiera sido una damisela conformista y temblorosa. Pero no era el caso.

Tras pensarlo, se replanteó muchas cosas. ¿Qué esperaría Will de su matrimonio? En su casa, Catalina rompía todos los moldes con su temperamento impetuoso y su gran fortaleza. No era débil y participaba en las conversaciones con los líderes como una más .

Psique no era tan valiente, pero sí rebelde. Había crecido en un hogar apacible, alejada de las tareas mundanas y rodeada de unas comodidades dignas de una reina. Y tan aburridas...

Era emocionante pensar que, tal vez, una vida más simple y sacrificada pudiera llenar el hueco insulso que la asolaba.

Puede que acabara con esa sensación de no pertenecer a ningún lugar.

Pero... ¿y si estaba confundida? Esa era su gran duda.

Aun así, estaba dispuesta a dejar su vida privilegiada por Will.

No obstante, ¿él lo aceptaría? ¿La aceptaría como una pareja capaz?

Andrew la había reconocido como la pelirroja. ¿Will le habría hablado de ella? ¿Cómo amiga o posible prometida? Andrew sabía algo más, algo que no había querido revelarle, y Psique presentía que era importante.

Nada indicaba una intención romántica, por mucho que lo deseara. Quizás...

¿Y si ella lo había seducido durante esos años sin darse cuenta?

Si lo pensaba bien, en sus reuniones había dejado señales casi imperceptibles, pero muy reales, de que quizás quería a Will de una forma sentimental...

Por ejemplo, la intensidad con que lo miraba o aquel nerviosismo repentino cuando lo abrazaba o le plantaba un beso, o varios, en la mejilla.

¿Y si se había tomado muchas libertades bajo el pretexto de la amistad?

En realidad, no lo sabía. Sus únicos amigos eran sus primos, y ninguno le provocaba aquella necesidad de contacto constante.

Tal vez se debía a la confianza entre ellos, o quizá, en lo más hondo de su subconsciente, lo amaba desde el principio sin saberlo.

¿Y si era ella a quien Will pretendía desposar ?

Pensar eso la sonrojó tanto que Catalina entrecerró los ojos mientras montaba a su lado.

—Hace más calor hoy, ¿no crees? —comentó Psique, mientras se abanicaba con la mano.

Sin embargo, la mujer no le contestó ni le quitó ojo de encima.

«Catalina la Terrible deberían llamarla», pensó mientras disimulaba con dificultad su incomodidad.

—Creo que iré a hablar con Miles, tenía algo importante que contarme —añadió con prisa.

Azuzó su caballo y, con la rapidez de quien huye como un conejo bajo la atenta mirada de un halcón, se plantó junto al guerrero más imponente de la partida.

El pelirrojo montaba con parsimonia en su caballo, igual de imponente que él. Al verla, interrumpió su silbido melódico y tensó los hombros, adoptando la rigidez de una estatua.

—¿Y ahora qué quieres? —gruñó Miles sin mirarla.

—¿Ni siquiera te atreves a mirarme? ¿Acaso traigo mala suerte? —preguntó con inocencia. Él resopló tan fuerte que hasta su caballo movió las orejas—. Pensé que... ya que te ocuparás de mí durante el viaje, sería de mala educación no venir a saludarte.

—Ocuparme de ti —dijo como si probara vinagre—. ¿Qué remedio me queda?

Psique se irguió un poco más en la silla, fingiendo una dignidad de la que carecía.

—No tienes que hacerlo si no lo deseas, soy muy capaz de defenderme sola.

—Ah, claro. La dama fugitiva ha adquirido en pocos días una pericia admirable en artes militares —soltó con sarcasmo—. Te quedaba bien ese disfraz de leprosa que llevabas; deberías plantearte ponértelo de nuevo. Al menos, los soldados no te mirarían como si fueras un plato caliente.

Psique lo fulminó con la mirada.

—Ya fue suficiente con que Andrew me descubriera, no necesito que me lo recuerdes cada día.

—Oh, claro que lo haré —respondió el guerrero mirándola con una fijeza inquietante—. Será tu escarmiento hasta que tu padre y tu tío te encuentren. Disfrutaré mucho de ver cómo los enfrentas.

Tragó saliva y, cuando habló, su voz sonó temblorosa.

—Ellos no...

—Ellos sí —la cortó con aspereza el pelirrojo.

Sus ojos azules parecían haberse oscurecido, mostrando el humor sombrío del dragón cuya fama lo precedía.

—No sabrán dónde estoy —insistió trémula.

El pelirrojo rio sin alegría.

—Estoy seguro de que lo averiguaron pronto y vienen de camino. Mandé un mensajero para avisarlos de que estás conmigo.

A Psique se le secó la garganta y ahogó un sollozo. Se sentía tan culpable que creyó romperse.

—No se te ocurra llorar, Psique —añadió el gigante con calma, a pesar de su tono afilado—. Si te pasara algo, no dejaría que tu familia me arrancara la piel; lo haría yo mismo. —Psique lo miró con pavor—. ¿Sabes lo que más me recrimino?

Psique negó con la cabeza.

—No haberte reconocido antes. No me lo perdonaré.

El silencio que siguió fue tan denso que a Psique le daba miedo respirar demasiado fuerte .

—No creas que no entiendo lo que sientes, lo sé bien, también fui joven. Pero al ser padre no puedo evitar pensar en lo que debe estar sufriendo tu familia. —La miró encendido de furia—. ¿Por qué has hecho algo así? ¿No comprendes que con eso puedes haberlos destruido?

La cruda verdad le cayó encima como un jarro de agua helada. Sin poder contenerse, lloró, sintiéndose la persona más miserable. A Miles no parecía importarle y continuó hablando con voz más grave.

—Tu padre, tu tío... —Sacudió la cabeza—. Tu madre, Psique. Estarán desesperados. ¿Sabes el desconsuelo que provoca en una familia la pérdida de un hijo?

El gigante calló al ver su terrible estado. Enseguida, apoyó la mano en su hombro, arrepentido. Sin embargo, Psique siguió llorando desconsolada sin percatarse de la presencia de Catalina a su lado.

—¿Qué demonios le dijiste, bruto insensible? —acusó Catalina.

—Yo... —El gigante frunció el ceño—. Solo le dije lo que pienso sobre esto. Actúa como si nada tuviera importancia, y sus actos tendrán malas consecuencias para su familia... y la tuya —murmuró—. Ella es una dama.

—¿Y? —preguntó desafiante—. A ti eso no te importó mucho en tus tiempos.

—No es lo mismo —expresó con las mejillas ardiendo de vergüenza.

Catalina entrecerró los ojos, pero no añadió nada más. Sabía reconocer cuándo un hombre recibía su propia medicina. Psique seguía encogida, respirando de forma desacompasada y sin prestarles atención .

El pelirrojo apretó el hombro de Psique, llamando su atención.

—No quise hacerte daño —murmuró, inclinándose hacia ella—. Pero cuando uno pierde a alguien... —Se le quebró la voz sin remedio— no vuelve a ser el mismo. Esto no es un juego. Podemos morir en el camino, incluso antes de llegar hasta esos mercenarios, ¿entiendes?

Psique asintió. Entendía que a sus ojos había actuado como una inconsciente, sin embargo, su deseo de comprobar por ella misma que Will seguía vivo lo podía todo.

Había esperado dos años enteros junto a ese árbol, reviviendo cada recuerdo compartido.

Tal vez fuera egoísta, pero las palabras de su madre habían calado su alma: debía seguir su corazón y sacrificarlo todo por lo que amaba.

—¿Alguna vez dudaste de tus sentimientos hacia tu esposa? —preguntó al gigante con voz rota, reteniendo un sollozo. Este no contestó, pero en su mirada leyó la devoción que sentía por ella—. Él es mi mundo. Volvería a hacerlo las veces que hicieran falta, Miles.

—Cada día me gustas más como nuera, niña —dijo Catalina, enseñando los dientes con descaro—. No te preocupes, los hombres como él ladran cuando tienen miedo, ya se le pasará.

Miles gruñó algo ininteligible. Catalina le lanzó una mirada que lo silenció. Psique, por primera vez en días, soltó una risa temblorosa.

Con rapidez, la muy digna se interpuso entre ambos con su caballo y obligó a Psique a separarse del gigante.

Luego, ya solas, se inclinó sobre su montura y le ofreció un pañuelo para secarse las lágrimas.

Esta lo tomó y, al limpiarse, arrastró la mugre que el polvo del camino había dejado pegada a su piel.

—Debo estar horrible —sollozó, imaginando lo espantosa que la vería Will .

—Bueno, no estás en tu mejor momento, pero con un poco de agua limpia y algo de dignidad podrías estar presentable.

Sonrió al oírla. En su mirada halló un brillo de preocupación apenas perceptible.

Las palabras de Miles debían haberla removido.

Catalina era consciente de que su hijo tenía un pie en la tumba.

No obstante, no lloraba ni se permitía flaquear.

Y además, le ofrecía a Psique un pañuelo y una broma para sostenerla.

La protegía, la cuidaba y la acogía como... pareja de Will. Sin palabras solemnes ni ceremonias ridículas.

Catalina se acercó un poco más con su caballo y le susurró:

—Escúchame bien —dijo y su voz adquirió su habitual tono cariñoso—. No dejes que Miles te haga creer que sobras. Si estás aquí es porque tienes más valor que muchos guerreros.

—Solo quiero llegar hasta Will.

—Lo sé. —Catalina acompañó sus palabras con una sonrisa cálida que la confortó—. Y por eso voy a ayudarte. Cuando mi hijo te vea, no quiero que vea a una niña rota, sino a la mujer que cruzó medio mundo por él.

—No sé si él sentirá lo mismo, Catalina —dijo con un hilo de voz.

—Eso solo puede decírtelo él, pero, como madre, siento que tú eres quien mantiene a mi hijo vivo.

Psique parpadeó sorprendida. Sin haberlo buscado, sentía una fuerte conexión con ella, con su fuerza y empatía. Era una amiga incondicional y agradecida.

La mujer le quitó el pañuelo y terminó de limpiarle el rostro con una paciencia inigualable.

—Así está mejor —dijo con un gesto indiferente de su  mano—. Ya no pareces un animalito del bosque .

Psique rio entre dientes y Catalina le sonrió, satisfecha. A lo lejos, Miles mascullaba algo, fingiendo que no las miraba cada pocos segundos. Catalina bufó al verlo.

—Si por él fuera, no te rozaría ni el aire.

Psique parpadeó, curiosa.

—Se preocupa demasiado, ya no soy una niña —contestó.

—Es gruñón, pero a su manera torpe te quiere.

—Una sonrisa inundó su encantador semblante mientras guiñaba un ojo al gigante, quien enderezó la espalda al verla—.

Da igual que ya no seas una niña; necesita asegurarse de que no te metes en más líos.

En el fondo, sus regañinas son su forma de decirte que le importas.

—Pero...

Calló al recordar la íntima conversación entre Catalina y su marido.

Esos guerreros con apariencia de osos insensibles albergaban un corazón enorme, capaz de lo que fuera por proteger lo que amaban.

En la intimidad eran simplemente hombres, niños en muchas ocasiones y amigos leales, dispuestos a romperse o sacrificarse para proteger a los suyos.

Psique respiró hondo. Olía a tierra mojada, a invierno.

Las montañas estaban cerca; muy pronto atravesarían el infierno gélido y, con seguridad, en algún instante añoraría la comodidad de su hogar.

No obstante, quería disfrutar de esa «libertad» enmascarada que le permitiría madurar hasta convertirse en una mujer diestra.

Removió su melena pelirroja, dejándola caer libre sobre la espalda.

—Vamos, Catalina —dijo con una sonrisa ladeada—. El camino no se anda solo. Reclamemos nuestro sitio.

Catalina asintió y ambas azuzaron las monturas hasta colocarse al lado de los líderes.

Por primera vez, Psique no sintió miedo, sino una profunda gratitud por permitirles acompañarlos a pesar del peligro.

De alguna manera, creían en ellas, y Psique sintió que podía estar a la altura.

Ya no agacharía la cabeza ante las miradas acusadoras: las enfrentaría con la misma fuerza.

Porque una mujer podía ser más débil físicamente, pero no menos capaz, ni menos valiente, ni menos digna de luchar por sus anhelos.

Levantó la barbilla con firmeza. Ella no sería una gallowglas ni una soldado, pero sí una persona digna de amar sin garantías y con una terquedad insuperable. Una persona que sabía por qué seguía adelante.

Catalina, a su lado, la miró de reojo y sonrió como si pudiera oír sus pensamientos.

—Así me gusta —comentó—. Con la cabeza alta.

Psique le devolvió la sonrisa justo cuando el sol asomó entre las nubes, iluminando el polvo del camino. Por primera vez desde que emprendió el viaje, sentía que avanzaba no solo hacia Will, sino hacia una versión de sí misma más segura y fuerte.

Mientras las monturas avanzaban, Psique supo que, pasara lo que pasara, no volvería a agachar la cabeza. Defendería sus ideas, aunque otros no las compartieran.