XX
—¿Por qué lo provocaste? —acusó Psique con gran esfuerzo, al saber que sus horas estaban contadas en esa misión.
Catalina reflejaba en su rostro un cansancio extremo. El agua chorreaba incómoda por su cara, pero no parecía notarla, mientras clavaba la vista en la espalda de su marido.
—Hemos avanzado lo suficiente. No podrá deshacerse de nosotras —le dijo en un intento de tranquilizarla.
—Yo no estaría tan segura, Catalina —escupió bajo la tela, mientras el aguacero le inundaba el rostro—. ¿Sabes que tendremos que enfrentarnos a él?
Catalina respiró hondo mientras la tormenta rugía a su alrededor.
—Prefiero soportar eso a dejarlo solo luchando con sus demonios, Psique.
Soy su esposa, tengo que estar a su lado.
—Luego agarró su brazo y lo apretó un poco para asegurarse de llamar su atención—.
Además, debemos aceptar que no somos guerreros, cariño.
Jamás me perdonaría a mí misma que te ocurriera algo... ni él tampoco.
Tenía razón. Psique estaba al límite de sus fuerzas. Caer de la montura sería su fin bajo esa tormenta helada, pues dudaba que Catalina pudiera alzarla, y más de una vez había estado a punto de caer.
Andrew avanzaba delante de ellas. Llevaba la capa pegada al cuerpo y su enorme espalda imponía con solo verla. Catalina no le quitaba ojo, en silencio y con la mandíbula apretada. No parecía tener miedo; se erguía con una determinación tenaz, digna de cualquier reina que cabalgara hacia su destino.
Andrew giró la cabeza lo justo para comprobar que lo seguían.
Sus ojos, por un instante, se volvieron a cruzar con los de su esposa.
La tensión entre ellos era palpable y Psique pensó que de un momento a otro saltarían chispas entre ambos.
Al fin, vislumbró un saliente rocoso bastante grande que conformaba un profundo hueco en su interior.
—Una cueva —susurró Psique, agotada de luchar por mantener los párpados abiertos.
Andrew siguió su mirada y asintió.
—Vamos —gruñó con brusquedad.
Los tres se dirigieron hacia el saliente, llevando consigo lo que cada uno arrastraba por dentro.
El viento golpeaba con furia cuando alcanzaron la cueva.
Andrew desmontó primero y evaluó el hueco con una mirada rápida.
La lluvia resbalaba por su rostro endurecido, pero sus ojos no perdían detalle, atentos a cualquier movimiento en el interior.
—Dentro —ordenó con voz tan calmada que le erizó el vello de la nuca.
Su mujer obedeció sin discutir, aunque mantenía la espalda rígida.
Psique la siguió, aliviada al poder abrir los ojos sin esfuerzo.
Miró a su alrededor y vio que era un lugar húmedo, no muy profundo, pero suficiente para resguardarlos a ellos y a los caballos.
Psique se dejó caer contra la pared, temblando.
Catalina permaneció de pie, aguardándolo.
Andrew se quedó en la entrada sin apartar la mirada de ella.
Sus ojos descendieron por su figura empapada.
La capa la cubría por completo, pero a Psique le dio la sensación de que él podía ver a través de ella.
Entrecerró los ojos y negó con la cabeza.
—¿Cómo demonios has podido hacer esto?
Su voz era afilada y Psique se estremeció. Catalina, en cambio, no retrocedió.
—Andrew...
—No —la cortó él, avanzando un paso dentro de la cueva. Ella apretó los labios—. No te atrevas a contrariarme, Catalina. ¿Te disfrazas de hombre y te infiltras entre soldados? ¿Cruzas medio valle bajo la tormenta... así?
La furia de Andrew era fría y peligrosa mientras la señalaba con un gesto brusco. Su esposa le sostenía la mirada sin vacilar.
—Tenía que...
—¡No! —gritó con rabia—. Calla o no podré controlarme. Soy un estúpido por confiar en ti.
—No me habrías dejado venir.
La miró incrédulo.
—Ningún loco dejaría que una mujer viniera —rugió ya sin contención y se acercó para sujetarla por los hombros—. ¡Esto no es un paseo por el campo ni un juego! ¡Es una misión de rescate!
Ella seguía mirándolo desafiante, pero Psique sintió miedo por ella. ¿Y si la golpeaba? Era su marido... ¿Sería capaz de ello? No pudo soportar la idea.
—¡Señor McPherson, ella no quiere dejarlo solo! —gritó reuniendo lo que le quedaba de valentía .
Andrew no se giró hacia ella; miró a su esposa como si esta le hubiera propinado un golpe.
—No soy un niño al que haya que vigilar —dijo con voz más baja—. No soy tu carga. Y tú —apoyó la frente contra la de ella—, tú no eres un soldado, mujer. No puedo arriesgarme a perderte.
Se miraron con intensidad. El brillo en los ojos de Catalina fue la primera señal de que la había conmovido; aun así, no cedió.
—Tenía que venir, Andrew —dijo al fin con voz algo quebrada—. No soporto pasar un día sin verte, sin saber, o pensar que esos gallowglas pueden matarte... —soltó un sollozo, pero continuó—. Soy tu esposa, juraste estar a mi lado siempre.
—¡Precisamente! —estalló Andrew agarrándole el rostro—. Eres la mujer a la que juré proteger. Eres la mujer que debería dejar a salvo, no aquí, disfrazada y siguiéndome como si esto fuera un juego.
Catalina no pestañeó.
—Sé que no es un juego. Mi hijo corre peligro y por eso es mi lugar.
Andrew cerró los ojos un instante, contenido.
—No entiendes lo que has hecho —murmuró—. ¡No puedo protegeros a los dos!
—No tendrás que hacerlo, amor mío. Me mantendré al margen, yo...
—Por supuesto, volverás con... —Andrew miró a Psique con dureza— quienquiera que sea realmente John.
—¡No! —gritaron las dos a la vez. Catalina prosiguió soltándose de su agarre—. ¿No lo entiendes? No voy a volver. No voy a poner en peligro a mi hijo retrasando el viaje .
—Volveréis con Ronald. Él ha sido vuestro cómplice y cuando yo regrese pagará por ello. Te juro que voy a... —amenazó cerrando el puño con violencia, pero no pudo terminar la frase.
—Él no es culpable de nada, señor McPherson —saltó Psique—. Lo obligué a ayudarme. Lo amenacé con seguirlos; él solo me protegía.
—Es cierto, Andrew —secundó Catalina con voz cansada—. Lo amenazamos ambas.
—¡Tú! ¿Quién demonios eres? —preguntó girándose hacia Psique, hastiado.
Psique avanzó un paso tambaleante por el miedo, pero se obligó a mantenerse firme.
—Soy Psique, hija de Irving McAllen —dijo, destapándose el rostro y quitándose el gorro.
Su melena, oscurecida por la humedad pero inconfundiblemente pelirroja, cayó sobre su pecho y lo hizo boquear como un pez.
McPherson le pidió confirmación a su esposa. Ella asintió y el color de las mejillas del guerrero desapareció. Cubrió su rostro con sus manos unos segundos y luego gruñó tan fuerte que Psique dio un paso atrás. Al bajar las manos, sus ojos estaban inyectados de miedo.
—Debo estar viviendo una pesadilla —dijo con voz ronca—. Una maldita pesadilla. —Ella abrió la boca para hablar, pero Andrew la detuvo con un gesto de la mano—. McAllen, ¿sabes en qué nos has metido?
Psique tragó saliva y cerró los ojos al deslumbrarla un relámpago.
—Necesito encontrar a Will .
—¡Will! —gritó, golpeando la pared con el puño. Se giró de nuevo hacia ella—. Tú eres... —Psique no dijo nada, extrañada por su sorpresa— la pelirroja.
Un trueno retumbó y él comenzó a reír. Catalina arrugó el ceño, incrédula.
—Señor, yo...
—¿Crees que él querría que te arriesgaras, te disfrazaras, que mintieras a tus padres?
—Vine porque lo amo —confesó sin miedo.
Andrew se quedó helado. Catalina cerró los ojos un instante.
—Lo amas, dices —repitió el guerrero con una calma fría—. ¿Por eso pones en riesgo tu vida y la nuestra?
Psique apretó los puños, negándose a sentirse culpable.
—Él hubiera hecho lo mismo por mí.
El fogonazo los iluminó otra vez, y Andrew soltó una carcajada amarga.
—¡Claro que lo habría hecho! ¡Porque es joven, estúpido y aún no sabe que el amor mata!
Catalina se interpuso entre ellos.
—Andrew, basta.
El estrepitoso trueno reverberó en las paredes, pero menos violento.
Él la miró y Psique vio algo romperse en su interior.
—¿Basta? —susurró— ¿Sabes lo que me estás pidiendo? Mi hijo está desaparecido y ella...
—Sí, amor mío —dijo sin vacilar—. Pero gritar no hará que nuestro hijo regrese. —Colocó una mano sobre su rostro sin dejar de mirarlo—. Él ya decidió su destino lejos de nuestro abrigo antes de caer en manos de esos gallowglas.
—Está solo, Catalina. —Su mujer contuvo las lágrimas.
—Lo traeremos de vuelta —dijo con tanta seguridad que Psique sintió un pellizco en su pecho—. Juntos.
Andrew apretó los dientes y su respiración se agitó. Cubrió la mano de la mujer con la suya.
—No puedo protegeros a todos —murmuró—. No puedo. Si algo os ocurriera, yo...
—Déjame estar contigo, cariño.
Andrew cerró los ojos durante unos segundos eternos para Psique. Al abrirlos reflejaban la peor de las batallas.
—Esto no debería estar pasando.
Contuvo el aliento cuando Catalina lo abrazó. Él se dejó hacer, como si esos días separados hubieran sido los más largos de su vida. Andrew McPherson se rindió ante su mujer y Psique...
Psique sollozó por ellos, por ella misma, pues era mucho lo que se jugaba en ese camino.
Porque su corazón también se hallaba en riesgo y no sabía si Will le correspondería.
Porque lo añoraba y sabía que él era su felicidad, aunque solo la quisiera como amiga.
Ella siempre estaría a su lado, aunque muriera por dentro.
—Will volverá, señor McPherson —dijo Psique entre lágrimas silenciosas. La pareja la observó en silencio y, por un momento, sintió que las piernas le fallaban. Haciendo un esfuerzo enorme por no caer, continuó—: Vamos a encontrarlo y lo traeremos a casa.
En los ojos de Andrew ya no había rabia, sino una determinación feroz.
—El clan McAllen me colgará por esto .
Psique se llevó una mano al pecho. No podía hablar. La felicidad, la culpa, el remordimiento de lo que sentirían sus padres por su desaparición... Todo se le agolpaba en el pecho con una emoción agridulce que la ahogaba.
Catalina dejó a su esposo y la abrazó. Psique se aferró a ella con fuerza y lloró las lágrimas que contenía, tantas como la lluvia que caía del cielo sin piedad.
Por fin era libre de poder expresarse, era feliz de confesar que lo único que temía era que la muerte la alcanzara antes de declarar sus sentimientos a Will.
—No seré una carga, señor McPherson —dijo entre sollozos—. Nadie sabrá que estoy entre ustedes, se lo juro.
—Creo que Miles y tú os conocéis. —Ella asintió—. Él se encargará de ti.
—Pero Ronald...
—Ronald y yo hablaremos de todo esto —soltó tajante.
—Andrew...
—No, Catalina —replicó con aspereza—. Soy responsable de todo lo que sucede en este grupo desde que parte hasta que regresa.
Ronald, como cualquiera, tendrá que responder por sus actos.
—Las miró con severidad. Ellas, por instinto, se abrazaron con más fuerza—.
Desde ahora obedeceréis todo lo que os pida.
Me debéis el mismo respeto que mis hombres; no quiero vacilaciones delante de ellos.
Ambas asintieron al unísono. Andrew se pasó la mano por la cara húmeda. Luego soltó el aliento poco a poco, tratando de calmarse. La tormenta seguía sobre ellos, pero los resplandores ya eran escasos.
Después de unas horas bastante tensas para Psique en compañía de la pareja, al fin dejó de llover. Andrew salió a comprobar el estado del grupo y las mujeres al fin pudieron hablar con tranquilidad.
—Lo conseguimos —dijo Catalina, sentada a su lado, con una sonrisa satisfecha y sin rastro del dramatismo que la había acompañado mientras duró la tormenta—. Los hombres son muy simples.
Psique la observaba patidifusa. Catalina rio ante su pasmo.
—Querida niña —dijo, acariciándole el cabello con ternura—. Aunque queramos cruzar el mundo detrás de ellos, son tan fáciles de manejar como un caballo testarudo. Solo necesitan unas palabras al oído para calmarse.
Psique parpadeó, sorprendida por la comparación. ¿Comparaba a su marido con un caballo? Catalina sonrió con picardía.
—Andrew no entiende sus propios sentimientos, pero sí los nuestros, y eso lo desarma. —La mujer apoyó la espalda en la roca—. Tú eres importante para Will, por eso también lo desarmas, no lo olvides.
Abrió la boca para responder, pero no supo qué decir. Sentía las orejas ardiendo de vergüenza, algo que antes apenas había dejado que la invadiera con tanta intensidad. En ese instante, se sentía muy vulnerable. Catalina le dio un golpecito cómplice en la rodilla.
—Y ahora que lo hemos calmado... —sonrió—, mañana podremos dirigirlo.
—¿Dirigirlo?
—Claro, niña, ¿acaso crees que los hombres son los que ganan las guerras?
La cueva comenzó a llenarse de una nueva energía revitalizante, esfumando toda tensión generada con anterioridad. Psique dejó escapar la risa que contenía y Catalina la acompañó un momento, antes de llevarse un dedo a los labios indicándole con un guiño que guardara silencio.