Almas Rebeldes XXII #2
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XXII #2

Dio el primer paso y el tronco se tambaleó; el segundo fue peor y el tercero casi lo derribó.

Siguió caminando y los gallowglas lo acompañaron, observándolo con incredulidad.

Seguro que ninguno había apostado a que lo alzaría sobre el hombro.

Sin embargo, Will era fuerte como su padre y testarudo como su madre.

Jamás permitiría que un simple tronco, por muy pesado que fuera, dejara su orgullo a la altura de la turba.

El recorrido se le hizo largo; cada músculo de su cuerpo ardía. Bufaba por el esfuerzo y el tronco casi se le resbaló en un instante. Aun así, lo sostuvo y reajustó la carga entre jadeos. El sudor le nublaba la vista y las piernas comenzaban a temblarle.

Tormod habló por fin:

—¿Sabes por qué hacemos esto? —Will no podía responder mientras se concentraba en no desfallecer—. Un gallowglas no solo carga con su arma: carga con su historia, sus muertos y sus hermanos.

Will apretó los dientes y pensó en su familia, en su amigo Ronald y en el padre Elliot. Pensó en ella, en sus trenzas y en su mechón rebelde mientras se burlaba de él. Siguió caminando.

Entonces los guerreros comenzaron a silbar y a aullar; otros aplaudían y jaleaban. Siguió adelante hasta que, al fin, oyó la voz de Aodh.

—Basta.

Will cayó de rodillas y soltó el tronco. El suelo tembló. Aodh se agachó frente a él .

—No eres el más fuerte, ni el más rápido. —Will levantó la vista, ceñudo y sin apenas resuello—. Pero has demostrado que no te rindes. Eso es lo que hace un gallowglas.

Miró a Tormod. Este asintió, conforme, y se alejó en silencio, caminando con paso firme. Había superado la segunda prueba.

Los guerreros lo vitorearon y se acercaron a darle la enhorabuena.

Incluso Aodh lo besó en la cabeza. Y él...

Él se sintió feliz. Su corazón latía rápido, el pecho le ardía de tanto resoplar y, entre el sufrimiento, notó que lo invadía un sentimiento de unión.

Rio con ellos y, por una vez, se permitió sentirse parte de aquella comunidad.

Ese mismo día, mientras almorzaba junto a sus compañeros, Jork se sentó a su lado. Lo observaba con una expresión renovada; juraría que era admiración. Sin decir palabra, no apartaba la mirada de él y llegó a incomodarlo.

—¿Qué pasa, Jork? ¿Tengo monos en la cara?

El niño masticaba un trozo de carne y abrió mucho los ojos.

—¿Monos? ¿Qué son monos? —preguntó con urgencia.

—¿No has visto ninguno? —El niño negó con la cabeza—. Es un animal pequeño y travieso.

—¿Dónde hay? En el bosque no los he visto y me lo conozco como la palma de mi mano. —Soltó una exclamación, como si acabara de caer en la cuenta—. ¿En la ciudad hay monos? Nunca he ido, pero me encantaría, señor.

Los guerreros prestaban atención y alguno había apartado la mirada, como si participar en aquella conversación le causara desasosiego. No se le había pasado por la cabeza lo desconocido que era el mundo para ese niño, encerrado en ese bosque la mayor parte de su vida .

—Llevamos en este asentamiento siete años —comentó uno de ellos, respondiendo lo que sospechaba.

—Los monos no viven en Escocia, pero algunos artistas los muestran en teatros.

—Tampoco sé qué es un teatro —dijo Jork algo frustrado—. Un día iré a la ciudad y veré todo eso.

Uno a uno, los hombres comenzaron a alejarse hasta dejarlos a solas. Will los observó extrañado, hasta que reparó en Sorcha, que estaba justo detrás de ellos.

—Jork, ya te advertí que debías dejar tranquilo al señor McPherson —regañó esta con las manos en las caderas.

Will quedó eclipsado al verla tan cerca. Sus ojos azules, tan claros, parecían los de una criatura de otro mundo; su cabello competía con los rayos del sol y sus rasgos... Cualquier mujer en edad casadera moriría de envidia por parecerse a ella.

—No lo estoy molestando, madre —refunfuñó el chico.

—Es verdad, no me molesta. Hablábamos de... —Se encogió de hombros, algo avergonzado— monos y teatros.

—¿Me llevarás a verlos cuando matemos a los ingleses, madre?

Sorcha se tensó y Will decidió intervenir.

—Te prometo que te llevaré a ver una obra de teatro con monos, chico.

El niño quedó tan patidifuso que ni respiró durante unos segundos. Luego, como loco, comenzó a gritar de emoción.

—¡Jork! —La voz de Sorcha sesgó el aire con autoridad—. Tu tío te espera para practicar con el arco. Ve con él. —Al resistirse a marcharse, insistió con dureza—. ¡Ahora !

El niño bufó, pero salió corriendo, no sin antes sonreírle a Will con ilusión. El silencio cayó de golpe y, justo cuando pensó que ella se marcharía tras su hijo, su voz lo cortó como un cuchillo.

—No deberías haberle prometido nada —dijo con una severidad más propia de su hermano Tormod.

—No es malo —replicó—. Lo hice feliz.

—¿Tú crees? Él ya es feliz. No necesita que nadie le llene la cabeza de pájaros. Nunca saldrá de aquí. Su futuro está... —su voz tembló un instante— condenado.

Aquella forma de referirse al futuro del niño le pareció terrible viniendo de su propia madre. ¿De qué demonios hablaba?

—Sorcha, no sé a qué te refieres con eso, y no me parece adecuado...

—Su padre fue un soldado inglés.

La frase lo atravesó con un escalofrío. Destilaba veneno en cada una de sus letras.

«Violaron a nuestras mujeres», recordó que había dicho Tormod en una ocasión.

Lo había dicho con rabia, vergüenza y dolor, el mismo que mostraba Sorcha.

Para su sorpresa, era la madre de un niño que crecía en un mundo que lo odiaba por su sangre.

Un niño que no tenía culpa y cargaba con un estigma que podía costarle la vida.

Todo encajó en ese instante y entendió por qué los demás los apartaban.

Sorcha y Jork se amparaban allí por ser familia del líder, a pesar del trato esquivo y arisco del grupo.

Will abrió la boca para responderle, pero no encontró palabras. Ese descubrimiento lo había sacudido. Ella no solo lo protegía de los ingleses, lo protegía de los suyos .

—Deberías descansar, pronto tendrás que superar otra prueba —dijo ella cabizbaja.

La observó alejarse tras los pasos de su hijo. Era absurdo. ¿Pretendía quedarse en ese bosque para siempre, aunque su gente emigrara? No era vida para un niño; no era vida para nadie.

Al fin se levantó y se dirigió a la cabaña de Donald. Con mucha suerte, el viejo podría darle respuestas sobre cómo había sucedido el ataque que mermó a aquel grupo de supervivientes.