XXII
Había pasado una semana desde que superó la prueba del silencio. Fue curioso que, tras superarla, los gallowglas y sus familias comenzaran a tenerlo en cuenta. Todavía le dirigían alguna que otra mirada desconfiada, pero lo instaban a participar en las tareas del clan al verlo indeciso.
Notaba que, poco a poco, lo iban aceptando como a un igual.
Parecían olvidar que en realidad era un rehén.
Los días pasaban entre maniobras de combate y charlas grupales que acababan en entretenidas borracheras.
La actitud de Tormod hacia él seguía siendo cauta.
Lo que había comenzado a germinar entre ellos parecía haberse quebrado de algún modo tras la discusión.
Sabía que, aunque superara las pruebas restantes, si no obtenía la confianza de todo el grupo, no volvería a ver a Psique. Y eso no podía permitírselo.
El calor que desprendía su cuerpo no provenía de la hoguera que tenía enfrente.
Había cenado bastante y comenzaba a notar la embriaguez que le provocaba el regusto dulce del hidromiel.
Aodh se había largado hacía rato a su cabaña y a su alrededor quedaban unos pocos guerreros.
Uno de ellos le llenó el vaso sin preguntarle siquiera.
No le importó: cuanto más borracho estuviera, menos escucharía los ronquidos de Donald .
El crepitar del fuego lo hipnotizaba. Apreciaba más el calor tras el frío sufrido en esa prueba infernal.
Le había llovido tanto encima que su cuerpo a veces temblaba al evocar todavía la humedad en los huesos.
Verse impotente y aceptar ese camino, pese a que representara la muerte, había sido devastador.
Sobrevivir gracias al recuerdo de Psique significaba no abandonarla.
En cambio, Tormod pensaba que aquello había sido una prueba de obediencia y respeto.
¡Qué equivocado estaba! Él jamás podría formar parte de ese mundo; no era como ellos, a pesar de que Aodh se empeñara en decir lo contrario. Solo el viejo Donald parecía ver más allá de su bigote. Todas las mañanas le repetía:
«A mí no me engañas: eres igual que tu padre».
Will sonreía al oírlo. Al parecer, Andrew había sido para él algo más que un líder, o eso intuía tras varios días de convivencia. Compararlo con su padre no era para el viejo una deshonra, como le había parecido al principio.
La vida en el campamento era tranquila, pero disciplinada.
Cortaba leña todas las mañanas para abastecer de calor a la comunidad durante toda la jornada.
Al fin hacía algo a lo que estaba acostumbrado.
En su hogar, junto a su hermano Callum, se encargaba de esa tarea para calentar las habitaciones en invierno.
El pequeño Jork se escapaba siempre que podía y lo acompañaba, contagiándole su alegría.
A veces, Tormod lo regañaba por ser demasiado insistente.
Luego, Will veía cómo sonreía a escondidas, procurando no parecer un blando.
Su madre, preciosa y tan digna como su hermano, simplemente se lo llevaba de la oreja con una sonrisa a modo de disculpa.
Su belleza destacaba entre las mujeres del campamento.
No obstante, su semblante era triste y apenas interactuaba con las demás.
Solo parecía encajar con Fiona, Zahra y su hijo.
Tampoco tenía pareja, e imaginaba que sería viuda.
Lo más curioso era que su hermosura no parecía ayudarla con los hombres, quienes apenas le dirigían la palabra.
¿Ser la hermana del líder los acobardaba?
Sería lo único que temieran en ese lugar.
Lo más intrigante era que, cuando sacaba el tema, lo ignoraban.
Percibía que algo ocurría allí, pero no podía imaginar qué.
Uno de los guerreros lo invitó a colaborar en la reparación de una choza y, aprovechando que Donald estaba distraído, Will decidió arreglarle el techo sin pedir permiso.
No esperaba que se lo agradeciera, y tampoco lo hizo.
Pero no lo detuvo ni protestó. Solo lo observó desde la distancia, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
Bajo la continua mirada de reproche de Donald, terminó de reparar el techo de turba de su choza. Aquel viejo tenía un orgullo tan manifiesto que era incapaz de reconocer que ya no podía encargarse de esas tareas. Prefería dormir bajo goteras antes que pedir ayuda para taparlas.
Todas las mañanas revisaban las trampas para conejos colocadas en el bosque. Esto le permitió aprender algunos senderos que ni por asomo habría identificado de otro modo en aquel laberinto vegetal. A la vuelta, recolectaban raíces y setas para los estofados.
Además, ayudaba a las mujeres a cargar la leche ordeñada de las cabras, lo que le ayudaba a congeniar con ellas también.
—Eres fuerte para lo delgado que estás, McPherson —le dijo el guerrero con mejillas coloradas tras darle un largo trago a su vaso frente a la hoguera—. Y no se te ve muy perdido con la espada como pensábamos.
—¿Creíais que fabricaba armas sin probarlas? —preguntó—. Sería ruin, ¿no crees ?
—Tienes razón, supongo que tu padre te enseñó bien. —No le dejó responder y continuó—. Era el mejor, muchacho.
—¿Por qué todos me llamáis muchacho? —protestó.
—Porque lo eres —soltó, y le dio una palmada en la espalda con camaradería—. Llegarás a ser un hombre cuando superes todas las pruebas.
«¿Acaso ser un gallowglas significaba no tener criterio propio?», pensó con fastidio.
—¿Y si no las supero? ¿Aunque tenga la edad de Donald, seguirás llamándome así?
—Si no las superas... —Hizo una ligera pausa, sopesando sus palabras—.
Me temo que no llegarías ni a los treinta entre nosotros.
Aquí, o eres capaz de defenderte o no tienes futuro.
Somos hermanos, pero también tenemos riñas entre nosotros.
—Levantó el dedo—. Ten clara una cosa: ganará el más fuerte, el más listo, el más rápido.
En la lucha cuerpo a cuerpo deberías concentrarte más.
Te noto disperso, temeroso de quedarte atrás.
Siempre atacas primero, impulsivo y sin calcular.
No sé si lo tienes claro, pero un gallowglas no es un soldado cualquiera.
Somos técnicos, disciplinados, resistentes...
los mejores soldados de infantería en una batalla.
—¿Crees que cualquiera podría usar el hacha como nos has visto hacer estos días? —preguntó un segundo guerrero a su lado—. Se necesita mucha pericia. Nos criamos para ganar, no solo para luchar.
Will los escuchaba con atención. A veces, un escalofrío le recorría la espalda debido a la pasión que reflejaban sus voces.
Se aferraban a un pasado glorioso, a una identidad temida y respetada.
No obstante, esos hombres se hallaban mermados, ocultos, hambrientos, vigilados.
¿Cuánto aguantarían allí hasta ser descubiertos?
El tiempo se les había acabado y por eso querían luchar. Estaban desesperados.
—Os entiendo, pero ¿por qué os casasteis? ¿Por qué tuvisteis hijos? Esta vida es demasiado injusta para ellos. ¿No veis lo egoístas que habéis sido al permitirlo?
El mutismo cayó como un peligroso mazazo entre los tres.
Uno de ellos entrecerró los ojos. Luego, sin esperarlo, su expresión se llenó de tristeza.
—Porque incluso un guerrero quiere un hogar —respondió—. Porque creemos que habrá futuro para ellos.
El segundo guerrero añadió, alzando su vaso:
—No luchamos solo por nosotros, muchacho. Si no lo hacemos, nuestros hijos crecerán sin nombre, sin tierra, sin nada en lo que creer. Serán sombras, como somos ahora.
—Un gallowglas no trae hijos al mundo para ser sombras —concluyó el primero.
A Will se le hizo un nudo en la garganta. Entendía qué era lo que los movía a seguir luchando con desesperación. No era la rabia lo que los conducía, sino el miedo. El miedo a desaparecer.
Una idea comenzó a germinar en su cabeza. Era absurda, pero era algo, al fin y al cabo. Terminó el vaso de un trago y se despidió de ellos. Entre risas cómplices, los guerreros le desearon suerte para la prueba de la mañana siguiente.
Apenas despuntaba el amanecer en las crestas de las enormes piedras cuando Aodh, sin previo aviso, dejó caer un tronco enorme frente a Will, levantando una ligera nube de polvo.
Él lo miró desconcertado.
—Has pasado la prueba del silencio —dijo—. Ahora veremos si puedes cargar con algo más que tus pensamientos .
Tormod se acercó despacio.
—Esta es la Ualach na nGalloglaigh —explicó—. La Prueba del Peso. Nuestros antepasados la realizaban antes de entrar en batalla. —Aquella referencia al pasado lo conmovió—. No para medir su fuerza, sino su resistencia.
Aodh señaló el gran tronco en el suelo.
—Levántalo y cárgalo sobre tus hombros —ordenó—. Luego camina.
—¿Cuánto? —preguntó, apenas disimulando su temor a no poder cargarlo, pues era casi tan grande como él.
—Hasta que te lo digamos —respondió con una sonrisa maliciosa.
Will miró con reserva el tronco. Era grueso y estaba húmedo por el rocío.
—Un gallowglas no lucha únicamente con los brazos, lo hace con la espalda, las piernas, el corazón... y sobre todo con la voluntad.
Se agachó a tocarlo. Estaba frío. Cuando intentó levantarlo, falló. El tronco apenas se había movido. Los guerreros allí reunidos no dijeron nada. Guardaban un respetuoso silencio a la espera de un siguiente intento.
Will apretó los dientes, cambió el agarre y recordó las palabras de aquellos mismos hombres la noche anterior:
«Somos técnicos, disciplinados, resistentes. Se necesita mucha pericia. Nos criamos para ganar, no solo para luchar. Creemos que habrá futuro».
Él también creía en un futuro. Uno junto a Psique.
Respiró hondo, colocó el tronco de lado, lo rodó hasta apoyarlo en su muslo y desde ahí lo impulsó hacia el hombro. Soltó un gruñido por el esfuerzo, pero lo consiguió, a pesar de sentirse aplastado por su peso.
Aodh sonrió, satisfecho.
—Camina.