XXI
Se asombró al ver a tanta gente aguardándolo.
Tormod lo recibió antes que nadie frente a la puerta de la choza de Donald.
Su expresión hermética lo inquietaba. Ni por asomo podría sacar nada en claro que aliviara su ansiedad.
Su pecho latía rápido y los nervios lo hacían transpirar a pesar del frío matutino.
La voz de Tormod resonó en medio del silencio expectante que los rodeaba:
—MacPherson —dijo—. Hoy sabremos si eres un hombre que puede caminar entre nosotros o si eres un rehén con suerte de seguir respirando. Todavía estás a tiempo de echarte atrás.
Sintió un nudo en la garganta. Aun así, le mantuvo la mirada sin titubeos. Al ver que no se amedrentaba, Tormod prosiguió:
—La iniciación se basa en cuatro pruebas de supervivencia.
En tu caso, al no contar con las condiciones físicas que suelen alcanzarse a estas alturas, no tendrás que superarlas todas, pero tres de ellas serán esenciales.
—Will frunció el ceño—. Si notamos la mínima artimaña en tu proceder, la iniciación será interrumpida sin derecho a repetirla.
Will asintió, confundido. ¿Pruebas? ¿De qué iba todo aquello?
Pensaba que la iniciación consistiría en un ritual antiguo, en unas palabras solemnes, no en pruebas de supervivencia.
Notaba los latidos en los oídos y su respiración se volvió más desacompasada.
Aquello pintaba mal. Presentía que esas pruebas no serían como las que practicaba con sus hermanos.
El enorme vikingo se apartó para dejarlo pasar.
Mantenía la expresión más seria que le había visto hasta el momento, y un hormigueo le recorrió la nuca al pasar por su lado.
Un numeroso grupo de veinte gallowglas lo esperaba formando un pasillo humano.
Sus rostros reflejaban una solemnidad abrumadora.
Aodh aguardaba al final con otra mirada cauta.
Al llegar hasta él, este le ofreció el brazo.
—Sabemos que eres un enclenque y que tu fortaleza reside en tu corazón. —Will le estrechó el brazo y soportó a duras penas su tosco zarandeo—. Creo en ti.
Tragó saliva sin apartar la mirada de sus ojos, que destilaban algo parecido al orgullo.
Otra vez aparecía la seducción que ejercía sobre él aquel mundo salvaje.
No obstante, se mantendría firme en sus convicciones y no se dejaría llevar por el corazón.
Usaría, como le había aconsejado el viejo Donald, el raciocinio.
Aodh le indicó que caminara. En una solemne peregrinación, recorrieron el campamento.
Los rayos de sol comenzaban a anunciar el alba de un hermoso día, aunque él ya preveía que acabaría siendo tormentoso.
Todo se hallaba en calma; la quietud los envolvía, interrumpida por las numerosas pisadas que lo seguían.
Inspiró profundamente y soltó el aire, intentando tranquilizarse.
Aodh, a su lado, irradiaba una seguridad asombrosa.
Llegaron hasta el recodo de las enormes piedras donde había mantenido su última discusión con Tormod.
Este llegó el último y se sentó en una de las piedras, con las palmas apoyadas sobre ella, una a cada lado del cuerpo. Cerró los ojos y rezó algo en voz tan baja que le resultó ininteligible. Entonces los abrió y los clavó en él. No adoptó un tono solemne; habló como quien anuncia algo inevitable.
—McPherson —lo llamó—, no te vamos a pedir que luches con un hacha; no todavía. Lucharás contra ti mismo. No todos aprenden a callar.
Will alzó las cejas con sorpresa.
—¿Callar?
El vikingo asintió.
—La prueba que vas a realizar es antigua. Más que nosotros, más que tu padre, más que todos los clanes. Los gallowglas la trajeron de Irlanda hace siglos. La llaman Tost na Gallogliagh , lo que viene a significar en escocés «la Prueba del Silencio» —explicó.
Will asintió, intentando comprenderlo. Aodh se colocó al lado del otro y continuó con respeto.
—Nuestros antepasados eran hombres que servían a reyes y jefes de clan. No podían permitirse temer nada, ni dudar, ni hablar de más. El que lo hacía, moría.
Tormod se puso en pie y señaló el bosque detrás de él.
—Pasarás la noche ahí. Solo, sin fuego y sin moverte más de unos pasos de donde te indiquemos. No podrás pronunciar una sola palabra hasta el amanecer.
Will abrió la boca para protestar, pero Aodh levantó la mano.
—Si hablas, fallas. Si corres, fallas. Si enciendes un fuego, fallas. Si vuelves antes del alba... —anunció, y se encogió de hombros ante lo evidente.
Will notó que tenía la garganta seca. Le aterraba entrar en ese bosque indefenso, sin nada más que sus manos para defenderse de cualquier animal. Sin embargo, estaba seguro de que los animales salvajes no eran el único peligro que acechaba. En la oscuridad siempre aguardaban muchos fantasmas.
—No es una prueba de fuerza —añadió Tormod con voz grave—. Tendrás que demostrar obediencia, disciplina y control del miedo. Si no superas eso, no podrás sobrevivir a lo que viene.
Apretó los puños, intentando no pensar en lo que implicaba ese «lo que viene».
—¿Y si la supero?
Aodh sonrió con sinceridad.
—Entonces comenzaremos a verte como un hombre capaz de llevar el peso del mundo.
Lo llevaron hasta el comienzo del bosque.
Sin antorcha ni explicaciones, avanzó mientras el escalofriante crujido de las ramas bajo sus botas rompía el silencio y el aire helado inundaba sus pulmones.
La oscuridad comenzó a envolverlos; allí no llegaba la luz del sol y cada vez le costaba más distinguir lo que tenía delante.
Al fin, Aodh se detuvo. Estaban en un pequeño claro. Will miró hacia arriba. Las ramas parecían cuchillos negros. Por suerte, allí las copas de los altos pinos permitían que se filtraran algunos destellos y la opresión no resultaba tan asfixiante.
Alrededor no había nada. Ni un recodo donde resguardarse, ni siquiera un tronco caído donde sentarse. Solo un pequeño claro de dos pasos de ancho.
—No te moverás de este círculo —dijo Tormod, marcando el espacio en el suelo con la punta de su espada—. Cuando salga el sol, volveremos.
Sin más, se marcharon. Ni siquiera Aodh le dedicó una rápida ojeada. Poco a poco, el silencio cayó sobre él como una lápida, helado, pesado e inquietante .
Al principio, sentado en el centro de aquel minúsculo espacio, Will intentó mantener la calma. Respiraba profundamente y procuraba no pensar en lo que se escondía tras las rejas que formaban los troncos a su alrededor. El bosque no guardaba silencio y su imaginación comenzó a desbocarse.
Los crujidos en la espesa oscuridad lo sobresaltaban. El susurro del viento en las copas le erizaba la piel. El ulular lejano de un búho lo mantenía alerta. Aguzó el oído y juraría que percibía el goteo del agua entre las rocas. ¿Podría haber un arroyo cerca?
Su curiosidad aumentaba con cada largo minuto. Lo que al principio era un suave murmullo de agua resonaba en su cabeza como una cascada. Ni siquiera podía hablar en voz alta consigo mismo. Pero, si lo hacía, ¿quién lo sabría? Estaba solo... o no.
Se puso de pie y se acercó a la línea dibujada por Tormod en el suelo.
Entrecerró los párpados y observó con fijeza la oscuridad.
Nada. Nadie. Si algo existía allí, era una angustiante soledad.
Volvió al centro y se tumbó en el suelo, mirando el cielo verde.
Se concentró en los diferentes matices oliva y, sin darse cuenta, una sonrisa afloró a sus labios ante la pincelada de un hermoso recuerdo: el día en que se conocieron, cuando volvieron a verse tras la representación de ella en el escenario.
La vio tal como era a sus doce años. Con las trenzas rodeando su cabeza y las flores enredadas en su pelo de fuego. Un corto mechón rebelde se empeñaba en romper ese equilibrio que le daba el aspecto de un duende.
Su expresión disgustada lo divertía; sus mejillas, muy sonrosadas, lo conmovían.
—Eres un desastre cortando el pelo, McPherson —se burló ella .
Su ceño fruncido contrastaba con la incipiente sonrisa que amenazaba con escapársele. Se mesaba el mechón de cabello con reiteración para lograr peinarlo.
—Ya crecerá, niña.
Ella boqueó un par de veces y arrugó su nariz de conejito.
—Ya sabes mi nombre —contestó con los brazos cruzados—. Además, no creo que me saques muchos años.
Will puso los ojos en blanco, fingiendo cansancio, pero, muy en el fondo, había sentido algo que no sabía nombrar.
—Te llamabas... —Se hizo el pensativo durante un par de segundos, aunque en realidad contenía la risa—. Prudence.
Ella, muda de asombro, parpadeó. Por un segundo brilló la desilusión en sus pupilas y su barbilla tembló.
¿Por qué notaba ese extraño nudo en su estómago al verla sufrir? Solo era una tonta broma.
—No tiene gracia —dijo tras una calculada pausa—. Sé que no soy nadie importante para ti —añadió, jugando con una hoja seca entre los dedos—. Aunque tú, para mí, seas un gran guerrero.
¿Notaría ella que su corazón latía más fuerte? ¿Un gran guerrero? ¿Por cortarle un mechón de pelo?
—Tienes una imaginación desbordante, Prudence —repitió mal el nombre a conciencia.
Ella lo fulminó con la mirada.
—Y tú tienes la lengua muy larga —dijo, sacándola todo lo que pudo.
Will estalló en carcajadas mientras la veía hacer el gesto de cortarse la lengua, acompañado de ridículas expresiones de fastidio .
—No quiero ser un gran guerrero, Psique —dijo tras calmarse—. Pero me encantaría ser tu amigo.
Ella le sonrió de oreja a oreja, soltó la hoja y, de rodillas, lo abrazó sin reservas. Su olor a flores lo embriagó; su dulzura lo derritió. Por nada del mundo dejaría escapar a esa niña. Haría lo que fuera por volver a verla. En ese dulce instante lo supo. Supo que era ella.
Parpadeó al notar una gota de lluvia en la frente y despertó de recuerdo que casi se había convertido en un dulce sueño.
«La lengua muy larga», le había dicho Psique.
La frase cayó sobre él como las cientos de gotas que siguieron a la primera.
Maldijo por dentro con tanta fuerza que temió que se oyera.
Usar la lengua para soltar improperios era justo lo que necesitaba: desahogar la frustración de tener que pasar por esa prueba para demostrar algo que, en realidad, no sentía.
Él no quería ser un guerrero, como le había dicho a su ángel; deseaba desposarla, amarla y cuidarla hasta el fin de sus días.
Darle un hogar digno de una dama y muchos hijos, como había hecho su padre.
Estaba seguro de que su padre lo había dejado todo por su madre.
Porque por amor, por ese amor que vivía en su interior y pugnaba furioso por expresarse, se podía lograr lo imposible.
No obstante, si no sobrevivía a la humedad que comenzaba a calarle el abrigo, no podría preguntárselo.
Luchó contra la impotencia. El frío lo mermó y acabó acurrucado de lado, con un dolor en el pecho como jamás había sentido.
Siguió luchando contra la necesidad de llenar el silencio y solo lo colmó de gemidos roncos.
Rezó a Dios para que dejara de llover; sin embargo, recibió aún más tormenta.
Al fin, sin saber cuánto tiempo había transcurrido mientras permanecía perdido en la soledad del bosque, dejó de llover.
Entonces llegó la oscuridad total. La espesa manta de la noche se le echó encima, fría como el hielo.
Rodeado de sombras vivaces, Will sintió que el recuerdo de Psique volvía a entrelazarse en su mente.
Debía callar. Debía permanecer. Debía dominarse. Como siempre había hecho con ella. Guardar sus sentimientos y convertirse en piedra. Sobrevivir. Respirar. Amar en silencio.
Oyó el viento soplar entre los pinos. Le susurraba burlón:
La lengua muy larga... muy larga...
Eres mi gran guerrero...
No me dejes, Will...
Apretó los párpados y cubrió su rostro con sus manos. Respiró hondo y dejó de oírla. El silencio regresaba para envolverlo como un abrigo áspero.
De repente, contuvo el aliento. No tenía que hacer nada.
Solo comportarse como siempre. Por primera vez desde que lo dejaron en el claro, sintió que podía soportarlo.
Al fin comprendía que su mutismo había sido una forma de hablarle, una forma de amarla.
El silencio y el miedo ya no eran un problema.
Solo tendría que luchar contra el castañeteo de sus dientes y resistir el frío gélido mientras soñaba con su próximo encuentro con Psique.
Un rayo de luz se filtró entre los pinos y le dio de lleno en el ojo izquierdo. El tenue calor sobre el párpado lo arrancó de su sueño. Abrió los ojos lentamente. Seguía castañeteando los dientes; a ese paso se quedaría sin ellos. Sin embargo, el aire había cambiado. El bosque, al fin, amanecía.
Intentó incorporarse, pero le dolía todo.
Seguía temblando, pero seguía vivo. Pudo sonreír un instante, hasta que la tos le desgarró la garganta.
Si no moría helado, lo haría de un resfriado.
Logró sentarse. El silencio lo seguía envolviendo y se había convertido en un aliado. Ya no lo aplastaba: lo sostenía .
Entonces oyó pasos. No eran las torpes pisadas de un animal ni el crujido errático de las ramas bajo el viento. Eran los pasos firmes de un gallowglas. Will enderezó la espalda, aunque le dolía como si se hubiera convertido en piedra. Fijó la vista en los árboles.
Aodh apareció primero con el hacha en la mano y el rostro inexpresivo. Tormod lo seguía con calma, sin revelar lo que pensaba. Ambos se detuvieron frente a él y lo observaron largo rato.
—No hablaste —dijo Aodh al fin.
Will negó con la cabeza.
—No huiste a resguardarte.
Volvió a negarlo.
Tormod se colocó en cuclillas y lo estudió con esos ojos grises acerados que podían cortar el aire como cuchillos.
—No encendiste fuego —añadió con voz profunda—. Ya puedes hablar.
Will se encogió de hombros.
—Ya sabes que no es lo mío.
Aodh soltó una breve carcajada. Tormod no sonrió, pero su expresión se suavizó.
—McPherson, has pasado la prueba.
Will asintió y notó que el aire volvía a llenar sus pulmones.
El líder continuó hablando:
—Hoy no serás un rehén. Serás el hombre que dominó el miedo para salvarse, convirtió el silencio en un amigo y calentó su corazón con...
—Con buenos recuerdos —interrumpió él .
Tormod asintió con la cabeza, aceptando aquello.
—El pasado no te hace débil, chico. Te dará fuerzas para sobrevivir —dijo y, sujetándolo por los brazos, lo ayudó a levantarse.
Will respiró hondo al verse en pie; le dolía cada músculo del cuerpo. Tormod se dio media vuelta y se alejó bajo su mirada desconcertada.
Entonces Aodh le tendió una bota de cuero.
—Dale un trago y desnúdate —ordenó con una amplia sonrisa. Luego le tendió un plaid grande y seco—. Creo que nadie, aparte de Tormod, había pasado esta prueba bajo una tormenta.
Bufó, pero aceptó la bota y el plaid. Tras un largo trago de hidromiel, comenzó a sentirse vivo de nuevo.